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sábado, 19 de abril de 2025

Un Buda en el jardín

 La humilde Mab

Veo una luna
Del planeta Urano, es
La humilde Mab.

Varado en Andrómeda
Iru Burni


Al verlas llegar, el hombre gordo gritó algo y se levantó de la silla para ofrecer su mercancía, unas bragas y un sujetador que cogió de entre el montón. Su camiseta de tirantes, antaño blanca, tenía sombras de sudor y ron-chones de suciedad.
—Tranquila, no aligeres el paso.
María desoyó el consejo de su amiga. La actitud del hombre, casi echándose encima, la había asustado y salió corriendo. Marta mantuvo el paso. El hombre era un anciano, apenas podía seguir el paso de Marta, pero lo-gró alcanzarla y caminar a su lado durante un trecho.
Une bon affaire pour les dames —dijo el hombre.
Non, merci, nous n'utilisons pas —dijo Marta.
¡Mon Dieu, c'est pas vrai! ¡Baiser avec les dames! —se rio apenas sin dientes el hombre.
Cuando por fin pudo dejarlo atrás y alcanzó a Ma-ría, ésta quiso saber qué había dicho.
—Ha dicho que si nos llevamos las bragas nos rega-la el sujetador. O al revés, no sé.
—¿Eso ha dicho?
Descargó la tensión con una carcajada.
—¿Y qué le has respondido?
—Que gracias, pero que no usamos.
—¿Qué?

Un Buda en el jardín
Asdrúbal Hernández

sábado, 17 de abril de 2021

Relatos

 

Sobre una de las historias de «Relatos»:
«Dura muy poco, ¿pero acaso no fuimos eternos? El primer beso, el primer libro, el primer baño en el mar… y la inmensidad del tiempo por venir para repetirlo. ¿Cómo no llamarlo paraíso? Pero un paraíso lo es de verdad sólo cuando se ha perdido."Uno de esos días" es un breve inventario de las esperanzas de volver a él, al primer baño en el mar, al primer libro, al primer beso… sabiendo que todo esfuerzo es vano y que, ilusos, debemos engañarnos para no desfallecer.Y sin embargo…»A. H.

Asdrúbal Hernández

Relatos

 

Sobre una de las historias de «Relatos»:
«Dura muy poco, ¿pero acaso no fuimos eternos? El primer beso, el primer libro, el primer baño en el mar… y la inmensidad del tiempo por venir para repetirlo. ¿Cómo no llamarlo paraíso? Pero un paraíso lo es de verdad sólo cuando se ha perdido."Uno de esos días" es un breve inventario de las esperanzas de volver a él, al primer baño en el mar, al primer libro, al primer beso… sabiendo que todo esfuerzo es vano y que, ilusos, debemos engañarnos para no desfallecer.Y sin embargo…»A. H.

Asdrúbal Hernández

viernes, 14 de abril de 2017

Juegos de parejas

Juegos de parejas
Juegos de parejas

—Voy a cazar mariposas.
—Pero, Clarisse —replicó Walter—, en esta estación no hay mariposas.
—Quién sabe.
El hombre sin atributos
Robert Musil

Gramática convencional
Esa mañana temprano, Eva se puso la malla y la sudadera que su marido le había regalado en su cumpleaños y salió al balcón. Era temprano, y aún no había amanecido. El cielo estaba estrellado, estrellas como puños. Solía correr una media hora y a la vuelta preparaba el desayuno de todos. Correr con las estrellas, lo llamaba ella. Bajó los cuatro pisos en ascensor y salió a la calle.
Era sábado. Las ventanas de las casas del vecindario permanecían apagadas. Eva se apoyó en la empalizada del jardín de la comunidad y empezó con los ejercicios para entonar las piernas. Soplaba una brisa algo fresca, anticipando el otoño. Mientras se ponía a punto, se fijó en el césped cubierto de hojas y alzó la vista hasta el magnolio. Empezó a correr, y a la luz de las farolas vio que los plátanos de ambos lados de la carretera estaban igualmente desnudos, sus hojas muertas alfombrando la alameda, que los pies levantaban en medio de pequeñas explosiones de hojarasca seca.
Juegos de parejas
Asdrúbal Hernández

