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martes, 3 de julio de 2012

León el Africano

Antonio Fuertes. Granada.

A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía.
Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios. 
Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano.

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo

León el Africano
Amin Maalouf

martes, 29 de junio de 2010

El viaje de Baldassare

Amin Maalouf. Fotografía de Mathieu Bourgois, 2007.

Aparté ceremoniosamente la cortina sombría y polvorienta que me había indicado. Sí, el libro estaba allí. El centésimo nombre. Habría esperado hallarlo en una especie de estuche, escoltado por dos cirios, o acaso abierto encima de un atril. Pero no, nada de eso, estaba tendido en una estantería, junto con otras obras, al lado de plumas, tinteros, una resma de hojas blancas, un acerico y algunos objetos más en desorden. Lo cogí con mano vacilante, lo abrí por la primera página y comprobé que realmente era el mismo libro que me regaló el anciano Idriss el año pasado y que llegué a creer irremediablemente tragado por el mar.
¿Asombrado? Sí, asombrado. Y legítimamente agitado. Todo aquello era milagroso. Es mi primer día en Londres, apenas se han acostumbrado mis piernas a la tierra firme y ya tengo entre las manos el libro que persigo desde hace una año. Mi anfitrión me concedió tiempo para la emoción. Esperó que volviera en mí, que me sentara, con el libro estrechado contra los latidos de mi corazón. Luego me dijo, sin entonación interrogativa alguna:
-Es ése el que busca vuestra merced...
Dije que sí. A decir verdad, no podía distinguir gran cosa, no había claridad bastante en aquel cuarto. Pero había visto el título, y antes ya había reconocido el libro por fuera. No me cabía ninguna duda.
-Supongo que vos leéis perfectamente el árabe.
Le volví a decir que sí.
-Entonces os propongo un trueque.
Alcé los ojos, aún agarrado al tesoro recobrado. El capellán parecía meditar intensamente, y su cabeza me pareció todavía más imponente, aún más voluminosa, incluso descontando la barba y la cabellera blanquecina.
-Le propongo un trueque -repitió, como para concederse todavía unos cuantos segundos de reflexión-. Vos queréis ese libro, y yo quiero tan sólo averiguar lo que contiene. Leámelo, de principio a fin, y luego puede llevárselo vuestra merced.
También entonces dije que sí, sin sombra de vacilación.

El viaje de Baldassare
Amin Maalouf

miércoles, 14 de abril de 2010

El viaje de Baldassare

Erik Desmazières. Livres Anciens. Libros Antiguos, 2001

Empezó nuestro hombre por preguntarnos con toda cortesía sobre las fatigas del viaje, y se declaró honrado por nuestra visita, sin interrogarnos por nuestro motivo. Es un hombre de avanzada edad, cerca de sesenta años sin duda, delgado, con rostro demacrado al que rodeaba una barba blanca. Vestía con menos boato que sus hombres, tan sólo una larga camisa blanca bordada que flotaba por encima de un pantalón del mismo paño. Hablaba italiano y nos explicó que durante sus innumerables años de exilio pasó algún tiempo en Florencia, en la corte del gran duque Fernando, de donde tuvo que marcharse porque querían obligarle a hacerse católico. Alabó ampliamente la fineza de los Médici, así como su generosidad, y deploró su actual debilidad. Fue con ellos con quien aprendió a amar las cosas bellas y allí decidió consagrar su fortuna a la adquisición de viejos libros y no a las intrigas palaciegas.
-Pero mucha gente, tanto en Valaquia como en Viena, creen que sigo conspirando e imaginan que mis libros son sólo una tapadera. Cuando la verdad es que esos seres de cuero ocupan mi pensamiento de día y de noche. Descubrir la existencia de un libro, acosarlo de un país a otro, cercarlo por fin, adquirirlo, poseerlo, aislarme con él para hacerle confesar sus secretos, hallarle luego en mi casa un lugar digno de él, éstas son mis únicas batallas, mis únicas conquistas, y nada me resulta más agradable que platicar en este gabinete con unos conocedores.

El viaje de Baldassare
Amin Maalouf