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sábado, 30 de julio de 2022

Evolución

Edouard Traviés. Gorrión (Passer domesticus).

Pequeño gorrioncillo,
has sido dinosaurio.
Te doy gracias
por ser ahora tan minúsculo.

Pájaros (2000)
José Jiménez Lozano 

domingo, 19 de abril de 2020

Elegías menores

José Jiménez Lozano, retratado por Lupe de la Vallina. Para Jot Dow.

El ojo del mundo

Tras la lluvia,
en el jardín de arena,
un guijarro negro relucía
como el ojo del mundo.
Y quizá lo era.

Gorrioncillo

Gorrioncillo urbano,
perdido entre las mesas
de una terraza, en un hotel de lujo.
Como a ti, me bastan y me sobran
las migajas del mundo.
Yo sólo quiero tu alegría.

Elegías menores (2002)
José Jiménez Lozano

Elegías menores

José Jiménez Lozano, retratado por Lupe de la Vallina. Para Jot Dow.

El ojo del mundo

Tras la lluvia,
en el jardín de arena,
un guijarro negro relucía
como el ojo del mundo.
Y quizá lo era.

Gorrioncillo

Gorrioncillo urbano,
perdido entre las mesas
de una terraza, en un hotel de lujo.
Como a ti, me bastan y me sobran
las migajas del mundo.
Yo sólo quiero tu alegría.

Elegías menores (2002)
José Jiménez Lozano

miércoles, 11 de marzo de 2020

El narrador y sus historias

José Jiménez Lozano, Alcazarén, Valladolid, 2017. Foto: Nacho Gallego (EFE).

Los demonios del escritor

Quien escribe es un producto de sus circunstancias personales, en primer lugar, y no me refiero exclusiva ni preferentemente a las biográficas y de tipo material, sino a la cultura que ha recibido, a la que le ha llegado de la fundante experiencia de la lectura, en conversación con otras culturas o las culturas de otros tiempos, en sus esperanzas y sueños, sus logros y fracasos interiores sobre todo; en el fulgor mismo de un rostro o de su humillación, en las visiones o terrores, en la palabra más humilde de los vivos y los muertos; y, desde luego, en la escucha de la lengua y su respeto hacia ella, que también se le regala.

El narrador y sus historias (2003)
José Jiménez Lozano

El narrador y sus historias

José Jiménez Lozano, Alcazarén, Valladolid, 2017. Foto: Nacho Gallego (EFE).

Los demonios del escritor

Quien escribe es un producto de sus circunstancias personales, en primer lugar, y no me refiero exclusiva ni preferentemente a las biográficas y de tipo material, sino a la cultura que ha recibido, a la que le ha llegado de la fundante experiencia de la lectura, en conversación con otras culturas o las culturas de otros tiempos, en sus esperanzas y sueños, sus logros y fracasos interiores sobre todo; en el fulgor mismo de un rostro o de su humillación, en las visiones o terrores, en la palabra más humilde de los vivos y los muertos; y, desde luego, en la escucha de la lengua y su respeto hacia ella, que también se le regala.

El narrador y sus historias (2003)
José Jiménez Lozano

domingo, 18 de agosto de 2019

Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano. Tantas devastaciones.

El lirio

Pasó el Emperador junto a mi casa
¡Qué prodigio de blanco raso!
¡Qué impalpable seda, irisada de luz
con el rocío, el lirio que miraba!
No concedí mi tiempo, ni mis ojos
a los andrajos imperiales,
estando el lirio por abrirse.
Quien lo ha visto en su gloria
¿cómo podría ser un leal súbdito?
No oí el carro imperial, ni el vocerío,
y ni siquiera pude despreciarlo.

Atardecer

El sol es oro líquido,
azul perla el cielo por saliente:
invernal ocaso.
El huracán azota el seto
de envejecido boj, y tienes
un libro de Pascal entre tus manos,
junto al dorado fuego que se mueve
como una inquieta ardilla
o la espada de un ángel.
¡Oh, si este momento fuese eterno!
Nada más pedirías a la vida.
¿Estás seguro?

Tantas devastaciones (2017)
José Jiménez Lozano

Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano. Tantas devastaciones.

El lirio

Pasó el Emperador junto a mi casa
¡Qué prodigio de blanco raso!
¡Qué impalpable seda, irisada de luz
con el rocío, el lirio que miraba!
No concedí mi tiempo, ni mis ojos
a los andrajos imperiales,
estando el lirio por abrirse.
Quien lo ha visto en su gloria
¿cómo podría ser un leal súbdito?
No oí el carro imperial, ni el vocerío,
y ni siquiera pude despreciarlo.

