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miércoles, 14 de julio de 2021

La mesa

Hanno Karlhuber. Muchacha frente al mar.

¿Qué puede una mesa sola
contra la redondez de la tierra?
Ya tiene bastante con que nada se caiga
cuando las sillas entran en voz baja
y en su torno a la hora se congregan.

Si el tiempo amella los cuchillos,
lleva y trae comensales,
varía los temas, las palabras,
¿qué puede el dolor de su madera?

¿Qué puede contra el costo de las cosas,
contra el ateísmos de la cena,
de la Última Cena?

Si el vino se derrama, si el pan falta
y los hombres se tornan ausentes,
¿qué puede sino estar inmóvil, fija,
entre el hambre y las horas,
con qué va a intervenir aunque desee?

Terredad (1978)
Eugenio Montejo

La mesa

Hanno Karlhuber. Muchacha frente al mar.

¿Qué puede una mesa sola
contra la redondez de la tierra?
Ya tiene bastante con que nada se caiga
cuando las sillas entran en voz baja
y en su torno a la hora se congregan.

Si el tiempo amella los cuchillos,
lleva y trae comensales,
varía los temas, las palabras,
¿qué puede el dolor de su madera?

¿Qué puede contra el costo de las cosas,
contra el ateísmos de la cena,
de la Última Cena?

Si el vino se derrama, si el pan falta
y los hombres se tornan ausentes,
¿qué puede sino estar inmóvil, fija,
entre el hambre y las horas,
con qué va a intervenir aunque desee?

Terredad (1978)
Eugenio Montejo

jueves, 12 de marzo de 2020

Fragmentario

Eugenio Montejo. El taller blanco.

No puede pedirse a los pintores de hoy que crean en Dios, o en alguna forma de divinidad, porque esto, a pesar del furor de los conversos, nadie puede exigírselo a otro. Pero podemos proponerles que traten de pintar el mundo como antes lo hicieron los hombres de vocación religiosa. Sólo así se pondrían un tanto a salvo de los tristes mandatos que impone el mercado de las artes.

Quizá no el mejor consejo —¿cuál podría ser?— pero sí uno que vuelve a mi memoria con frecuencia, me lo proporciona un dato biográfico de Paul Klee. Según cuentan, poco antes de viajar a Italia se hallaba sumido en una honda crisis juvenil, al reconocerse con iguales aptitudes para la poesía, la pintura y la música, sin acertar a decidir por cuál de ellas enrumbarse. Fue entonces cuando se dijo a sí mismo: lo primero, llegar a ser un hombre. Lo demás se seguirá de ello claramente.

El poema es una oración dicha a un Dios que sólo existe mientras dura la oración.

El taller blanco (2012)
Eugenio Montejo

Fragmentario

Eugenio Montejo. El taller blanco.

No puede pedirse a los pintores de hoy que crean en Dios, o en alguna forma de divinidad, porque esto, a pesar del furor de los conversos, nadie puede exigírselo a otro. Pero podemos proponerles que traten de pintar el mundo como antes lo hicieron los hombres de vocación religiosa. Sólo así se pondrían un tanto a salvo de los tristes mandatos que impone el mercado de las artes.

Quizá no el mejor consejo —¿cuál podría ser?— pero sí uno que vuelve a mi memoria con frecuencia, me lo proporciona un dato biográfico de Paul Klee. Según cuentan, poco antes de viajar a Italia se hallaba sumido en una honda crisis juvenil, al reconocerse con iguales aptitudes para la poesía, la pintura y la música, sin acertar a decidir por cuál de ellas enrumbarse. Fue entonces cuando se dijo a sí mismo: lo primero, llegar a ser un hombre. Lo demás se seguirá de ello claramente.

El poema es una oración dicha a un Dios que sólo existe mientras dura la oración.

El taller blanco (2012)
Eugenio Montejo

lunes, 17 de febrero de 2020

Un hotel

Susan Meiselas. Lena en el hotel

Cuántas de mis noche se me han ido
en un cuarto de hotel.
La lluvia acaso guarda nombres y fechas,
insomnes susurros de lámparas
y penumbras que flotan por largos pasillos.
De tanto ir y volver entre valijas,
cuarto número tres, número doce,
silencio, soledad, ventanas,
yo mismo me siento el hotel de una calle
a la orilla de noches fugitivas
donde extraños celajes se guarecen.
Los jadeos de un amor, la luz, la ducha
y el frío de albas anónimas
nacidas al hervor de algún café,
van y vienen rodeándome,
y el hotel crece de mí hasta el horizonte,
con el laberinto de sus cuartos
llenos de espejos que guardan en sus pátinas
sombras y voces que jamás serán mías.

