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martes, 27 de julio de 2021

El hombre de mundo

Azorín. Memorias inmemoriales.

Ante todo, el tipo de hombre de mundo supone un estado de civilización. No todos alcanzan a ser hombres de mundo. Quien lo sea habrá de levantarse por encima de las pasiones. Con esta altura mental, habrá de poseer también algo que es consustancial con el hombre de mundo: la comprensión de todo y el aceptar la contradicción. No podremos concebir un hombre de mundo que no comprenda todos los extravíos humanos; que los comprenda y que los perdone. No aceptaremos tampoco un hombre de mundo que no sepa aceptar, a su vez, la contradicción. Ha viajado mucho el hombre de mundo; ha leído bastante. Sabe, por lo tanto, que la verdad no puede estar en su mano. La verdad es cosa contingente: puede ser y puede no ser. Hablamos de las verdades humanas.

Memorias inmemoriales (1946)
Azorín 

El hombre de mundo

Azorín. Memorias inmemoriales.

Ante todo, el tipo de hombre de mundo supone un estado de civilización. No todos alcanzan a ser hombres de mundo. Quien lo sea habrá de levantarse por encima de las pasiones. Con esta altura mental, habrá de poseer también algo que es consustancial con el hombre de mundo: la comprensión de todo y el aceptar la contradicción. No podremos concebir un hombre de mundo que no comprenda todos los extravíos humanos; que los comprenda y que los perdone. No aceptaremos tampoco un hombre de mundo que no sepa aceptar, a su vez, la contradicción. Ha viajado mucho el hombre de mundo; ha leído bastante. Sabe, por lo tanto, que la verdad no puede estar en su mano. La verdad es cosa contingente: puede ser y puede no ser. Hablamos de las verdades humanas.

Memorias inmemoriales (1946)
Azorín 

miércoles, 30 de junio de 2021

Andando y pensando

Azorín. Andando y pensando.

Prólogo

Andando y pensando. Caminar despacio, lentamente, por la calle; caminar, como un regodeo, después del largo trabajo. Dejar correr, escurrir, explayar la vista por las fachadas de las casas, por los transeúntes, por la faz de una bella mujer, por el ancho cristal de un escaparate. No pensar en nada. Y de pronto, en la sobrehaz de la conciencia, una lucecita, un estremecimiento, una vibración: la idea, la continuación de la idea, la prosecución del trabajo mental que habíamos clausurado.

Andando y pensando (1929)
Azorín 

Andando y pensando

Azorín. Andando y pensando.

Prólogo

Andando y pensando. Caminar despacio, lentamente, por la calle; caminar, como un regodeo, después del largo trabajo. Dejar correr, escurrir, explayar la vista por las fachadas de las casas, por los transeúntes, por la faz de una bella mujer, por el ancho cristal de un escaparate. No pensar en nada. Y de pronto, en la sobrehaz de la conciencia, una lucecita, un estremecimiento, una vibración: la idea, la continuación de la idea, la prosecución del trabajo mental que habíamos clausurado.

Andando y pensando (1929)
Azorín 

sábado, 10 de octubre de 2020

El escritor

Azorín. El escritor.