Atardecer

El sol es oro líquido,
azul perla el cielo por saliente:
invernal ocaso.
El huracán azota el seto
de envejecido boj, y tienes
un libro de Pascal entre tus manos,
junto al dorado fuego que se mueve
como una inquieta ardilla
o la espada de un ángel.
¡Oh, si este momento fuese eterno!
Nada más pedirías a la vida.
¿Estás seguro?

Tantas devastaciones (2017)
José Jiménez Lozano

sábado, 22 de junio de 2019

El nuevo día

Alfredo Maffei. Amanecer.

Incierta el alba,
aún calzada con sus zapatos de oro,
no se decide a andar.
Otrora tenía los pies ligeros
y los dedos de rosadas yemas:
Homero me es testigo.
Pero ahora se ha vuelto más prudente
y más considerada
para cargarnos con el fardo de otro día.
No le importan los que estamos esperando,
y la noche le llega
extendiendo todavía en el tenderete
sus promesas tan leves.
Sólo pone en él cada mañana
unas cuantas baratijas,
pero yo las compro todas
no sea que no tenga otros tesoros
y sólo los pregone.

Tantas devastaciones (1992)
José Jiménez Lozano

El nuevo día

Alfredo Maffei. Amanecer.

Incierta el alba,
aún calzada con sus zapatos de oro,
no se decide a andar.
Otrora tenía los pies ligeros
y los dedos de rosadas yemas:
Homero me es testigo.
Pero ahora se ha vuelto más prudente
y más considerada
para cargarnos con el fardo de otro día.
No le importan los que estamos esperando,
y la noche le llega
extendiendo todavía en el tenderete
sus promesas tan leves.
Sólo pone en él cada mañana
unas cuantas baratijas,
pero yo las compro todas
no sea que no tenga otros tesoros
y sólo los pregone.

Tantas devastaciones (1992)
José Jiménez Lozano

martes, 5 de mayo de 2015

Los resplandores

F. O. Morris. Petirrojo (1880).

A veces, dos o tres días seguidos, venían los petirrojos y se ponían en hilera bajo el seto, delante de la ventana. Se estaban quietos mirando hacia ésta, como si estuvieran dispuestos a que él les pasara revista de sus corbatas rojas, tan hermosas, y de repente alzaban el vuelo como si estuvieran escapando de algún peligro. Y luego a lo mejor ya no volvían ese día, ni al siguiente, ni a los otros, ni en toda la temporada, y el viejo escritor, que no tenía ninguna alegría ni nunca la había tenido, ni siquiera podía avanzar en su Diario, porque éste ya casi sólo se refería a cuando le visitaban los petirrojos, y había meses y meses en blanco en la agenda en la que escribía.
Y aquel año no vinieron y el escritor estaba inconsolable. Hasta que recordó de repente que, un día, a Abraham, le habían visitado tres ángeles y lo que le dijeron; pero entonces comenzó a cavilar y a cavilar, y se puso muy contento porque los petirrojos no podían llevar esa clase de noticias tan terribles, sino sólo noticias alegres, muy ligeras de llevar; de manera que continuaría esperándolos y, cuando abría la agenda o el calendario y veía allí aquellos blancos sin anotaciones de la visita de los petirrojos, iba escribiendo unas palabras como si hubiera encontrado allí en la blancura del papel pisadas de ellos o revoloteos: "Hoy, nada: resplandores".
Y se sentía acompañado.

El cogedor de acianos (1993)
José Jiménez Lozano

miércoles, 6 de agosto de 2014

El recorte

José Jiménez Lozano. Un dedo en los labios.

Cuando el gran hombre leyó la carta de su amigo no entendió al principio casi ninguna de las alusiones a las personas, porque hacía cuarenta años que no había vuelto a su ciudad. Pero poco a poco fue recomponiendo rostros, gestos, lugares y palabras y, como en un rompecabezas algo viejo, fueron emergiendo, aunque parcial o borrosamente, su infancia y adolescencia. Sólo en un caso no encontraba a qué asirse para identificar a la persona de la que su amigo le hablaba: la María Antonia, que había muerto siendo santera de la ermita de San Justo.
Algunos días más tarde, en el pequeño periódico de su ciudad que le remitían, vio su nombre, al resbalar, en su primera página; y allí leyó que había muerto María Antonia González a quien "el gran poeta nacido en esta tierra estuvo sentimentalmente vinculado y que le dio un hijo muerto prematuramente a los pocos días de nacer y al que el gran poeta dedicó un poema que viene en todas las antologías".
Buscó en un libro ese poema y lo leyó atentamente, pero por muchos esfuerzos que hizo no podía recordar nada ni relacionarlo con su vida. Aunque se sintió complacido por lo que decía el periódico, y guardó el recorte.

Un dedo en los labios (1996)
José Jiménez Lozano