Juegos de parejas

Juegos de parejas
Juegos de parejas

—Voy a cazar mariposas.
—Pero, Clarisse —replicó Walter—, en esta estación no hay mariposas.
—Quién sabe.
El hombre sin atributos
Robert Musil

Gramática convencional
Esa mañana temprano, Eva se puso la malla y la sudadera que su marido le había regalado en su cumpleaños y salió al balcón. Era temprano, y aún no había amanecido. El cielo estaba estrellado, estrellas como puños. Solía correr una media hora y a la vuelta preparaba el desayuno de todos. Correr con las estrellas, lo llamaba ella. Bajó los cuatro pisos en ascensor y salió a la calle.
Era sábado. Las ventanas de las casas del vecindario permanecían apagadas. Eva se apoyó en la empalizada del jardín de la comunidad y empezó con los ejercicios para entonar las piernas. Soplaba una brisa algo fresca, anticipando el otoño. Mientras se ponía a punto, se fijó en el césped cubierto de hojas y alzó la vista hasta el magnolio. Empezó a correr, y a la luz de las farolas vio que los plátanos de ambos lados de la carretera estaban igualmente desnudos, sus hojas muertas alfombrando la alameda, que los pies levantaban en medio de pequeñas explosiones de hojarasca seca.
Juegos de parejas
Asdrúbal Hernández

jueves, 13 de abril de 2017

Uno de esos días

Uno de esos días
Bien, ¿tendría que repetírselo? ¿Cómo quería que se lo dijera? ¿Acaso no hablaban el mismo idioma? Lo repitió una vez más. Más o menos con las mismas palabras, que, sin embargo, remarcó ahora con un tonillo de irritación que expresaba el incipiente agotamiento de su paciencia.
—Te lo repito, hoy salgo tarde y no puedo ir a retirarlo.
—Pero ya he quedado para jugar al golf —repitió a su vez ella—. ¿Es que no lo entiendes? ¿No me escuchas?
—Por Dios, ¿te das cuenta de que si no lo recogemos hoy nos pasaremos el fin de semana sin él?
—¿Y qué? ¿No tenemos el otro? ¿Para qué queremos los dos coches el fin de semana?—repuso ella.
Él no respondió de inmediato. ¿Qué podía oponer a eso?
—Mira… —empezó.
—Además, por qué no me lo dijiste anoche? No, tenías que esperar a que quedara con mis amigas para decírmelo.
—Santísimo Jesucristo, ¿pero no te entra en la cabecita que se ha terminado de estropear es-ta-ma-ña-na? Cómo iba a decírtelo anoche. Lo que te dije anoche es que se me había calado en un semáforo volviendo a casa, y que la semana pasada le había pasado lo mismo otras dos veces, pero que luego había vuelto a arrancar. ¿Quién no escucha a quién? Te lo dije delante de los chicos, mientras cenábamos. Ellos son testigos.
—¿Los chicos, dices? Siempre igual. No los obligues a tomar partido, te llevarías una sorpresa.
—¿Qué quieres decir? No me vengas…
Uno de esos días
Asdrúbal Hernández

Uno de esos días

Uno de esos días
Bien, ¿tendría que repetírselo? ¿Cómo quería que se lo dijera? ¿Acaso no hablaban el mismo idioma? Lo repitió una vez más. Más o menos con las mismas palabras, que, sin embargo, remarcó ahora con un tonillo de irritación que expresaba el incipiente agotamiento de su paciencia.
—Te lo repito, hoy salgo tarde y no puedo ir a retirarlo.
—Pero ya he quedado para jugar al golf —repitió a su vez ella—. ¿Es que no lo entiendes? ¿No me escuchas?
—Por Dios, ¿te das cuenta de que si no lo recogemos hoy nos pasaremos el fin de semana sin él?
—¿Y qué? ¿No tenemos el otro? ¿Para qué queremos los dos coches el fin de semana?—repuso ella.
Él no respondió de inmediato. ¿Qué podía oponer a eso?
—Mira… —empezó.
—Además, por qué no me lo dijiste anoche? No, tenías que esperar a que quedara con mis amigas para decírmelo.
—Santísimo Jesucristo, ¿pero no te entra en la cabecita que se ha terminado de estropear es-ta-ma-ña-na? Cómo iba a decírtelo anoche. Lo que te dije anoche es que se me había calado en un semáforo volviendo a casa, y que la semana pasada le había pasado lo mismo otras dos veces, pero que luego había vuelto a arrancar. ¿Quién no escucha a quién? Te lo dije delante de los chicos, mientras cenábamos. Ellos son testigos.
—¿Los chicos, dices? Siempre igual. No los obligues a tomar partido, te llevarías una sorpresa.
—¿Qué quieres decir? No me vengas…
Uno de esos días
Asdrúbal Hernández