Alfabeto del mundo (1986)
Eugenio Montejo

Un hotel

Susan Meiselas. Lena en el hotel

Cuántas de mis noche se me han ido
en un cuarto de hotel.
La lluvia acaso guarda nombres y fechas,
insomnes susurros de lámparas
y penumbras que flotan por largos pasillos.
De tanto ir y volver entre valijas,
cuarto número tres, número doce,
silencio, soledad, ventanas,
yo mismo me siento el hotel de una calle
a la orilla de noches fugitivas
donde extraños celajes se guarecen.
Los jadeos de un amor, la luz, la ducha
y el frío de albas anónimas
nacidas al hervor de algún café,
van y vienen rodeándome,
y el hotel crece de mí hasta el horizonte,
con el laberinto de sus cuartos
llenos de espejos que guardan en sus pátinas
sombras y voces que jamás serán mías.

Alfabeto del mundo (1986)
Eugenio Montejo

lunes, 27 de enero de 2020

La vela

Elena Tatulyan. Vela y libros.

Escribo al lado de esta vela,
de esta vela que tiembla.
Le queda llama, pero tiembla,
cree, como yo, que ya no cree,
que alumbra sola frente al universo.

Despacio cae la indescifrable noche
con sus astros girando.
La vela erguida, contra el mundo, arde,
y en mi cuaderno lenta se derrama
su luz atea.
Estamos solos uno frente al otro,
ella con su temblor y yo, mirándola,
mientras en derredor, junto a su lumbre,
van y vienen los vuelos planetarios
de pequeños insectos que dan vueltas,
la errante lucha de una galaxia mínima
que quizá gira porque cree, porque no cree,
que gira porque gira...

Partitura de la cigarra (1999)
Eugenio Montejo

La vela

Elena Tatulyan. Vela y libros.

Escribo al lado de esta vela,
de esta vela que tiembla.
Le queda llama, pero tiembla,
cree, como yo, que ya no cree,
que alumbra sola frente al universo.

Despacio cae la indescifrable noche
con sus astros girando.
La vela erguida, contra el mundo, arde,
y en mi cuaderno lenta se derrama
su luz atea.
Estamos solos uno frente al otro,
ella con su temblor y yo, mirándola,
mientras en derredor, junto a su lumbre,
van y vienen los vuelos planetarios
de pequeños insectos que dan vueltas,
la errante lucha de una galaxia mínima
que quizá gira porque cree, porque no cree,
que gira porque gira...

Partitura de la cigarra (1999)
Eugenio Montejo

domingo, 28 de abril de 2019

Terredad

Eugenio Montejo. Terredad.

Estar aquí por años en la tierra,
con las nubes que lleguen, con los pájaros,
suspensos de horas frágiles.
A bordo, casi a la deriva,
más cerca de Saturno, más lejanos,
mientras el sol da vuelta y nos arrastra
y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros.

Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables,
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar las sobras de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena
aunque las migas sean amargas.

Terredad (1978)
Eugenio Montejo

Terredad

Eugenio Montejo. Terredad.

Estar aquí por años en la tierra,
con las nubes que lleguen, con los pájaros,
suspensos de horas frágiles.
A bordo, casi a la deriva,
más cerca de Saturno, más lejanos,
mientras el sol da vuelta y nos arrastra
y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros.

Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables,
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar las sobras de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena
aunque las migas sean amargas.

Terredad (1978)
Eugenio Montejo

viernes, 5 de abril de 2019

Manoa

Tomás Sánchez. Meditación antes del amanecer.

No vi a Manoa, no vi sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
—siempre más lejos.

Ya fatigada de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella. 

Trópico absoluto (1982)
Eugenio Montejo

Manoa

Tomás Sánchez. Meditación antes del amanecer.

No vi a Manoa, no vi sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
—siempre más lejos.

Ya fatigada de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella. 

Trópico absoluto (1982)
Eugenio Montejo