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viernes, 27 de enero de 2012

Hoteles literarios

Robert C. Kirkpatrick. Anatomy of a still life (bodegón)

Clelsea Hotel (222 West, 23 rd Street). Nueva York
El Chelsea muestra aún en sus paredes los grafitti de las generaciones de artistas que lo ocuparon. Fue el hotel más parecido a un hotel europeo en Estados Unidos. Inmueble de ladrillo rosa y con balcones de hierro forjado iluminado con el neón azul de su nombre legendario, mágico, cerebralmente brillante, psicodélico en su travesía de decenios de alucinaciones y sueños más o menos sabiamente dosificados. El Chelsea albergó las pesadillas de todas las locuras, la muerte, dulce y violenta, las ilusiones y desilusiones de los extravagantes de su tiempo. El decorado era sobrio, la fauna extraña... Es el imperio de la Anarquía con vistas al Empire State Building, perpetuamente atiborrado de pintores, escritores, músicos, en su mayoría huéspedes estables desde hace años, algunos que no salen nunca de sus habitaciones.

Mark Twain
Primer huésped literario del Chelsea, construido en 1884, transformado en hotel en 1905, Mark Twain, hijo de pionero y ex piloto en el Mississippi (cuyo seudónimo significa "dos brazas de profundidad"), después periodista y novelista, se alojaba en él entre dos viajes.

Arthur Miller
Trabajó siete años en el Chelsea mientras Marilyn Monroe, que ocupaba su cabeza, rodaba en Hollywood o lo esperaba en su casa de Roxbury. "Lo surreal tuvo su sede en el Chelsea", cuyo "aire inequívoco de decadencia incontenible" adoraba, un lugar sin gusto, sin vergüenza.

Arthur C. Clarke
Encerrado en su habitación 1008, observaba de noche el cielo y las estrellas con telescopio, mientras escribía en la última planta del hotel la epopeya galáctica que dará la vuelta al mundo: 2001, odisea del espacio, que partió del Chelsea...

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle

martes, 8 de noviembre de 2011

Hoteles literarios

Susan Meiselas. Lena en el motel.

Partir con libros es viajar en el espacio y en el tiempo, cotejar la visión de los otros con el terreno de la propia vida. El viaje no es a menudo sino una huida, mientras que la lectura es un viaje en sí. Si los desplazamientos son engañosos, los libros son a veces su conciencia y el signo de lo que pasa, de lo que no hace sino pasar. Puesto que estamos en la era de los viajes, el hotel es de hecho un lugar crucial. Palacio, gran hotel, posada, pensión, meublé, fonducho o burdel, en ellos se ama, se bebe, se esperan días mejores, se muere. Es un lugar de paso, un abrigo transitorio, escenario de dramas y alegrías, un espacio cerrado, anónimo, pero igualmente para algunos una ética de vida más libre, sin acumulación de recuerdos. Por una puerta giratoria o que se cierra sola, se evade uno de la realidad. Una llave, paredes alrededor de una cama, una visión sobre las Tentaciones de lo Otro alabadas por Gottfried Benn, o unas cortinas corridas sobre sensaciones nuevas, el hotel es un lugar de erotismo que parece favorecer la creación, sacar al alma de su letargo. Es también el asilo del último deseo, el suicidio -Motel Suicidio, título de una canción escrita por Baudrillard-, un albergue que ofrece lo que a él se lleva, como la posada española, curiosidad o hastío, plenitud o angustia. La evocación de un hotel acaso inspire deseos de leer mientras se viaja, de viajar con libros, pues el poder de los lugares se debe a menudo a quienes vivieron en ellos y supieron transponerlo, transmitirlo por escrito.
"La fuerza literaria de un inmueble es comparable, en muchos casos, con la de un hombre", dijo Mac Orlan de esos que están tejidos con sueños, con recuerdos, con desesperación y con fantasmas que engendran novelas y poesías...

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Hoteles literarios

Greg Hildebrandt. Rendezvous At The Empire.

El hotel es una caja de Pandora, esa caja de donde escaparon todos los males y todos los bienes y en el fondo de la cual quedó la esperanza. ¿Qué no se hará en un hotel? ¿Qué escritor no ha escrito en uno, no ha situado en él la acción de un libro? Es un lugar novelesco donde la imaginación cruza por decorados en su mayoría reales. A veces al conocerlos se entenderán mejor los libros nacidos en ellos o que en ellos transcurren. Para quien viaja es quizá otra forma de abordar la literatura, incitándolo a llevarse ciertos libros a ciertas ciudades, un suplemento de alma para los paseantes de hoy, siempre con prisas.

