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sábado, 17 de agosto de 2024

Museo del aire

Rafael Guillén. Los dominios del cóndor.

Toma en sus manos el cincel y, solo,
de poder a poder, se enfrenta 
con la piedra.
                          Y la va desbastando,
y mete en puntos una idea,
da solidez a un pensamiento.

Mas, a medida que perfila el rictus
de los labios, el pliegue
o la arruga del manto, va esculpiendo
también el aire que rodea
la naciente escultura, 
va modelando lo incorpóreo, el hueco
reflejo de las mismas formas.

Esos huecos son los que busco, ese 
Moisés, esa Piedad, que andan vagando
por no sé dónde y que quisiera
poder un día contemplar.

¡Qué museo del aire! ¡Qué esplendente
galería de estatuas
magistrales, sin las imperfecciones
de la materia, sólo el alma
intangible, el espíritu
de cada obra!

Los dominios del cóndor (2004)
Rafael Guillén

viernes, 6 de octubre de 2017

Elogio de los aeropuertos

Siluetas de la gente en el aeropuerto. Ilustración de Freepik.

Hay veces que se cansa uno de ser y le gustaría solamente estar. Nada de complicaciones existenciales. Estar, sencillamente. La existencia, que es algo definitivo, es actividad -aunque esto pudiera parecer contradictorio- y toda actividad cansa a los mortales. Genes activos, células activas, átomos activos. Pensar, sufrir, reír, tal vez amar. El estar, en cambio, es algo transitorio y calmo, aunque sin llegar a la pasividad absoluta. Al menos lo percibimos como tal; es como si la vida siguiese su curso olvidándose un poco de nosotros. Decimos «estamos descansando», lo que lleva implícito un «por ahora». Sólo es descanso, esencialmente, el descanso eterno.
En los aeropuertos no se es; se está. Porque estar, por su provisionalidad, es una pausa en la existencia, un calderón, una suspensión en su movimiento más o menos acompasado. Nada es definitivo en los aeropuertos. Son puntos de llegada o puntos de partida. También puntos de referencia. El tránsito, como todo lo relativo, necesita un punto de referencia y ese punto lo son igualmente los aeropuertos. Son la perpetuación del tránsito. Son como la vida, que es una muerte transitoria; que es el espacio que media entre una y otra muerte. Por los aeropuertos pasa la vida y, a veces, se cansa uno de tanto pasar y pasar.
Algo de esto es también aplicable a los puertos y a los andenes de las estaciones de ferrocarril. Y digo algo y no todo, porque las diferencias son notables. En los puertos, que también son puntos de llegada o puntos de partida, no hay tránsito. No se va de un barco a otro. No hay tiempo para estar. La llegada o la partida de un barco es una actividad más y tiene un componente definitivo derivado de la duración de la travesía en relación con nuestras horas de vida y de la conciencia histórica de que en esa vida caben muy pocos viajes transoceánicos en barco. Por otra parte, sólo se puede hablar ya de viaje en los cargueros, en los barcos de guerra, en los de pesca de altura y en alguna aventura excepcional. Los de pasajeros son hoy barcos de cercanía. Además, quienes van a los puertos a recibir o a despedir a alguien también ejercen una actividad, como el que llega o el que parte. En los puertos se es; no se está.
Lo mismo ocurre en los andenes de las estaciones de ferrocarril. Hoy día se puede llegar a la hora justa. Han desaparecido los tránsitos -antiguos transbordos- que justificaban las estancias. A diferencia de los puertos, en los que es lento el amarre y lenta la ceremonia de zarpar, en los andenes todo es urgencia y silbidos y rápidos adioses. -¡Oh, aquellas despedidas con lágrimas y aquellos pañuelos agitándose por las ventanillas mientras se perdía el tren en la lejanía entre nubes de vapor!-. Pero, como en los puertos, también es todo existencia. También en los andenes se es.
En los aeropuertos, no. Cuando uno se cansa de ser, donde se está bien es en los aeropuertos, viendo aterrizar y despegar los aviones que llevan otras vidas, otras existencias; viendo ser a los demás y allá ellos, mientras uno se acomoda confortablemente en la oquedad de los momentos vacíos. Al menos hasta que la voz inmisericorde de los altavoces nos reanima y nos regresa a la realidad anunciando la próxima salida del vuelo SQ 333 con destino a Singapur. Es el nuestro.

