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miércoles, 8 de julio de 2020

Cuadernos de un escritor

H. Pohl. El mar.

1916

El Pacífico. Algunos días ofrece todos los colores de vuestra fantasía. El mar está en calma y bajo el cielo azul es de un azul brillante. En el horizonte hay algunas nubes aborregadas, bajo el sol poniente adquieren extrañas formas y parece imposible que no sean cordilleras. Las noches son entonces deliciosas; las estrellas, muy brillantes y, más tarde, cuando sale la luna, su luminosidad deslumbra. Pero muy a menudo el mar está encrespado, coronado de blancas crestas, y algunas veces gris como el Atlántico. Hay una fuerte marejada. La cosa más maravillosa del Pacífico es su soledad. Se pasan días y días sin ver un barco. De vez en cuando las gaviotas sugieren que la tierra no está lejana, la de una de esas islas perdidas en la inmensidad desierta de las aguas; pero ni un vapor, ni un barco de vela, ni una barca pesquera aparecen a la vista. Es un desierto vacío, y este vacío llena luego de una sensación de vago presentimiento. En aquella vasta y silenciosa superficie desierta hay un algo que asusta.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

Cuadernos de un escritor

H. Pohl. El mar.

1916

El Pacífico. Algunos días ofrece todos los colores de vuestra fantasía. El mar está en calma y bajo el cielo azul es de un azul brillante. En el horizonte hay algunas nubes aborregadas, bajo el sol poniente adquieren extrañas formas y parece imposible que no sean cordilleras. Las noches son entonces deliciosas; las estrellas, muy brillantes y, más tarde, cuando sale la luna, su luminosidad deslumbra. Pero muy a menudo el mar está encrespado, coronado de blancas crestas, y algunas veces gris como el Atlántico. Hay una fuerte marejada. La cosa más maravillosa del Pacífico es su soledad. Se pasan días y días sin ver un barco. De vez en cuando las gaviotas sugieren que la tierra no está lejana, la de una de esas islas perdidas en la inmensidad desierta de las aguas; pero ni un vapor, ni un barco de vela, ni una barca pesquera aparecen a la vista. Es un desierto vacío, y este vacío llena luego de una sensación de vago presentimiento. En aquella vasta y silenciosa superficie desierta hay un algo que asusta.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

jueves, 28 de mayo de 2020

Cuadernos de un escritor

William Somerset Maugham. Cuadernos de un escritor.

1936

El mar está infestado de tiburones y la gente dice riéndose que son los mejores guardianes.

He pasado el día de hoy averiguando los motivos que habían sido la causa de los asesinatos que llevaron aquellos hombres a presidio para toda la vida, y quedé sorprendido al descubrir que si bien a primera vista habían matado llevados por amor, celos, odio, venganza o arrebato pasional, cuando profundicé un poco más vi que, en el fondo, el motivo del asesinato suele ser el motivo económico. En otras palabras, salvo en uno de los casos, el dinero estaba en el fondo de todos los asesinatos. La excepción era un muchacho pastor, que había violado a una chiquilla y cuando ésta gritó, temiendo que la gente la oyese, la había estrangulado. Tiene ahora sólo dieciocho años.

1938

Es posible que el Yo que todos llevamos en nosotros sea la causa de toda nuestra maldad, y lo sea también de toda nuestra música, nuestra pintura, nuestra poesía. Entonces, ¿qué?

Un yogui tenía que ir a algún sitio en tren, pero, como no tenía dinero, le preguntó al jefe de estación si podía ir gratis: el jefe de estación se negó y el yogui se sentó sobre el andén. Cuando fue la hora de salir, el tren no pudo arrancar. Se creyó que la locomotora tenía algo y enviaron a buscar mecánicos que hicieron cuanto pudieron, pero el tren no arrancaba. Finalmente el jefe de estación les habló del yogui a los empleados. Se le rogó que subiese al tren y éste arrancó en el acto.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

Cuadernos de un escritor

William Somerset Maugham. Cuadernos de un escritor.

1936

El mar está infestado de tiburones y la gente dice riéndose que son los mejores guardianes.

