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miércoles, 27 de junio de 2018

Las ciudades invisibles

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Las ciudades y los ojos. 3.

Después de haber marchado siete días a través de boscajes, el que va a Bauci no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno del otro y se pierden sobre las nubes sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. En tierra los habitantes rara vez se muestran; tienen ya todo lo necesario arriba y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis se anuncian sobre los habitantes de Bauci; que odian la tierra; que la respetan al tiempo de evitar todo contacto; que la aman como era antes de ellos, y con largavistas y telescopios apuntando abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, guija por guija, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles (1972)
Italo Calvino

Las ciudades invisibles

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Las ciudades y los ojos. 3.

Después de haber marchado siete días a través de boscajes, el que va a Bauci no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno del otro y se pierden sobre las nubes sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. En tierra los habitantes rara vez se muestran; tienen ya todo lo necesario arriba y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis se anuncian sobre los habitantes de Bauci; que odian la tierra; que la respetan al tiempo de evitar todo contacto; que la aman como era antes de ellos, y con largavistas y telescopios apuntando abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, guija por guija, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles (1972)
Italo Calvino

miércoles, 24 de mayo de 2017

Las ciudades invisibles

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Las ciudades continuas. 2.

Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
Puedes remontar vuelo cuando quieras me dijeron, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto de una única Trude que no empieza y no termina, cambia sólo el nombre del aeropuerto.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles (1972)
Italo Calvino

Las ciudades invisibles

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Las ciudades continuas. 2.

Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
Puedes remontar vuelo cuando quieras me dijeron, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto de una única Trude que no empieza y no termina, cambia sólo el nombre del aeropuerto.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles (1972)
Italo Calvino

domingo, 17 de marzo de 2013

Las ciudades y la memoria. 1

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro, que canta todas las mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quién llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

miércoles, 18 de julio de 2012

Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe

N. C. Wyeth. Robinson leyendo la Biblia.

Un náufrago, único que se salva, logra llegar a una isla desierta. Consigo sólo tiene tabaco y pipa. De los restos del naufragio recupera fatigosamente provisiones, ron, armas, municiones (cazará aves y cabras), un hacha y una sierra (construirá un fortín), semillas de trigo (plantará y cosechará). Encuentra también dinero (¿"Para qué sirves"?, pero lo coge), papel, tinta y plumas: tres Biblias; perros y gatos. Se hace una mesa, una silla, se pone a escribir: un balance de su suerte en dos columnas, el mal y el bien que lo compensa, por lo que da gracias a Dios. Todo lo hace por sí solo: reinventa la agricultura; trabaja de alfarero; se viste con pieles. Tiene un loro, única voz amiga. Después de quince años de soledad (anhelando reencontrar a sus semejantes) un descubrimiento le aterroriza: ¡la huella de un pie en la arena! Hay tribus que suelen desembarcar para celebrar ritos caníbales. A tiros, salva una futura víctima. El salvaje Viernes, agradecido, se convierte en su siervo: obediente, trabaja la tierra; estudia el Evangelio. Otras víctimas liberadas después: el padre de Viernes y un blanco (pero español, es decir, enemigo : ¡otro peligro!).
Al fin desembarcan unos ingleses; llevan prisioneros atados (Viernes cree que también los blancos son caníbales): son marineros amotinados. Los oficiales, salvados, recuperan el barco: después de 28 años Robinson deja la isla.
 
Traducción de Héctor Abad (Revista Quimera)

Elogio del resumen
Italo Calvino

martes, 11 de octubre de 2011

El caballero inexistente

Eugene de Blaas. Criaturas de Dios.

Yo que cuento esta historia soy Sor Teodora, religiosa de la Orden de San Columbano. Escribo en el convento, deduciendo de viejos papeles, de charlas oídas en el locutorio y de algún raro testimonio de gente que existía. Nosotras, las monjas, no tenemos muchas ocasiones de conversar con los soldados; lo que no sé trato de imaginármelo, pues ¿cómo haría, si no? Y no todo en la historia me resulta claro. Debéis disculpar: somos muchachas del campo, aunque nobles, siempre vivimos retiradas, en perdidos castillos y después en conventos; fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos del campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, estupros, pestilencias, no hemos visto nada. ¿Qué puede saber del mundo una pobre hermana? Así, pues, prosigo trabajosamente esta historia que he empezado a narrar como penitencia. Ahora Dios sabe cómo haré para contaros la batalla, yo que de las guerras, Dios me libre, siempre he estado lejos, y salvo los cuatro o cinco choques campales que se han desarrollado en la llanura bajo nuestro castillo, y que de niñas seguíamos entre las almenas, en medio de los calderones de pez hirviendo (¡cuántos muertos insepultos quedaban pudriéndose luego en los prados y los encontrábamos al jugar, el verano siguiente, bajo una nube de abejorros!), yo de batallas, decía, no sé nada.

