Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Anderson Imbert. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Anderson Imbert. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de abril de 2020

El prisionero

Ilustración de Harry Barton.

Cuando a Luis Augusto Bianqui le metieron de un empujón en una celda tardó varios días en advertir que podía disolverse en el aire, escapar como una exhalación por el tragaluz, reasumir al otro lado su forma corporal, andar por las calles y vivir la vida de siempre. Había un solo inconveniente: cada vez que un guardia se acercaba a la celda para inspeccionarla, Bianqui, estuviera donde estuviese, tenía que dejarlo todo y, en un relámpago, regresar y rehacer su figura de prisionero. ¡Cosas de la conciencia! Si los carceleros se distraían, la libertad de Bianqui se actualizaba. Estudió el horario de la ronda de guardias a fin de pasear por la ciudad solamente entre horas más o menos seguras, sin miedo de ser interrumpido. Trasnochaba. Pero, aun así, en la cárcel solían disponerse vigilancias inesperadas. Más de una vez había sentido el tirón desde la celda y tuvo que desvanecerse en los brazos de una mujer. Demasiado incómodo. Poco a poco fue renunciando a su poder de evaporarse y al cabo de un tiempo no se fugó más.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

El prisionero

Ilustración de Harry Barton.

Cuando a Luis Augusto Bianqui le metieron de un empujón en una celda tardó varios días en advertir que podía disolverse en el aire, escapar como una exhalación por el tragaluz, reasumir al otro lado su forma corporal, andar por las calles y vivir la vida de siempre. Había un solo inconveniente: cada vez que un guardia se acercaba a la celda para inspeccionarla, Bianqui, estuviera donde estuviese, tenía que dejarlo todo y, en un relámpago, regresar y rehacer su figura de prisionero. ¡Cosas de la conciencia! Si los carceleros se distraían, la libertad de Bianqui se actualizaba. Estudió el horario de la ronda de guardias a fin de pasear por la ciudad solamente entre horas más o menos seguras, sin miedo de ser interrumpido. Trasnochaba. Pero, aun así, en la cárcel solían disponerse vigilancias inesperadas. Más de una vez había sentido el tirón desde la celda y tuvo que desvanecerse en los brazos de una mujer. Demasiado incómodo. Poco a poco fue renunciando a su poder de evaporarse y al cabo de un tiempo no se fugó más.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

martes, 19 de noviembre de 2019

Paraíso

Enrique Anderson Imbert. El gato de Cheshire.


En un convento a orillas del río Gihón vivían tres monjes que eran grandes amigos de Dios: Teófilo, Sergio e Higinio. Un día se estaban bañando y vieron flotar en la corriente una rama de árbol, espléndidamente florida. Decidieron remontar aguas arriba hasta llegar al lugar sagrado de donde la rama debía proceder. Llegaron así al Paraíso y un ángel abrió la puerta. Se sintieron tan arrobados ante lo que veían que pidieron que les dejaran visitar esa maravilla, siquiera durante una semana.
—¡Cómo! ¿Qué queréis quedaros siete días? ¡Si ya lleváis aquí setecientos años! Cuando regreséis a la tierra todo habrá cambiado: nuevas ciudades, nuevas leyes, nuevos príncipes, nuevo lenguaje. Si queréis daros a conocer todo lo que tendréis que hacer es explicar a quienes os lo pregunten que sois los mismos monjes sobre los que Godofredo de Viterbo está escribiendo en este mismo momento, como cosa que ocurrió hace siete siglos.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

Paraíso

Enrique Anderson Imbert. El gato de Cheshire.


En un convento a orillas del río Gihón vivían tres monjes que eran grandes amigos de Dios: Teófilo, Sergio e Higinio. Un día se estaban bañando y vieron flotar en la corriente una rama de árbol, espléndidamente florida. Decidieron remontar aguas arriba hasta llegar al lugar sagrado de donde la rama debía proceder. Llegaron así al Paraíso y un ángel abrió la puerta. Se sintieron tan arrobados ante lo que veían que pidieron que les dejaran visitar esa maravilla, siquiera durante una semana.
—¡Cómo! ¿Qué queréis quedaros siete días? ¡Si ya lleváis aquí setecientos años! Cuando regreséis a la tierra todo habrá cambiado: nuevas ciudades, nuevas leyes, nuevos príncipes, nuevo lenguaje. Si queréis daros a conocer todo lo que tendréis que hacer es explicar a quienes os lo pregunten que sois los mismos monjes sobre los que Godofredo de Viterbo está escribiendo en este mismo momento, como cosa que ocurrió hace siete siglos.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Tántalo

Tántalo. Ilustración de Tableaux du temple des muses. (Wikimedia Commons).

