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viernes, 12 de marzo de 2021

Crónica de la lluvia

Rafael Pérez Estrada. Crónica de la lluvia.

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

En la cabeza de un alfiler, cuántos ángeles caben, y como era joven y apasionado, y odiaba las cuestiones bizantinas, respondió urgente: Uno sólo: el ángel equilibrista.

Conocí a un jesuita eminente y práctico que había inventado la goma de borrar la impureza.

Estaba un mediodía en la terraza del hotel, cuando vi cómo un cerco de nubarrones se apretaba sobre la cima de una montaña erguida frente a mí. Al poco, el tiempo se serenó, y con gran sorpresa comprobé que no sólo la tempestad había cesado, sino también que la cima había sido devorada por las nubes feroces.

Crónica de la lluvia (1990)
Rafael Pérez Estrada

Crónica de la lluvia

Rafael Pérez Estrada. Crónica de la lluvia.

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

En la cabeza de un alfiler, cuántos ángeles caben, y como era joven y apasionado, y odiaba las cuestiones bizantinas, respondió urgente: Uno sólo: el ángel equilibrista.

Conocí a un jesuita eminente y práctico que había inventado la goma de borrar la impureza.

Estaba un mediodía en la terraza del hotel, cuando vi cómo un cerco de nubarrones se apretaba sobre la cima de una montaña erguida frente a mí. Al poco, el tiempo se serenó, y con gran sorpresa comprobé que no sólo la tempestad había cesado, sino también que la cima había sido devorada por las nubes feroces.

Crónica de la lluvia (1990)
Rafael Pérez Estrada

martes, 7 de julio de 2015

Libro de los Reyes

Rafael Pérez Estrada. Libro de los Reyes.

A MODO DE PRÓLOGO: 
DEL TIEMPO DE LOS LIBROS 

La Emperatriz viuda ocultaba en una caja de palisandro un libro que nunca osó leer; aquella obra era un tratado de los ríos y cascadas, y la Emperatriz, que concebía la literatura como algo práctico y sumamente real, estaba convencida de que al abrir sus páginas el reino entero perecería bajo una terrible inundación.

Hojeaba aquel libro y de pronto dio un grito: En sus páginas parecía encontrar con exactitud alarmante una historia idéntica a la suya; y no quiso seguir leyendo por miedo a descubrir su propio final en lo allí escrito.
A él se debe esta máxima:  «Complacerse en lo incierto».

La historia presenta al poeta críptico etíope Had Walis como autor del más de los universales tratados de amor. Sin embargo, dice W. Hoper que si bien es fama que Walis consagró su vida a la literatura, también lo es que el tiempo dedicado a esta le impidió la experiencia de amar.

Libro de los Reyes (1990)
Rafael Pérez Estrada 

domingo, 18 de enero de 2015

Los fantasmas del frío

Luis Prado Allende. El río Cares, Picos de Europa.

La belleza no tiene carnet de identidad, me avisa un policía, un sujeto muy simple que sufre el delirio de las frases: El Arte es postre, es otro de sus aforismos predilectos.
Influido por esta tesis me dedico a contemplar la suave armonía de las grandes coníferas, árboles que alguna vez soñaron ser columnas, las catedrales de los bosques. También las bayas rojas, casi un incendio vegetal en el frío, me llaman la atención; no obstante, me atengo a los términos ideales de lo abstracto, negándome a preguntar el nombre de tanta hermosura.
No siempre -me advirtieron- se puede forzar la realidad en términos de lenguaje, así, un río, per se, carece de nombre, y cualquiera que se le ofrezca le será antipático. Su rotulación podrá en ocasiones tener una causa exclusivamente poética o social. Para el río, como para el perro, el nombre es algo limitativo y empobrecedor.
Sabía de algunos ríos rebeldes a sus nombres, ríos que se habían negado a cumplir con el oficio de ir al mar, y habían vuelto impetuosos a las viejas e inmóviles montañas, a las fuentes de su nacimiento.