"Era nuestra inquieta y malsana sensualidad la que definía la atmósfera del lugar", escribió Klaus Mann, y gracias a que en él se puede leer, el hotel -esa arquitectura del viaje- nos atraerá con la irradiación de los lugares, a través del sesgo de la literatura.

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle

domingo, 21 de noviembre de 2010

Hoteles literarios

Nathalie de Saint Phalle. Hoteles literarios.

Desde Julien Benda, que únicamente vivió feliz si estaba solo en habitaciones de hoteles provincianos, sin ningún objeto que estorbara el curso de sus pensamientos, al "infierno de los viajes" denunciado por Paul Nizan, toda la escala de impresiones, sentimientos e invenciones de escritores, desde la más perfecta neutralidad a la exaltación sin límites, modificaron el enfoque de un lugar. Y así ocurre que nos seduzcan sus visiones, los cauces de su percepción, más que los propios parajes. El viaje es un sentimiento. De un mismo sitio, alguien lo olvidará todo, algún otro quedará marcado por él para siempre jamás. Existen puntos de destino que no son sino una cena en una ciudad, mas para algunos recuerdan un amorío o un noviazgo decisivo. Hay viajes soñados y otros reales, los hay espirituales y fallidos, inventados o descritos, y no hay dos idénticos. Nerval y Gautier viajaban "como Byron", para hacer realidad un sueño; Larbaud "paseó su tristeza" o sus instantes de felicidad por todas las ciudades de Europa; Montherlant viajó para "realizar un cuento de hadas"; Musil pensaba que "viajar es también ensayar nuestras concepciones, de las que forman parte las utopías", en una época en la que ya no hay nada que hacer interiormente; Céline escribía en la presentación del Viaje al fin de la noche: "Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. En eso está su fuerza". Alexandra David-Neel, que partió para unos meses, sólo regresó catorce años después, con "aspecto de salir de un incendio", al contrario del viaje alrededor de un cuarto de Xavier de Maistre. Hoy están en boga los travel writers y los relatos de viajes se multiplican al infinito. Es un estilo de vida. Y es un mercado. Con seriedad e ironía se comentan las ilusiones que se derrumban y se pone de relieve la dimensión novelesca de lo real. El viaje es egoísta. Cargamos siempre con nosotros mismos y sólo el decorado cambia. Desorientados, ya no recorremos la tierra, a lo sumo nos desplazamos.

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle

miércoles, 20 de octubre de 2010

Hoteles literarios

Russell W Gordon. Flegglings.

Hotel

Raymond Roussel no podía concebir el viaje más que en la forma elitista de un privilegio. Lo que llamó "la pérdida de lo inaccesible" está ligado al progreso de los medios de transporte y a la uniformización de los placeres, derivada automáticamente de éste. Sólo le satisface lo que es único, y no lo que es corriente, lo que sólo a él le está permitido ver y sigue prohibido para los demás. En este comienzo de siglo, sufre de "mancillofobia", la desvalorización de cuanto, hasta entonces, era secreto y misterioso y que se ha visto mancillado. . . "Llegado a Nueva York, quiero tomar un baño y esa idea me proporciona cierto placer; me dicen que hay tres mil cuartos de baño en el hotel y que tres mil viajeros pueden bañarse al mismo tiempo que yo, mi placer se derrumba; sólo se goza cuando somos los únicos en llevar la mejor parte, la dicha de los demás hace sufrir. Para difrutar plenamente de una cosa es preciso saber que está vedada a los otros, que es un privilegio".

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle

jueves, 8 de octubre de 2009

Hoteles literarios


Jesús Navarro. Máquina de escribir junto a la ventana.

Ya no hay un fin del mundo, ni territorios inexplorados, ni aventuras que no hayan sido vividas antes por otros, y hay en cambio demasiados viajeros. O demasiados turistas y no bastantes aventureros, tan curiosos del mundo como de sí propios, probando otras vidas, rompiendo los "dicen que", rechazando prejuicios, abiertos, atentos, sensibles, solitarios y agradecidos a la vida por su diversidad, en lo mejor y lo peor, pues lo peor es a menudo la mejor manera de percibir. El viajero no sabe necesariamente a dónde va. Parte hacia un lugar al que acaso no llegue. Puede en todo momento modificar su trayectoria. Quedarse en un sitio que sólo pensaba cruzar, seguir a alguien, o los consejos de un desconocido. La ciudad y los paisajes acaso sean hermosos, pero quizás los que no lo sean lo marcarán para toda la vida. En cuanto a saber dónde dormirá esa noche, ya vendrá la hora de ocuparse de ello cuando el sol se ponga.

Traducción de Esther Benítez

Hoteles literarios
Nathalie de Saint Phalle