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viernes, 19 de marzo de 2021

El libro como acceso al mundo

Georg Friedrich Kersting. El lector elegante.

Del mismo modo que no somos conscientes del oxígeno que introducimos en nuestro organismo cada vez que respiramos ni de los misteriosos procesos químicos con los que nuestra sangre aprovecha este invisible alimento, tampoco advertimos la materia espiritual que absorben nuestros ojos y que nutre (o debilita) nuestro intelecto continuamente. Para nosotros, hijos y nietos de siglos de escritura, leer se ha convertido en otra función vital, una actividad automática, casi física, y el libro, que ponen en nuestras manos el primer día de escuela, se percibe como algo natural, algo que nos acompaña siempre, que forma parte de nuestro entorno, y por eso la mayoría de las veces lo abrimos con la misma indiferencia, con la misma desgana con la que cogemos nuestra chaqueta, nuestros guantes, un cigarrillo o cualquier otro objeto de consumo de los que se producen en serie para las masas. Cualquier artículo, por valioso que sea, se trata con desdén cuando puede conseguirse con facilidad, y sólo en los instantes más creativos de nuestra vida, cuando reflexionamos, cuando nos volcamos en la contemplación interior, conseguimos que lo que ha llegado a ser común y corriente vuelva a resultar asombroso. En esos raros momentos de reflexión lo miramos con respeto y somos conscientes de la magia que insufla a nuestra alma, de la fuerza que proyecta sobre nuestra vida, de la importancia que hoy, en el siglo XX, tiene el libro, hasta el punto de no poder imaginar nuestro mundo interior sin el milagro de su existencia.

Traducción de Roberto Bravo de la Varga

Encuentros con libros (1937)
Stefan Zweig 

El libro como acceso al mundo

Georg Friedrich Kersting. El lector elegante.

Del mismo modo que no somos conscientes del oxígeno que introducimos en nuestro organismo cada vez que respiramos ni de los misteriosos procesos químicos con los que nuestra sangre aprovecha este invisible alimento, tampoco advertimos la materia espiritual que absorben nuestros ojos y que nutre (o debilita) nuestro intelecto continuamente. Para nosotros, hijos y nietos de siglos de escritura, leer se ha convertido en otra función vital, una actividad automática, casi física, y el libro, que ponen en nuestras manos el primer día de escuela, se percibe como algo natural, algo que nos acompaña siempre, que forma parte de nuestro entorno, y por eso la mayoría de las veces lo abrimos con la misma indiferencia, con la misma desgana con la que cogemos nuestra chaqueta, nuestros guantes, un cigarrillo o cualquier otro objeto de consumo de los que se producen en serie para las masas. Cualquier artículo, por valioso que sea, se trata con desdén cuando puede conseguirse con facilidad, y sólo en los instantes más creativos de nuestra vida, cuando reflexionamos, cuando nos volcamos en la contemplación interior, conseguimos que lo que ha llegado a ser común y corriente vuelva a resultar asombroso. En esos raros momentos de reflexión lo miramos con respeto y somos conscientes de la magia que insufla a nuestra alma, de la fuerza que proyecta sobre nuestra vida, de la importancia que hoy, en el siglo XX, tiene el libro, hasta el punto de no poder imaginar nuestro mundo interior sin el milagro de su existencia.

Traducción de Roberto Bravo de la Varga

Encuentros con libros (1937)
Stefan Zweig 

miércoles, 3 de enero de 2018

Novela de ajedrez

Mikica Mitrovic. Los jugadores de ajedrez.

