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domingo, 24 de agosto de 2008

Los Cafés

Charles Loupot. El Café Martin.
Esta misma tarde después de que me salieran al paso los muy anhelados tomos de El último puritano de George Santayana, me he metido en el Café Universal, en pleno centro de Sevilla, y he ignorado al tiempo, ya que abolirlo es cosa que sólo él puede hacer conmigo. La verdad es que colecciono lugares así: el Dindurra de Gijón, con la espada de acero del Cantábrico fulgiendo a la espalda y sus periódicos extranjeros en una percha a la entrada; el Charlot Café de Barcelona, justo enfrente de la sucesión de librerías que la calle Aribau derrama sobre la Plaza de la Universidad; el Nuyorican Poets Café, en plena Alphabet City, donde los viernes hay mágicos recitales; el Café Continental de Bombay, donde me gusta recordarme entusiasmado por la adquisición de la magistral Grimus, primera novela de Salman Rushdie; el Café Alameda de Sevilla, donde pacientemente corregí las pruebas de Nadie conoce a nadie; el Café Bretón de Logroño, con sus bolsitas de azúcar en las que se imprimieron poemas relacionados con el café, es decir, con la vida.

La holandesa errante
Juan Bonilla

sábado, 12 de julio de 2008

Richard Booth

El año pasado anduve por Hay on Wye, aldea galesa que comparte con el muchacho que estuvo siete días dando saltos sobre un solo pie y con el hombre que arrastró un tren de diez vagones con la dentadura, esa antología de lo que es capaz de hacer el ser humano por figurar en: el Libro Guinnes de los Records. Hay on Wye se ganó unos renglones en ese inverosímil volumen gracias a Richard Booth, que se empeñó en convertir la aldea en la capital mundial del libro, cosa que consiguió por el sencillo método de ir comprando todos los edificios para después atestarlos de libros.
Asomada a las aguas del río Wye, Hay fue alguna vez una aldea de campesinos que no sospechaban lo que les depararía el futuro. Es un pueblo típicamente británico, ya saben, de esos que salen tan a menudo en las novelas de las Brontë, Jane Austen o Thomas Hardy, cosa que nos ahorra cualquier descripción. Hay incluso, en lo alto del monte al que se va arrimando la aldea, un castillo normando.
La holandesa errante
Juan Bonilla