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jueves, 18 de agosto de 2016

Viajar, viajar

Tibor Szendrei. Viajero.

Viajar, viajar... Conforme los años nos pasan por encima, la palabra va tomando un significado más hondo, un mayor sentido poético, un sonido más dulce. A veces, ese hermosos instrumento que es el diccionario de la Real Academia de la Lengua; transmite en sus definiciones significados y sentidos  que se quedan muy cortos con relación a la esencia de una palabra. Viajar es "hacer viaje", según la RAL, y viaje es "ida de una parte a otra".
¿Nada más? Los años pasan sobre nuestra piel y quienes amamos viajar, o quienes tenemos ya la droga del viaje enterrada en la vena, sabemos que no es sólo eso. Viajar es, primero, una huida, un escape de la melancolía que nos propone la vida cotidiana, pero es también una aventura del conocimiento, pues marchamos a encontrarnos con lo que ignoramos y a movernos en un ámbito ajeno. Salir de la madriguera, abandonar la mesa camilla, comportó el riesgo de lo imprevisible, es una forma de audacia. Si bien huir supone cobardía, también supone coraje. El viajero es una mezcla de cobarde y de valiente, un ser que transita entre el temor y la osadía.
Quien viaja es, también, un ser más próximo a la eternidad que quien se queda en casa. La eternidad se relaciona siempre con la pemanencia; pero no es así, sino todo lo contrario. El tiempo corre sobre uno cuando se queda quieto, pero si uno anda, si camina lejos, lo hace cabalgando el tiempo. Viajar es una forma de suspensión en el espacio, una forma de ingravidez en los territorios donde el reloj deja de correr, porque es uno quien corre. Y quien niega el tiempo, afirma el valor de lo que es eterno. Todos los grandes viajeros, cuando miran hacia atrás y contemplan su vida, perciben la realidad de una existencia dilatada, como si los días se hubieran convertido en meses y los años en siglos. Viajar nos prolonga en la existencia y viajando nos sentimos mas lejos de los brazos de la muerte.
La existencia del viajero se parece más al río de Heráclito que a la madriguera del ser que nos ofrece Parménides. Se es al dejar de ser, como quería el filósofo de Éfeso, se es sobre la negación de la quietud, se es sobre las olas, empujado por el capricho de los vientos. 
Y es que viajar, además, nos cambia, nos hace Otros, somete nuestro corazón al reino de lo relativo. Nos aparta del dogma, del criterio cerrado, de la ciega fe. Nos hace hombres reconciliados con la abrumadora verdad de la existencia, despoja nuestro cerebro de la estulticia de muchas ideas, nos deja ver que el hombre es uno, sólo uno, sea cual fuere el color de su piel o las palabra de su lengua materna.
Y se debe viajar para escribir, para pintar, para hacer música, para crear en suma. El viaje supone una honda forma de creación, ya que todo se suspende en el vacío y en cada momento hay que inventar la vida, viajamos literariamente, decía Chatwin, y es probable que sea mejor decir que viajamos creativamente. Sin esa invención diaria de la vida que supone todo desplazamiento, no hay verdadero viaje.
Pero todo discurso y toda definición se quedan cortos ante el bello sonido de esa voz: viajar, viajar...
(1997)
Viajar, viajar
Javier Reverte

jueves, 2 de julio de 2009

Un viaje griego

Johannes Hevelius:Argo Navis.Atlas Coelestis.Fuente:Wikipedia
Corazón de Ulises
Un viaje griego
Primera parte
Caminos de agua
"Mi única patria, la mar"
Canción del pirata
José de Espronceda
Capítulo I
Donde el silencio habla
Hay días,o instantes de tu vida, que guardas en tu memoria, e incluso en tus sentidos, como si no se alejasen en el tiempo, como si se hubieran detenido en el espacio y habitasen siempre junto a ti. El primer beso en los labios de tu novia, aquel poema que abrió una herida de luz en tu alma, el nacimiento de un hijo, la muerte de tus padres o ese momento en que viste por primera vez el mar, asomando como un pecho vigoroso y azul al otro lado de una loma...; que cada cual escoja los suyos. Entre los míos está un atardecer, hace unos quince años, en que me senté junto a mis dos hijos, por entonces todavía unos niños, en el espigón del puerto de Garrucha, un pueblo de Almería donde pasábamos largos veranos bajo uno de los cielos más luminosos de la Tierra. El sol ya se había ocultado y un lunón con cara de gato rojo comenzaba a asomar tras la línea del mar. Un airoso velero salía en esa hora de la bocana del puerto, ponía rumbo al sur, en dirección tal vez a la invisible y remota África, y dejaba tras sí una estela plateada sobre las aguas oscuras. La brisa marina nos traía una carnosa caricia de sal.
Uno de los dos chavales dijo que le gustaría estar en aquel barco, mediterráneo adentro, y a los tres nos invadió de pronto, el mismo anhelo: viajar a bordo de una nave que no sabíamos hacia dónde se dirigía. La idea despertó una honda sensación de aventura que compartimos durante largos minutos y sobre la que hablamos durante un buen rato, viendo el barco escapar más y más de la tierra. Ninguno pronunció una sola palabra referida al regreso.
Corazón de Ulises
Javier Reverte