XXXVIII
La voluntad

¿Es toda nuestra o es ajena nuestra voluntad? Creo que ni toda nuestra, ni toda ajena; pero nos es imposible determinar cuál es nuestra parte y cuál la ajena: la de las cosas, la de los astros, la de las circunstancias. San Juan Climaco vivía en el Sinaí. Se llama Climaco, de climax, gradación, escala; un libro compuso San Juan titulado Escala Espiritual. Escrito en griego, hay de ese libro varios traslados al latín; del latín lo puso en castellano, un castellano numeroso y fluente, fray Luis de Granada. Para mí, que tengo el afán de conciliar el Oriente y el Occidente, la traducción de fray Luis es como la confluencia de las dos civilizaciones, de las dos maneras de sensibilidad. ¡Cuántas veces me he conmovido al oír la misa griega de San Juan Crisóstomo, una misa larga, hora y media, oída en París, de diez de la mañana a once y media, en la iglesia gótica, siglo XIII, de San Julián el Pobre! Don Antonio Quiroga, amante también del rito católico griego, frecuentador también en París de esa iglesia, en el Barrio Latino, junto al Sena, detrás de San Severino, ante Nuestra Señora, me ha hablado muchas veces de los ritos orientales. El problema de la voluntad me hace evocar a la vez el nombre de Quiroga. San Juan Climaco vivió ochenta años; se le llama también el Sinaíta; murió en 605; venciendo su anhelo de soledad, fue elegido abad del Sinaí; dejó el cargo en cuanto pudo y volvió a su codiciado apartamiento. La Escala espiritual, además de ser una delicia de prosa castellana, nos ofrece un modelo de análisis psicológico; lo primero es de fray Luis, y esto segundo, naturalmente, del autor. Suelo yo leer este libro de tarde en tarde; preocupado con mi problema he vuelto estos días a repasarlo. Y he releído en él cierto pasaje que si antes me interesaba me ha interesado mucho más ahora. Habla el autor del desasimiento de las cosas. La cuestión magna de la voluntad está ilustrada en este fragmento con ejemplos curiosos. Dice así San Juan Climaco:
"No debemos condenar aquellas maneras de renunciación que parecen haber sido hechas acaso. Porque visto he yo algunos delincuentes ir huyendo; los cuales como acaso se encontrasen con el rey sin buscarle ellos, fueron recibidos en sus servicios, y contados entre sus caballeros, y recibidos a su mesa y palacio. Vi también algunas veces caerse descuidadamente algunos granos de trigo de las manos del sembrador, los cuales se apoderaron muy bien de la tierra y vinieron después a dar grande fruto. Y vi también algunos ir a casa del médico por algún otro negocio, y haber acertado a recibir en ella la salud que no tenían, y recobrado la vista de los ojos casi perdida. Y de esta manera acaece algunas veces ser más firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad que las que de propósito se hacían."
Las últimas palabras de este fragmento me tornan a la meditación; las doy vueltas en mi cerebro y las amplio y las completo; confusamente todo, en caos indefinible todo; resuelto todo en sensación, honda sensación, inefable sensación, más que en pensamiento: "más firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad que de las que de propósito se hacían".

El escritor (1942)
Azorín

El escritor

Azorín. El escritor.

XXXVIII
La voluntad

¿Es toda nuestra o es ajena nuestra voluntad? Creo que ni toda nuestra, ni toda ajena; pero nos es imposible determinar cuál es nuestra parte y cuál la ajena: la de las cosas, la de los astros, la de las circunstancias. San Juan Climaco vivía en el Sinaí. Se llama Climaco, de climax, gradación, escala; un libro compuso San Juan titulado Escala Espiritual. Escrito en griego, hay de ese libro varios traslados al latín; del latín lo puso en castellano, un castellano numeroso y fluente, fray Luis de Granada. Para mí, que tengo el afán de conciliar el Oriente y el Occidente, la traducción de fray Luis es como la confluencia de las dos civilizaciones, de las dos maneras de sensibilidad. ¡Cuántas veces me he conmovido al oír la misa griega de San Juan Crisóstomo, una misa larga, hora y media, oída en París, de diez de la mañana a once y media, en la iglesia gótica, siglo XIII, de San Julián el Pobre! Don Antonio Quiroga, amante también del rito católico griego, frecuentador también en París de esa iglesia, en el Barrio Latino, junto al Sena, detrás de San Severino, ante Nuestra Señora, me ha hablado muchas veces de los ritos orientales. El problema de la voluntad me hace evocar a la vez el nombre de Quiroga. San Juan Climaco vivió ochenta años; se le llama también el Sinaíta; murió en 605; venciendo su anhelo de soledad, fue elegido abad del Sinaí; dejó el cargo en cuanto pudo y volvió a su codiciado apartamiento. La Escala espiritual, además de ser una delicia de prosa castellana, nos ofrece un modelo de análisis psicológico; lo primero es de fray Luis, y esto segundo, naturalmente, del autor. Suelo yo leer este libro de tarde en tarde; preocupado con mi problema he vuelto estos días a repasarlo. Y he releído en él cierto pasaje que si antes me interesaba me ha interesado mucho más ahora. Habla el autor del desasimiento de las cosas. La cuestión magna de la voluntad está ilustrada en este fragmento con ejemplos curiosos. Dice así San Juan Climaco:
"No debemos condenar aquellas maneras de renunciación que parecen haber sido hechas acaso. Porque visto he yo algunos delincuentes ir huyendo; los cuales como acaso se encontrasen con el rey sin buscarle ellos, fueron recibidos en sus servicios, y contados entre sus caballeros, y recibidos a su mesa y palacio. Vi también algunas veces caerse descuidadamente algunos granos de trigo de las manos del sembrador, los cuales se apoderaron muy bien de la tierra y vinieron después a dar grande fruto. Y vi también algunos ir a casa del médico por algún otro negocio, y haber acertado a recibir en ella la salud que no tenían, y recobrado la vista de los ojos casi perdida. Y de esta manera acaece algunas veces ser más firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad que las que de propósito se hacían."
Las últimas palabras de este fragmento me tornan a la meditación; las doy vueltas en mi cerebro y las amplio y las completo; confusamente todo, en caos indefinible todo; resuelto todo en sensación, honda sensación, inefable sensación, más que en pensamiento: "más firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad que de las que de propósito se hacían".