Traducción de Esther Benítez

El caballero inexistente
Italo Calvino

jueves, 16 de junio de 2011

Marco Polo describe un puente

Athanasius Kircher. China Monumentis.

Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
-¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? -pregunta Kublai Kan.
-El puente no está sostenido por esta o aquella piedra -responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
-¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde: -Sin piedras no hay arco.

Traducción de Aurora Bernárdez

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

jueves, 24 de febrero de 2011

Las ciudades invisibles

Ron Embleton. Marco Polo cruzando el desierto.

El atlas representa también ciudades de las que ni Marco ni los geógrafos saben si existen y dónde están, pero que no podían faltar entre las formas de ciudades posibles: una Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios, una México verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una Novgorod de cúpulas bulbosas, una Lasa que levanta blancos techos sobre el techo nublado del mundo. Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál, y bosqueja un itinerario para llegar. Se sabe que los nombres de los lugares cambian tantas veces como lenguas forasteras hay; y que a cada lugar puede llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas más diversos, quien cabalga, viaja en carreta, rema, vuela.

Traducción de Aurora Bernárdez.

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

viernes, 16 de julio de 2010

El emperador Carlomagno

El emperador Carlomagno. Fuente Wikimedia Commons.
El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta, encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago de Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.

Seis propuestas para el próximo milenio
Italo Calvino

martes, 15 de septiembre de 2009

Las ciudades invisibles

Anige de Nepal. Kublai Kan (El Gran Kan).
El Gran Kan posee un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y continente por continente, los confines de los reinos más lejanos, las rutas de los navíos, los contornos de las costas, los mapas de las metrópolis más ilustres y de los puertos más opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda que Jerusalén sobre dos colinas está asentada, de impar altura, y frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus jardines.
Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a adivinar basándose en escasos indicios: así Granada, irisada perla de los Califas, Lübeck atildado puerto boreal, Tombuctú negro de ébano y blanco de marfil, París donde millones de hombres vuelven a casa todos los días empuñando una barra de pan. En miniaturas coloreadas el atlas representa lugares habitados de forma insólita: un oasis escondido en un pliegue del desierto del cual asoman sólo las cimas de las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de recordar el Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las ciudades continuas

Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
-Puedes remontar vuelo cuando quieras -me dijeron-, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto de una única Trude que no empieza y no termina, cambia sólo el nombre del aeropuerto.

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

viernes, 23 de mayo de 2008

La pantufla desparejada

De viaje por un país de Oriente, el señor Palomar ha comprado en un bazar un par de pantuflas. De regreso en su casa, trata de calzárselas: se da cuenta que una pantufla es más ancha que la otra y se le cae del pie. Recuerda al viejo vendedor sentado sobre los talones en una covacha del bazar delante de un montón desordenado de pantuflas de todas las medidas; lo ve revolver en el montón en busca de una pantufla adecuada a su pie y que le hace probar, después revolver de nuevo y entregarle la presunta compañera, que él acepta sin probársela.
"Tal vez ahora -piensa el señor Palomar- otro hombre camina por el país con dos pantuflas desparejadas". Y ve una enjuta sombra que recorre el desierto cojeando, con un zapato que se le desliza del pie a cada paso, o si no demasiado estrecho, aprisionándole el pie encogido. "Tal vez también él en este momento piensa en mí, espera encontrarme para hacer el cambio. La relación que nos liga es más concreta y clara que gran parte de las relaciones que se establecen entre seres humanos. Y sin embargo no nos encontraremos jamás". Decide seguir usando esas pantuflas desparejadas por solidaridad con su desconocido compañero de desventura, para mantener viva esa complementariedad tan rara, ese espejeo de pasos cojeantes de un continente a otro.

Palomar
Italo Calvino