Clara Gangutia. La casa grande.
A pesar de todas sus transformaciones, mi casa ha conservado su aspecto anónimo e impersonal: o al menos, así nos parece a nosotros, que vivimos en ella, pero ya se sabe que todos somos malos jueces de aquello que nos concierne, del propio carácter, de los propios vicios y virtudes, incluso de la propia voz o del propio rostro. A otros, tal vez, les podrá parecer muy sintomático del carácter apartado de mi familia. Cierto es que, a nivel consciente, nunca le he pedido a mi casa mucho más que la satisfacción de las necesidades primarias: espacio, calor, comodidad, silencio, privacidad. Ni he intentado nunca conscientemente hacerla mía, asimilarla a mí, embellecerla, enriquecerla, sofisticarla. No me resulta fácil hablar de la relación que me une a ella, quizá sea de naturaleza gatuna: como los gatos, amo las comodidades pero puedo prescindir de ellas, y me habría adaptado bastante bien a un alojamiento sin comodidad alguna, como varias veces me ha ocurrido y como me ocurre cuando voy a un hotel. No creo que mi modo de escribir esté influenciado por el ambiente en el que vivo y escribo, ni creo que este ambiente se refleje en las cosas que he escrito. Debo de ser, pues, menos sensible que la media a las sugestiones e influencias del ambiente, y no soy en absoluto sensible al prestigio que el ambiente confiere, conserva o deteriora. Vivo en mi casa como lo hago dentro de mi piel: sé de pieles más hermosas, más amplias, más resistentes, más pintorescas, pero no me parecería natural cambiarlas por la mía.
Traducción de Antoni Vilalta Seco
El oficio ajeno (1985)
Primo Levi