El escritor (1942)
Azorín

jueves, 8 de septiembre de 2016

La meditación

Azorín, en los muelles del Sena, París. Foto de Sebastián Miranda, 1938.

La meditación se ha perdido en el mundo moderno; sólo la conservan el religioso y el artista; la meditación se ha perdido entre los expresos, los automóviles, los aviones, los trasatlánticos, la radio, el teléfono... Sin embargo, todos esos medios facilitan la vida; la facilidad de la vida ahorra energías humanas; con más energías a su disposición, con más sosiego, con más tiempo libre de esfuerzos, el hombre podría meditar más. ¿Y cómo no se medita? ¿Cómo se medita menos en el mundo moderno que en el antiguo? Tal vez al escribir estas líneas estoy siendo víctima de una ilusión; se puede meditar en un avión, en un trasatlántico o en un expreso tan espaciosa y hondamente como en un cuartito de paredes desnudas, allá en el siglo XIII, o el XVI, o en este XX. Si es en el XX, nos place ver al meditador en un descanso de su trabajo —el trabajo de pintar o escribir— después de haber dejado los pinceles o la pluma. El religioso tiene su norma y su aspiración suprema; el artista traduce su meditación en sensaciones y en imágenes; cuanto sea la meditación más densa y pura, tanto más exquisitas serán las sensaciones y las imágenes. El artista se contrae a lo visible, esclavo del mundo, sujeto a las cosas, y el religioso, más feliz, se evade del mundo y vuela hacia lo infinito

El escritor (1942)
Azorín

lunes, 18 de julio de 2016

Las influencias

Azorín, retratado por Ignacio Zuloaga, 1941.