miércoles, 12 de abril de 2017

Tres de corazones

Tres de corazones
(relatos)
Todos los huevos
El día siguiente transcurrió con
normalidad; al otro todo cambió.
Soldados de Salamina
Javier Cercas
Llamó a Elena.
Eso fue lo primero que Leisa hizo nada más bajar del avión. Luego tomó un taxi y se dirigió a la ciudad. Entre todo lo que la distancia le había permitido hacer durante esos tres meses que había pasado fuera estaban los planes para empezar de nuevo, y ahora, recostada sobre el respaldo del asiento y con la cabeza algo levantada y ensoñadoramente vuelta a un lado, fue repasando todo cuanto se había propuesto hacer desde mañana mismo.
Tres de corazones
Asdrúbal Hernández

Tres de corazones

Tres de corazones
(relatos)
Todos los huevos
El día siguiente transcurrió con
normalidad; al otro todo cambió.
Soldados de Salamina
Javier Cercas
Llamó a Elena.
Eso fue lo primero que Leisa hizo nada más bajar del avión. Luego tomó un taxi y se dirigió a la ciudad. Entre todo lo que la distancia le había permitido hacer durante esos tres meses que había pasado fuera estaban los planes para empezar de nuevo, y ahora, recostada sobre el respaldo del asiento y con la cabeza algo levantada y ensoñadoramente vuelta a un lado, fue repasando todo cuanto se había propuesto hacer desde mañana mismo.
Tres de corazones
Asdrúbal Hernández

jueves, 24 de julio de 2014

Todo lo que está por hacer

Uno de esos días, de Asdrúbal Hernández
Todo lo que está por hacer
Para las hermanas Dulce no era cierto que Dios creara el mundo sólo en seis días. ¡Pero si ni siquiera lo había terminado! De lo contrario no habría tantas lenguas para tan pocas cosas que decirse; ni enfermedades (Valentina sufría de aerofagia); ni guerras por ahí, aunque fueran lejos; no habría catástrofes en ningún sitio (también muy lejos, como esa reciente en que murió tanta gente que los cuerpos alfombraban el mar y la tierra); y desde luego, no padeceríamos pensiones de jubilación tan bajas o goteras en el cuarto de invitados.
Hablando de pensiones, parecería que Dios se acogió a una jubilación anticipada de oro dejando todo empantanado. Y hablando de goteras, antes de salir de casa para ir a la prisión donde trabajaba, Mónica le había vuelto a recordar a Valentina que se acercara a la ferretería y dijera al ferretero que mandase un fontanero o un albañil o quien quiera que se dedicase a quitar goteras.
—Métele prisa. Hoy no llueve, pero va a cambiar otra vez. Y de paso compra ese líquido, como se llame, para desatascar el fregadero.
—No está atascado. Ya te lo he dicho.
—Lo estará de un momento a otro. Y no lo viertas tú sola —le gustaba hablar así a veces, verter en lugar de echar, regresar en vez de volver—. Espera a que regrese. Ah, y dos mascarillas –gritó ya desde fuera. Se le había hecho algo tarde; si no se daba prisa tendría que esperar al siguiente autobús.
Uno de esos días
Asdrúbal Hernández 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Uno de esos días