(Inédito, 1998) De Por el ancho y pequeño mundo

Estado de palabra. Antología poética (1956-2002)
Rafael Guillén

Elogio de los aeropuertos

Siluetas de la gente en el aeropuerto. Ilustración de Freepik.

Hay veces que se cansa uno de ser y le gustaría solamente estar. Nada de complicaciones existenciales. Estar, sencillamente. La existencia, que es algo definitivo, es actividad -aunque esto pudiera parecer contradictorio- y toda actividad cansa a los mortales. Genes activos, células activas, átomos activos. Pensar, sufrir, reír, tal vez amar. El estar, en cambio, es algo transitorio y calmo, aunque sin llegar a la pasividad absoluta. Al menos lo percibimos como tal; es como si la vida siguiese su curso olvidándose un poco de nosotros. Decimos «estamos descansando», lo que lleva implícito un «por ahora». Sólo es descanso, esencialmente, el descanso eterno.
En los aeropuertos no se es; se está. Porque estar, por su provisionalidad, es una pausa en la existencia, un calderón, una suspensión en su movimiento más o menos acompasado. Nada es definitivo en los aeropuertos. Son puntos de llegada o puntos de partida. También puntos de referencia. El tránsito, como todo lo relativo, necesita un punto de referencia y ese punto lo son igualmente los aeropuertos. Son la perpetuación del tránsito. Son como la vida, que es una muerte transitoria; que es el espacio que media entre una y otra muerte. Por los aeropuertos pasa la vida y, a veces, se cansa uno de tanto pasar y pasar.
Algo de esto es también aplicable a los puertos y a los andenes de las estaciones de ferrocarril. Y digo algo y no todo, porque las diferencias son notables. En los puertos, que también son puntos de llegada o puntos de partida, no hay tránsito. No se va de un barco a otro. No hay tiempo para estar. La llegada o la partida de un barco es una actividad más y tiene un componente definitivo derivado de la duración de la travesía en relación con nuestras horas de vida y de la conciencia histórica de que en esa vida caben muy pocos viajes transoceánicos en barco. Por otra parte, sólo se puede hablar ya de viaje en los cargueros, en los barcos de guerra, en los de pesca de altura y en alguna aventura excepcional. Los de pasajeros son hoy barcos de cercanía. Además, quienes van a los puertos a recibir o a despedir a alguien también ejercen una actividad, como el que llega o el que parte. En los puertos se es; no se está.
Lo mismo ocurre en los andenes de las estaciones de ferrocarril. Hoy día se puede llegar a la hora justa. Han desaparecido los tránsitos -antiguos transbordos- que justificaban las estancias. A diferencia de los puertos, en los que es lento el amarre y lenta la ceremonia de zarpar, en los andenes todo es urgencia y silbidos y rápidos adioses. -¡Oh, aquellas despedidas con lágrimas y aquellos pañuelos agitándose por las ventanillas mientras se perdía el tren en la lejanía entre nubes de vapor!-. Pero, como en los puertos, también es todo existencia. También en los andenes se es.
En los aeropuertos, no. Cuando uno se cansa de ser, donde se está bien es en los aeropuertos, viendo aterrizar y despegar los aviones que llevan otras vidas, otras existencias; viendo ser a los demás y allá ellos, mientras uno se acomoda confortablemente en la oquedad de los momentos vacíos. Al menos hasta que la voz inmisericorde de los altavoces nos reanima y nos regresa a la realidad anunciando la próxima salida del vuelo SQ 333 con destino a Singapur. Es el nuestro.

(Inédito, 1998) De Por el ancho y pequeño mundo

Estado de palabra. Antología poética (1956-2002)
Rafael Guillén

martes, 29 de agosto de 2017

Cristal romano

Ungüentario romano. Foto: J. Bagot Arqueología.

