Mostrando entradas con la etiqueta Dino Buzzati. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dino Buzzati. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de octubre de 2012

De noche a noche

M. C. Escher. Villa italiana.

Al atardecer, abandonaba en ferrocarril la gran ciudad. Partía para una orilla lejana en la que me esperaba la guerra, partía y regresaba al mismo tiempo. Pero en las paredes violáceas de las casas -inmensas y misteriosas a causa de la noche-, resplandecían centenares de luces; las ventanas y los balcones aparecían iluminados. Porque todavía no había empezado la verdadera y reglamentaria noche de guerra, la cual, en agosto, suele empezar casi siempre a las nueve. Debido a esto, miraba yo con tristeza aquellas luces, sopesando lo que decían a mi corazón. El tren, al pasar ante las enormes aglomeraciones urbanas, me dejaba contemplar las casas iluminadas y desconocidas, con una mujer que lavaba los platos, un hombre que leía el periódico, dos ancianas que charlaban, un niño que hacía ruido sentado a una mesa, hombres que jugaban a las cartas... ¡Mil vidas distintas! Veía, también, en las calles oscuras, sombras de parejas casi inmóviles y seguramente felices. De cuando en cuando, veía también las luces de un palacio, en el que los mayordomos esperaban la hora prescrita para dejar anunciar la cena. La ciudad seguía viviendo sin saber nada de mí, me olvidaba por completo, no conocía de mí ni siquiera el nombre.

Traducción de Rafael Olivar

Los siete mensajeros
Dino Buzzati

sábado, 2 de junio de 2012

El secreto del Bosque Viejo

Ivan Shishkin. Árboles caídos.

Así fue como Sebastián Procolo se perdió en el bosque. En sus tiempos de la Academia militar le enseñaron seguramente que en medio de una selva se puede uno orientar fijándose en los líquenes que se desarrollan siempre al lado norte de los troncos de los árboles: no hay manual por sencillo que sea, que no trate de esta cuestión. Pero, evidentemente, el coronel lo había olvidado.
Al principio no se preocupó, porque aún había luz. Mas poco a poco fue cayendo la tarde y las sombras se iban haciendo más densas. El sol descendía detrás de las nubes; los pájaros se fueron a dormir y las tinieblas lo envolvieron todo.
El coronel se sentó en el suelo apoyando los pies en el tronco de un pino. A su alrededor estaba la selva, el antiquísimo "Bosque Viejo" cargado de vida misteriosa.
Como Sebastián Procolo no llevaba cerillas, ni siquiera pudo ver la hora en su reloj de oro. Carraspeó dos o tres veces, no para darse ánimos, sino para desahogar su garganta que le oprimía. Aquel olor intenso a savia, aquellos densos vapores de descomposición vegetal, le producían, en efecto, una pequeña angustia.
Tampoco llegaba hasta él el son de la campana de la iglesia de Fondo que anunciaba las horas, ni la voz de Bienvenido, ni el estruendo de los automóviles, ni ningún otro sonido.
Esperando al nuevo día el coronel se sentó y por primera vez en su existencia acertó a distinguir los rumores del bosque.
Aquella noche sonaron quince. Procolo los fue contando de uno en uno.
1. Sordos bramidos intensos que parecían salir de la tierra, como si se avecinase un terremoto.
2. Crujir de hojas.
3. Chasquido de ramas tronchadas por el viento.
4. Roce de hojas secas en el suelo.
5. Ruido de ramas secas, y de hojas y piñas al chocar con el suelo.
6. Murmullo lejano del agua al deslizarse en los arroyuelos.
7. Aleteo de un pajarraco que a cada momento intentaba volar (tal vez un gallo salvaje).
8. Pisadas de animales (ardillas, o lobos, o zorros, o liebres) que atravesaban la selva.
9. Susurros de insectos entre las hojas.
10. Arrastre de un reptil, probablemente.
11. De tiempo en tiempo, el zumbido de un abejorro.
12. El graznido de una lechuza.
13. El dulce canto de un grillo.
14. Gritos y quejidos distantes de algún animal desconocido atacado por lobos o grajos.
15. Ladridos absolutamente misteriosos.
Aparte de esto también hubo aquella noche ratos de grave silencio; el religioso silencio de los bosques primitivos, no comparable a ningún otro silencio en el mundo, y que muy pocos hombres han oído.

Traducción de Antonio Espina

El secreto del Bosque Viejo
Dino Buzzati

viernes, 10 de febrero de 2012

El secreto del bosque viejo

Rene Lynch. La vida secreta de los bosques.

