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martes, 3 de septiembre de 2013

Moby Dick

Lisel Ashlock. Moby Dick.

Capítulo CIV
A menudo oímos hablar de escritores que se engrandecen con su tema, aunque éste sólo pueda parecer harto común. ¿Qué me ocurrirá a mí al escribir sobre este leviatán? Inconscientemente, mi caligrafía se expande en mayúsculas de letreros. ¡Denme una pluma de cóndor! ¡Denme el cráter del Vesubio como tintero! ¡Sostengan mis brazos, amigos! Porque en el simple acto de escribir mis pensamientos sobre este leviatán, esos pensamiento me agotan, me consumen con la extensión de su envergadura, como si quisieran incluir todo el ámbito de las ciencias y todas las generaciones presentes, pasadas y futuras de ballenas, hombres, mastodontes, con todos los mudables panoramas de los imperios terrestres y del universo entero, sin excluir los suburbios. ¿Tal es la virtud magnificadora de un tema inmenso y libre! Crecemos con su volumen. Para producir un gran libro hay que elegir un gran tema. Nadie podrá escribir nunca ninguna obra grande o perdurable sobre las pulgas, aunque muchos lo hayan intentado.

Traducción de Enrique Pezzoni

Moby Dick
Herman Melville

sábado, 28 de enero de 2012

Moby Dick. Citas

Rocwell Kent. Moby Dick.

Y cualquier cosa más que entre en el caos de la boca de este monstruo, ya sea bestia, barco o piedra, es devorada al punto en su terrible y gigantesco trago, y perece en el abismo sin fondo de su panza.
Holland. Obras morales de Plutarco.

Y mientras que todas las demás cosas, ya sean bestias o navíos, que entran en el terrible abismo de la boca de ese monstruo (la ballena) se pierden inmediatamente y son tragadas, el gobio de mar se refugia en ella con la mayor de las seguridades y allí duerme.
Montaigne. Apología de Raimundo Sebond.

España... una gran ballena encallada en las orillas de Europa.
Edmund Burke (en algún lugar).

Traducción de Jorge Beltrán

Moby Dick
Herman Melville

sábado, 12 de noviembre de 2011

Moby Dick. Citas

Chih-Han Hsu. Leviatán.

"Allí van los barcos; allí está ese Leviatán a quien creaste para que jugara en el mar". Salmos.

"Apenas llevábamos dos días de viaje por el mar, cuando, al amanecer, aparecieron muchas ballenas y otros monstruos marinos. Entre aquéllas había una enorme... Vino hacia nosostros, con las fauces abiertas, levantando olas por todas partes y batiendo frente a ella el mar hasta transformarlo en espuma". Tooke. Luciano, "La verdadera historia".

"... y el aliento de la ballena a menudo lleva consigo tan insoportable hedor, que trastorna el seso". Ulloa. Suramérica.

España: una gran ballena varada en las playas de Europa. Edmund Burke (en algún pasaje).

"Se sabe comúnmente que de las tripulaciones de los barcos balleneros (americanos) pocos vuelven a bordo de los mismos barcos en que iniciaron viaje". Viaje a bordo de una ballenera.

"En cierta ocasión vi a dos de esos monstruos (ballenas) -probablemente macho y hembra- que nadaban despacio el uno tras el otro, a menos de un tiro de piedra de la orilla (Tierra del Fuego) sombreada por un haya". Darwin. Viaje de un naturalista.

Traducción de Jorge Beltrán

Moby Dick
Herman Melville

jueves, 23 de diciembre de 2010

Moby Dick

Rockwell Kent. Ilustración de Moby Dick.

El principal de estos motivos era la irresistible idea de la gran ballena en sí. Tan portentoso y misterioso monstruo despertaba toda mi curiosidad. Luego, los mares turbulentos y lejanos que el animal surcaba con su mole, los indecibles e inevitables peligros de la ballena; todo esto, unido a las maravillas de un millar de imágenes y sonidos patagónicos, hizo que me inclinase hacia aquel deseo. Para otros hombres, tal vez, estas cosas no hubiesen sido incentivos; pero en lo que a mí respecta, me veo atormentado por la incesante comezón de ver cosas remotas. Me encanta surcar mares prohibidos, desembarcar en costas bárbaras. No ignorando lo que es bueno, poco tardo en percibir el horror y, si me lo permiten, soy capaz de convivir con él, pues buena cosa es llevarse bien con todos los ocupantes del lugar donde uno se aloja.
Así, pues, todas estas cosas me hicieron recibir con agrado la expedición ballenera...

Traducción de Jorge Beltrán

Moby Dick
Herman Melville

martes, 30 de marzo de 2010

Moby Dick. Citas

Rocwell Kent. Moby Dick.

Y cualquier cosa más que entre en el caos de la boca de este monstruo, ya sea bestia, barco o piedra, es devorada al punto en su terrible y gigantesco trago, y perece en el abismo sin fondo de su panza. Holland. Obras morales de Plutarco.

