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domingo, 23 de febrero de 2020

Diccionario del hombre contemporáneo

Bertrand Russell. Diccionario del hombre contemporáneo.

Hábitos adquiridos

Nuestro conocimiento habitual, no está siempre en la mente, sino que se despierta mediante los estímulos apropiados. Si nos preguntan: "¿Cuál es la capital de Francia?", respondemos "París", a causa de las experiencias pasadas; la experiencia pasada es tan esencial como la pregunta presente para nuestra respuesta. Así, todo nuestro conocimiento habitual consiste en hábitos adquiridos y pertenece a los fenómenos mnemónicos.

Insectos, hombres e

Entre las guerras y los rumores de las guerras, mientras los planes de "desarme" y los pactos de no agresión amenazan a la raza humana con un desastre sin precedentes, otro conflicto,, quizá aún más importante, recibe mucha menos atención de la que merecería: me refiero al conflicto entre los hombres y los insectos.

Opinión pública, miedo de la

En realidad, cualquier hombre que se pueda pagar el lujo de un auto, pero que prefiera viajar o tener una buena biblioteca, será finalmente más respetado que si obrase exactamente igual que los demás. Indudablemente, no tiene objeto burlar deliberadamente la opinión pública; esto es también hallarse sometido a su dominio, aunque a la inversa. Pero ser genuinamente indiferente a ella es a la vez una fuerza y una fuente de dicha.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

Diccionario del hombre contemporáneo

Bertrand Russell. Diccionario del hombre contemporáneo.

Hábitos adquiridos

Nuestro conocimiento habitual, no está siempre en la mente, sino que se despierta mediante los estímulos apropiados. Si nos preguntan: "¿Cuál es la capital de Francia?", respondemos "París", a causa de las experiencias pasadas; la experiencia pasada es tan esencial como la pregunta presente para nuestra respuesta. Así, todo nuestro conocimiento habitual consiste en hábitos adquiridos y pertenece a los fenómenos mnemónicos.

Insectos, hombres e

Entre las guerras y los rumores de las guerras, mientras los planes de "desarme" y los pactos de no agresión amenazan a la raza humana con un desastre sin precedentes, otro conflicto,, quizá aún más importante, recibe mucha menos atención de la que merecería: me refiero al conflicto entre los hombres y los insectos.

Opinión pública, miedo de la

En realidad, cualquier hombre que se pueda pagar el lujo de un auto, pero que prefiera viajar o tener una buena biblioteca, será finalmente más respetado que si obrase exactamente igual que los demás. Indudablemente, no tiene objeto burlar deliberadamente la opinión pública; esto es también hallarse sometido a su dominio, aunque a la inversa. Pero ser genuinamente indiferente a ella es a la vez una fuerza y una fuente de dicha.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

lunes, 20 de agosto de 2018

Diccionario del hombre contemporáneo

Bertrand Russell en su despacho. Foto de  Ian Berry, 1967.

SUPRALAPSARIOS
Se puede buscar incluso la justificación del agente provocador en la teología de los supralapsarios, que sostenían que Dios colocaba al hombre en circunstancias en que necesariamente tenía que pecar, a fin de que su Creador tuviera la oportunidad de ejercitar la virtud de la justicia, castigándole.

SUSTANCIA MENTAL
Creo que la sustancia de nuestra vida mental, contrariamente a sus relaciones y estructura, consiste totalmente de sensaciones e imágenes.

VOLUNTAD DE DUDAR
William James solía predicar la "voluntad de creer". Por mi parte, desearía predicar la "voluntad de dudar". Ninguna de nuestras creencias es completamente cierta; todas tienen al menos, una penumbra de vaguedad y error.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

Diccionario del hombre contemporáneo

Bertrand Russell en su despacho. Foto de  Ian Berry, 1967.

SUPRALAPSARIOS
Se puede buscar incluso la justificación del agente provocador en la teología de los supralapsarios, que sostenían que Dios colocaba al hombre en circunstancias en que necesariamente tenía que pecar, a fin de que su Creador tuviera la oportunidad de ejercitar la virtud de la justicia, castigándole.

SUSTANCIA MENTAL
Creo que la sustancia de nuestra vida mental, contrariamente a sus relaciones y estructura, consiste totalmente de sensaciones e imágenes.

VOLUNTAD DE DUDAR
William James solía predicar la "voluntad de creer". Por mi parte, desearía predicar la "voluntad de dudar". Ninguna de nuestras creencias es completamente cierta; todas tienen al menos, una penumbra de vaguedad y error.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

sábado, 30 de diciembre de 2017

Cultura genuina

Bertrand Russell retratado por Roger Fry en 1923.