He pasado el día de hoy averiguando los motivos que habían sido la causa de los asesinatos que llevaron aquellos hombres a presidio para toda la vida, y quedé sorprendido al descubrir que si bien a primera vista habían matado llevados por amor, celos, odio, venganza o arrebato pasional, cuando profundicé un poco más vi que, en el fondo, el motivo del asesinato suele ser el motivo económico. En otras palabras, salvo en uno de los casos, el dinero estaba en el fondo de todos los asesinatos. La excepción era un muchacho pastor, que había violado a una chiquilla y cuando ésta gritó, temiendo que la gente la oyese, la había estrangulado. Tiene ahora sólo dieciocho años.

1938

Es posible que el Yo que todos llevamos en nosotros sea la causa de toda nuestra maldad, y lo sea también de toda nuestra música, nuestra pintura, nuestra poesía. Entonces, ¿qué?

Un yogui tenía que ir a algún sitio en tren, pero, como no tenía dinero, le preguntó al jefe de estación si podía ir gratis: el jefe de estación se negó y el yogui se sentó sobre el andén. Cuando fue la hora de salir, el tren no pudo arrancar. Se creyó que la locomotora tenía algo y enviaron a buscar mecánicos que hicieron cuanto pudieron, pero el tren no arrancaba. Finalmente el jefe de estación les habló del yogui a los empleados. Se le rogó que subiese al tren y éste arrancó en el acto.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

viernes, 3 de noviembre de 2017

Arabesco

Huang Zong Jiang. La Gran Muralla.

Allí, en medio de la niebla, enorme, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla. En aquella soledad, con la indiferencia de la misma naturaleza, escalaba la ladera de la montaña y descendía después hasta la profundidad del valle. Amenazadora, las sombrías torres rígidas y cuadradas se erguían a intervalos en sus puestos de guerra. Despiadada —porque fue construida a costa de un millón de vidas humanas y cada una de aquellas grandes piedras grises quedó manchada con las lágrimas y la sangre de los cautivos y de los parias— extendíase a través de un mar de escabrosas montañas. Sin miedo hacia su viaje interminables de kilómetros tras kilómetros hasta las más recónditas regiones de Asia, en completa soledad y misteriosa como el gran imperio que guardaba. Allí, en medio de la niebla, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla.

Traducción de José Romero de Tejada

En un biombo chino (1922)
William Somerset Maugham

Arabesco

Huang Zong Jiang. La Gran Muralla.

Allí, en medio de la niebla, enorme, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla. En aquella soledad, con la indiferencia de la misma naturaleza, escalaba la ladera de la montaña y descendía después hasta la profundidad del valle. Amenazadora, las sombrías torres rígidas y cuadradas se erguían a intervalos en sus puestos de guerra. Despiadada —porque fue construida a costa de un millón de vidas humanas y cada una de aquellas grandes piedras grises quedó manchada con las lágrimas y la sangre de los cautivos y de los parias— extendíase a través de un mar de escabrosas montañas. Sin miedo hacia su viaje interminables de kilómetros tras kilómetros hasta las más recónditas regiones de Asia, en completa soledad y misteriosa como el gran imperio que guardaba. Allí, en medio de la niebla, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla.

Traducción de José Romero de Tejada

En un biombo chino (1922)
William Somerset Maugham

miércoles, 20 de julio de 2016

En un biombo chino

William Somerset Maugham. En un biombo chino.