¿Quién podrá conocer y explicar todas las infuencias que obran sobre el escritor? Influye el escritor en el escritor; influyen las obras en las obras; influyen las cosas; influyen los mismos animales domésticos a quienes estimamos. ¿Es que la marmota que el padre Isla tenía en su celda no influía, con su reposo, con su sosiego, en el padre Isla? ¿Y es que agudizando un poco, temerariamente acaso, no podríamos ver en esas cartas familiares en que el padre Isla habla de su marmota una tranquila jovialidad, una alegría apacible, trascendida del curioso animal?
¿Y cómo influyen las cosas? Las cosas viven; las cosas nos esclavizan a veces; pero las cosas nos liberan otras de la tristeza y nos dan pábulo para la obra. Escribo estas líneas en una casa de campo; en la cantarera, enfrente de mí, sobre la losa arenisca y húmeda, se yerguen tres cántaros. Escribo en el zaguán iluminado vívidamente por el sol que entra de un cielo límpido. Los cántaros amarillentos reposan con sus líneas puras. Desde lo remoto pretérito han llegado, siempre quebradizos, siempre frágiles, renovándose de unos en otros, hasta nuestras manos. ¿Y es que tú, escritor, podrás tener esta perennidad? ¿Y es que tu obra podrá transmitirse como estos cántaros, de mano en mano, a lo largo de las generaciones? ¿Y es que tu prosa tendrá la pureza, la sencillez, la simplicidad de estas deleznables vasijas? Ello es eterno e insuperable: hagamos lo que hagamos, ni el más hábil escultor, ni un Donatello, ni un Rodin, podrían mejorar la forma prístina de estos cántaros humildes y milenarios. De una vez y para la eternidad han sido creados por manos primitivas en el arcano de los tiempos.
Suspiro. ¿Por qué suspirar? ¿Y después de todo qué importa el dejarse influir por un autor de hace tres siglos o un coetáneo nuestro? ¿Y qué me importa que ese coetáneo sea ilustre o humilde y esté lejano o próximo? El misterio del escritor no lo penetrará jamás nadie. El misterio de la obra literaria no será jamás por nadie enteramente esclarecido. Sin influencias no hay obras. Sin injertos no hay en el árbol fructuoso fecundidad.

El escritor (1942)
Azorín

martes, 31 de mayo de 2016

Crítica de años cercanos

Azorín. Crítica de años cercanos.

Los místicos españoles

Los escritores, amigo lector, sean antiguos, sean modernos, se dividen en dos grandes clases; no existe otra división más certera y más profunda. A una banda están los que se hallan «con» las cosas; a otra los que se hallan «contra» las cosas. De las obras de aquellos emana un efluvio de simpatía, de amor, de fervor por las cosas y por el hombre; de las obras de estos se desprende una nota de sarcasmo, de burla, de ironía, de divertimiento, más o menos culto y elegante. Al comenzar a leer un libro, a las cuatro páginas ya sabemos si el autor está «con» las cosas o «contra» las cosas. Y nuestra impresión es sincera, franca; a los autores hostiles a las cosas, por cultos, por eruditos, por elegantes que sean, preferiremos siempre los escritores que están «con» las cosas, en fervorosa comunión con ellas, sintiendo una honda, cordial y bienhechora sumpatía por los hombres. En una palabra, a Voltaire, preferiremos a Rousseau. ¿Dónde los hemos dejado? Vamos marchando, piano, pianísimo, camino de un convento; con nosotros llevamos en una maleta muchedumbre de volúmenes.
(24 de febrero de 1927)
Crítica de años cercanos
Azorín

miércoles, 13 de abril de 2016

Las vidas opacas

Azorín. Las confesiones de un pequeño filósofo.

Yo no he ambicionado nunca, como otros muchachos, ser general u obispo; mi tormento ha sido —y es— no tener un alma multiforme y ubicua para poder viir muchas vidas vulgares y olvidadas; es decir: no poder meterme en el espíritu de este pequeño regatón que está en su tiendecilla oscura; de este oficinista que copia todo el día expedientes y por la noche van él y su mujer a casa de un compañero, y allí hablan de cosas insignificantes; de este saltimbanqui que corre por los pueblos; de este hombre anodino que no sabemos lo que es ni de qué vive y que nos ha hablado una vez en una estación o en un café...
Las pequeñas tiendas tienen un atractivo poderoso. ¿Cómo viven estos regatones, estos percoceros con sus bujerías de plata, estos sombrereros con sus sombreros humildes, estos cereros con sus velas rizadas? Hay en las viejas ciudades españolas calles estrechas —tal vez con el ábside de una vetusta iglesia en el fondo—, donde todos estos mercaders tienen sus tiendecillas, y hay una hora profunda, una hora única en que todas estas tiendas irradian su alma verdadera.
Esta hora es por la noche, después de cenar; ya los canónigos se han retirado de sus tertulias; las calles están desiertas; la campana de la catedral lanza nueve graves y largas vibraciones. Entonces os paseáis bajo los soportales: las tiendas tienen ya sus escaparates apagados; acaso algunas estén también entornadas; pero sentís que un reposo profundo ha invadido los reducidos ámbitos; un hálito de vida monótona y vulgar se escapa de la anaquelería y del pequeño mostrador; tal vez un niño, que se ha levantado con la aurora, duerme de bruces sobre la tabla; en la trastienda, allá en el fondo, se ve el resplandor de una lámpara... Y la campana de la catedral vuelve a sonar con sus vibraciones breves y largas.

