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martes, 18 de enero de 2011

Homenaje a Paul Auster

Paul Auster, en su casa de Brooklyn, en 1993. Foto de Arnold Newman.

Prólogo de El cuaderno rojo.

Ha llegado un día de 1979 a un apartamento de la calle Varick, en Nueva York, a una habitación en el décimo piso del número 6 de la calle Varick. Duerme vestido, dentro de un saco de dormir, sobre un colchón en el suelo. Vive con unos cuantos libros, tres sillas (los días se distinguen por la silla donde te sientas cada día), una mesa, un lavabo. Como el ascensor está roto, no sale a la calle: no porque la calle no merezca el viaje por las escaleras inacabables, sino porque volver a la ruindad de la habitación no merecería el viaje por las escaleras inacabables. El mundo es un saco de dormir, un colchón, tres sillas, una mesa, unos libros, un lavabo, una habitación en un décimo piso: el mundo es incomprensible. Entonces Paul Auster abre un cuaderno, empieza a escribir, trata de traducir el mundo a palabras comprensibles.

El cazador de coincidencias
Justo Navarro

lunes, 10 de enero de 2011

Los libros misteriosos

Vicente Perachio. Libros y botella de Murano.

Leer un libro es un conversar, y en la lectura, como en una conversación, debemos estar dispuestos a entender a quien habla con nosotros, dispuestos a oír aquello que se nos quiere decir. Es una suerte encontrar un conversador sensato, que nos regale la alegría y el deleite de la sabiduría: entonces quisiéramos que la conversación no acabara nunca. Así ocurre con los buenos libros. ¿Quién no ha leído uno de esos libros que quisiéramos que nunca terminara? Cuando leemos un libro así, ponemos una señal en la página donde abandonamos la lectura, no por ganas de dejar de leer sino para guardar algo para el día siguiente, y cerramos el libro con el deseo imposible de que le nazcan hojas nuevas durante la noche.

Los libros misteriosos
Justo Navarro

domingo, 8 de agosto de 2010

Los libros misteriosos

El hermano Roberto en la biblioteca del monasterio de Silos, Burgos, 2010. Foto: Mabel García. El País.

Siempre será un honor hablar en honor de los libros, objetos misteriosos. Así es el misterio de los libros: no leemos jamás el mismo libro, como nadie se baña dos veces en la misma corriente. Y es misterioso que al leer un libro oigas dentro de ti la voz de otro, la voz del escritor que escribió el libro que tú lees, una voz que quizá sonó hace siglos y que sigue sonando hoy: Quevedo en su retiro oía con sus ojos a los muertos. El libro es un objeto enigmático, universo de voces y mundos. Y, cuando cierras el libro, vivo sigue el universo que vivía en sus páginas, como cuando salimos de una casa y tras la puerta cerrada continúan las voces y los pasos de sus habitantes. Detrás de las paredes inexpresivas está lo sorprendente o, como dice Azorín, lo anodino, es decir, lo prodigiosamente idéntico a si mismo a lo largo del tiempo.
Se diría que los personajes de un libro repiten sin fin los mismos gestos y las mismas palabras, pero los libros que verdaderamente importan son siempre distintos: cada vez que acudes a sus páginas, te revelan nuevos matices, nuevos significados que quizá sólo existen porque tú debías descubrirlos. Creo que todos los libros tratan de nosotros, al menos todos los libros que nos interesan, es decir, todos los libros que nos hablan porque tienen algo que decirnos. Cuando un libro no nos interesa, no nos habla, o nos habla con palabras que no entendemos, con palabras que no son las nuestras.

Los libros misteriosos
Justo Navarro