Dicha verdad se había revelado muchas veces, pero nadie creía en ella. Parecerá inverosímil, pero todavía hay gente en el valle de Fondo que no se ha dado cuenta de la realidad. Incluso, si leyesen estas páginas, seguirían, seguramente, tan incrédulos como antes: hasta tal punto dominan en aquellos espíritus los prejuicios y la superstición.
Ya desde lejanas edades pudo advertirse que el "Bosque Viejo" no era como los demás bosques. Esta creencia debía necesariamente ser aceptada por todos aunque no lo confesasen. Ahora bien, la diferencia que había entre este bosque y los demás nadie podría explicarla.
Fue al principio del siglo pasado cuando se hizo el descubrimiento. La particularidad que distinguía al "Bosque Viejo" supo verla perfectamente el abate Dom Marco Marioni durante una excursión que realizó por aquel valle. Parece que el descubrimiento no le extrañó demasiado, por lo que su referencia es breve. Esta referencia la hizo en sus Notas sobre Geología e Historia Natural de un sacerdote viajero, publicadas en 1836, en Verona.
Son notas sencillas y claras:
"Cuando estuve en Fondo, recorrí un magnífico bosque que las gentes de allí llaman el "Bosque Viejo" y que es notable por la altura de sus árboles, que a veces son más elevados que el campanario de San Calimero. Enseguida comprendí que aquellos árboles estaban habitados por genios, como ocurre en los bosques de otras regiones. Los habitantes del valle, a los que pedí informes, parecían ignorarlo. En cada árbol hay un genio que algunas veces se muestra al exterior en forma de hombre o animal. Se trata de seres benévolos y sencillos, incapaces de perjudicar al hombre. La extensión del bosque alcanza..."
Marioni fue, pues, el único naturalista que ha escrito sobre los genios del "Bosque Viejo".

Traducción de Antonio Espina

El secreto del bosque viejo
Dino Buzzati

martes, 29 de diciembre de 2009

El secreto del bosque viejo

Rene Lynch. La vida secreta de los bosques.

Marioni fue, pues, el único naturalista que ha escrito sobre los genios del "Bosque Viejo".
La noticia, por lo demás, no era nueva, porque en tiempos remotos ya se conocía y se repetía de boca en boca por toda la comarca. Es posible que quien primeramente conociera el hecho fuera algún leñador. Éste la transmitiría a los demás aldeanos.
Sin embargo, ahora tenían el hecho por una ridícula superstición.
Los sucesivos propietarios del "Bosque Viejo" y los aldeanos del valle notaron, sí, que aquellos árboles tenían algo raro. A esto se debe, quizás, el que nadie se atreviese a talar en el bosque. A pesar de ello, cuando alguien hablaba de los genios todo eran risas de burla.
Únicamente los niños, libres de prejuicios, creían que el bosque estaba poblado por genios. Pero su conocimiento del asunto era muy vago. Así, cuando se iban haciendo mayores no les costaba trabajo cambiar de parecer, infuidos por las fábulas inverosímiles que les contaban sus padres.
Debemos confesar que tampoco nosotros tenemos de los genios del "Bosque Viejo" informes muy precisos. Parece, como escribió el abate Marioni, que éstos algunas veces debían tener apariencia de personas y animales y salir de los árboles, cosa que sólo ocurría en circunstancias excepcionales.

Traducción de Antonio Espina

El secreto del bosque viejo
Dino Buzzati

jueves, 3 de septiembre de 2009

De noche a noche

Yvonne Tremblay Gagnon. Départ. Partida
Bullía la ciudad de existencias jóvenes o viejas, de esperanzas y de enfermedades, de pompas y sueños arcanos. Aparecían también hermosas mujeres bajo los negros árboles, amores que huían a mi espalda y que siempre me serían ignorados. Aquélla me dejaba ir sin compasión, sin llanto; nada había hecho para retenerme; ni una sonrisa, ni una invitación; ni siquiera me había saludado. Con todo, me disgustaba alejarme; era triste separarme de ella; y resultaba amargo pensar en todas las dulzuras que con ella dejaba, en los días bellísimos, los atardeceres suaves y poéticos, las primeras ilusiones, las calles en donde solía encontrarla, los fabulosos portales en donde, quizá, me esperaba; las ocasiones perdidas, las que ni había intentado siquiera; las horas, los días, los años enteros de la rápida vida, arrastrada de aquella manera por vileza o por orgullo. Meditaba en la existencia pasada con la melancolía de tales partidas, tanto más cuanto que el futuro se presentaba incierto como un valle desconocido que encanta y atemoriza al mismo tiempo.. Allá, entre aquellas luces, dejaba las imágenes de la juventud pasada, los atardeceres plácidos y vacuos de pensamientos, los sueños alados, ¡tantísimas cosas que no pueden decirse!
Entretanto, las luces de las casas se hacían cada vez más raras; a medida que nos alejábamos, veíanse menos sombras de jovencitas o rostros parecidos al mío dispuestos a consumir su existencia. El tren me alejaba de la ciudad inmensa.

Los siete mensajeros
Dino Buzzati

jueves, 27 de marzo de 2008

Los Siete Mensajeros

Habiéndome puesto en camino para explorar el reino de mi padre, voy alejándome día por día de la ciudad, y las noticias que me llegan de ella se hacen cada vez más raras.
Empecé el viaje poco después de cumplir los treinta años, y ya han transcurrido más de ocho; exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido caminar. Partí con la creencia de que me sería fácil alcanzar los confines del reino; constantemente he ido encontrándome con gentes y países distintos; y, en todas partes, hombres que hablaban mi misma lengua y se declaraban súbditos míos.
A veces, pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca, y que, creyéndonos siempre camino del Mediodía, hemos estado en realidad dando vueltas a nuestro alrededor, sin que la distancia que nos separa de la capital variase; esto podría explicar por qué no hemos alcanzado todavía la lejana frontera del reino.
Los siete mensajeros
Dino Buzzati

sábado, 12 de enero de 2008

El desierto de los tártaros

Dino Buzzatti
"Ya oficial, Giovanni Drogo partió de la ciudad una mañana de septiembre para dirigirse a la Fortaleza Bastiani, su primer destino".
El desierto de los tártaros
Dino Buzatti