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miércoles, 30 de enero de 2013

El goce de viajar

Lin Yutang, fotografiado por Carl Van Vechten en 1939.

Pero esto se debe a que cuando uno va a las playas y balnearios adonde van todos, se pierde o se olvida todo el beneficio de una asociación más íntima con la Naturaleza. Vamos a una estación termal famosa, y nos decimos: "Ahora vamos a estar a solas", pero después de comer en el hotel recogemos el diario y descubrimos que el lunes llegó la señora B. A la mañana siguiente, en nuestra caminata "solitaria", encontramos a toda la familia de los Dudley, llegada en tren la noche anterior. El jueves por la noche descubrimos, con gran deleite, que también el señor S. y su esposa están pasando sus vacaciones en este maravilloso valle esondido. La señora S. invita entonces a los Dudley a tomar el té, y los Dudley invitan a los esposos S. a una partida de bridge, y oímos a la señora S. que exclama: "¡Qué encantador es esto! Igual que en Nueva York, ¿verdad?".

Me atrevo a sugerir que hay otra manera de viajar, viajar para no ver nada ni a nadie, sino las ardillas y las ratas almizcleras y los picamaderos y los árboles y las nubes. Una amiga mía, una dama norteamericana, me contó cómo fue con algunos amigos chinos a una colina de las cercanías de Hangchow, con el fin de no ver nada. Era una mañana brumosa, y al subir la colina la niebla se hacía cada vez más densa. Se oía el suave golpeteo de las gotas de humedad en el césped. No se veía nada más que la niebla. La dama norteamericana estaba desalentada. "Pero tiene que seguir con nosotros, hay una vista maravillosa allí en lo alto", insistieron sus amigos chinos. Siguió subiendo, y al cabo del rato vio a la distancia una peña muy fea, envuelta en nubes, que había sido anunciada como una gran vista. "¿Qué es eso?", preguntó. "Es el Loto Invertido", respondieron sus amigos. Algo mortificada, se disponía a emprender el descenso. "Pero hay una vista aún más maravillosa desde la cima", le dijeron. Tenía ya casi empapado el vestido, pero había renunciado a la lucha y siguió el ascenso. Por fin llegaron a la cumbre. Les rodeaba por todas partes un conjunto de nieblas y brumas, apenas visible en el horizonte el contorno de distantes montañas: "Pero si aquí no hay nada que ver", protestó mi amiga. "Precisamente; subimos para no ver nada", le respondieron sus amigos chinos.

Traducción de Román A. Jiménez

La importancia de vivir
Lin Yutang

jueves, 20 de septiembre de 2012

Mi biblioteca

Ilustración de Kazuo Oga. 

Los libros no deben clasificarse nunca. Clasificarlos es una ciencia, pero no clasificarlos es un arte. Nuestro pequeño estante de libros de metro y medio puede ser, en sí mismo, un pequeño universo. Este efecto se consigue dejando que un libro de poemas se recline sobre un periódico científico y permitiendo a un cuento de detectives hacer compañía a un volumen de Guyau. Dispuesto de este modo, el estante de metro y medio se convierte en un estante rico, que intriga la fantasía de uno. Por otra parte, si el estante está ocupado por una colección del Espejo de la Historia, de Ssema Kuangs, entonces, en momentos en que uno no se siente inclinado a mirar en el Espejo de la Historia, el estante carece de significado para uno, y se vuelve un estante pobre, desnudo hasta los huesos. Todo el mundo sabe que el encanto de las mujeres reside en su misterio y en su artificiosidad, y ciudades viejas como París y Viena son tan interesantes porque, después de residir durante diez años en ellas, uno nunca sabe del todo que puede surgir de una callejuela. Esto mismo es cierto con respecto a las bibliotecas. Debiera haber ese misterio y esa artificiosidad, que surgen del hecho de que uno nunca está seguro de lo que ha ocultado, hace algunos meses o algunos años, en ese estante en particular.

Traducción de Alfredo Weiss y Héctor F. Miri

Amor e Ironía
Lin Yutang

domingo, 25 de diciembre de 2011

Los monjes de Hangchow

Huang Youwei. Sin título.

En un arrebato, me fui a Hangchow. Hay momentos en nuestra existencia, en que se siente la absoluta vacuidad de la vida cotidiana que llevamos y debemos ir hacia alguna parte, o desmoronarnos física y mentalmente. Esta sensación es llamada de diversos modos: "urgencia interior de independencia" (por los hijos mimados) ; "llamado divino" (por la gente que va a ultramar, a aventurarse entre los paganos) ; "deber religiosos" (por los peregrinos budistas), o "estallido sublimal del impulso de nomadismo" (por nuestros profesores de psicología). Yo lo llamo, más simplemente, "el tiempo". Sí ; era tiempo. Tenía que ir a alguna parte.

Traducción de Alfredo Weis y Héctor F. Miri.

Amor e ironía
Lin Yutang

martes, 1 de noviembre de 2011

El goce de viajar

William K. Viviendo en la naturaleza.

El verdadero viajero es siempre un vagabundo, con las alegrías, las tentaciones y el sentido de aventura que tiene el vagabundo. Viajar es "vagabundear" o no es viajar. La esencia del viaje es no tener deberes, ni horas fijas, ni correspondencia, ni vecinos inquisidores, ni comisiones de recepción, ni destino fijo. Un buen viajero es el que no sabe a dónde va, y un viajero perfecto es el que no sabe de dónde viene. Es probable que este viajero no tenga un solo amigo en una tierra extraña, pero como lo expresó una monja china: "No estimar a nadie en particular es estimar a la humanidad en general". No tener un amigo particular es tener a todos por amigos. Este viajero ama a la humanidad en general, se mezcla con ella y ambula observando el encanto de la gente y sus costumbres.

