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sábado, 6 de agosto de 2016

El sepulcro sin sosiego

Cyril Connolly, en 1962. Foto: ITV Rex Shutterstock.

Partir nueces de color rojizo, mirar por la ventana los plátanos rojizos, festoneados de verde y amarillo, leer el Tao-te-King junto a una buena chimenea encendida: he ahí la sabiduría propia de octubre, bienaventuranza del otoño: el estudio equinoccial de las religiones.

Huir a la campiña: el despertar matinal en una casa de campo, el ruido de las mujeres en el patio, las gallinas, los patos, los gansos y los perros que salen al aire libre tras pasar la noche en el corral; el loro que afila el pico contra los barrotes de su jaula; el aroma del desayuno, el hortelano que trae los tomates y las lechugas; los periódicos dominicales, el correr del agua en el grifo y el murmullo de los escuadrones de cazas allá en lo alto. Almorzar al aire libre.

La siesta vespertina, tan rica en disturbios de la memoria; el baño a la desvaída luz del día, con el rumor del grifo del agua caliente y los chillidos de los niños al acostarse, mientras la fría luz del sol se extingue entre los olmos, sobre los campos líquidos. El paseo antes de acostarse, el estimulante aire de la noche.
Solamente en el campo podemos llegar a conocer a una persona o un libro.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

El sepulcro sin sosiego
Cyril Connolly

jueves, 9 de abril de 2015

La tumba inquieta

Cyril Connolly, retratado por Richard Avedon.

A medida que envejecemos descubrimos que lo que en su momento nos parecieron aficiones absorbentes e intereses que habíamos adoptado para luego abandonar, eran en realidad apetitos o pasiones que nos habían inundado para luego seguir su camino, hasta que por último comprendemos que la vida no tiene más continuidad que una grieta en las rocas a la que la marea llena de espuma y de restos y luego vacía. Al final no queda nada, salvo el sedimento que este flujo deja; un ámbar gris, valioso sólo para quien sepa sacarle partido.

Traducción de Miguel Aguilar

La tumba inquieta (1944-1945)
Cyril Connolly

viernes, 15 de febrero de 2013

El arte de viajar

Cyril Connolly frente a su escritorio. Foto: Sunday Times, 1950.

El viaje, de hecho, no es una afición, sino una droga. Estimulante y opiácea a la vez, es la forma más noble de autoexpresión y sin embargo encoge la personalidad. He ahí el misterio, el mágico poder del arte, ya que gracias a su anonimato el viajero es capaz tanto de encontrarse a sí mismo como de perder la conciencia de sí a lo largo del camino. Llega a un lugar donde nadie le conoce y donde, por tanto, puede ser lo que quiera. La autoafirmación, la autonegación, el autoengaño son las cualidades del viajero, y es capaz de hacer realidad simultáneamente sus dos sueños más recurrentes: la ilusión de la acción y la ilusión de la huida. Y es que el viaje proporciona a la gente sedentaria y reflexiva todo lo que envidian de las vidas heroicas. Hay que tomar decisiones constantemente, elaborar planes; si se viaja con amigos hay una multitud a la que persuadir, y a menudo un motín que sofocar. Además está la constante procesión de extraños que han de ser engatusados, amenazados, engañados o con los que hay que negociar, y con muchos de ellos las relaciones personales se reducirán a una lucha de voluntades, ese duelo sin castigo. Pero sobre todo es en el viajar, en el propio movimiento, donde se encuentran las emociones, donde la sensación de hacer algo, de pertenecer al mundo de la acción, se une al concepto más profundo y más digno de la huida.

Traducción de Miguel Aguilar

Obra selecta. De varia re (selección de textos).
Cyril Connolly

viernes, 3 de agosto de 2012

El arte de viajar

Cyril Connolly frente a su escritorio. Foto: Suday Times, 1950.

El viaje, de hecho, no es una afición, sino una droga. Estimulante y opiácea a la vez, es la forma más noble de autoexpresión y sin embargo encoge la personalidad. He ahí el misterio, el mágico poder del arte, ya que gracias a su anonimato el viajero es capaz tanto de encontrarse a sí mismo como de perder la conciencia de sí a lo largo del camino. Llega a un lugar donde nadie le conoce y donde, por tanto, puede ser lo que quiera. La autoafirmación, la autonegación, el autoengaño son las cualidades del viajero, y es capaz de hacer realidad simultáneamente sus dos sueños más recurrentes: la ilusión de la acción y la ilusión de la huida. Y es que el viaje proporciona a la gente sedentaria y reflexiva todo lo que envidian de las vidas heroicas. Hay que tomar decisiones constantemente, elaborar planes; si se viaja con amigos hay una multitud a la que persuadir, y a menudo un motín que sofocar. Además está la constante procesión de extraños que han de ser engatusados, amenazados, engañados o con los que hay que negociar, y con muchos de ellos las relaciones personales se reducirán a una lucha de voluntades, ese duelo sin castigo. Pero sobre todo es en el viajar, en el propio movimiento, donde se encuentran las emociones, donde la sensación de hacer algo, de pertenecer al mundo de la acción, se une al concepto más profundo y más digno de la huida.