La cultura genuina consiste en ser ciudadano del universo, no solo de uno o dos fragmentos arbitrarios de espacio y tiempo; ayuda a los hombres a comprender la sociedad humana en general, a estimar precisamente los fines que las comunidades deben perseguir, y a ver el presente en su relación con el pasado y el futuro. La cultura genuina es, por lo tanto, de gran valor, a los que van a gobernar, para los cuales es, al menos, tan útil como una información detallada. El modo de hacer útiles a los hombres es hacerles sabios y una parte esencial de la sabiduría es una mente amplia.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

Cultura genuina

Bertrand Russell retratado por Roger Fry en 1923.

La cultura genuina consiste en ser ciudadano del universo, no solo de uno o dos fragmentos arbitrarios de espacio y tiempo; ayuda a los hombres a comprender la sociedad humana en general, a estimar precisamente los fines que las comunidades deben perseguir, y a ver el presente en su relación con el pasado y el futuro. La cultura genuina es, por lo tanto, de gran valor, a los que van a gobernar, para los cuales es, al menos, tan útil como una información detallada. El modo de hacer útiles a los hombres es hacerles sabios y una parte esencial de la sabiduría es una mente amplia.

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

domingo, 9 de abril de 2017

Acerca de los cometas

El Gran Cometa de 1811, de R. A. Proctor, Flowers of the Sky.

Si yo fuera un cometa, debería considerar al hombre de nuestro tiempo como una raza degenerada.
En tiempos pasados, el respeto hacia los cometas era universal y profundo. Uno de ellos anunció la muerte de César, otro fue interpretado como indicador de la proximidad de la muerte del emperador Vespasiano. Éste era un hombre de carácter y sostuvo que el cometa debía de tener otra significación, puesto que tenía cabellera y él era calvo, pero fueron pocos los que compartieron este extremo de racionalismo. Beda el Venerable dijo que «los cometas presagian revoluciones en los reinos, pestes, guerras, vientos o calores». John Knox consideraba los cometas como pruebas de la ira divina, y otros protestantes escoceses pensaban que eran «una advertencia al rey para que exterminara a los papistas».
Norteamérica, y especialmente Nueva Inglaterra, tuvo su debida parte en la atención de los cometas. En 1652 apareció un cometa precisamente en el momento en que el eminente señor Cotton cayó enfermo, y desapareció a su muerte. Sólo diez años más tarde un nuevo cometa advirtió a los perversos habitantes de Boston que se abstuvieran de «la voluptuosidad y el abuso de las buenas criaturas de Dios por la licenciosidad en la bebida y en las modas del vestido». Mather, el eminente teólogo, consideraba que los cometas y los eclipses habían presagiado las muertes de algunos presidentes de Harvard y de algunos gobernadores coloniales, y recomendó a su rebaño que rogara al Señor que no «se llevara las estrellas y enviara cometas para substituirlas».
Toda esta superstición fue disipada por el descubrimiento por Halley de que al menos un cometa giraba alrededor del sol en una elipse regular, igual que un juicioso planeta, y por la prueba de Newton de que los cometas obedecen la ley de gravitación. Durante algún tiempo, los profesores de las universidades más anticuadas tuvieron prohibido mencionar estos descubrimientos, pero, a la larga, la verdad no pudo ser ocultada.
En nuestros días, es difícil imaginar un mundo en el que todos, pobres o ricos, educados o incultos, estaban preocupados por los cometas y se llenaban de terror cuando aparecería alguno. La mayoría de nosotros nunca ha visto un cometa. Yo he visto dos, pero eran mucho menos impresionantes de lo que yo había esperado. La causa del cambio en nuestra actitud no es únicamente el racionalismo, sino el alumbrado artificial. En las calles de una ciudad moderna, el cielo nocturno es invisible; en los distritos rurales, viajamos con vehículos con potentes faros. Hemos borrado los cielos, y sólo unos pocos científicos siguen atendiendo a las estrellas y los planetas, los cometas y los meteoritos. El mundo de nuestra vida diaria es más artificial que en cualquier época anterior. En ello hay un menoscabo, así como una ventaja: el hombre, en la seguridad de su poder, se está haciendo superficial, arrogante y un poco loco. Pero no creo que un cometa produjera ahora el saludable efecto moral que produjo en Boston en 1662; ahora sería menester una medicina más fuerte.