Las confesiones de un pequeño filósofo (1904)
Azorín

jueves, 20 de noviembre de 2014

Censo de población

Azorín. Don Juan.

Según el censo de 1787, la provincia de que era capital la pequeña ciudad contaba 92.404 habitantes. Había en la provincia 320 curas, 258 beneficiados, 109 tenientes curas, 184 sacristanes, 42 acólitos, 59 ordenados a título de Patrimonio, 119 ordenados de menores, 14 síndicos de religiones, 9 dependientes de Cruzada, 12 demandantes, 293 religiosos profesos, 12 novicios, 48 legos, 25 criados, 77 criados de convento, 16 niños en los conventos, 235 monjas profesas, 9 novicias, 4 señoras seglares en los conventos, y 12 criados, 21 dependientes de la Inquisición. En la provincia había también 6.643 hidalgos. Los comerciantes eran 304. Los fabricantes, 375. Los artesanos, 1.890. Los jornaleros , 7.649. Los labradores, 7.750...

Don Juan (1922)
Azorín

jueves, 11 de septiembre de 2014

La voluntad

Azorín.La voluntad.

Todo pasa. La sucesión vertiginosa de los fenómenos no acaba. Los átomos, en eterno movimiento, crean y destruyen formas nuevas. A través del tiempo infinito, en las infinitas combinaciones del átomo incansable, acaso las formas se repitan; acaso las formas presentes vuelvan a ser, o estas presentes sean reproducción de otras en el infinito pretérito creadas. Y así, tú y yo, siendo los mismos y distintos, como es la misma y distinta una auténtica imagen de dos espejos; así tú y yo acaso hayamos estado otra vez frente a frente en esta estancia, en este pueblo, en el planeta este, conversando, como ahora conversamos, en una tarde de invierno, como esta tarde, mientras avanza el crepúsculo y el viento gime.

La voluntad (1902)
Azorín

domingo, 23 de diciembre de 2012

La luna

Gregory H. Revera. Luna llena, 2010. (Wikimedia Commons)

Cuando yo pasaba por este largo salón con piso de madera, en que resonaban huecamente los pasos, levantaba la vista y miraba a través de las ventanas. Y entonces veía, allá a lo lejos, al otro lado del patio, en la torrecilla que surgía sobre el tejado, los cazos ligeros, pequeños, del anemómetro que giraba, giraba, incesantemente.
Unas veces marchaban lentos, suaves; otras, corrían desesperados, vertiginosos. Y yo siempre los miraba, sintiendo una profunda admiración, un poco inexplicable, por estos locos cazillos que daban vueltas sin parar, rápidos, lentos, indiferentes a las inquietudes humanas, allá en lo alto, sobre la ciudad en que los hombres hacían tantas cosas terribles...
Esta torrecilla que he nombrado era el observatorio; tenía en el centro de la azotea un diminuto kiosko con la cúpula de latón pintado de negro; y en esta cúpula había una hendidura que se abría y se cerraba, y por la que asomaba, en las noches claras, de estrellado radiante, un tubo misterioso y terrorífico. Nosotros sabíamos que este tubo era un telescopio; pero no acertábamos a comprender por qué este escolapio miraba todas las noches por él, cuando con una sola bastaba para hacerse cargo de todo el cielo y sus aledaños... Una noche subí yo también; era una noche de primavera; el ambiente estaba tibio y tranquilo; lucían pálidamente las estrellas; se destacaba, redonda y silenciosa, en el cielo claro la luna. Hacia ella dirigimos el tubo misterioso; yo vi una gran claror suave, con puntos negros, que son los cráteres extinguidos; con manchas blancas, que son los mares congelados.
Y entonces, en esta noche tranquila, sobre el reposo de la huerta y de la ciudad dormida, yo sentí que por primera vez entraba en mi alma una ráfaga de honda poesía y de anhelo inefable.

