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lunes, 17 de febrero de 2014

Diario de invierno

Paul Auster. Diario de invierno.

No echas en falta los viejos tiempos. Siempre que te pones nostálgico y empiezas a añorar la pérdida de cosas que parecían hacer la vida mejor de lo que ahora es, te dices que debes detenerte un momento a pensarlo bien, a examinar el Entonces con el mismo rigor que aplicas al Ahora, y no tardas en llegar a la conclusión de que hay poca diferencia, de que el Ahora y el Entonces son, en esencia, la misma cosa. Claro que tienes múltiples motivos de queja contra los males y estupideces de la vida norteamericana contemporánea, no pasa un día sin que sueltes alguna arenga contra la influencia dominante de la derecha, las injusticias de la economía, la incuria del medio ambiente, el desplome de las infraestructuras, las guerras sin sentido, la barbarie de la tortura legalizada y la extradición irregular, la desintegración de ciudades empobrecidas como Buffalo y Detroit, la erosión del movimiento sindical, la deuda con la que cargamos a nuestros hijos con objeto de que asistan a nuestras universidades excesivamente caras, la creciente grieta que separa a los ricos de los pobres, por no mencionar el cine basura que estamos realizando, la comida basura que estamos comiendo, los pensamientos basura que estamos cultivando. Eso es suficiente para desear que estalle una revolución; o irse a vivir como un eremita a los bosques de Maine, y alimentarse de frutos silvestres y raíces de árboles. Y sin embargo, remóntate al año de tu nacimiento e intenta recordar el aspecto de Estados Unidos en su época dorada de la prosperidad de la posguerra: leyes de segregación racial en plena vigencia por todo el Sur, el porcentaje que limitaba el número de judíos en ciertas instituciones, abortos clandestinos, el decreto presidencial de Truman para establecer un juramento de lealtad por parte de todos los funcionarios, los juicios de los diez de Holliwood, la Guerra Fría, el Terror Rojo, La Bomba. Cada momento histórico está erizado de problemas propios, de sus particulares injusticias, y toda época fabrica sus propias leyendas y lealtades. Cuando asesinaron a Kennedy tenías dieciséis años, estabas en segundo de secundaria, y la leyenda dice ahora que toda la población de Norteamérica había quedado reducida a un estado de mudo dolor por el trauma que se produjo el veintidós de noviembre. Tú tienes otra historia que contar, sin embargo, porque da la casualidad de que viajaste a Washington con dos amigos el día del funeral. Querías estar allí por tu admiración hacia Kennedy, que había supuesto un asombroso cambio tras los ocho largos años de Eisenhower, pero también porque tenías curiosidad por saber lo que significaría participar en un acontecimiento histórico. Era el domingo siguiente al viernes, el día en que Ruby asesinó de un tiro a Oswald, e imaginabas que las multitudes de curiosos que flanqueaban las avenidas mientras pasaba el cortejo fúnebre permanecerían allí en respetuoso silencio, en un estado de mudo dolor, pero lo que te encontraste aquella tarde fue una turba de curiosos y mirones bulliciosos, gente subida a los árboles con cámaras, empujando a otros para quitarles el sitio y ver mejor, y más que nada, lo que recuerdas es un ambiente de ahorcamiento público, el estremecimiento que acompaña al espectáculo de una muerte violenta. Tú estabas allí, presenciaste esas cosas con tus propios ojos, y sin embargo, en todos los años transcurridos desde entonces, ni una sola vez has oído a nadie contar lo que sucedió en realidad.

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Diario de invierno
Paul Auster

jueves, 19 de enero de 2012

El arte del hambre


Knut Hamsun. Hambre.

