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miércoles, 23 de diciembre de 2020

El Sendero Furtivo

Luis Mateo Díez, retratado por Samuel Sánchez. (El País).

Le veíamos entrar en el Bar Central a las seis de la tarde y en la sumergida quietud de los divanes y las mesas de mármol se iba diluyendo como una sombra más. Algunas veces se percataba de que le estábamos mirando tras el ventanal: seis ojos de niños traviesos que se demoran en el camino de regreso a casa, pero no parecía importarle aquella vigilancia impertinente y caprichosa. Escribía en cuartillas con una estilográfica muy grande y fumaba sin parar.
Murió al final de aquel invierno, poco después de que hubiéramos decidido dejar de espiarle para ir directamente a los billares de Castro donde, al fin, nos permitían colarnos.
Su última novela, que apareció al cabo de un año, se titulaba El Sendero Furtivo. La leí mucho tiempo después y debo reconocer que me gustó. En el último capítulo el protagonista, un hombre de vida sentimental muy atormentada, aguarda en un bar a la mujer con la que tras muchas dudas ha decidido reconciliarse. De pronto observa tras el ventanal el rostro de tres niños que le miran burlones y comienza  a sentir una gran zozobra. Se levanta, cruza apresuradamente el local y sale huyendo. La novela termina describiendo la congoja de esa huida absurda e irremediable. De nada me he sentido tan culpable en mi vida como de ese desgraciado final.

El porvenir de la ficción (1999)
Luis Mateo Díez

El Sendero Furtivo

Luis Mateo Díez, retratado por Samuel Sánchez. (El País).

Le veíamos entrar en el Bar Central a las seis de la tarde y en la sumergida quietud de los divanes y las mesas de mármol se iba diluyendo como una sombra más. Algunas veces se percataba de que le estábamos mirando tras el ventanal: seis ojos de niños traviesos que se demoran en el camino de regreso a casa, pero no parecía importarle aquella vigilancia impertinente y caprichosa. Escribía en cuartillas con una estilográfica muy grande y fumaba sin parar.
Murió al final de aquel invierno, poco después de que hubiéramos decidido dejar de espiarle para ir directamente a los billares de Castro donde, al fin, nos permitían colarnos.
Su última novela, que apareció al cabo de un año, se titulaba El Sendero Furtivo. La leí mucho tiempo después y debo reconocer que me gustó. En el último capítulo el protagonista, un hombre de vida sentimental muy atormentada, aguarda en un bar a la mujer con la que tras muchas dudas ha decidido reconciliarse. De pronto observa tras el ventanal el rostro de tres niños que le miran burlones y comienza  a sentir una gran zozobra. Se levanta, cruza apresuradamente el local y sale huyendo. La novela termina describiendo la congoja de esa huida absurda e irremediable. De nada me he sentido tan culpable en mi vida como de ese desgraciado final.

El porvenir de la ficción (1999)
Luis Mateo Díez