Al cabo de tres días empezó a fastidiarme realmente que sus tácticas de evasión fuesen más hábiles que mi voluntad de abordarlo. Nunca en mi vida había tenido la oportunidad de conocer personalmente a un campeón de ajedrez, y ahora, cuanto más me esforzaba por plasmar tal tipo de personaje, más inverosímil se me antojaba una actividad mental que durante una vida entera no hiciera otra cosa que girar en torno a un espacio de sesenta y cuatro casillas blancas y negras. Conocía desde luego, por propia experiencia, el misterioso poder de atracción del «juego de reyes», de ese juego entre los juegos, el único entre los ideados por el hombre que escapa soberanamente a cualquier tiranía del azar, y otorga los laureles de la victoria exclusivamente al espíritu, o mejor aún, a una forma muy característica de agudeza mental. ¿Pero no es ya el solo hecho de tildarlo de juego una degradación insultante? ¿No es acaso también una ciencia, un arte que gravita entre estas diferentes categorías como entre el cielo y la tierra el ataúd de Mahoma? ¿No es por azar un vínculo único entre todos los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo; mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan sólo por obra de la fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones; en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin sustancia, y aún así más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu. ¿Dónde empieza, dónde acaba?

Traducción de Manuel Lobo

Novela de ajedrez (1941)
Stefan Zweig

Novela de ajedrez

Mikica Mitrovic. Los jugadores de ajedrez.

Al cabo de tres días empezó a fastidiarme realmente que sus tácticas de evasión fuesen más hábiles que mi voluntad de abordarlo. Nunca en mi vida había tenido la oportunidad de conocer personalmente a un campeón de ajedrez, y ahora, cuanto más me esforzaba por plasmar tal tipo de personaje, más inverosímil se me antojaba una actividad mental que durante una vida entera no hiciera otra cosa que girar en torno a un espacio de sesenta y cuatro casillas blancas y negras. Conocía desde luego, por propia experiencia, el misterioso poder de atracción del «juego de reyes», de ese juego entre los juegos, el único entre los ideados por el hombre que escapa soberanamente a cualquier tiranía del azar, y otorga los laureles de la victoria exclusivamente al espíritu, o mejor aún, a una forma muy característica de agudeza mental. ¿Pero no es ya el solo hecho de tildarlo de juego una degradación insultante? ¿No es acaso también una ciencia, un arte que gravita entre estas diferentes categorías como entre el cielo y la tierra el ataúd de Mahoma? ¿No es por azar un vínculo único entre todos los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo; mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan sólo por obra de la fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones; en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin sustancia, y aún así más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu. ¿Dónde empieza, dónde acaba?

Traducción de Manuel Lobo

Novela de ajedrez (1941)
Stefan Zweig

domingo, 27 de mayo de 2012

Montaigne

Julio Cobo. Libros con paño.

Cuando Michel de Montaigne hereda la casa, encuentra una torre redonda, alta y sólida, que su padre había dispuesto, según parece, con fines defensivos. En la oscuridad de la planta baja había una pequeña capilla, en la cual un fresco medio borrado representaba a San Miguel abatiendo al dragón. Una angosta escalera de caracol conducía a una habitación redonda del primer piso, que, por su aislamiento, escogió Montaigne para su alcoba. Sin embargo, para él el lugar más importante de la casa estará en el piso de encima, una especie de cuarto trastero, hasta entonces "el espacio más inútil de todo el edificio". Decidió convertirlo en un lugar de meditación. Desde aquella habitación tenía vistas a su casa y a sus campos. Cuando la curiosidad le incitaba, podía ver lo que ocurría y vigilarlo todo. Pero nadie podía vigilarle a él y nadie le podía molestar en aquél su retiro. El espacio era lo bastante amplio como para poder pasear por él, ya que Montaigne confiesa que sólo podía pensar a gusto estando en movimiento. Allí hizo instalar la biblioteca que había heredado de La Boétie, y la suya propia. Las vigas del techo las decoró con cincuenta y cuatro máximas latinas, de modo que cuando descansaba o levantaba la vista siempre se tropezaba con alguna palabra sabia o inquietante. Sólo la última, la 54, estaba en francés y decía: Que sais- je? "¿Qué sé yo?".

"Saber que puedo alegrarme con ellos cuando me plazca hace que me sienta satisfecho con su posesión. Nunca voy de viaje sin libros, ni en tiempos de guerra ni en tiempos de paz. Pero a menudo pasan días, y aun meses, sin echarles un vistazo. Con el tiempo ya lo leeré, me digo a mí mismo, o mañana, o cuando me venga bien... ".