Traducción de Román A. Jiménez.

La importancia de vivir
Lin Yutang

martes, 21 de junio de 2011

El goce de viajar

Don Hong Oai. Paisaje de montaña.

DE ANDAR POR AHÍ Y VER COSAS

Me atrevo a sugerir que hay otra manera de viajar, viajar para no ver nada ni a nadie, sino las ardillas y las ratas almizcleras y los picamaderos y los árboles y las nubes. Una amiga mía, una dama norteamericana, me contó cómo fue con algunos amigos chinos a una colina de las cercanías de Hangchow, con el fin de no ver nada. Era una mañana brumosa, y al subir la colina la niebla se hacía cada vez más densa. Se oía el suave golpeteo de las gotas de humedad en la hierba. No se veía nada más que la niebla. La dama norteamericana estaba desalentada. "Pero tiene que seguir con nosotros; hay una vista maravillosa allí en lo alto", insistieron sus amigos chinos. Siguió subiendo, y al cabo de un rato vio a la distancia una peña muy fea, envuelta en nubes, que había sido anunciada como una gran vista. "¿Qué es eso?", preguntó. "Es el Loto Invertido", respondieron sus amigos. Algo mortificada, se disponía a emprender el descenso. "Pero hay una vista aún más maravillosa desde la cima", le dijeron. Tenía ya casi empapado el vestido, pero había renunciado a la lucha y siguió el ascenso. Por fin llegaron a la cumbre. Les rodeaba por todas partes un conjunto de nieblas y brumas, apenas visible en el horizonte el contorno de lejanas montañas: "Pero si aquí no hay nada que ver", protestó mi amiga. "Precisamente; subimos para no ver nada", le respondieron sus amigos chinos.

Traducción de Román A. Jiménez

La importancia de vivir
Lin Yutang

jueves, 25 de marzo de 2010

El goce de viajar

Lin Yutang. La importancia de vivir. Editorial Diana, México, D.F. Sin fecha de Edición.

Hay una gran diferencia entre ver las cosas y no ver nada. Muchos viajeros que ven cosas no ven nada en realidad, y muchos que no ven nada ven mucho. Me divierte sobremanera enterarme de que un autor va a un país extranjero "para obtener material para su nuevo libro", como si ya hubiese agotado todo lo que hay que ver en la humanidad de su ciudad o su país, y como si el tema se pudiera agotar alguna vez.

El equipo más necesario para un viajero es "un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas", como lo expresó el famoso crítico teatral chino en su famoso comentario sobre el drama Cámara occidental. Lo que interesa es saber si uno tiene corazón para sentir y ojos para ver. Si no los tiene, sus visitas a las montañas son pura pérdida de tiempo y de dinero; en cambio, si tiene "un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas", podrá obtener el más grande júbilo de los viajes sin ir siquiera a las montañas, permaneciendo en su casa y mirando a su alrededor, y recorriendo los campos para contemplar una nube fugitiva, o un perro, o una cerca, o un árbol solitario.

Traducción de Román A. Jiménez

La importancia de vivir
Lin Yutang

sábado, 20 de febrero de 2010

Un viaje en ómnibus

Lin Yutang. Amor e ironía. Editorial Biblioteca Nueva.

Como de costumbre, llegué justamente a tiempo para detener la lancha de vapor, que ya se estaba alejando del muelle. Me iba para Changchow, mi ciudad natal y mi Meca. Faltaba de mi hogar desde hacía años, y pocos vagabundos regresan a sus hogares paternos con un placer más intenso que el que yo sentía aquella mañana de diciembre. De Amoy a Changchow hay unos cincuenta y cinco kilómetros, y se había construído una carretera para automotores por la que transitaba una línea de ómnibus que, se suponía, iba a llevarnos hasta allí en hora y media. Tal es, tengo entendido, el gran progreso de la comarca desde mis días de colegio.
La lancha de vapor iba a llevarnos de la isla de Amoy al litoral vinculado a Changchow. En la lancha había ya unos veinte pasajeros, entre ellos dos muchachas estudiantes y un mercader vuelto de los mares del sur, vestido ostentosamente, que se revolcaba en todas las glorias de su reloj pulsera de oro y su boquilla con franja del mismo metal. Era un hombre de unos cuarenta años, de aspecto algo aceitoso, pero que llevaba escarpines, lo cual me hizo recordar que era crudo invierno en Amoy. Hablaba con voz estentórea, y en tal forma, que todo el mundo podía o debía escucharle. "Soerabaya... Siam... Annam... Soerabaya". Las sílabas rodaban de sus labios como mármoles perfectamente redondeados. A su lado había una mujer, quieta, modesta, y de no mala presencia, pero que se revolcaba todavía más que aquél en las glorias de sus brazaletes de oro y una cadena de oro con un broche que podía haber pesado más o menos media onza. Las estudiantes miraban a esa mujer y reían entre dientes. Llevaban enormes capas de lana sobre los hombros como si fuesen chales españoles. El hecho de que las muchachas llevaran polleras muy cortas hacía resaltar aquel efecto; de modo que no se podía ver nada, excepto los chales y las piernas. El contraste entre ellas y la mujer del mercader de los Mares del Sud era perfecto. Ésta era la Vieja China y aquellas representaban la China Moderna. Y la China Moderna se reía entre dientes de la Vieja China. La China Moderna -o, mejor dicho, las dos Chinas Modernas- tenían el cabello con ondulación permanente.

Traducción de Alfredo Weiss y Héctor F. Miri

Amor e ironía
Lin Yutang