El jefe mogol

Sólo Dios sabe de que misteriosa distancia procedía. Bajó a caballo por el sinuoso sendero de la alta meseta mogola con sus montañas estériles, pedregosas e inaccesibles que se extendían por todas partes como una impenetrable barrera; pasó en su caballo por delante del templo que defendía la entrada del desfiladero, hasta llegar al cauce del viejo río que venía a ser la puerta de China. Estaba encajonado por la sombra de las colinas que brillaban al sol de la mañana. El incontable tráfico de muchos siglos había formado en aquel suelo pedregoso una primitiva carretera. El ambiente era diáfano y limpio y el cielo azul. Por allí, durante todo el año, desde el alba al crepúsculo, pasaban interminables filas de camellos transportando té hasta Urga, a setecientas millas de distancia, a Siberia, y largas filas de carros tirados por plácidos bueyes y pequeños carritos en grupos de dos y tres arrastrados por robustas jacas; en dirección contraria, hacia China, otros camellos en caravana transportaban pieles para el mercado de Pekín junto con carros que formaban una larga procesión. De pronto, pasó un grupo de caballos y después un rebaño de cabras. Pero sus ojos no se fijaron en aquel variado espectáculo. Iba acompañado por sus servidores, por seis o siete de ellos, que tenían un aspecto bastante miserable, pero una feroz catadura. Formaban un grupo zarrapastroso. Él iba vestido con una chaqueta de seda negra y unos pantalones también de seda negra metidos en sus altas botas de montar, con la puntera torcida hacia arriba, y en la cabeza llevaba el alto gorro de piel de su país. Cabalgaba erguido y, un poco deante de sus servidores; al verle pasar con la cabeza alta y los ojos graves, uno se pregunta si no pensaría que en tiempos pretéritos sus antecesores habían atravesado las montañas por aquel mismo lugar, en rápidos corceles y hacia las fértiles llanuras de China donde ricas ciudades les brindaban un espléndido botín.

Traducción de José Romero de Tejada

En un biombo chino (1922)
William Somerset Maugham

domingo, 23 de febrero de 2014

Cuadernos de un escritor

Edwin Lord Weeks. El Taj Mahal, 1883.

1901
Algunas veces al llegar la noche, me pregunto qué he hecho durante el día, qué nueva idea he tenido, qué emoción he experimentado, qué tengo que anotar con respecto a mis semejantes. Y a menudo todo me parece insignificante y vano.

1933
Ocurrió durante una fiesta. El correo acababa de llegar. Su doncella le dio una carta y ella reconoció la letra de su amante. La abrió y comenzó a leerla. Súbitamente se dio cuenta de que su marido estaba detrás de ella y de que leía también la carta por encima de su hombro. Siguió leyendo hasta el final y la tendió a la doncella.
-Parece muy enamorado -dijo ella-, pero si estuviese en su lugar no le permitiría que me escribiese en esta forma.

1938
Un joven funcionario a bordo de un P. & O. en su viaje de regreso a su país fue visto en cubierta leyendo atentamente libros sobre el Taj Mahal. Le preguntaron por qué, y respondió: "Bueno, estuve destinado a Agra durante cuatro años y no lo he visto nunca, pero sé que en cuanto llegue a mi país todo el mundo me preguntará sobre él, de manera que me ha parecido oportuno informarme".
 
Traducción de Manuel Bosch
 
Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham (1874-1965)

viernes, 7 de junio de 2013

Cuadernos de un escritor

Cartel de Martinica. Fuente: Wikimedia Commons.

Martinica. En 1902 el Mont Pelée hizo erupción y destruyó la ciudad de Saint Pierre. Cuarenta mil personas perdieron la vida. Poco antes hubo una cierta actividad volcánica y una erupción en el norte de Saint Pierre, en la que hallaron la muerte varias personas. Después, al cabo de algunos días, sin previo aviso, surgió un chorro de llamas como un torbellino ardiente que invadió Saint Pierre y los barcos del puerto. Una lluvia de lava fundida y cenizas siguió a las llamas acompañadas de densos gases que asfixiaron a los que hasta entonces habían escapado. Todos los que pudieron huyeron de la ciudad, familias enteras, y, caso curioso, los gases surgían de una manera intermitente, de modo que escapaban con vida el grupo de delante y el de atrás, pero el de en medio sucumbía.
Pregunté a mis amigos qué efectos había producido la catástrofe sobre los que habían escapado. Quería saber si el espantoso peligro y la milagrosa salvación había tenido sobre ellos algún efecto moral o espiritual, si sus vidas cambiaron a partir de entonces, si su fe quedó debilitada o reforzada, si fueron mejores o peores. Todo el mundo me dio la misma contestación: no produjo efecto alguno. La mayoría quedaron arruinados, pero cuando hubieron reaccionado de la emoción, reanudaron sus vidas de la mejor forma que pudieron, como si no hubiese ocurrido nada. No eran ni más ni menos devotos, ni mejores, ni peores. Creo que debe ser porque en el hombre hay una facultad de sumisión, un poder de olvido, o acaso un mero embotamiento que le ha permitido sobrevivir a los innumerables horrores que lo han azotado desde los albores de su existencia.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

domingo, 31 de marzo de 2013

La pregunta

William Somerset Maugham, fotografiado por Alfred Eisenstaedt.