Uno de esos días  (Amazon)
Bien, ¿tendría que repetírselo? ¿Cómo quería que se lo dijera? ¿Acaso no hablaban el mismo idioma? Lo repitió una vez más. Más o menos con las mismas palabras, que, sin embargo, remarcó ahora con un tonillo de irritación que expresaba el incipiente agotamiento de su paciencia.
—Te lo repito, hoy salgo tarde y no puedo ir a retirarlo.
—Pero ya he quedado para jugar al golf —repitió a su vez ella—. ¿Es que no lo entiendes? ¿No me escuchas?
—Por Dios, ¿te das cuenta de que si no lo recogemos hoy nos pasaremos el fin de semana sin él?
—¿Y qué? ¿No tenemos el otro? ¿Para qué queremos los dos coches el fin de semana?—repuso ella.
Él no respondió de inmediato. ¿Qué podía oponer a eso?
—Mira… —empezó.
—Además, por qué no me lo dijiste anoche? No, tenías que esperar a que quedara con mis amigas para decírmelo.
—Santísimo Jesucristo, ¿pero no te entra en la cabecita que se ha terminado de estropear es-ta-ma-ña-na? Cómo iba a decírtelo anoche. Lo que te dije anoche es que se me había calado en un semáforo volviendo a casa, y que la semana pasada le había pasado lo mismo otras dos veces, pero que luego había vuelto a arrancar. ¿Quién no escucha a quién? Te lo dije delante de los chicos, mientras cenábamos. Ellos son testigos.
—¿Los chicos, dices? Siempre igual. No los obligues a tomar partido, te llevarías una sorpresa.
—¿Qué quieres decir? No me vengas…
Uno de esos días
Asdrúbal Hernández

lunes, 26 de abril de 2010

Dársena

Edward Hopper
Así que el sábado temprano di un beso a mi mujer y la dejé dormida en la cama. Duerme, ángel mío, le susurré con ternura. Aún no había amanecido. En el ascensor saludé a los vecinos del cuarto, que salían a correr como de costumbre. Sonreímos. Ella aprovechaba el trayecto para hacer estiramientos. Con su aspecto podrían pasar por monitores de gimnasia, pero por mi mujer sé que ambos son auxiliares de vuelo. Hay parejas a las que une todo lo que hacen juntos y otras que basan su estabilidad en lo contrario.

"Dársena"
A. Hernández

jueves, 11 de marzo de 2010

Dársena

Le dije a mi mujer que estaba pensando en salir el sábado temprano y que estaría de vuelta antes de la cena, pero pareció no oírme. Había tenido un día duro en el hospital, uno de esos días duros en que uno de los niños de tu planta termina por sucumbir a la leucemia. Luego, en el metro vuelves a casa y sin ningún motivo te fijas en la joven que está leyendo un libro y te ves a su misma edad. Te preguntas dónde están los veinte años que os separan, qué has hecho de ellos, a dónde habrán ido a parar. Y mirar el reflejo de tu rostro en el cristal de la ventana sólo te confirma que los días venideros han de alejarte más de la espuma de los sueños.

Dársena

viernes, 12 de febrero de 2010

Dársena

Mundaka
No hace mucho me llegó la noticia de que había vuelto a abrir el Café Larssen, en el pueblecito costero donde, hasta que murió nuestro padre, solíamos pasar el verano. Era un lugar sin nada especial, con apenas quinientos habitantes, una iglesia románica, una fábrica de conservas de pescado y un pequeño e inexplicable museo del cine, cerrado la mayor parte del año. Pero había un momento en que se transformaba. Entonces todo parecía más grande. Y no sólo por las familias que afluían indefectiblemente de junio a septiembre a las urbanizaciones de la periferia. La propia luz del estío parecía dilatarlo todo. Las viejas casas del puerto, los cuatro o cinco cascarones que flotaban en la dársena, la arena de la playa; el mismo mar parecía hincharse para recibir a los bañistas.