Traducción de María Elena Rius

Elogio de la ociosidad y otros ensayos
Bertrand Russell (1872-1970)

Acerca de los cometas

El Gran Cometa de 1811, de R. A. Proctor, Flowers of the Sky.

Si yo fuera un cometa, debería considerar al hombre de nuestro tiempo como una raza degenerada.
En tiempos pasados, el respeto hacia los cometas era universal y profundo. Uno de ellos anunció la muerte de César, otro fue interpretado como indicador de la proximidad de la muerte del emperador Vespasiano. Éste era un hombre de carácter y sostuvo que el cometa debía de tener otra significación, puesto que tenía cabellera y él era calvo, pero fueron pocos los que compartieron este extremo de racionalismo. Beda el Venerable dijo que «los cometas presagian revoluciones en los reinos, pestes, guerras, vientos o calores». John Knox consideraba los cometas como pruebas de la ira divina, y otros protestantes escoceses pensaban que eran «una advertencia al rey para que exterminara a los papistas».
Norteamérica, y especialmente Nueva Inglaterra, tuvo su debida parte en la atención de los cometas. En 1652 apareció un cometa precisamente en el momento en que el eminente señor Cotton cayó enfermo, y desapareció a su muerte. Sólo diez años más tarde un nuevo cometa advirtió a los perversos habitantes de Boston que se abstuvieran de «la voluptuosidad y el abuso de las buenas criaturas de Dios por la licenciosidad en la bebida y en las modas del vestido». Mather, el eminente teólogo, consideraba que los cometas y los eclipses habían presagiado las muertes de algunos presidentes de Harvard y de algunos gobernadores coloniales, y recomendó a su rebaño que rogara al Señor que no «se llevara las estrellas y enviara cometas para substituirlas».
Toda esta superstición fue disipada por el descubrimiento por Halley de que al menos un cometa giraba alrededor del sol en una elipse regular, igual que un juicioso planeta, y por la prueba de Newton de que los cometas obedecen la ley de gravitación. Durante algún tiempo, los profesores de las universidades más anticuadas tuvieron prohibido mencionar estos descubrimientos, pero, a la larga, la verdad no pudo ser ocultada.
En nuestros días, es difícil imaginar un mundo en el que todos, pobres o ricos, educados o incultos, estaban preocupados por los cometas y se llenaban de terror cuando aparecería alguno. La mayoría de nosotros nunca ha visto un cometa. Yo he visto dos, pero eran mucho menos impresionantes de lo que yo había esperado. La causa del cambio en nuestra actitud no es únicamente el racionalismo, sino el alumbrado artificial. En las calles de una ciudad moderna, el cielo nocturno es invisible; en los distritos rurales, viajamos con vehículos con potentes faros. Hemos borrado los cielos, y sólo unos pocos científicos siguen atendiendo a las estrellas y los planetas, los cometas y los meteoritos. El mundo de nuestra vida diaria es más artificial que en cualquier época anterior. En ello hay un menoscabo, así como una ventaja: el hombre, en la seguridad de su poder, se está haciendo superficial, arrogante y un poco loco. Pero no creo que un cometa produjera ahora el saludable efecto moral que produjo en Boston en 1662; ahora sería menester una medicina más fuerte.

Traducción de María Elena Rius

Elogio de la ociosidad y otros ensayos
Bertrand Russell (1872-1970)

martes, 13 de diciembre de 2016

Diccionario del hombre contemporáneo

Bertrand Russell. Diccionario del hombre contemporáneo.

Aventura

Una vida sin aventura probablemente es insatisfactoria, pero una vida en la cual se permite que la aventura tome cualquier forma, es, seguramente, corta.

Cambio

Cambio es una cosa, y progreso otra. El cambio es "científico", y el progreso es "ético"; el cambio es indudable, mientras que el progreso es un asunto de controversia.

Grandes hombres

Los grandes no están solos; de la oscuridad surgen las voces de los predecesores, claras y animosas; y por lo tanto, a través de las edades realizan  un desfile imponente, orgullosos, impávidos, inconquistables. El ingresar en esta gloriosa compañía, el engrosar las filas de los que el destino no logró someter, puede ser la felicidad: ¿pero qué significa la felicidad para aquéllos cuyas almas están llenas de esa música celestial?

Traducción de Josefina Martínez Alinari

Diccionario del hombre contemporáneo
Bertrand Russell (1872-1970)

miércoles, 9 de octubre de 2013

La conquista de la felicidad

Bertrand Russell, en 1951, fotografiado por Alfred Eisenstaedt.