Traducción de Claudio Gancho.

El legado de Europa
Stefan Zweig

jueves, 24 de marzo de 2011

Magallanes

Stefan Zweig. Magallanes. Cubierta de Eduardo Ruiz.

A través de aquel estrecho de aguas más calmadas, llegaron a una segunda bahía que se estrechaba en un sitio para ensancharse en otro. Tres días duraba el viaje, sin hallar el fin de aquel singular estrecho. Sin embargo, el imponente camino de agua de ningún modo podía ser un río. El agua era salada en toda su extensión, y con regularidad y ritmo aparecían las mareas alta y baja. No era una corriente, como el Plata, que se estrechara agua arriba de la desembocadura; antes al contrario, ancha y con caracteres oceánicos, la superficie se extendía en aquel piélago singular con profundidad constante. Era más que probable que aquel fiordo, aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur, cuyas orillas divisara hacía pocos años, desde las alturas de Panamá, el primer europeo, Núñez de Balboa.
En todo un año no había recibido Magallanes, el hombre tantas veces puesto a prueba, una noticia más satisfactoria. Ya se puede suponer cómo iluminaría, de súbito, su alma sombría y acongojada. En su fuero interno desesperaba ya y había previsto la vuelta por el Cabo de Buena Esperanza. Nadie sabe qué secretos votos y oraciones debió de elevar de rodillas a Dios y sus santos. Y ahora que su fe vacilaba, la ilusión empieza a ser verdad, y el sueño a realizarse. Es cuestión de no vacilar un solo instante, ¡Arriba las áncoras! ¡A desplegar velas! Una última salva en homenaje al emperador y una plegaria al Almirante de todos. Y en seguida, adelante a través de aquel laberinto. Si encuentra en aquellas aguas aquerónticas un camino que salga al otro mar, él será el primero que habrá dado con la ruta alrededor del mundo. Con sus cuatro barcos emprende Magallanes animosamente la navegación de aquel canal, que en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de Canal de Todos los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.

Traducción de Editorial Juventud

Magallanes
Stefan Zweig

lunes, 5 de enero de 2009

Balzac

E. Thomas. Honoré de Balzac
Un viaje a Wierzchownia en la época de Balzac era una aventura. Con razón podía decir:
"Recorrí un cuarto del contorno de la tierra. Si hubiese viajado otro tanto, me encontraría más allá del Himalaya".
En aquel tiempo, una persona que viajara normalmente necesitaría por lo menos dos semanas. Balzac, que hasta en el viajar tiene la ambición de llevar a cabo lo que es insólito, hace el trayecto de una tirada, sin parar. Con sólo ocho días de viaje llega a su destino y aparece inesperadamente en casa de sus amigos. Se ha anticipado diez días a la carta que tenía que anunciar su llegada.
Su primera impresión es un éxtasis. Todo entusiasma siempre con rapidez el alma fácilmente inflamable de Balzac, pero nada puede embriagarlo tanto como la riqueza. Wierzchownia es rica en verdad. Tan sólo ahora ve, con sus propios ojos, qué proporciones asume la señorial vida de sus amigos. El castillo, con sus enormes filas de aposentos, es una especie de Louvre. La propiedad no es una propiedad cualquiera; tiene casi el tamaño de un departamento de Francia. Balzac admira el suelo fecundo de Ucrania, que produce cereales sin que nunca haya sido abonado, las extensas florestas que pertenecen a la propiedad de los Hanski y la multitud de criados. Y el Balzac reaccionario observa con placer que los criados:
"... realmente , se echan de bruces al suelo, delante de una persona, dan con la frente tres veces en tierra y le besan los pies. Sólo en Oriente se sabe lo que es verdadera sumisión. Sólo allí la palabra "poder" significa alguna cosa".
La vida allí es pródiga como la Naturaleza; allí se vive con la grandeza que Balzac ambicionaba. En este castillo Balzac se encuentra a gusto

Balzac
Stefan Zweig