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miércoles, 29 de diciembre de 2021

Con los ojos abiertos

Matthieu Galey. Con los ojos abiertos.

Alexis

¿Le causó una gran alegría?

Sí, sentía una oleada de satisfacción personal, por supuesto. Esto ocurrió en otoño, en el otoño de ese 1929, agitado, para mí y para todo el mundo; era un hermoso día frío, en París. Salí con la magnífica suma de cien o ciento cincuenta francos que me habían dado a cuenta —en esa época todavía significaba algo— y además era un primer libro, habían sido muy generosos al darme un adelanto. Caminé de la calle Froidevaux, si no me equivoco, hasta la plaza Vêndome, gozando de París, diciéndome: «No es más que un librito, no se sabe qué pasará con él, pero sin embargo, aquí estoy ahora entre los escritores franceses, hay una multitud conmigo». Estaba contenta. Entré en el negocio de Lalique —todavía existía— y compré, justo por ciento cincuenta francos, un jarrón azul. Tenía un azul lechoso, como el color de ese día de invierno... Aún lo conservo.

Traducción de Elena Berni

Con los ojos abiertos. Conversaciones con Marguerite Yourcenar (1980)
Matthieu Galey. Marguerite Yourcenar

Con los ojos abiertos

Matthieu Galey. Con los ojos abiertos.

Alexis

¿Le causó una gran alegría?

Sí, sentía una oleada de satisfacción personal, por supuesto. Esto ocurrió en otoño, en el otoño de ese 1929, agitado, para mí y para todo el mundo; era un hermoso día frío, en París. Salí con la magnífica suma de cien o ciento cincuenta francos que me habían dado a cuenta —en esa época todavía significaba algo— y además era un primer libro, habían sido muy generosos al darme un adelanto. Caminé de la calle Froidevaux, si no me equivoco, hasta la plaza Vêndome, gozando de París, diciéndome: «No es más que un librito, no se sabe qué pasará con él, pero sin embargo, aquí estoy ahora entre los escritores franceses, hay una multitud conmigo». Estaba contenta. Entré en el negocio de Lalique —todavía existía— y compré, justo por ciento cincuenta francos, un jarrón azul. Tenía un azul lechoso, como el color de ese día de invierno... Aún lo conservo.

Traducción de Elena Berni

Con los ojos abiertos. Conversaciones con Marguerite Yourcenar (1980)
Matthieu Galey. Marguerite Yourcenar

viernes, 24 de octubre de 2008

Marguerite Yourcenar.

Fitz Hugh Lane.Salida de la isla de Mount Desert
-Algunos grandes personajes no abandonaron su habitación. La estufa de Descartes, el gabinete de Montaigne...

-Los dos hombres que usted cita viajaron bastante. Descartes hizo, en 1618, la guerra en Holanda, en 1619, visitó Dinamarca y Alemania, volvió a hacer más o menos el mismo viaje por Europa central durante los dos años siguientes, luego residió cerca de dos años en Italia, antes de establecerse por veinte años en Holanda, y morir por fin en Estocolmo. Si vivió y pensó "en una estufa", como lo quiere la leyenda, que todo lo simplifica, esa estufa (es decir esa habitación provista de una estufa), le dio calor en muchos lugares de Europa del norte. En cuanto a Montaigne, sus diecisiete meses de viaje a través de Suiza, el Tirol e Italia, tuvieron como pretexto la búsqueda de su salud, pero habló demasiado bien del viaje, como para que no se sienta su alegría de montar a caballo.
El viaje es una experiencia, como es una experiencia la inmovilidad en un rincón de la tierra, como la amistad, la contemplación, el amor, el trabajo, la enfermedad, o la jardinería, o la cocina, son experiencias. ¿Por qué discriminar entre ellas?

M.Y. Con los ojos abiertos
Matthieu Galey

sábado, 14 de junio de 2008

Marguerite Yourcenar

¿Acusaría a sus contemporáneos de ser demasiado hogareños?
- Viajan por las rutas, ¿pero qué ven a lo largo de esas rutas? En todo caso, desconfío de los franceses cuando dicen que les basta con Francia, y de los estadounidenses cuando dicen que sólo se está bien en casa. Esta raza muere, por fortuna, reemplazada por otra que ve mal y rápido los países lejanos. Para viajar, como para todo, hacen falta aptitudes contradictorias: fogosidad, una atención constante, una cierta ligereza,
"Pues los verdaderos viajeros son los que parten
Por partir, y, ligeros, semejantes a los globos..." (Budelaire)
el placer de gozar del espectáculo exterior de las cosas, y la intención bien definida de ir más allá de ese espectáculo para llegar a ver las realidades muchas veces ocultas. Todo viajero es un Ulises, debe ser también Proteo.
M.Y.Con los ojos abiertos
Matthieu Galey