Ulises, o Libro de las Distancias (1997)
Rafael Pérez Estrada

miércoles, 31 de diciembre de 2014

La mañana

André de Dienes. Shirley Levitt, 1950.

La mañana, hasta la aparición del heraldo, fue sencilla y luminosa. La voz del hombre cambió el curso del día: Apartaos -gritó-, negadle cualquier refugio, pues habéis de saber que ella es la gran rechazada. Después nada ocurrió; quizá se percibía una calma densa, y una fuerte tensión nerviosa, tal si fuéramos buques sujetos a los caprichos del viento. Al poco la vimos: sudorosa, y vestida de una clámide de color marfileño, traía en el rostro la angustia de una máscara griega: la mujer corría con un grito inacabable en los labios. Fue al rato cunado vi a los atacantes: eran las nubes. En manada avanzaban feroces: celajes, brumas, capas, velos, mantos, nieblas, calinas, nubarrones, cirros, cúmulos, nimbos y estratos, marchaban en formación. Y ella era, sólo, la perseguida de las nubes.

La sombra del obelisco. Novelas (1993)
Rafael Pérez Estrada

sábado, 7 de julio de 2012

La sombra del obelisco. Novelas

Hendrick van Cleve. La construcción de la Torre de Babel.

Con aire de abandono de le ve por las calles. El solitario tiene el rostro ceniciento, las manos oscuras, la sombra triste y un cuervo en el hombro. El pájaro es agorero, e, inesperadamente suelta imprecaciones de carácter urbano. Allí por donde el hombre pasa, la luz y la alegría se secan. Nadie sabe quién es. Algunos aseguran que es un desterrado, otros le llaman el perdido del viento. Una maestra de escuela muy escrupulosa teme de este hombre actitudes musicales. Lo piensa como un nuevo flautista conductor de masas infantiles a la nada.
Una niña fantástica cuenta haberlo visto ronronear como un gato en la copa de un magnolio, entre gigantescas flores pálidas en las noches del verano.
Si alguno intenta romper la barrera de la incomunicación, el hombre parece feliz. También -se nota- le gustaría hablar, mas cuando lo intenta su verbo se complica en sonidos torpes y opacos. No, no habla nuestra lengua, ni la entenderá nunca.
Las autoridades judiciales y municipales, intrigadas, han dispuesto edictos inquiriendo noticias: quién es, de dónde viene, y cuantos datos completen la anécdota del vivir.
Un mediodía se la ha visto, precisamente a los pies del magnolio, trazando misteriosos dibujos en el suelo. Graba en la arena altísimas torres. Una torre, y otra; pero siempre la misma torre.
Al poco, un sabio, un filósofo que gusta rimar las cosas agradables con los días felices, se atreve a argüir una explicación: Es el último hijo de Babel -declara-, heredero de una extraña estirpe.Nada tuvieron (se refiere a la tribu), y su vida transcurrió en preservar el misterio de una lengua propia. En este hombre acaba toda una casta de saberes. Su muerte será también el final de la Biblioteca de Alejandría. Con él morirá un pueblo, una identidad, una cultura.

La sombra del obelisco: Novelas.
Rafael Pérez Estrada

miércoles, 16 de marzo de 2011

El resucitador

Rafael Pérez Estrada. Fuente de la imagen La Opinión de Málaga.

Señalándome a un hombre de gran dignidad, me dijeron: Ése es el resucitador, y como yo preguntara detalles, me explicaron que sólo podía resucitar a aquellos cuya muerte representara para la patria y la cosa pública una pérdida irreparable.
Todos confiaban en este hombre, y al punto creían en su capacidad prodigiosa para devolver a los muertos de su eterno reposo. Mas cuando inquirí sobre el número de sus milagros, ésta fue la respuesta: Nunca ha resucitado a nadie, porque nadie nos ha parecido imprescindible. Sin embargo, el hombre actuaba como si hubiera devuelto de las sombras a toda una nación.

El ladrón de atardeceres (1998)
Rafael Pérez Estrada