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miércoles, 27 de mayo de 2020

Equinoccio

Retrato de Francisco Tario realizado por su hermano Antonio Peláez (1951).

Para probar la existencia del libre albedrío un hombre se sienta y se levanta de un sillón tantas veces como ha prometido. ¡Y su mujer y sus hijos aplauden!

Siempre quedará la duda de si uno podría o no haber pasado a la Posteridad.

—¿Que por qué escribo, pues? Que...

—Me doy cuenta. Pues escribo por si a alguien se le ocurriera alguna vez seguir este mismo camino.

La vida —que está en nosotros y a nuestro alrededor y que tratamos de espantar a manotazos como si fuera una mosca.

Volver del heroísmo —tomarse medidas para una estatua.

El infinito: las doce en punto. Pero siempre.

En algún camino que nadie conoce se encontrarán algún día el primer hombre de la Tierra y el último y se darán fríamente la mano.

Equinoccio (1946)
Francisco Tario

Equinoccio

Retrato de Francisco Tario realizado por su hermano Antonio Peláez (1951).

Para probar la existencia del libre albedrío un hombre se sienta y se levanta de un sillón tantas veces como ha prometido. ¡Y su mujer y sus hijos aplauden!

Siempre quedará la duda de si uno podría o no haber pasado a la Posteridad.

—¿Que por qué escribo, pues? Que...

—Me doy cuenta. Pues escribo por si a alguien se le ocurriera alguna vez seguir este mismo camino.

La vida —que está en nosotros y a nuestro alrededor y que tratamos de espantar a manotazos como si fuera una mosca.

Volver del heroísmo —tomarse medidas para una estatua.

El infinito: las doce en punto. Pero siempre.

En algún camino que nadie conoce se encontrarán algún día el primer hombre de la Tierra y el último y se darán fríamente la mano.

Equinoccio (1946)
Francisco Tario

domingo, 31 de marzo de 2019

Equinoccio

Francisco Tario. Equinoccio.

Aquel que no sepa nada sabrá más que ninguno. ¿Oh, la dulce ciencia de saber ignorar las cosas! Ser un divino ignorante de tres años.

¡Y este constante, inminente peligro de reñir unos con otros, que da a entender a las claras que nos sentimos nerviosos, molestos, inconformes con algo!

¡Maldita superabundancia de palabras, que nunca le permiten a uno expresar lo que desea! ¡Y maldita abundancia, maldito este exceso de ruido que da a sospechar si el objeto de todo ello es impedir que el hombre se halle a solas consigo mismo!

¡Con cuánta más agudeza, fe en sí mismo, con cuánta más resolución y bellos propósitos criminales persigue un mosquito a un hombre que un hombre a un mosquito!

Despertar pensando: ¿Qué día? ¿Qué luz? ¿Quién soy?

Equinoccio (1946)
Francisco Tario

Equinoccio

Francisco Tario. Equinoccio.

Aquel que no sepa nada sabrá más que ninguno. ¿Oh, la dulce ciencia de saber ignorar las cosas! Ser un divino ignorante de tres años.

¡Y este constante, inminente peligro de reñir unos con otros, que da a entender a las claras que nos sentimos nerviosos, molestos, inconformes con algo!

¡Maldita superabundancia de palabras, que nunca le permiten a uno expresar lo que desea! ¡Y maldita abundancia, maldito este exceso de ruido que da a sospechar si el objeto de todo ello es impedir que el hombre se halle a solas consigo mismo!

¡Con cuánta más agudeza, fe en sí mismo, con cuánta más resolución y bellos propósitos criminales persigue un mosquito a un hombre que un hombre a un mosquito!

Despertar pensando: ¿Qué día? ¿Qué luz? ¿Quién soy?

Equinoccio (1946)
Francisco Tario

sábado, 8 de julio de 2017

Equinoccio

Francisco Tario en Italia, en 1953, fotografiado por Carmen Farell.

No hay tal silencio, fijaos bien. Es un constante rumor de astros, de aguas, de respiraciones heladas, de alas de pájaros.

¡Qué quietud la del mar embravecido, la del cielo tormentoso, la del fuego en el bosque, comparadas con la loca, desenfrenada, frenética aceleración de este nacer y morir de hombres!

Más que una flor, más que la noche, más que la lluvia, más aún que la Muerte, es mucho más bella, más silenciosa, más enigmática una llave perdida.

Hay en mí constantemente una curiosidad incurable por aquella Tierra silenciosa, nocturna, llena de pisadas celestes; aquella Tierra sin hombres, color violeta, de hace setecientos billones de años.

No puede ser de otro modo. Lo único que me inspira cierto respeto en el hombre es esa ilusión suya tan infantil de construir y construir casas.

Nadie debe poner en duda que todos aquellos que vemos transitar tan apresuradamente por la calles van a algo. Pongamos sí o no, que consigan sus propósitos; que vuelvan o no mañana, otro día. Está bien, pero ¿y después? ¿Y siempre? ¿Y el año que viene?

¡Oh, volverse de bronce y que lo sienten a uno en un parque a ver jugar a los niños!

Equinoccio (1946)
Francisco Tario 

Equinoccio

Francisco Tario en Italia, en 1953, fotografiado por Carmen Farell.

No hay tal silencio, fijaos bien. Es un constante rumor de astros, de aguas, de respiraciones heladas, de alas de pájaros.

¡Qué quietud la del mar embravecido, la del cielo tormentoso, la del fuego en el bosque, comparadas con la loca, desenfrenada, frenética aceleración de este nacer y morir de hombres!

Más que una flor, más que la noche, más que la lluvia, más aún que la Muerte, es mucho más bella, más silenciosa, más enigmática una llave perdida.

Hay en mí constantemente una curiosidad incurable por aquella Tierra silenciosa, nocturna, llena de pisadas celestes; aquella Tierra sin hombres, color violeta, de hace setecientos billones de años.

No puede ser de otro modo. Lo único que me inspira cierto respeto en el hombre es esa ilusión suya tan infantil de construir y construir casas.

Nadie debe poner en duda que todos aquellos que vemos transitar tan apresuradamente por la calles van a algo. Pongamos sí o no, que consigan sus propósitos; que vuelvan o no mañana, otro día. Está bien, pero ¿y después? ¿Y siempre? ¿Y el año que viene?

¡Oh, volverse de bronce y que lo sienten a uno en un parque a ver jugar a los niños!

Equinoccio (1946)
Francisco Tario