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sábado, 14 de marzo de 2020

Paestum

Piranesi. Los templos de Paestum.

XVIII

Paestum

Grecia está presente en Italia por los templos de Paestum. La carretera pasa delante de ellos, se los ve inclusive desde el tren y sin embargo, parecen sepultados en una soledad más inmensa que la de Ostia y Pompeya. Nos prueban que la belleza siempre guarda sus distancias. 

Soy hermosa ¡oh mortales! como un sueño de piedra.

En Paestum se realizó uno de los "sueños de piedra" más hermosos de la humanidad.
Las rosas que todavía florecen cerca de los templos, perfuman el nombre de esta ciudad como antaño. Parecen recordarnos los consejos que mucho antes de Ronsard, Propercio daba a su amante: "Aprovecha tus hermosos años. He visto a la rosa de Paestum marchitarse en una mañana".
La mayoría de los viajeros sólo hace un alto para visitar las ruinas. No saben cuánto pierden al no quedarse más. Es necesario pasar algunas noches en el encantador hotelito vecino, que se esconde bajo la hiedra. Si se ha tomado la precaución de llegar con luna llena, se experimenta, en verdad, la sensación de ser huésped de los dioses. El ruido lejano del mar, el grito repentino de un pavo real en una granja, hacen más profundo el silencio. El perfume de rosas y mirtos anuncia a Venus. Las luciérnagas brillan, cual ojos de genios nocturnos. Las columnatas, elegantes y poderosas, se dibujan suavemente iluminadas, contra la masa negra de las montañas.
Las cornejas saludan, con sus graznidos, la salida del sol. Nubes alojadas en los triglifos y frontones del templo de Neptuno. Si uno camina por el camino enlosado que atraviesa las ruinas o por la carretera arenosa que conduce al mar, hay muchas probabilidades de no encontrar a nadie. La soledad del día iguala al silencio de la noche.
¿Podría creerse que la extensa playa que se extiende hasta perderse de vista, fue una de las más ensangrentadas de la última guerra? Los aliados la utilizaron como lugar de desembarco: las fuerzas del Eje, atrincheradas en las montañas, la cañonearon tenazmente. El que los templos no hayan sufrido, prueba suficientemente que los dioses antiguos, también hacen milagros todavía.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte

Paestum

Piranesi. Los templos de Paestum.

XVIII

Paestum

Grecia está presente en Italia por los templos de Paestum. La carretera pasa delante de ellos, se los ve inclusive desde el tren y sin embargo, parecen sepultados en una soledad más inmensa que la de Ostia y Pompeya. Nos prueban que la belleza siempre guarda sus distancias. 

Soy hermosa ¡oh mortales! como un sueño de piedra.

En Paestum se realizó uno de los "sueños de piedra" más hermosos de la humanidad.
Las rosas que todavía florecen cerca de los templos, perfuman el nombre de esta ciudad como antaño. Parecen recordarnos los consejos que mucho antes de Ronsard, Propercio daba a su amante: "Aprovecha tus hermosos años. He visto a la rosa de Paestum marchitarse en una mañana".
La mayoría de los viajeros sólo hace un alto para visitar las ruinas. No saben cuánto pierden al no quedarse más. Es necesario pasar algunas noches en el encantador hotelito vecino, que se esconde bajo la hiedra. Si se ha tomado la precaución de llegar con luna llena, se experimenta, en verdad, la sensación de ser huésped de los dioses. El ruido lejano del mar, el grito repentino de un pavo real en una granja, hacen más profundo el silencio. El perfume de rosas y mirtos anuncia a Venus. Las luciérnagas brillan, cual ojos de genios nocturnos. Las columnatas, elegantes y poderosas, se dibujan suavemente iluminadas, contra la masa negra de las montañas.
Las cornejas saludan, con sus graznidos, la salida del sol. Nubes alojadas en los triglifos y frontones del templo de Neptuno. Si uno camina por el camino enlosado que atraviesa las ruinas o por la carretera arenosa que conduce al mar, hay muchas probabilidades de no encontrar a nadie. La soledad del día iguala al silencio de la noche.
¿Podría creerse que la extensa playa que se extiende hasta perderse de vista, fue una de las más ensangrentadas de la última guerra? Los aliados la utilizaron como lugar de desembarco: las fuerzas del Eje, atrincheradas en las montañas, la cañonearon tenazmente. El que los templos no hayan sufrido, prueba suficientemente que los dioses antiguos, también hacen milagros todavía.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte

miércoles, 12 de febrero de 2020

Del Vesubio al Etna

Roger Peyrefitte. Del Vesubio al Etna.

XXXI

Imerese

No se sabe a quién estaba dedicado el templo que los griegos construyeron en Imerese y del que sólo quedan sus basamentos. El ferrocarril pasa a pocos metros. El humo de las máquinas ha reemplazado al de los sacrificios. Reemplaza la estatua de la cella. Se ha convertido en el dios natural del templo de Imerese.
Este templo, que conmemoraba la gran victoria siciliana sobre Cartago, fue destruido, ochenta años después, por aquellos cuya derrota recordaba. El museo de Palermo y el de Termini conservan las imponentes gárgolas en forma de cabeza de leones, que bordeaban el techo.
Sobre una eminencia, del otro lado de la carretera, está situada la acrópolis clásica de los helenos. Sólo un olivo crece allí. Los vestigios arquitecturales son mínimos. Se descubre la boca del río Imerese, la costa que va del cabo Zafferano a Cefalú y, pegada a una colina, la ciudad de Termini, donde se encuentran "los baños calientes de las ninfas de Imerese", que ya alababa Píndaro.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte

Del Vesubio al Etna

Roger Peyrefitte. Del Vesubio al Etna.

XXXI

Imerese

No se sabe a quién estaba dedicado el templo que los griegos construyeron en Imerese y del que sólo quedan sus basamentos. El ferrocarril pasa a pocos metros. El humo de las máquinas ha reemplazado al de los sacrificios. Reemplaza la estatua de la cella. Se ha convertido en el dios natural del templo de Imerese.
Este templo, que conmemoraba la gran victoria siciliana sobre Cartago, fue destruido, ochenta años después, por aquellos cuya derrota recordaba. El museo de Palermo y el de Termini conservan las imponentes gárgolas en forma de cabeza de leones, que bordeaban el techo.
Sobre una eminencia, del otro lado de la carretera, está situada la acrópolis clásica de los helenos. Sólo un olivo crece allí. Los vestigios arquitecturales son mínimos. Se descubre la boca del río Imerese, la costa que va del cabo Zafferano a Cefalú y, pegada a una colina, la ciudad de Termini, donde se encuentran "los baños calientes de las ninfas de Imerese", que ya alababa Píndaro.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte

domingo, 13 de enero de 2019

Las distracciones de Capri

Jason Brooks. Visite Capri.