Traducción de Miguel Aguilar

El arte de viajar (1931). Obra selecta.
Cyril Connolly

jueves, 9 de junio de 2011

Naturaleza y Civilización

Miriam Escofet. Olivo.

Los taoístas creen que la devoción a cualquier cosa salvo la Naturalza los hace envejecer, y por eso viven con sencillez en laderas de colinas y cerca de bosques, como el sabio cuyas necesidades eran tan escasas que cuando decidió dejar su cabaña descubrió que las zarzas habían crecido tanto que le impedían el paso. Pero ¿en qué desemboca el amor a la Naturaleza si la Naturaleza no nos quiere? Demos un paseo por el páramo. Al principio el aire puro de montaña, la soledad bajo el sol caliente, donde los arroyos salpican y chilla el urogallo, purgan nuestros venenos urbanos, hasta el arte y la civilización parecen opresivos y vulgares, colores irisados sobre las escamas del pez muerto, ocupaciones que aíslan al hombre de su primitivo culto a la vegetación. Luego, a medida que el día se hace más caliente y tropezamos con los brezos y el cenagal templado y revuelto, se produce un cambio; parecería que la Naturaleza ya no comparte nuestra comunión y prefiere su propia progenie inferior; graznan los urogallos, cuervos, halcones, liebres de montaña, el arroyo ruidoso, en la calurosa tarde la ladera entera se hace ominosa y hostil, emblemas arcaicos del Hastío; algo que hace tiempo que habíamos olvidado. Una vez más revive el ansia por la arquitectura, el arte y el intelecto. Al llegar la tarde llueve, y tras la visita a nuestra gruesa, grande e indiferente Madre, nos alegra volver a nuestros libros y a nuestras conversaciones al amor de la lumbre. Es a la Civilización, no a la Naturaleza, adonde el hombre debe regresar.

Traducción de Miguel Aguilar

La tumba inquieta (1944-1945)
Cyril Connolly

domingo, 21 de marzo de 2010

El arte de viajar

Henry Winzenried. Pompeya.

El mundo del viajero es egocéntrico; antropomorfo: el sol sale y se pone para él, y para guiarle tiene misteriosamente a mano señales y portentos.

Al principio, el viaje despoja al viajero de la importancia que disfrutaba en su hogar, la sensación de ser apreciado y atendido, y de todos los falsos aditamentos y la inflación artificial de su personalidad, que debe ser reducida a su mínima expresión antes de que pueda desarrollarse de nuevo. Por primera vez en años está a solas consigo mismo y pronto se pregunta que tienen los dos en común. También a menudo puede que vuelva curado sólo para que su identidad, su laguna de Narciso, se malogre de nuevo. Hay que partir en un nuevo viaje, y pronto es un caso perdido, un voyageur traqué, un adicto al viaje.
Ningún lugar puede sostener la emoción que despierta el ir hasta él. La llegada es un anticlimax. El diluvio universal arrastró el jardín del Edén por el Éufrates y lo convirtió en una isla desierta "para demostrar -como explica Milton- que Dios no atribuye santidad a ningún lugar, sino a lo que allí lleven los hombres". El turismo está destruyendo el viaje, cubriendo de restricciones el placer del movimiento -"Tienes que ver esto; no me puedo creer que no visitarais aquello"-, una serie de obligaciones irrelevantes ha hecho despreciable un arte que permanecía inmaculado.

Obra selecta
Cyril Connolly

lunes, 18 de enero de 2010

La caída de Jonathan Edax


Permanecí en pie ante la librería más grande de mi biblioteca; a eso lo llamo "estar ante el panel de control". Me siento como un capitán en el puente de mando, o como Shandy Macpherson ante su Wurlitzer. Casi espero que todo se derrumbe después de mi virtuosa actuación.
Por la tarde cogí las llaves de las vitrinas e inspeccioné la porcelana de Sèvres verde y amarilla, la de Vincennes, la de Chelsea y una parte de la de Meissen, y volví al panel de control. Ese Yeats, ese Eliot y ese manuscrito de Auden juntos pesaban unos pocos gramos y ocupaban el mismo espacio que una mala novela, y sin embargo valían varios cientos de libras y representaban para mí la meta de años de búsqueda y paciente esfuerzo.

El legado Edax. Una reflexión ante el panel de control: varios de mis libros -varios de los más valiosos- llevan los ex libris de otra gente, los escudos de armas de algunas familias, los sellos de la biblioteca de ciertas mansiones rurales (las personas que poseen bibliotecas en sus mansiones rurales se cuentan entre los mayores bobos de la historia). ¿Debo dejar los ex libris? ¿O despegarlos con vapor? ¿O dejar que se ocupen de este tema los albaceas testamentarios?

La caída de Jonathan Edax
Cyril Connolly