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sábado, 12 de febrero de 2011

El puente de San Luis Rey

Thornton Wilder, escribiendo en los bosques de Saratoga Springs, Nueva York, 1956. Foto de Alfred Eisenstaedt.

Estaba henchido de gozo; las cosas no marchaban mal. Había vuelto a abrir algunas capillitas abandonadas y los indios entraban humildemente en ellas a oir la misa del alba, y suspiraban en el momento del milagro como si se les rompiesen los corazones. Tal vez fuese el aire puro de las nieves que tenía delante; acaso el recuerdo del poema que le rozó un momento le obligó a levantar los ojos hacia las útiles colinas. Fuera lo que fuera, se sentía en paz. Su mirada cayó sobre el puente, y en aquel instante un chasquido llenó el aire, como cuando la cuerda de un instrumento musical salta en una habitación vacía, y vio partirse el puente y lanzar cinco hormigas gesticulantes al abismo que estaba debajo de él.
Otro cualquiera se hubiese dicho con secreta alegría "Si llega a suceder diez minutos más tarde, también yo...!" Pero fue otro el pensamiento que visitó al hermano Junípero: "¿Por qué les ha sucedido esto precisamente a esos cinco?". Si existe algún plan, sea el que sea en el universo, si hay algún patrón preconcebido para la vida humana, seguramente podría descubrirse misteriosamente oculto en estas cinco vidas tan súbitamente segadas. O vivimos por accidente y por accidente morimos, o vivimos y morimos según un plan. Y en aquel mismo instante, el hermano Junípero tomó la decisión de inquirir acerca de las vidas secretas de aquellas cinco personas que en ese momento caían por el aire, y de sorprender la razón por la cual se las había sacado de la existencia.

Traducción de María Lejárraga de Martínez Sierra

El puente de San Luis Rey
Thornton Wilder

viernes, 17 de abril de 2009

El puente de San Luis Rey

Superstock/AGE. Thornton Wilder, escribiendo en un hotel de Berlín, 1931.
El viernes 20 de julio de 1714, a mediodía, el puente más bonito de todo el Perú se rompió y precipitó al abismo a cinco viajeros. Este puente estaba en el camino real entre Lima y el Cuzco, y cientos de personas pasaban sobre él a diario. Los incas lo habían tejido con mimbres hacía más de un siglo, y a los visitantes de la ciudad siempre los llevaban a verlo. Era una mera escalerilla de delgadas tablas que colgaba sobre la garganta, con pasamanos de sarmientos secos. Los caballos, los carruajes y las sillas de mano tenían que bajar centenares de pies y pasar sobre balsas la estrecha corriente, mas nadie, ni siquiera el virrey, ni siquiera el arzobispo de Lima, hubieran descendido con los equipajes por no cruzar el famoso puente de San Luis Rey. El propio san Luis, rey de Francia, lo protegía con su nombre y con la iglesita de adobe que había al otro lado. El puente parecía ser una de esas cosas que duran eternamente; no era posible pensar que pudiera romperse. Todo peruano que se enteraba del accidente se santiguaba y hacía un cálculo mental de cuándo lo había cruzado por última vez y cuándo había abrigado el proyecto de volver a cruzarlo. La gente andaba por las calles como en éxtasis, suspirando; padecían la alucinación de verse caer en el abismo.

El puente de San Luis Rey
Thornton Wilder