Hablé ya en el párrafo anterior de lo que llamo interés amistoso por las cosas. Esta frase quizá parezca forzada: tal vez se diga que es imposible sentir amistad hacia las cosas. Sin embargo, hay algo análogo a la amistad en el interés que un geólogo tiene por las rocas, o un arqueólogo por las ruinas, y este interés debiera ser un elemento en nuestra actitud hacia individuos y colectividades. Es posible tener un interés más bien hostil que amistoso por las cosas. Puede haber quien coleccione hechos relativos a las arañas porque las odia y quisieran que desaparecieran. Este interés no puede producirle la misma satisfacción que le producen al geólogo sus rocas. El interés hacia las cosas, aunque es quizá menos valioso como elemento de nuestra felicidad cotidiana que una actitud amistosa hacia nuestros conocidos, es, sin embargo, muy importante. El mundo es amplio y nuestros poderes limitados. Si toda nuestra felicidad ha de depender exclusivamente de nuestras circunstancias personales, es probable que pidamos a la vida más de lo que pueda darnos. Y pedir demasiado es el mejor camino para obtener lo menos posible. El que pueda olvidar sus preocupaciones interesándose sinceramente en algo, por ejemplo, en el Concilio de Trento o en la historia de la vida de las estrellas, notará que al volver de su excursión a ese mundo impersonal, ha adquirido un reposo y una calma que le capacitan para afrontar de buen humor toda molestia, y al mismo tiempo habrá gozado de una felicidad genuina, aunque sea temporal.
El secreto de la felicidad es éste: que tus interese sean lo más amplios posible y que tus reacciones hacia cosas y personas interesantes sean amistosas en vez de ser hostiles.

Traducción de Julio Huici Miranda

La conquista de la felicidad
Bertrand Russell

jueves, 7 de julio de 2011

El entusiasmo

Bertrand Russell, fotografiado por Peter Stackpole en 1940.

¡Cuán extraordinariamente distintas son las actitudes de hombres diferentes para con su prójimo! Unos, a través de un largo viaje, no observarán en absoluto a sus compañeros, mientras que otros los analizarán de arriba abajo, perfilando sus caracteres, adivinando sagazmente su condición y tal vez descubriendo los secretos más ocultos de algunos de ellos. Hay unos que todo lo encuentran aburrido, otros que con la mayor facilidad y rapidez entablan amistad con las personas con quienes se ponen en contacto, a menos que exista alguna razón poderosa para lo contrario. Hablemos nuevamente de viajes; unos recorrerán muchos países, yendo siempre a los mejores hoteles, comiendo lo mismo que comerían en sus casas, encontrándose con los mismos ricos ociosos en todas partes, hablando de los mismos tópicos de los que hablan en la mesa de su casa. A la vuelta, su única impresión es de descanso por haber acabdo con el fastidio de una locomoción cara. Hay otros que adondequiera que vayan ven lo que es característico, se ponen en contacto con las gentes típicas, observan lo que es de interés histórico o social, comen los alimentos del país, aprenden sus maneras y su idioma y vuelven a su casa con un nuevo bagaje de recuerdos agradables para las noches invernales. En todas estas situaciones el que tiene gusto por la vida lleva ventaja a quien no la tiene.

Traducción de Julio Huici Miranda

La conquista de la felicidad
Bertrand Russell

sábado, 23 de octubre de 2010

ENTUSIASMO

Bertrand Russell, en 1940. Fotografía de Peter Stackpole.

Las variantes del interés son innumerables. Recordemos que Sherlock Holmes recogió un sombrero que se encontró en la calle. Después de examinarlo durante un momento, comprendió que su poseedor se había caído a consecuencia de una borrachera y que su mujer iba perdiéndole el cariño que le tuvo. La vida no puede ser aburrida para quien los objetos casuales ofrecen tal riqueza de interés. Pensemos en las distintas cosas que pueden llamar nuestra atención durante un paseo por el campo. A unos les pueden interesar los pájaros, a otros la vegetación, a éstos la agricultura, a aquéllos la geología, etc. Cada una de tales cosas se hace interesante en cuanto nos interesa, y como a todo lo demás le ocurre lo propio, el que se interese por algo está mejor adaptado al mundo que aquel a quien no le preocupa nada.

La conquista de la felicidad
Bertrand Russell

sábado, 18 de septiembre de 2010

Elogio de la ociosidad

Fuente imagen:rottentomatoes
Elogio de la ociosidad
En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, serán capaces de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.
Elogio de la ociosidad
Bertrand Russell