Un hombre joven llega a una ciudad. No tiene nombre, ni casa, ni trabajo. Ha venido a la ciudad a escribir. Escribe o, mejor dicho, no escribe: se muere de hambre.
La ciudad es Cristianía (Oslo) en el año 1890. El joven deambula por las calles, la ciudad es un laberinto de hambre y todos los días son iguales. Escribe artículos para un periódico local sin que nadie los solicite. Sufre, está siempre al borde de la locura, siempre a punto de derrumbarse.
Sin embargo, escribe. De vez en cuando, logra vender un artículo y puede permitirse un respiro en su miseria. Pero está demasiado débil para escribir con regularidad y rara vez consigue acabar los textos que comienza. Entre sus obras inconclusas, se encuentra un ensayo titulado Crímenes del futuro, un tratado filosófico sobre el libre albedrío, una alegoría basada en un incendio en una librería (donde los libros representan mentes), una obra de teatro ambientada en la Edad Media, El Signo de la Cruz. Es un proceso inevitable: debe comer para poder escribir, pero si no escribe, no come, y si no puede comer, tampoco puede escribir. No puede escribir.
Escribe. No escribe. Deambula por las calles de la ciudad, habla solo en público, asustando a la gente. Cuando por casualidad consigue algo de dinero, lo regala. Lo echan de la pensión. Vive un breve romance con una joven, un romance que no conduce a ninguna parte y que sólo le depara humillación. Pasa hambre, maldice el mundo, pero no muere.Por fin, sin razón aparente, coge un empleo a bordo de un barco y abandona la ciudad.
Este es, a grandes rasgos, el tema de Hambre, la primera novela de Knut Hamsun. La obra carece de argumento, acción y -a excepción del narrador- también de personajes. Para los criterios del siglo XIX, en la novela no sucede nada.

Traducción Maria Eugenia Ciocchini

El arte del hambre
Paul Auster

domingo, 15 de febrero de 2009

Entrevista a Paul Auster

Quint Buchholz. Libro en mitad del camino.

Sinda Gregory: ¿A qué tipo de cosas se refiere? ¿A pequeñas cosas, como una llamada telefónica equivocada (que inspira el argumento de La ciudad de cristal), o algo más insólito, como encontrar por casualidad a su padre en el Palacio de la Luna después de muchos años?

Paul Auster: Me refiero tanto a las pequeñas cosas como a las grandes. Conocer a tres personas llamadas George en un mismo día. O registrarse en un hotel y que el número de la habitación coincida con el de la casa de uno. Hace siete u ocho años, mi esposa y yo fuimos invitados a una cena en Nueva York, y en la mesa había un hombre encantador, muy educado, con gran inteligencia y sentido del humor, un sorprendente orador que cautivó a todos los comensales con sus relatos. Mi esposa se educó en un pequeño pueblo de Minnesota y en un momento dado pensó: "Para esto he venido a Nueva York, para conocer a personas como ésta". Más tarde, todos comenzamos a hablar sobre nuestra infancia y los sitios donde habíamos crecido y dio la casualidad que el hombre que la había hechizado, el que ella había considerado una encarnación de la sofisticación de Nueva York, procedía del mismo pueblo de Minnesota que ella. ¡El mismo pueblo! Era increíble, como algo sacado de una novela de O. Henry.

Traducción de María Eugenia Ciocchini

El arte del hambre
Paul Auster

domingo, 23 de marzo de 2008

Las Locuras De Bartlebooth

Paul Auster, Brooklyn Book Festival 2007
El microcosmos de Georges Perec en "La vida: instrucciones de uso" está poblado en su mayor parte por un heterogéneo surtido de excéntricos, coleccionistas obsesivos, anticuarios, miniaturistas y disparatados académicos. Si tuviéramos que señalar a un personaje central en este voluble mundo caleidoscópico, éste sería Percival Bartlebooth, un excéntrico millonario inglés cuyo loco e inútil proyecto de cincuenta años cumple la función de emblema en la obra en su conjunto. Consciente desde su juventud de que su fortuna lo condenará a una vida de aburrimiento, dedica diez años a estudiar el arte de las acuarelas con Serge Valéne. Aunque no tiene un talento especial para la pintura, por fin alcanza un nivel aceptable de competencia. Luego, en compañía de un críado, realiza un viaje alrededor del mundo que le llevará veinte años con la sola intención de retratar en aquarelas quinientos puertos diferentes.


Traducción de María Eugenia Ciocchini
El Arte Del Hambre
Paul Auster