Si este ungüentario de cristal romano
que veinte siglos irisaron, donde
la transparencia envejecida apenas
deja ya ver el soplo que le diera
forma de lágrima y que aún se esconde
en su interior como con miedo a verse
en otro tiempo; si este vaso leve
que otro soplo o milagro ha conservado
indemne entre los mármoles partidos
de la arrasada villa, resbalase
de mis manos y en un funesto instante
se estrellase en el suelo dulcemente,
consternación aparte, no sabría
apreciar las distintas magnitudes
de tamaño suceso, ni sabría
ponerle fecha; pero estoy seguro
de que en el tiempo aquel, que permanece
detenido entre togas y columnas,
se oirían los clamores del desastre.
(Roma, 1987)

Los estados trasparentes (1993)
Rafael Guillén

Cristal romano

Ungüentario romano. Foto: J. Bagot Arqueología.

Si este ungüentario de cristal romano
que veinte siglos irisaron, donde
la transparencia envejecida apenas
deja ya ver el soplo que le diera
forma de lágrima y que aún se esconde
en su interior como con miedo a verse
en otro tiempo; si este vaso leve
que otro soplo o milagro ha conservado
indemne entre los mármoles partidos
de la arrasada villa, resbalase
de mis manos y en un funesto instante
se estrellase en el suelo dulcemente,
consternación aparte, no sabría
apreciar las distintas magnitudes
de tamaño suceso, ni sabría
ponerle fecha; pero estoy seguro
de que en el tiempo aquel, que permanece
detenido entre togas y columnas,
se oirían los clamores del desastre.
(Roma, 1987)

Los estados trasparentes (1993)
Rafael Guillén

miércoles, 6 de julio de 2016

Acudo a los andenes

Fotografía de Larry Silver.

Acudo a los andenes de las viejas
estaciones y asisto al desenfreno
de los abrazos, a la húmeda
intensidad de las miradas.
Llegar, partir, no tienen más sentido
que el de la ceremonia del encuentro
o del adiós.

Echan a nadar bufando las antiguas
locomotoras y en las ventanillas
de los vagones se suceden
escenas silenciosas
cuyo principio y cuyo
final jamás conoceré.

De madrugada ya, se quedan solos
los andenes y en todos hay un banco
de madera y una luz roja al fondo.

Las edades del frío (1998)
Rafael Guillén

jueves, 24 de diciembre de 2015

Ocupando mi sitio

Rafael Guillén. Esta pequeña eternidad.

Ocupando mi sitio hay un hombre
que no conozco. Sus arrugas
pudieran ser las mías, mas su vestimenta
pertenece a otros tiempos. Cambia,
según se mire, la zamarra
por el jubón y la gorguera;
muda los harapos
por calzas y en su greñas
aparece un sombrero de alta pluma.
Me palpo los cabellos,
el jersey, los sufridos pantalones
y sé que estoy aquí; pero lo veo
también a él y no comprendo
qué hace en mi lugar si no me he ido,
si no me pienso ir, si permanezco
sentado aquí, intentando
saber quién es, saber por qué se ríe
con mi risa y me mira,
esto es horrible, con mis propios ojos.
La edades del frío (1998)

Esta pequeña eternidad
Rafael Guillén

domingo, 3 de mayo de 2015

Teoría del orden

Marc Shandro. Vaca, animal sagrado. Nueva Delhi, India, 2004.

Ha recostado sin pudor la vaca
sagrada su famélica osamenta
sobre el asfalto de la concurrida
avenida y, ajena a cualquier norma
de urbanidad, asiste imperturbable
al tumulto y al ruido que ocasiona
su mayestática indolencia y sabe
que ese es el orden porque desde siempre
fue así dispuesto, como bien podría
no haberlo sido así o como, sospecha,
puede haber mundos en los que las vacas
no se recuestan provocando atascos
en la circulación y acaso piensa
qué le vamos a hacer, mientras soporta
en derredor el tráfico incesante
de riskshaws y de motos y autobuses
renqueantes y viejas bicicletas
y en sus lánguidos ojos se reflejan
las fachadas color de rosa, el salto
de los monos que trepan por las sucias
paredes, las basuras, los montones
de frutas, tenderetes y portales
de cachivaches, una turbamulta
abigarrada y cabras por las altas
azoteas y algún camello suelto
y las bocinas y los gritos y ella
tumbada allí, ejerciendo indiferente
su potestad, rumiando en sus adentros
que si esto es así y no de otro modo
es porque, a no dudar, tendrá que serlo.
(Jaipur, India, 1994)
Los estados transparentes (1993)
Rafael Guillén