Me condujeron hasta el templo. Se hallaba en la falda de una colina, ante un semicírculo de montañas pardas que parecía rematar el escenario con una grandeza más formal, y me indicaron con qué exquisitez, con qué arte estaban dispuestos los edificios que ascendían por la colina hasta llegar al último, una joya de mármol blanco rodeada por los árboles, pues el arquitecto chino había querido que su creación fuese un mero ornamento de la naturaleza, de modo que empleó los accidentes del paisaje para completar su plan decorativo. Me indicaron con qué astucia estaban plantados los árboles en contraste con el mármol de un portal, de modo que proyectaran aquí una plácida sombra, para que sirvieran allá como trasfondo, y me invitaron a comentar la admirable proporción de los grandes tejados que se alzaban unos sobre otros en profusa riqueza, con la elegancia de las flores; me mostraron que los azulejos amarillos eran todos de distintos matices, de modo que no hiriese la sensibilidad una mancha de color, y que en cambio agradase la sutil variedad de las tonalidades. Me señalaron que las elaboradas molduras de un arco estaban en contraste con una superficie sin adornos, de modo que el ojo no se fatigase al contemplarlo. Todo esto me lo enseñaron mientras recorríamos patios elegantes, puentes que eran un milagro de gracilidad, templos con extraños dioses oscuros, gesticulantes, pero cuando les pregunté cuál era el estado espiritual que había dado vida a toda esa masa de edificaciones no me supieron contestar.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

En un biombo chino
William Somerset Maugham

martes, 26 de febrero de 2013

Espejismo

William Somerset Maugham, fotografiado por Alfred Eisenstaedt.

Está al frente de la B. A. T., y el edificio en que reside es su despacho, despensa y vivienda, todo en uno. Tiene un salón decorado con un tresillo tapizado, aunque un tanto astroso, pegado a las paredes. En medio, una mesa redonda. Cuelga del techo una lámpara de petróleo que da una luz melancólica. Hay una vieja estufa de aceite. En los lugares de rigor cuelgan bien enmarcadas unas cuantas oleografías tomadas de los números navideños de las revistas norteamericanas. Pero él no se sienta a reposar en esta sala. Pasa casi todo su tiempo libre en el dormitorio. En Estados Unidos ha vivido siempre en pensiones, en las que solo el dormitorio le proporcionaba cierta intimidad. Y se ha acostumbrado a vivir en el dormitorio. No le gusta quitarse la chaqueta, pero solo se siente a sus anchas en mangas de camisa. Guarda en el dormitorio sus libros y sus papeles privados. Allí tiene un escritorio y una mecedora.
Ha vivido en China durante cinco años, pero no sabe chino, no tiene el menor interés por la raza en medio de la cual habrá de pasar con toda probabilidad los mejores años de su vida. Realiza sus transacciones comerciales por medio de un intérprete. De las cosas de la casa se ocupa un criado. De vez en cuando realiza un viaje de casi un millar de kilómetros hasta Mongolia, una región asilvestrada, escarpada, agreste, ya sea en carretas chinas o a caballo. Pernocta en las posadas del camino, en las que se congregan mercaderes, pastores, hombres de armas, rufianes, gente de mala catadura. Los lugareños de por allá son pendencieros y turbulentos; cuando crece la intranquilidad, se halla expuesto a graves riesgos. Pero en el fondo se trata de meros asuntos comerciales. Se aburre. Siempre que vuelve a su dormitorio, en la sede de la B.A.T., se alegra sobremanera. Es un gran lector. Solo lee las revistas norteamericanas; la cantidad de revistas a las que está suscrito, y que le llegan con cada correo, es asombrosa. Nunca las tira a la basura. Hay montones de revistas por toda la casa. La ciudad en que reside es la puerta que comunica China con Mongolia. Habitan en ella los ajetreados chinos; por sus puertas pasan de continuo los mongoles en sus caravanas de camellos; incesantes procesiones de carretas tiradas por bueyes, que traen pieles desde los rincones más distantes de Asia y que ruedan estruendosamente por las calles atestadas de gente. Se aburre. Nunca se le ha ocurrido que lleva una vida en la que la posibilidad de la aventura llama de continuo a su puerta. Solo la reconoce en la página impresa. Para que le hierva la sangre, requiere el relato de una proeza acaecida en Tejas o en Nevada, o de alguien que escapó por los pelos a los mares del Sur.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