Las confesiones de un pequeño filósofo (1904)
Azorín

miércoles, 22 de febrero de 2012

La propiedad es sagrada e inviolable

Azorín. Las confesiones de un pequeño filósofo.

Casi todos los colegiales teníamos nuestras "arquillas". ¿Qué encerraba yo en la mía? Ya no lo recuerdo; acaso un álbum de calcomanías, un lápiz rojo, un espejico de bolsillo, un membrillo, que yo voy partiendo poco a poco y comiéndomelo; un libro pequeño con las tapas pajizas, que yo leo a escondidas con avidez... Las arquillas eran unas cajas pequeñas de madera, cerradas, con un asidero en la tapa. Cuando nos sentábamos ante nuestros pupitres, en seguida abríamos en los ratos de asueto en que por causa de lluvia no podíamos ir al patio, en seguida abríamos nuestra arquilla. Yo recuerdo el olor a membrillo -el mismo de las grandes arcas de casa- que se exhalaba de la mía cuando levantaba la tapa. Y luego sentía una viva satisfacción en ir revolviendo las cosas que había dentro; el lápiz, el espejo, las calcomanías, rojas y verdes, que pegaba en los libros.
Ésta era una de nuestras grandes satisfacciones; pero un día, a un escolapio, no recuerdo cuál, le pareció que estas arquillas eran una cosa abominable; decidió suprimirlas. Y aquel día, en que yo veo a mis compañeros cada uno con su caja yendo a depositarla a los pies del tirano, yo lo tengo por uno de los más ominosos de mi niñez; y todavía hoy me siento indignado ante aquel despojo de mi propiedad, sagrada e inviolable.

Las confesiones de un pequeño filósofo
Azorín

martes, 30 de diciembre de 2008

Nubes viajeras

Luis Antonio Gil Pellin. Nubes sobre Llanos de Gea, Teruel
Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son -como el mar- siempre varias y siempre las mismas. Sentimos, mirándolas, como nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas -tan fugitivas- permanecen eternas. A estas nubes que ahora miramos, las miraron hace doscientos, quinientos, mil, tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros. Cuando queremos tener aprisionado el tiempo -en un momento de ventura- vemos que han pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas en todo momento, todos los días van caminando por el cielo. Hay nubes redondas, henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los cielos translúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso. Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y oro en los ocasos inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitos iguales e innumerables, que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul.Unas marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas de color ceniza, cuando cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que presta su encanto a los paisajes otoñales...

Nubes viajeras
Azorín

domingo, 2 de noviembre de 2008

Una flauta en la noche

Vincent Van Gogh. Noche estrellada
Una flauta suena en la noche: suena grácil, ondulante, melancólica. Si penetramos en la vetusta ciudad por la Puerta vieja, habremos de ascender por una empinada cuesta; en lo hondo está el río; junto al río, en elevado y llano terreno, se ven dos filas de copudos y viejos olmos; de trecho en trecho aparecen unos anchos y alongados sillares que sirven de asiento. La oscuridad de la noche no nos permite ver sino vagamente las manchas blancas de las piedras. Allá, a la entrada del pueblo, al cabo de la alameda, una viva faja de luz corta el camino. Sale la luz de una casa. Acerquémonos. La casa tiene un ancho zaguán: a un lado hay un viejo telar; a otro, delante de una mesa en que se ve un atril con musica, hay un viejecito de pelo blanco y un niño. Este niño tiene ante su boca una flauta. La melodía va saliendo de la flauta, larga, triste, fluctuante; la noche está serena y silenciosa.

Una flauta en la noche
Azorín