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lunes, 8 de diciembre de 2014

Las ruinas

Oleg Voronin. Ruinas.

Sin embargo, la profunda paz que como un círculo mágico rodea las ruinas responde a esta constelación, a saber: que el oscuro antagonismo que determina la forma de todo lo que existe -unas veces operante en el interior de fuerzas puramente naturales, otras en el interior de la vida anímica exclusivamente, otras todavía, como en nuestro objeto, entre la naturaleza y la materia-, que este antagonismo no puede llegar a equilibrio alguno, sino que predominando un lado deja que el otro quede anulado. Y, empero, las ruinas ofrecen una imagen de perfiles fijos y de paz duradera. El valor estético de las ruinas conjuga el desequilibrio, el eterno fluir del alma en pugna consigo misma con el sosiego formal, con la firme delimitación de la obra de arte. Por eso el encanto metafísico-estético de las ruinas se esfuma cuando ya no queda de ellas lo suficiente como para hacer perceptible la tendencia que empuja hacia lo alto. Los restos de columnas esparcidos en el suelo del foro romano son sencillamente feos y nada más, mientras que una columna truncada hacia su mitad pero aún en pie puede revestir el máximo grado de encanto.
Cabe, desde luego, atribuir la señalada sensación de paz a otro motivo: al carácter de pretérito de las ruinas. Son éstas un escenario de la vida, de donde la vida se ha ido; pero esto no es algo simplemente negativo y fruto de una reflexión posterior, como es el caso en las innumerables cosas que antes flotaban en la corriente de la vida y que un azar ha depositado al margen de ésta pero que por su propia naturaleza bien podrían reintegrarse de nuevo a dicha corriente. En las ruinas se siente con la fuerte inmediatez de lo presente, que la vida, con toda su riqueza y variabilidad, ha habitado alguna vez. La ruina proporciona la forma presente de una vida pretérita, no por sus contenidos o sus restos, sino por su pasado como tal. 

Traducción de Gustau Muñoz y Salvador Mas

Sobre la aventura
Georg Simmel

miércoles, 29 de enero de 2014

Las ruinas

Gustav Bauernfeind. El templo de Baalbek.

Expresado de otro modo: el encanto de la ruina consiste en que una obra humana es percibida, en definitiva, como si fuera un producto de la naturaleza. Las mismas fuerzas que por erosión, disgregación, hundimiento y expansión de la vegetación han dado a las montañas su aspecto, demuestran también aquí su eficacia en los muros. Ya la sugestión de las formas alpinas, que son en su mayoría pesadas, fortuitas, no susceptibles de ser gozadas artísticamente, se basa en el perceptible juego de dos tendencias cósmicas opuestas: las elevaciones volcánicas o la lenta estratificación han alzado la montaña, pero la lluvia y la nieve, la erosión y los desprendimientos, la disolución promovida por los agentes químicos y la acción paulatina de la vegetación invasora han seccionado y socavado su borde superior, haciendo que partes de lo alzado con anterioridad se derrumbasen, dando así al contorno de la montaña su forma característica. Sentimos, por tanto, la vitalidad de ambas fuerzas contrapuestas y más allá de toda circunstancia de orden estético-formal, percibiendo instintivamente en nosotros mismos tales oposiciones, captamos la significación de la figura en cuya apacible unidad ambas han llegado a fundirse. Pero en las ruinas tales oposiciones se dan entre partes del ser mucho más distantes. Lo que ha alzado una construcción es la voluntad humana; lo que le da su aspecto ruinoso es la acción mecánica, que corroe y derrumba, de las fuerzas naturales. Sin embargo, la naturaleza no permite, mientras pueda hablarse de una ruina y no de un simple montón de piedras, que se reduzca al aspecto informe de la pura materia, sino que hace surgir una nueva forma que desde el punto de vista de la naturaleza está plena de sentido, es comprensible y diferenciada. La naturaleza ha hecho de la obra de arte materia prima para la configuración que ella imprime, de la misma manera que antes el arte se había servido de la naturaleza como materia para su obra.

Traducción de Gustau Muñoz y Salvador Mas

Sobre la aventura
Georg Simmel