En un biombo chino
William Somerset Maugham

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuadernos de un escritor

William Somerset Maugham, en Cabo Cod, Massachusetts, fotografiado por Alfred Eisenstaedt.

Un yogui quería atravesar un río, y no tenía el penique para pagar la balsa y cruzó el río caminando sobre las aguas. Otro yogui, a quien le contaron el caso, dijo que el milagro no valía más que el penique de la balsa.

Nadie puede vivir algún tiempo en América sin darse cuenta de cuánto prevalece allí el vicio de  la envidia. Tiene infortunadas consecuencias porque lleva a la gente a despreciar cosas que son buenas de por sí. ¡Cuán extraño resulta que se considere un síntoma de afectación, incluso de degeneración, ser bien educado e ir bien vestido, hablar correctamente el inglés y vivir con cierta elegancia! El hombre que se ha educado en Harvard o en Yale tiene que andar con cautela si quiere evitarse el antagonismo de los que no han podido gozar de las mismas ventajas. Es a menudo lamentable ver a un hombre de cultura emplear con ansia modales groseros y usar un estilo de lenguaje que le es ajeno, con la vana esperanza de no pasar por presuntuoso. Nada de esto tendría importancia si los envidiosos quisieran elevarse al nivel de aquéllos a quienes envidian, pero no es así; quieren arrastrarlos con ellos a su nivel. Su ideal del "tipo común" es un hombre con el pecho velludo que come en mangas de camisa y eructa.

¿De qué sirve el saber si no nos lleva a realizar buenas acciones? Pero, ¿qué son buenas acciones?

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor (1892-1944)
William Somerset Maugham

jueves, 2 de agosto de 2012

La bolsa de libros

W. Somerset Maughan escribiendo en su despacho. Foto: Alfred Eisenstaedt.

Hay personas que leen para instruirse, lo que merece alabanza; las hay que leen por diversión, lo que es inocente, pero también hay muchas que leen por hábito, lo que no es inocente ni merece alabanza. Yo me incluyo entre estas últimas. La conversación me aburre pronto, el juego me cansa y hasta mis propios pensamientos, que, según dicen, son un motivo inagotable de diversión para el hombre inteligente, tienen cierta tendencia a extinguirse. Entonces corro en busca de mis libros como el fumador de opio en busca de su pipa. Prefiero leer el catálogo de los almacenes Army and Navy o la Guía Bradshaw, a no leer nada; es más, leyendo esos dos libros he pasado horas deliciosas. Hubo un tiempo en que no salía nunca sin llevar en el bolsillo el catálogo de una librería de lance. No conozco una lectura más provechosa. Naturalmente, leer así es tan censurable como usar drogas, y nunca ha dejado de admirarme la impertinencia de los grandes lectores que por el hecho de serlo desprecian a los incultos. Desde el punto de vista de la eternidad, ¿será mejor haber leído miles de libros que haber arado un millón de surcos? Reconozcamos sinceramente que la lectura es para nosotros como una droga de la que no nos podemos privar. ¿Quién de este grupo no conoce el nerviosismo que le ataca cuando hace tiempo que no lee, la aprensión y la irritabilidad que experimenta, y la satisfacción que siente al ver una página impresa? No nos vanagloriemos pues, como tampoco pueden vanagloriarse los esclavos de la jeringuilla o del opio.
Yo, como el vicioso que no puede ir de un sitio a otro sin llevar consigo una buena provisión de su terrible bálsamo, nunca viajo sin suficiente materia para leer. Los libros me son tan necesarios que cuando, ya en el tren, me doy cuenta de que los demás viajeros no llevan ninguno, se apodera de mí una sensación de verdadero espanto. Naturalmente, cuando el viaje es largo adquiere una magnitud gigantesca...

