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martes, 27 de febrero de 2018

Un relato desde mi choza

Kamo no Choomei. Un relato desde michoza.

(XXXIV)

La realidad sólo depende de tu espíritu. Si tu espíritu no está en paz, ¿de qué sirven caballos, elefantes y las siete rarezas? Un palacio o una mansión suntuosa te resultarán insuficientes.
Yo adoro mi morada solitaria, esta choza de una sola habitación.
De vez en cuando voy a la capital y soy consciente de que mi aspecto es el de un mendigo, pero cuando regreso me compadezco de aquéllos que buscan la insignificancia del mundo.
Si alguien duda de mis palabras, pongamos el ejemplo de los peces y las aves. Los peces adoran el agua, pero nadie puede conocer la felicidad del pez, a menos que sea uno de ellos. Las aves, por su parte, desean vivir en los bosques, pero, si no eres un pájaro, ¿cómo sabrás sus motivos?
Una vida tranquila es muy semejante: ¿cómo se puede conocer sin vivirla?

Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo

Un relato desde mi choza
Kamo no Choomei (1155-1216)

Un relato desde mi choza

Kamo no Choomei. Un relato desde michoza.

(XXXIV)

La realidad sólo depende de tu espíritu. Si tu espíritu no está en paz, ¿de qué sirven caballos, elefantes y las siete rarezas? Un palacio o una mansión suntuosa te resultarán insuficientes.
Yo adoro mi morada solitaria, esta choza de una sola habitación.
De vez en cuando voy a la capital y soy consciente de que mi aspecto es el de un mendigo, pero cuando regreso me compadezco de aquéllos que buscan la insignificancia del mundo.
Si alguien duda de mis palabras, pongamos el ejemplo de los peces y las aves. Los peces adoran el agua, pero nadie puede conocer la felicidad del pez, a menos que sea uno de ellos. Las aves, por su parte, desean vivir en los bosques, pero, si no eres un pájaro, ¿cómo sabrás sus motivos?
Una vida tranquila es muy semejante: ¿cómo se puede conocer sin vivirla?

Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo

Un relato desde mi choza
Kamo no Choomei (1155-1216)

lunes, 5 de agosto de 2013

Un relato desde mi choza

Kamo no Choomei, retratado por Kikuchi Yosai.

(XXXII)
Cuando empecé a vivir en este lugar no pensaba estar tanto tiempo, pero ahora han pasado ya cinco años. Este rudo refugio se ha convertido en mi hogar.
Las hojas podridas se amontonan en el tejado. El musgo crece en la parte inferior.
Los rumores ocasionales de la capital me cuentan que muchos señores feudales han fallecido mientras estaba yo recluido aquí en las montañas. También otros de menor rango, -el número no lo podremos saber nunca-.
Me pregunto cuántas casas se habrán quemado en los repetidos incendios.
Sólo aquí en mi chocita se está en paz y sin temor. Tan pequeña como es, hay espacio para dormir de noche y sentarse de día: el espacio suficiente para un hombre.
El cangrejo ermitaño prefiere un caparazón diminuto, consciente de sus necesidades. El quebrantahuesos vive junto a las costas rocosas pues teme al mundo del hombre.
Y eso sucede conmigo: conozco mis necesidades y el mundo. No ansío nada y no trabajo para adquirir objetos. Mi único deseo es vivir tranquilo, estar libre de preocupaciones y ser suficientemente feliz. Las personas del mundo material no construyen sus casas para satisfacer sus necesidades reales. Algunos lo hacen para sus mujeres, sus hijos, sus parientes. O bien las levantan para los amigos y los que están a su alrededor.
Algunos hacen sus casas para sus señores y maestros. E incluso para sus tesoros, bueyes, caballos.
Yo la he construido sólo para mí. Os preguntaréis por qué. Hoy día, el mundo tiene sus reglas, y yo tengo las mías.
Aquí no tengo ninguna compañía ni sirvientes. Aunque construyera una casa más grande, ¿a quién recibiría? ¿con quién tendría que vivir?

Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo

Un relato desde mi choza
Kamo no Choomei (1155-1216)