En el barco matinal que me llevaba a Capri, tuve la suerte de encontrar a uno de mis viejos amigos de Atenas. Es el más espiritual de los griegos y no habría podido desear mejor compañero de viaje.
Se tiene mucho que decir, cuando no se ha visto desde hace doce años: estábamos como los amigos de Luciano de Samosata, que se encontraron en Rodas para tomar rumbo hacia la diosa y los placeres de Cnido.
En verdad, estábamos algo avergonzados, tanto él como yo, por no haber resistido a la equívoca reputación de Capri. Carecíamos de originalidad. Aunque, en fin, ¿se podía no conocer a Capri, Capri, isola d'amore, como decía el refrán con que nos atronaba el pick-up del barco? Veíamos entre los pasajeros, gente muy austera reposando en las banquetas del puente; suizos, con su gran escudo en el ojal, viejas inglesas, parejas jóvenes. Su ingenuidad nos hacía sonreír: ¿ignoraban que bogaban hacia la isla de las saturnales? "En el fondo, les envidio, me dijo el griego; su conciencia continuará en paz hasta el desembarcadero".
No obstante, las alturas de Capri se dibujaban, cada vez más precisas, delante de nosotros. Atrayentes y abruptas a la vez, como corresponde a un lugar que encierra tantos misterios y que ahoga tantos escándalos. Pero no nos parecieron tener el aspecto de una "jovencita que abandona a las olas su cabellera" ni el de una "sirena desfallecida sobre el mar", expresiones algo floridas que podíamos leer en la guía. El barco enfiló hacia el muelle de Marina Grande; las casas blancas, apretujadas sobre la pendiente de una colina entre dos montañas, recordaban las de una pequeña ciudad de las islas griegas. Mi amigo había apuntado sobre el puerto sus prismáticos, que luego me prestó, sin decir palabra. Creí ver a muchachos y chicas coronados de flores, esperándonos en la orilla, como los de Tahití que acogieron a los marinos de Bougainville. Sólo vi una larga fila de comisionistas de hoteles.
A falta de haber reservado piezas, cada uno de nosotros había retenido, al menos, el nombre de un hotel: "Gaudéamus". El nombre resultaba todo un programa. Gaudeamus igitur... "Regocijémonos pues, mientras somos jóvenes": hasta una canción latina nos animaba a divertirnos en Capri.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte

Las distracciones de Capri

Jason Brooks. Visite Capri.

En el barco matinal que me llevaba a Capri, tuve la suerte de encontrar a uno de mis viejos amigos de Atenas. Es el más espiritual de los griegos y no habría podido desear mejor compañero de viaje.
Se tiene mucho que decir, cuando no se ha visto desde hace doce años: estábamos como los amigos de Luciano de Samosata, que se encontraron en Rodas para tomar rumbo hacia la diosa y los placeres de Cnido.
En verdad, estábamos algo avergonzados, tanto él como yo, por no haber resistido a la equívoca reputación de Capri. Carecíamos de originalidad. Aunque, en fin, ¿se podía no conocer a Capri, Capri, isola d'amore, como decía el refrán con que nos atronaba el pick-up del barco? Veíamos entre los pasajeros, gente muy austera reposando en las banquetas del puente; suizos, con su gran escudo en el ojal, viejas inglesas, parejas jóvenes. Su ingenuidad nos hacía sonreír: ¿ignoraban que bogaban hacia la isla de las saturnales? "En el fondo, les envidio, me dijo el griego; su conciencia continuará en paz hasta el desembarcadero".
No obstante, las alturas de Capri se dibujaban, cada vez más precisas, delante de nosotros. Atrayentes y abruptas a la vez, como corresponde a un lugar que encierra tantos misterios y que ahoga tantos escándalos. Pero no nos parecieron tener el aspecto de una "jovencita que abandona a las olas su cabellera" ni el de una "sirena desfallecida sobre el mar", expresiones algo floridas que podíamos leer en la guía. El barco enfiló hacia el muelle de Marina Grande; las casas blancas, apretujadas sobre la pendiente de una colina entre dos montañas, recordaban las de una pequeña ciudad de las islas griegas. Mi amigo había apuntado sobre el puerto sus prismáticos, que luego me prestó, sin decir palabra. Creí ver a muchachos y chicas coronados de flores, esperándonos en la orilla, como los de Tahití que acogieron a los marinos de Bougainville. Sólo vi una larga fila de comisionistas de hoteles.
A falta de haber reservado piezas, cada uno de nosotros había retenido, al menos, el nombre de un hotel: "Gaudéamus". El nombre resultaba todo un programa. Gaudeamus igitur... "Regocijémonos pues, mientras somos jóvenes": hasta una canción latina nos animaba a divertirnos en Capri.

Traducción de Lía Susini, Abelardo Arias y Renato Pellegrini

Del Vesubio al Etna (1952)
Roger Peyrefitte