Y mientras que todas las demás cosas, ya sean bestias o navíos, que entran en el terrible abismo de la boca de ese monstruo (la ballena) se pierden inmediatamente y son tragadas, el gobio de mar se refugia en ella con la mayor de las seguridades y allí duerme. Montaigne. Apología de Raimundo Sebond.

Moby Dick
Herman Melville

miércoles, 14 de octubre de 2009

Moby Dick

Rockwell Kent. El Pequod. Moby Dick.
Hay en ese extraño caos que llamamos la vida algunas circunstancias y momentos absurdos en los cuales tomamos el universo todo por una inmensa broma pesada, aunque no logremos percibir con claridad en qué consiste su gracia y sospechemos que nosotros mismos somos las víctimas de la burla. Sin embargo, nada nos desalienta, nada nos parece digno de disensión. Engullimos todos los acontecimientos, todos los cultos, todas las creencias y persuasiones, todas las cosas difíciles, visibles e invisibles, por indigestas que sean, como un avestruz de estómago poderoso engulle balas y pedernales. En cuanto a las dificultades y preocupaciones sin importancia, las perpectivas de ruina imprevista, los riesgos de la vida y el cuerpo, todo eso, incluso la muerte misma, nos parecen golpes ingeniosos y sin mala intención, alegres puñetazos en los costados que nos da el invisible y misterioso viejo bromista. Esta especie de humorismo caprichoso de que hablo nos sobreviene sólo en circunstancias de extrema aflicción, en medio de nuestra seriedad misma, de modo que lo que poco antes parecía cosa de enorme importancia, al fin nos parece sólo una parte de la burla universal. Nada puede engendrar este modo de filosofía risueña y temeraria como los peligros de la caza de ballenas; y con ella consideré yo entonces el viaje del Pequod y su meta, la gran Ballena Blanca.

Moby Dick
Herman Melville

domingo, 6 de septiembre de 2009

Un asunto cansador, insípido y letárgico

At first Bartleby did an extraordinary quantity of writing. As if long famishing for something to copy, he seemed to gorge himself on my documents. There was no pause for digestion. He ran a day and night line, copying by sun-light and by candle-light. I should have been quite delighted with his application, had he been cheerfully industrious. But he wrote on silently, palely, mechanically.
It is, of course, an indispensable part of a scrivener's business to verify the accuracy of his copy, word by word. Where there are two or more scriveners in an office, they assist each other in this examination, one reading from the copy, the other holding the original. It is a very dull, wearisome, and lethargic affair. I can readily imagine that to some sanguine temperaments it would be altogether intolerable. For example, I cannot credit that the mettlesome poet Byron would have contentedly sat down with Bartleby to examine a law document of, say five hundred pages, closely written in a crimpy hand.
Now and then, in the haste of business, it had been my habit to assist in comparing some brief document myself, calling Turkey or Nippers for this purpose. One object I had in placing Bartleby so handy to me behind the screen, was to avail myself of his services on such trivial occasions. It was on the third day, I think, of his being with me, and before any necessity had arisen for having his own writing examined, that, being much hurried to complete a small affair I had in hand, I abruptly called to Bartleby. In my haste and natural expectancy of instant compliance, I sat with my head bent over the original on my desk, and my right hand sideways, and somewhat nervously extended with the copy, so that immediately upon emerging from his retreat, Bartleby might snatch it and proceed to business without the least delay.
In this very attitude did I sit when I called to him, rapidly stating what it was I wanted him to do—namely, to examine a small paper with me. Imagine my surprise, nay, my consternation, when without moving from his privacy, Bartleby in a singularly mild, firm voice, replied, “I would prefer not to.”
******

Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.
Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos, resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
******
Bartleby, el escribiente
(Traducción Jorge Luis Borges)
(Sobre la traducción de Borges)
(Sobre Bartleby, el escribiente)
Herman Melville

sábado, 8 de agosto de 2009

Moby Dick

Rockwell Kent. Ismael (Moby Dick).
Metí una o dos camisas en mi raído bolso de viaje, lo sujeté bajo el brazo y partí hacia el Cabo de Hornos y el Pacífico. Dejé la buena ciudad de los antiguos manhattoes y, según lo previsto, llegué a Nueva Bedford la noche de un sábado de diciembre. Me fastidió bastante descubrir que el vaporcito con destino a Nantucket ya había zarpado y que no habría otra oportunidad de viajar hacia allí hasta el lunes siguiente. La mayor parte de los candidatos a las penurias y fatigas de la caza de ballenas se detienen en esta Nueva Bedford para iniciar desde ahí su viaje; pero debo confesar que yo no tenía la menor intención de hacer tal cosa. Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y famosa, algo que me atraía de manera extraordinaria.

