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domingo, 22 de octubre de 2017

Hacedor de estrellas

Olaf Stapledon. Hacedor de estrellas.

1
La Tierra

Me senté en las hierbas. Arriba, retrocedía la oscuridad. Y la liberada población del cielo asomaba estrella tras estrella.
Las sombrías colinas y el mar invisible se extendían alrededor hasta perderse de vista. Pero el halcón de la imaginación los seguía más allá del horizonte. Sentía que yo estaba en una mota de piedra y metal, envuelto en una delgada película de agua y aire, y que giraba a la sombra y a la luz del sol. Y en la superficie de esa mota enjambres de hombres, en generaciones sucesivas habían vivido en el trabajo y la ceguera, con intermitente alegría, e intermitente lucidez. Toda su historia, sus migraciones, sus imperios, sus filosofías, sus orgullosas ciencias, sus revoluciones sociales, su necesidad cada vez mayor de una vida en comunidad, eran sólo una chispa en un día de las estrellas.
¡Si uno pudiese saber, pensé, si en esa hueste centelleante había o no, aquí y allí, otros granos de roca y metal habitados por el espíritu, y si los titubeos del hombre en su persecución de la sabiduría y el amor eran sólo un estremecimiento insignificante o parte de un movimiento universal!

Traducción de Gregorio Lemos

Hacedor de estrellas (1937)
Olaf Stapledon

Hacedor de estrellas

Olaf Stapledon. Hacedor de estrellas.

1
La Tierra

Me senté en las hierbas. Arriba, retrocedía la oscuridad. Y la liberada población del cielo asomaba estrella tras estrella.
Las sombrías colinas y el mar invisible se extendían alrededor hasta perderse de vista. Pero el halcón de la imaginación los seguía más allá del horizonte. Sentía que yo estaba en una mota de piedra y metal, envuelto en una delgada película de agua y aire, y que giraba a la sombra y a la luz del sol. Y en la superficie de esa mota enjambres de hombres, en generaciones sucesivas habían vivido en el trabajo y la ceguera, con intermitente alegría, e intermitente lucidez. Toda su historia, sus migraciones, sus imperios, sus filosofías, sus orgullosas ciencias, sus revoluciones sociales, su necesidad cada vez mayor de una vida en comunidad, eran sólo una chispa en un día de las estrellas.
¡Si uno pudiese saber, pensé, si en esa hueste centelleante había o no, aquí y allí, otros granos de roca y metal habitados por el espíritu, y si los titubeos del hombre en su persecución de la sabiduría y el amor eran sólo un estremecimiento insignificante o parte de un movimiento universal!

Traducción de Gregorio Lemos

Hacedor de estrellas (1937)
Olaf Stapledon

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hacedor de estrellas

Akageno Saru. Noche estrellada, 2012.

1. El punto de partida

¿El mundo entero? ¿El universo entero? Arriba, la oscuridad reveló una estrella. Una trémula flecha de luz, proyectada quién sabe cuántos miles de años atrás, ahora alcanzaba mis nervios como un punto visible, y me estremecía. ¿Pues qué podía significar nuestra comunidad, frágil, evanescente, fortuita, en un universo semejante?
Pero, irracionalmente, sentí en mí una rara reverencia, no hacia el astro, un simple fuego que la distancia santificaba falsamente, sino hacia otra cosa, algo que mi corazón descubría en aquel terrible contraste entre la estrella y nosotros. Sin embargo, ¿qué podía ser eso? La inteligencia, mirando más allá del astro, no descubría ningún Hacedor de Estrellas, sólo oscuridad; ningún Amor, ningún Poder siquiera, sólo nada. Y sin embargo, el corazón parecía cantar una alabanza.

Traducción de Gregorio Lemos

Hacedor de estrellas (1937)
Olaf Stapledon