Dársena
Asdrúbal Hernández

lunes, 25 de enero de 2010

2017


En 2017, justo al día siguiente de que israelíes y palestinos firmaran un papel para poder empezar a convivir de espaldas sin matarse, mi abuelo decidió que ya era suficiente
-Bueno- dijo, cerrando el periódico-. Ya es suficiente.
-¿Qué, qué es suficiente?- preguntó mi abuela, sin mirarle.
A mi hermano y a mí se nos habían terminado las vacaciones de invierno y los abuelos fueron en su nuevo coche hasta la estación de esquí para llevarnos de vuelta a casa. Papá y mamá prolongarían su estancia otra semana más, como estaba previsto que hicieran (muchos años después supe que nuestra querida hermanita fue concebida justo en esos días).
-¿Qué es suficiente?- insistió sin mucho interés pero con irritación mi abuela, ya que mi abuelo se había levantado de la mesa y ahora miraba en silencio por la ventana con los brazos en jarras.
Era la mañana del sábado, el día siguiente a nuestra vuelta, una mañana gris y lluviosa que había hecho que la abuela se decidiera a cocinar faltando a la promesa hecha la noche anterior de llevarnos a comer a una pizzería.
Pero ¿cómo olvidar las palabras de mi abuelo, un susurro que sonó como una pedrada en el cristal de la ventana?
-Ya no te soporto.

2017

domingo, 14 de junio de 2009

Mollejas

Fuente: www.summagallicana.it
Mollejas
......
Sonrió al ver al grandote de Deuve (Dos Velocidades: Una lenta y otra más lenta) con los brazos en jarras mirando el cielo como un pasmarote, y dejó de hacerlo cuando vio a Molín acarrear una manguera sobre una carretilla en dirección a la nave anexa a la principal. Bien sabía él para qué. Allí, en el “Palacio”, se depositaba la mierda de los pollos. Ahora entrará en el “Palacio”. Tiene que mojar la montaña de mierda seca. Si lo hace con cabeza empezará por la punta. Apuntará justo por encima y dejará que el agua caiga como fina lluvia sobre la punta de la montaña, y no dejará de apuntar allí durante un buen rato, y luego empezará a dar vueltas alrededor, lentamente, como el caballito de un tiovivo que se estuviese parando, para que la lluvia se reparta por igual y la montaña de mierda se mantenga firme. Luego, tendrá que empezar a bajar el chorro por la falda de la montaña, y tendrá que hacerlo con mucho ojo para que la montaña no se desmorone y la mierda se escurra hacia sus pies. La mierda sólo requiere ser humedecida; si la empapa está perdido. Si lo hace como Dios manda, no dejará que la montaña se empape y se forme una enorme laguna de mierda. Luego, saldrá al patio trasero a esperar durante una hora, más o menos, a que el hedor y los gases escapen por el agujero del techo. Yo solía fumar mi dos o tres cigarrillos mientras miraba el horizonte del mar allá abajo. Él, no fuma. Pero tiene ese viejo libro sin pastas, “La isla del tesoro”, que lee una y otra vez como si no lo entendiera, se sentará a leerlo en la butaca desfondada que hay contra la pared, y al cabo de poco más de una hora entrará y hurgará en la mierda para ver su consistencia. Si todo ha ido bien, la mierda estará ni húmeda ni seca, estará en su punto para ser encajonada en los moldes de madera. A dos moldes por carretilla, si aprovecha bien cada viaje, tendrá que hacer unos cincuenta o sesenta viajes hasta la explanada donde están los moldes, al aire libre y bajo la tejavana de uralita. Contando con la media hora par comer, lo tendrá listo antes de que anochezca y vaya al “Balneario” a ducharse. Y tendrá que repetirlo dentro de dos semanas. Para entonces ya habrá terminado el libro, y comenzará a leerlo, de nuevo, como si no lo hubiera entendido bien del todo o empezara a olvidarlo, otra vez.
Mollejas
Asdrúbal Hernandez

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Todositios


El Todositios se detiene ante los escaparates de todas las agencias de viaje. Tiene las paredes de su casa empapeladas con las fotografías de los folletos que ha obtenido en ellas. Admira como nadie una puesta de sol en Tierra de Fuego o una medialuna de arena con oasis al fondo. Viaja más y mejor que nadie, y ha leido más y mejor que nadie los libros de las andanzas de Richard Burton y Marco Polo.

No ha de pensarse, sin embargo, que sus lecturas, vastas por lo demás -el Todositios es un erudito-, se agotan con el milenario género de la literatura de viajes, ya que su selecta biblioteca acoge, por citar sólo unos pocos nombres, a Shakespeare, Goethe, Cervantes, Li Po, Quevedo, etc, además de toda clase de autores modernos. Su cultura es sincrética y es un individuo transigente en cualquier aspecto de la condición humana; es, según se mire, un genio.