Moby Dick
Herman Melville

martes, 28 de abril de 2009

Moby Dick

Herman Melville

Rockwell Kent : Ilustraciones

J.S.Bach : Música

Tulliver : Dirección

sábado, 10 de enero de 2009

Moby Dick

James Edwin McConnell. Moby Dick
Todo magro viajero y meditador que contemple por primera vez el Pacífico lo adoptará para siempre. Agita las aguas más centrales del mundo, puesto que el Océano Índico y el Atlántico no son más que sus brazos. Las mismas olas lavan la mole de las nuevas ciudades californianas, fundadas apenas ayer por la más reciente estirpe humana, y bañan los miembros descoloridos, pero siempre maravillosos, de las tierras asiáticas más viejas que Abraham, mientras que en el medio flotan las vías lácteas de las islas de coral, archipiélagos bajos, infinitos, desconocidos y el Japón impenetrable. Así, este divino y misteriosos Pacífico circunda la masa entera del mundo, hace de todas las costas una bahía y parece el corazón del mundo, que late con sus mareas. Henchido por sus eternas olas, es imposible no reconocer en él al dios seductor, es imposible no inclinarse ante él como ante Pan.
Pero la idea de Pan apenas ocupaba los pensamientos de Ahab mientras, erguido como una estatua de hierro en su puesto habitual, junto al aparejo de mesana, aspiraba al mismo tiempo, sin pensar en ello, el azucarado almizcle de las islas Bashi (en cuyos apacibles bosque debían de pasear dulces amantes) y el aroma salado del nuevo mar: ese mar en que la odiada ballena nadaría en esos momentos.

Moby Dick
Herman Melville

sábado, 6 de diciembre de 2008

Preferiría no hacerlo


Bartleby the Scrivener
It is, of course, an indispensable part of a scrivener's business to verify the accuracy of his copy, word by word. Where there are two or more scriveners in an office, they assist each other in this examination, one reading from the copy, the other holding the original. It is a very dull, wearisome, and lethargic affair. I can readily imagine that to some sanguine temperaments it would be altogether intolerable. For example, I cannot credit that the mettlesome poet Byron would have contentedly sat down with Bartleby to examine a law document of, say five hundred pages, closely written in a crimpy hand.
Now and then, in the haste of business, it had been my habit to assist in comparing some brief document myself, calling Turkey or Nippers for this purpose. One object I had in placing Bartleby so handy to me behind the screen, was to avail myself of his services on such trivial occasions. It was on the third day, I think, of his being with me, and before any necessity had arisen for having his own writing examined, that, being much hurried to complete a small affair I had in hand, I abruptly called to Bartleby. In my haste and natural expectancy of instant compliance, I sat with my head bent over the original on my desk, and my right hand sideways, and somewhat nervously extended with the copy, so that immediately upon emerging from his retreat, Bartleby might snatch it and proceed to business without the least delay.
In this very attitude did I sit when I called to him, rapidly stating what it was I wanted him to do—namely, to examine a small paper with me. Imagine my surprise, nay, my consternation, when without moving from his privacy, Bartleby in a singularly mild, firm voice, replied, “I would prefer not to.”
I sat awhile in perfect silence, rallying my stunned faculties. Immediately it occurred to me that my ears had deceived me, or Bartleby had entirely misunderstood my meaning. I repeated my request in the clearest tone I could assume. But in quite as clear a one came the previous reply, “I would prefer not to.”
“Prefer not to,” echoed I, rising in high excitement, and crossing the room with a stride. “What do you mean? Are you moon-struck? I want you to help me compare this sheet here—take it,” and I thrust it towards him.
“I would prefer not to,” said he.

Bartleby, el escribiente
Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos, resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página: tómela -y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo -dijo.

Bartleby, el escribiente
(Traducción de Jorge Luis Borges)
Herman Melville

lunes, 25 de agosto de 2008

Moby Dick

PASARON UNOS días y el Pequod, dejando atrás los hielos y los témpanos, siguió avanzando hacia la luminosa primavera de Quito que reina en el mar casi perpetuamente, en los umbrales del eterno agosto del trópico.
Los días tibios y frescos, límpidos, rumorosos, perfumados, pródigos, eran como copas de cristal de sorbetes persas, desbordantes de espumosa nieve de agua de rosa. Las noches estrelladas y solemnes parecían altivas damas ataviadas con terciopelos enjoyados, que acariciaran en sus casas, recluidas en su orgullo solitario, el recuerdo de sus ausentes barones victoriosos, los soles de los yelmos dorados...Para dormir, era difícil elegir entre días tan placenteros y noches a tal punto seductoras. Pero todos los hechizos de esa estación sin crepúsculos no se limitaban a enriquecer el mundo exterior con nuevos encantos y poderes. Interiormente, se insinuaban en el alma, sobre todo cuando llegaban las dulces y tranquilas horas de la tarde. Era entonces cuando el recuerdo hacía surgir sus cristales, así como el trasparente hielo se forma especialmente en los atardeceres silenciosos.

Moby Dick
Herman Melville

domingo, 27 de enero de 2008

Moby Dick


(...) Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.

Moby Dick
Herman Melville

martes, 8 de enero de 2008

Pongamos que me llamo Ismael...

Everett Henry: Moby Dick Literary Map
"...Hace algunos años, sin precisar más, careciendo de dinero o poco menos y no teniendo nada que hacer en tierra, me vinieron ganas de navegar un poco más y de volver a ver el mundo del agua. Es mi manera de curarme el tedio y de purgarme la sangre....

...Todo hombre,en algún periodo de su vida, ha tenido la misma sed de Océano que yo..."
"Moby Dick"
Herman Melville