Traducción de J. Romero de Tejada

Ah King, mi criado chino
William Somerset Maugham

martes, 27 de septiembre de 2011

Arabesco

Herbert Ponting. La Gran Muralla, 1907.

En medio de la niebla, enorme, majestuosa, terrible y en silencio, descollaba la Gran Muralla China. En soledad, con la indiferencia de la naturaleza misma, reptaba por la ladera de la montaña y se deslizaba por las hondonadas del valle. Amenazadoras, las adustas torres vigía, severas, cuadrangulares, seguían en sus puestos a cada intervalo fijo. Despiadada, pues fue construida a cambio de un millón de vidas y cada una de sus piedras ostenta la mancha de las lágrimas y la sangre del cautivo y del paria, se abrió su siniestro camino en un mar agreste de escarpadas montañas. Intrépida prosiguió su viaje, legua tras legua, hasta las más remotas regiones de Asia en absoluta soledad, misteriosa como el gran imperio que custodiaba. En medio de la niebla, enorme, majestuosa, terrible y en silencio, descollaba la Gran Muralla China.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

En un biombo chino
William Somerset Maugham

lunes, 11 de abril de 2011

Cuadernos de un escritor

William Somerset Maugham. Fotografiado por Alfred Eisenstaedt, 1944.

1941
Cuando era joven pretendía saberlo todo. A menudo esta pretensión me metió en líos y me hizo hacer el ridículo. Yo creo que uno de los más útiles descubrimientos que jamás he hecho es ver cuán fácil es decir: "No lo sé". No he visto nunca que nadie tuviese por esto peor opinión de mí. El único inconveniente es que hay gente que no encuentra otra cosa mejor que hablarnos hasta la saciedad de cosas sobre las cuales hemos confesado nuestra ignorancia.

Traducción de Manuel Bosch

Cuadernos de un escritor
William Somerset Maugham

viernes, 15 de octubre de 2010

Recapitulación

William Somerset Maugham. Foto de Alfred Eisenstaedt, 1944.

Muy pronto fui consagrado. Había publicado ya una novela, y había alcanzado un éxito inesperado. Creí que mi fortuna ya estaba hecha, abandoné la Medicina para dedicarme definitivamente a la literatura y me fui a España. Tenía, entonces, veintitrés años. Era mucho más ignorante, o al menos así lo creo, de lo que lo son en la actualidad los jóvenes a esa edad. Me establecí en Sevilla. Me dejé el bigote, fumaba cigarros filipinos, aprendí a tocar la guitarra, me compré un sombrero cordobés con el que me paseaba por la calle de las Sierpes y también deseaba adquirir una capa adornada con terciopelo verde y rojo. Pero era demasiado cara y no me la compré. Cabalgaba por los alrededores de la ciudad en un caballo que me había prestado un amigo. La vida era demasiado atractiva para permitirme una dedicación íntegra a la literatura. Mi plan consistía en pasar un año allí hasta que hubiese aprendido el español, y luego, ir a Roma, que sólo conocía en plan de turista, y perfeccionar mis superficiales conocimientos de italiano, tras lo cual proyectaba hacer un viaje a Grecia, donde me proponía aprender la lengua hablada como un primer intento en el estudio del griego clásico, y, por fin, trasladarme a El Cairo y aprender el árabe. Era un programa ambicioso, pero celebro no haberlo llevado a cabo. En efecto, fui a Roma (donde escribí mi primera obra de teatro), pero, luego, regresé a España, porque me había ocurrido algo que yo no había previsto. Me enamoré de Sevilla y de la vida que allí se vive, y también de una jovencita de ojos verdes y alegre sonrisa (aunque esto último se me pasó pronto), y no podía resistir la vida lejos de allí.Volví a España año tras año. Me paseaba por las calles blancas y silenciosas y a lo largo de las orillas del Guadalquivir. Vagaba por la catedral. iba a los toros y hacía el amor a preciosas criaturas cuyas exigencias estaban al alcance de mis medios económicos. Era delicioso vivir en Sevilla en la flor de la juventud. Así, pues, aplacé mi plan educativo para mejor ocasión. El resultado de ello ha sido que sólo he leído la Odisea en inglés, y que jamás he logrado satisfacer mi ambición de leer Las mil y una noches en árabe.