Y quizás, un rasgo con el que se le puede identificar como tal es su intransigencia a dejarse engatusar con ningún proyecto de viaje.

Él, como nadie, ha aprendido a viajar sin las molestias que tal empresa comporta: el Todositios viaja sin equipaje, que es como se viaja en la imaginación.

Para Carlos Arana, con cariño y admiración

"El Todositios"
Asdrúbal Hernández

Harto de todo eso


-Primo, ¿me estás evaluando?
-¿Qué?
Después de comer, él había salido al porche a fumarse un cigarrillo. Apenas había abierto la boca en la mesa; la tardanza de su madre y su prima y la comida tardía se sumaron a su lista de agravios. La señora Mabelle había dejado que su sobrina le ayudase a retirar la mesa; pero eso, no, no iba a dejar que metiera las manos en el fregado y la había puesto de patitas en la calle.
-He visto cómo me miras. Esperas a que me descuide para mirarme de arriba abajo.
El lanzó una desganada carcajada.
-¿Qué? No seas engreída, nena.
-Creo que me estás haciendo una evaluación furtiva...
-Una evaluación, ¿qué?
-..., pero no me importa. Estoy acostumbrada. En el instituto, los chicos me miran también así. Sólo es una manera de calentarse sin llegar a nada. Es un poco tonto, ¿no?
La madre que la parió, se dijo él aplastando el cigarrillo en el escalón de madera.
-De dónde sales tú, ¿eh?-. Se levantó para mostrar su impaciencia y caminó despacio hacia la furgoneta-. ¿Cuántos años tienes?
La chica sonrió; qué gracia le hacían los adultos en cuanto se dejaban llevar por el desconcierto y perdían los estribos.
-Catorce, pero pronto voy a hacer dieciéis.
-¿Cómo?-se rió él a carcajadas, esta vez, sin fingir-. Vaya con la monita. Te los saltas de dos en dos, ¿eh?-. Abrió la puerta de la furgoneta y se sentó al volante-. ¿Quieres ver algo bueno?
Ella se acercó, desconfiada.
-¿Qué?
-¿Quieres verlo, o no?
-Pero, ¿qué es?
-Tendrás que venir conmigo para saberlo.
-Vale.

"Harto de todo eso"

domingo, 12 de octubre de 2008

Todos los huevos

Huevos
Tres de corazones
(relatos)
Todos los huevos
El día siguiente transcurrió con
normalidad; al otro todo cambió.
Soldados de Salamina
Javier Cercas
Llamó a Elena.
Eso fue lo primero que Leisa hizo nada más bajar del avión. Luego tomó un taxi y se dirigió a la ciudad. Entre todo lo que la distancia le había permitido hacer durante esos tres meses que había pasado fuera estaban los planes para empezar de nuevo, y ahora, recostada sobre el respaldo del asiento y con la cabeza algo levantada y ensoñadoramente vuelta a un lado, fue repasando todo cuanto se había propuesto hacer desde mañana mismo.

Tres de corazones
Asdrúbal Hernández

jueves, 24 de julio de 2008

Nada es como antes



-Primo, ¿me estás evaluando?
-¿Qué quieres decir?
-He visto cómo me miras. Esperas a que esté descuidada para desnudarme con la mirada.
-No seas idiota, nena. Te falta mucho para que empiecen a mirarte los tíos. Al menos como miran cuando tienen ganas.
-¿Y cómo me miras tú?
Será cabrona- se dijo él.
-No importa- prosiguió ella-. Estoy acostumbrada a que los chicos me miren así en el instituto. Es algo inofensivo. Sólo es una forma idiota de calentarse sin llegar a nada.
La madre que te parió-volvió a rumiar él.
-¿Cuántos años tienes?- quiso saber ella.
-Veintiocho. ¿Por qué ?
-Por nada. Los adultos retorcéis las cosas hasta darle la forma de vuestras necesidades.
Serás hijaputa.
-¿Qué tal los pollos?
-¿Eh?- le había cogido desprevenido.
-Los pollos. Mi madre me contó que trabajas en una granja de pollos.
-Lo dejé. Faltaba trabajo. O sobraba mano de obra. Elige.
-Te despidieron.

Nada es como antes
Asdrúbal Hernández