Mostrando entradas con la etiqueta Amos Oz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amos Oz. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de octubre de 2012

Sumchi

Frank Hackeschmidt. Cordillera del Himalaya, región del Tíbet (2003).

Desde que estuve en tercero o cuarto, mi imaginación se vio catapultada por las montañas del Himalaya, esa sublime cordillera del corazón de Asia. "Allí -leí una vez en la enciclopedia-, allí, entre ellas, descuella la montaña más alta de la tierra, cuya cumbre no ha sido todavía hollada por el hombre". Y también allí, por entre aquellas remotas montañas, yerra esa misteriosa criatura, el Abominable Hombre de las Nieves, saqueando barrancos y quebradas desamparados y desiertos. La precisión de las palabras me llenó de temor y encanto: cordilleras, errar, barrancos, remotas, sublimes, inmaculadas, eternas nieves y lejanos picachos.
Y, sobre todas ellas, aquella palabra maravillosa: Himalaya. En las frías noches del invierno, acurrucado bajo el calor de mi manta, la repetía una y otra y otra vez, con la más profunda, la más reverberante voz que era capaz de extraer del fondo de mis pulmones. Hi-ma-la-ya.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

Sumchi
Amos Oz

miércoles, 12 de enero de 2011

Mi día a día

Amos Oz, en el desierto de Dimona, Israel. Foto de Daniel Mordzisnki.. El País.

Me levanto a las cinco de la mañana y paseo por el desierto. Eso me viene bien para mantener cierta distancia frente a la grandilocuencia de algunas palabras (nunca, para siempre, jamás). La mañana la dedico a mi obra literaria, luego hago una siesta y por la tarde me toca batallar por la paz. Escribo a mano, con bolígrafos diferentes (uno azul, otro negro) según sea una novela o un artículo contra el gobierno. Nunca los mezclo.

Escritos
Amos Oz

lunes, 4 de mayo de 2009

Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida

Drawing Hands by M. C. Escher. Fuente:Wikipedia
La historia comienza
Ensayos sobre literatura

Introducción
Pero ¿qué existía en realidad antes del Big Bang?
Mi padre escribía libros sesudos. Siempre me envidió la libertad que yo gozaba, como novelista, de escribir como quisiera, directamente de la cabeza a la página, sin las limitaciones de toda esa búsqueda e investigación preliminar, sin la carga de la obligación de conocer todos los datos existentes en la materia, sin el impedimento de cotejar fuentes, proporcionar pruebas, comprobar citas y poner notas a pie de página: libre como un pájaro. ¿Tiene uno ganas de escribir: "Shmuel ama a Tsila"? Pues adelante, a escribirlo. ¿Quiere escribir: "Pero Tsila ama a Gilbert"? Allá va. ¿Quiere añadir: "Sin embargo, Shmuel y Gilbert se aman"? ¿Quién puede rebatirle? ¿Quién puede venir a discutírselo con datos contrarios o con fuentes que a lo mejor se le han pasado por alto?
Yo, por otra parte, tenía cierta envidia a mi padre. Cada vez que se ponía a trabajar en un artículo erudito, su mesa de trabajo se llenaba, de un extremo a otro, de libros abiertos, separatas, textos de consulta, diccionarios, un arsenal de artillería de apoyo. él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación. Ponte a sacar algo de nada en absoluto. Por cierto, estoy hablando del mismo escritorio. Cuando mi padre murió, yo heredé su mesa, que durante años y años estuvo densamente poblada, como un suburbio de Calcuta, mientras que ahora está tan desierta como la pista de aterrizaje de Kosovo.
En realidad, ¿quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: "Adelante, vamos a ver si me pones la mano encima"?
Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en "La dama del perrito"? Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: "No muerde", y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.
El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.
La historia comienza
(Traducción del inglés de María Condor)
Amos Oz