Recapitulación
William Somerset Maugham

lunes, 5 de abril de 2010

Cuadernos de un escritor


William Somerset Maugham, 1944. Fotografía de Alfred Eisenstaedt.

1944
A título de postscriptum. Ayer cumplí setenta años.

Mi cumpleaños pasó sin ceremonias. Trabajé como de costumbre por la mañana y por la tarde fui a dar un paseo por los bosques que hay detrás de mi casa. Jamás he podido averiguar qué es lo que da a esos bosques su misterioso atractivo. Son bosques como no he visto nunca. Su silencio parece más profundo que cualquier otro silencio. Los cedros macizos, con su robusto follaje, están festoneados por el gris de los musgos como una mortaja hecha jirones, las heveas en esta época carecen de hojas y los racimos de bayas de los arbustos están secos y amarillos; aquí y allá algún alto pino, con su rico verde rutilante, se eleva por encima de los demás árboles. En estos bosques abandonados e incultos hay una curiosa extrañeza, y aunque vaya uno solo, no se siente solo porque se tiene la extraña sensación de que seres invisibles, ni humanos ni inhumanos, flotan alrededor de nosotros. Algunas veces, por detrás de un árbol, parece asomar una sombra que nos contempla pasear. Hay una atmósfera de suspensión, como si todo lo que hay alrededor nuestro estuviese esperando que algo ocurriese.
Regresé a casa, me preparé una taza de té y leí hasta la hora de la cena. Después de la cena me entregué de nuevo a la lectura, hice un par de solitarios, escuché las noticias en la radio, cogí una novela policíaca y me fui a la cama. La terminé y me dormí. Salvo algunas palabras dirigidas a mis sirvientas no había hablado con un alma en todo el día.

Cuadernos de un escritor
William Somerset Maugham

sábado, 23 de mayo de 2009

En un país extraño

Nat Farbman. William Somerset Maugham.
Soy andariego por natural inclinación, pero no viajo sólo por contemplar monumentos imponentes,, que en verdad no dejan de hastiarme, ni para recrear mi vista con hermosos paisajes, de los cuales me canso pronto. Viajo con el único propósito de estudiar a los hombres.
Trato de evitar a los poderosos. No me molestaría en cruzar la calle para saludar a un presidente o a un rey; me satisface conocer a un escritor por sus libros o a un pintor por sus cuadros, pero he recorrido cientos de kilómetros a fin de poder entrevistarme con algún misionero del cual he sabido un relato extraño, y he pasado a veces hasta una quincena en un hotel inmundo con el único propósito de conocer más profundamente a un jugador de billar, por ejemplo.
Me atrevería a decir que no me sorprende el contacto con ninguna clase de personas, si no existiera un tipo clásico por excelencia que invariablemente se ha interpuesto en mi camino, admirándome y divirtiéndome al mismo tiempo. Me refiero a la mujer inglesa de edad indefinida, con holgados medios de vida por regla general, que uno suele hallar sola en los lugares menos imaginables y frecuentados de nuestro planeta.
Por esta razón, a uno no le sorprende que le digan que en tal o cual villa situada en las afueras de un pueblecito italiano, en la ladera de una montaña, vive una dama inglesa, única en la vecindad; lo mismo puede suceder en una solitaria hacienda de Andalucía. Pero lo que sí sorprende es saber que la única persona blanca que habita en cierta ciudad de la China sea una inglesa, no una misionera, sino una dama cuya estancia en aquel lugar no podemos llegar a explicar.

