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miércoles, 26 de octubre de 2016

Confesiones del aventurero Félix Krull

Thomas Mann, fotografiado por Fred Stein, 1943.

Capítulo tercero

Por aquella época solía cavilar también sobre un problema que preocupaba a menudo mi mente y que aún ahora no ha perdido para mí su atractivo.
«¿Qué actitud es más provechosa —me preguntaba, considerar al mundo como algo importante o como algo trivial?». Para los grandes hombres —pensaba—, los generales, los políticos insignes y para todos los tipos de conquistadores y dominadores, por su misma naturaleza, probablemente no sería más que un tablero de ajedrez, pues de otro modo carecerían de la irresponsabilidad y de la frialdad necesarias para disponer con tanta despreocupación del bien y del mal de la comunidad, de acuerdo con sus inescrutables planes. Por otra parte, esta supuesta opinión tan despectiva puede ser fácilmente la causa de que se fracase en la vida; pues quien estima en muy poco al mundo y a los hombres y se convence tempranamente de su pequeñez, se siente propenso a hundirse en la indiferencia y la pereza, y prefiere desdeñosamente un estado de inactividad absoluta a cualquier agitación del espíritu; sin contar con que su insensibilidad y su falta de interés y comprensión ofenderán a cada paso a todo el mundo, cerrándole el camino del éxito. «¿Será acaso mejor —me preguntaba— considerar al mundo y a la humanidad como algo grande, magnífico y digno de nuestro mayor celo, para merecer la estima y el respeto?». El aspecto negativo de esta consideración reside en que la actitud reverente puede llevar fácilmente a la timidez y al menosprecio de sí mismo, y el mundo se deslizará junto al estúpido respetuoso, para buscarse amantes más viriles. Por otra parte, la fe y culto del amor mundano ofrece también grandes ventajas. Pues quien acepta las cosas y los hombres como plenos de importancia, no sólo lisonjeará con ello a éstos, asegurándose así más de una protección, sino que también impregnará su propio pensamiento y su conducta de una seriedad y responsabilidad que, a la vez que lo harán más interesante y simpático como persona, pueden conducirlo hacia los éxitos y los destinos más altos.
Así meditaba, pesando el pro y el contra. Por lo demás, sin querer y de acuerdo con mi naturaleza, siempre me atuve a la segunda posibilidad, considerando el mundo como un fenómeno maravilloso, infinitamente seductor, que puede ofrecer las más dulces alegrías y que me parece digno de cualquier esfuerzo.

Traducción de Anny Dell'Erba

Confesiones del aventurero Félix Krull
Thomas Mann

sábado, 31 de mayo de 2008

La muerte en Venecia

La muerte en Venecia
"La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea. En aquel momento se había adueñado del solitario una de estas vibrantes ideas, uno de estos sentimientos precisos: el sentimiento de que la naturaleza se estremecía de goce cuando el espíritu se inclinaba en homenaje y reverencia ante la belleza. Súbitamente sintió el deseo imperioso de escribir. Cierto es que, como suele decirse, Eros ama el ocio, y que sólo para el ocio ha nacido. Pero en ese momento de la crisis, su excitación le impulsaba a tranquilizar por medio de la palabra el torbellino de sus pensamientos. El tema casi le era indiferente. De pronto sintió que se resolvía en su espíritu, clamando por expresarse, una cuestión palpitante de la cultura y el gusto. El asunto era de índole familiar y le preocupaba de antiguo. El impulso de hacerlo brillar a la luz de sus palabras se hizo irresistible en aquel momento. Pero necesitaba trabajar en presencia de Tadzín, tomarlo de modelo, hacer que su estilo siguiese las líneas de aquel cuerpo que se le antojaba divino, y levantar a lo espiritual su belleza, como el águila levantó al cielo a uno de los pastores troyanos. Jamás había sentido con tanta dulzura el placer de la palabra, nunca había visto tan claramente que Eros alienta en ella, como en aquellas horas, peligrosamente gozosas, en las que, sentado ante una mesa rústica sombreada por la lona, teniendo ante sus ojos al ídolo, y en los oídos la música de su voz, cincelaría Aschenbach, siguiendo el modelo de Tadzio, unas páginas de selecta prosa cuya pureza, altura y fuerte tensión sentimental habían de producir pronto la admiración de las gentes. Seguramente conviene que el mundo conozca sólo la obra bella y no sus orígenes, las condiciones que determinaron su aparición, pues el conocimiento de las fuentes en que el poeta bebe su inspiración lo confundiría, lo asustaría a menudo, dañando así el efecto de las. cosas excelentes. ¡Singulares horas! ¡Esfuerzo extrañamente enervador! ¡Extraordinario comercio fecundo del espíritu con el cuerpo! Cuando Aschenbach, terminado su trabajo, se levantó, se sintió agotado, deshecho hasta tal punto que le parecía oír los lamentos de su conciencia en rebelión, como si acabara de entregarse a algún pecado."

La muerte en Venecia
Thomas Mann

domingo, 27 de enero de 2008

La llegada

"Un modesto joven se dirígía en pleno verano,desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz, en el cantón de los Grisones. Iba alli a hacer una visita de tres semanas.
Pero, desde Hamburgo, hasta aquellas alturas, el viaje es largo; demasiado largo, en verdad,con relación a la brevedad de la estancia proyectada.Se pasa por diferentes comarcas, subiendo y bajando desde lo alta de la meseta de la Alemania meridional hasta la ribera del mar suabo, y luego, en buque, sobre las olas saltarinas, por encima de abismos que, en otro tiempo, se consideraban insondables..."
La montaña mágica
Thomas Mann