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martes, 14 de agosto de 2012

El viaje

Miguel Cabrera. Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz.

Un día la madre de una amiga me contó una curiosa anécdota. Estábamos en su casa, en el barrio antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y conversaban durante horas a través de la celosía. Estábamos ya en una época en que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada impedía a la abadesa, si así lo hubierar deseado, interrumpiera en más de una ocasión su encierro y saliera al mundo. Pero ella se negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo. Por eso la señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. "Si no le importa", dijo la abadesa tras los saludos de rigor, "me gustaría ver el convento desde fuera". Y después, en el mismo balcón en el que fue narrada la historia se quedó unos minutos en silencio. "Es muy bonito", concluyó. Y, con la misma alegría con la que había llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento. Creo que no ha vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de todos los viajes largos de los que tengo noticias.

El viaje
Cristina Fernández Cubas

sábado, 14 de noviembre de 2009

Con Agatha en Estambul

Cristina Fernández Cubas. Con Agatha en Estambul

Cada año, en cuanto se acercaban ciertas fechas, Julio decía lo mismo: "Las próximas navidades las pasaré en un lugar donde no se celebren las navidades". Esta vez le tomé la palabra. Fue un acto impensado, espontáneo, una decisión que todavía me asombra. Me había detenido frente a una agencia de viajes, miraba los anuncios del escaparate, cuando, casi sin darme cuenta, abrí la puerta, entré y pedí dos billetes para Estambul. La empleada me sugirió que cerrara la vuelta. "Hay una oferta muy especial", dijo. "No incluye hotel. Pero es muy ventajosa. De diez a quince días". Tampoco lo pensé dos veces. "Quince". Era un lunes por la mañana de un frío mes de diciembre. Al día siguiente, por la tarde, incrédulos aún, aterrizábamos en el aeropuerto de Yelsikoy.
-Tengo la sensación de que van a pasarnos cosas -dije.
La niebla había acudido a recibirnos hasta la misma puerta del avión y en el aeropuerto, lleno de gente, se respiraba un extraño silencio. Miré a mi alrededor. Todo de pronto me parecía imposible, irreal. No hacía ni veinticuatro horas que frente a una maleta vacía me había preguntado: "¿Hará mucho frío en Estambul?". Y mientras acomodaba jerseys, bufandas, pantalones, una falda larga (por si acaso), un par de gorros y unos cuantos libros, fue como si, al tiempo, ordenara las imágenes de una ciudad que no conocía. Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Gran Bazar... Pero ahora estábamos allí. Con nuestros equipajes en el maletero de un taxi, Julio encogiéndose de hombros e indicando al chófer: "Pera Palas", y yo cruzando disimuladamente los dedos. "Ojalá haya sitio. Precisamente allí. A la primera. En el Pera Palas".

Con Agatha en Estambul
Cristina Fernández Cubas

sábado, 1 de agosto de 2009

La ventana del jardín

Fotografía de Ryan Johnson. Fuente:saucytiger.com
Mi hermana Elba
La ventana del jardín
El primer escrito que el hijo de los Albert deslizó disimuladamente en mi bolsillo me produjo la impresión de una broma incomprensible.Las palabras escritas en círculos concéntricos, formaban las siguientes frases:

Cazuela airada,
Tiznes o visones. Cruces o lagartos.
La noche era acre aunque las cucarachas
llorasen. Más
Olla.

Pensé en el particular sentido del humor de Tomás Albert y olvidé el asunto. El niño, por otra parte, era un tanto especial; no acudía jamás a la escuela y vivía prácticamente recluido en una confortable habitación de paredes acolchadas. Sus padres, unos antiguos compañeros de colegio, debían sentirse bastante afectados por la debilidad de su único hijo ya que, desde su nacimiento, habían abandonado la ciudad para instalarse en una granja abandonada a varios kilómetros de una aldea y, también desde entonces, rara vez se sabía de ellos. Por esta razón, o porque simplemente la granja me quedaba de camino, decidí aparecer por sorpresa.
Mi hermana Elba
La ventana del jardín
Cristina Fernández Cubas

domingo, 28 de junio de 2009

Los altillos de Brumal

Christian Krohg:Niña enferma (Detalle). Fuente:Vailima
Los altillos de Brumal
No podría ordenar los principales acontecimientos de mi vida sin hacer antes una breve referencia a la enfermedad que me postró en el lecho en el ya lejano otoño de 1954. Fue exactamente el 2 de octubre, fecha señalada para el inicio de las clases escolares, cuando el médico visitó por primera vez la casa familiar, pronunció un nombre sonoro y misterioso, y yo, en medio de un acceso de fiebre que me hacía proferir frases inconexas, temí llegada la hora de abandonar el mundo. Pero, por fortuna, la escarlatina se comportó conmigo como una dolencia de manual, sin trato preferente ni malignidad acusada, y de todos aquellos días de forzosa inactividad, recuerdo sólo, con asombro, un raro afán por desprenderme de sábanas y mantas, y embadurnarme con la tierra húmeda de tiestos y jardineras.
Los altillos de Brumal
Cristina Fernández Cubas