Cosmopolitas
William Somerset Maugham

miércoles, 25 de marzo de 2009

El sinólogo

Li Lu. Muchacha china.
Sabe más chino que cualquier otro hombre en China. Lleva diez años trabajando en un diccionario que dejará en mantillas al de un afamado erudito al que tiene una personal inquina desde hace un cuarto de siglo. De ese modo beneficia los futuros estudios de sinología y satisface un rencor personal al mismo tiempo. Tiene talante de catedrático; se percibe que con el tiempo será profesor de Chino en la Universidad de Oxford, y que sólo entonces estará por fin en el lugar que le corresponde. Es un hombre de una cultura más vasta que la mayoría de los sinólogos, que tal vez sepan chino, y esto es algo de lo que no queda más remedio que fiarse, si bien a la vista está que no saben nada más, por lamentable que sea la carencia. Sus charlas sobre el pensamiento y la literatura chinos tiene por tanto una plenitud y una variedad que no se suelen dar entre los estudiosos de la lengua. Como se ha sumergido en sus pesquisas particulares y no se ha tomado la molestia de asistir a las cacerías y a las carreras de caballos, el resto de los europeos lo tiene por un individuo extravagante. Lo miran con suspicacia y con ese temor que el ser humano reserva a todo aquel que no comparta sus gustos. Dan a entender que no está en sus cabales, algunos lo acusan de fumar opio. Basta con pasar un rato en su escueto estudio desprovisto de los lujos más comunes para comprender que se trata de un hombre cuya vida es íntegramente espiritual.

Y es sin embargo una vida especializada. El arte y la belleza no parecen afectarle. Cuando le oigo charlar con tan agudo entendimiento de los poetas chinos no consigo impedir que me asalte una pregunta, a saber, si no se le habrá escapado entre los dedos lo mejor de todo. Se trata de un hombre que solo ha rozado la realidad mediante la página impresa. El trágico esplendor de la flor de loto lo conmueve solamente cuando su belleza está enmarcada en los versos de Li Po, y la risa queda de las muchachas chinas agita su sangre solo en la perfección de un cuarteto exquisitamente cincelado.

En un biombo chino
William Somerset Maugham

sábado, 14 de febrero de 2009

El canto rodado

Serge Balkin. William Somerset Maugham.
Y es que toda su trayectoria era notabilísima. Hijo de un cirujano veterinario, había sido reportero en los tribunales londinenses y luego se inscribió como camarero en un mercante que hacía la ruta de Buenos Aires. Había desertado, y de un modo u otro atravesó media Sudamérica. Desde un puerto de Chile logró llegar a las Marquesas, donde pasó un semestre viviendo de la caridad de aquellos nativos, siempre dispuestos a ofrecer su hospitalidad a un hombre blanco; luego consiguió mediente ruegos un pasaje en una goleta que hacía escala en Tahití, de donde viajó a Xiamen en calidad de segundo de a bordo de una vieja bañera que llevaba mano de obra, a las Islas de la Sociedad.
Aquello sucedió nueve años antes de que yo lo conociera. Después había vivido en China. Primero trabajó con la Compañía B.A.T., pero en tan sólo dos años se le hizo monótono el trabajo. Como había adquirido ciertos conocimientos de lengua china, pasó a trabajar para una empresa que distribuía medicamentos patentados a todo lo largo y ancho del país. Por espacio de tres años vagabundeó de provincia en provincia vendiendo píldoras. Al final, tenía ochocientos dólares ahorrados. De nuevo se dio a la deriva.
Comenzó entonces la más notoria de sus aventuras. Partió de Pekín y emprendió un viaje a través de todo el país, viajando disfrazado de pobre chino con su catre enrollado a la espalda, su pipa al estilo chino y su cepillo de dientes. Se alojó en posadas chinas, durmiendo en los Kangs de madera, bajo los cuales se introducía un brasero, apretado con otros caminantes y comiendo comida china. No es esta una hazaña desdeñable. Se sirvió poco de los trenes; la mayor parte del viaje la hizo a pie, en carreta, por los ríos. Atravesó Shenxi y Shanxi, recorrió a pie las ventosas mesetas de Mongolia, arriesgó el pellejo en la barbarie del Turquestán; pasó largas semanas con los nómadas del desierto, viajó con las caravanas que portan los adoquines de té prensado a través de la aridez del Gobi. Al final, cuatro años después, una vez gastado el último de sus dólares, llegó de nuevo a Pekín.

En un biombo chino
William Somerset Maugham