Tántalo

Durante mucho tiempo sufrió Tántalo sus crueles tormentos. Tenía sed y no conseguía beber: en cuanto bajaba la cabeza la tierra absorbía las aguas del lago. Tenía hambre y no conseguía comer: en cuanto estiraba los brazos un viento se llevaba los frutos de los árboles. Al fin tántalo comprendió la inutilidad de todo esfuerzo. Ni bajó la cabeza ni estiró los brazos. Entonces, ya sin las intervenciones de Tántalo, el lago se desbordó e inundó la ciudad y los árboles se enviciaron y quedaron estériles.
Ahora los hombres decían, con rencor:
—Tántalo no debería resignarse a su sed y a su hambre. ¿Por qué no hace algo? Que baje la cabeza y beba, que estire los brazos y coma.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

Tántalo

Tántalo. Ilustración de Tableaux du temple des muses. (Wikimedia Commons).

Tántalo

Durante mucho tiempo sufrió Tántalo sus crueles tormentos. Tenía sed y no conseguía beber: en cuanto bajaba la cabeza la tierra absorbía las aguas del lago. Tenía hambre y no conseguía comer: en cuanto estiraba los brazos un viento se llevaba los frutos de los árboles. Al fin tántalo comprendió la inutilidad de todo esfuerzo. Ni bajó la cabeza ni estiró los brazos. Entonces, ya sin las intervenciones de Tántalo, el lago se desbordó e inundó la ciudad y los árboles se enviciaron y quedaron estériles.
Ahora los hombres decían, con rencor:
—Tántalo no debería resignarse a su sed y a su hambre. ¿Por qué no hace algo? Que baje la cabeza y beba, que estire los brazos y coma.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

sábado, 24 de marzo de 2018

Alas

Enrique Anderson Imbert. El grimorio.

Yo ejercía entonces la medicina en Hamauaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté: —¿Por qué no volaste, m'hijo, al sentirte caer? —¿Volar? —me dijo— ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

El grimorio (1961)
Enrique Anderson Imbert

Alas

Enrique Anderson Imbert. El grimorio.

Yo ejercía entonces la medicina en Hamauaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté: —¿Por qué no volaste, m'hijo, al sentirte caer? —¿Volar? —me dijo— ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

El grimorio (1961)
Enrique Anderson Imbert

domingo, 26 de febrero de 2017

Atlas

Boris Vallejo. Atlas.

Atlas estaba parado, con las piernas bien abiertas, cargando el mundo sobre sus hombros. Hiperión le preguntó:
—Supongo, Atlas, que te pesará más cada vez que cae un aerolito y se clava en la tierra.
—Exactamente —contestó Atlas—. Y por el contrario, a veces me siento aliviado cuando un pájaro levanta vuelo.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

miércoles, 12 de marzo de 2014

Tabú

Enrique Anderson Imbert. Las pruebas del caos.

El ángel de la guarda le susurró a Fabián, por detrás del hombro.
-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
.¿Zangolotino? -pregunta Fabián, azorado.
Y muere.

Las pruebas del caos  (1946)
Enrique Anderson Imbert (1910 - 2000)

miércoles, 5 de junio de 2013

Espiral

Enrique Anderson Imbert. El gato de Cheshire.

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo uno de los dos era falaz. "¿Quién sueña a quién?", exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

viernes, 17 de mayo de 2013

El cuchillo

Cuchillo Santoku del Japón. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Hoy, al revolver el baúl del desván, mis manos tropezaron otra vez con el cuchillo. Es viejo. Lo he visto infinidad de veces, desde mi infancia. Según me dijeron, vino de Japón, junto con otras cosas que dejó mi abuelo al suicidarse. Ya no sirve para nada, y me pregunto si alguna vez sirvió para algo: más bien parece un cuchillo de puro adorno o vaya uno a saber para qué fútil ceremonia. A mí no me sirve ni como cortapapeles, pues la hoja es demasiada larga y en curva. ¿Para qué lo conservo? La verdad es que no soy yo quien lo conserva: él se conserva solo. Simplemente está ahí, se queda ahí. Y hoy, al tropezar con él, he pensado en arrojarlo. Pero, ¡qué resistencia! No lo puedo poner de patitas en la calle. Se prende a mi vida, con fuerza. Se quedará conmigo, ya lo veo, hasta el final. Donde voy, va él, entre los muebles de la mudanza. Por lo visto no tiene otro sitio adonde ir y permanece a mi lado. No nos decimos nada. Sólo tenemos de común el tiempo que pasamos juntos. Inútil: inútil mi voluntad de arrojar el cuchillo a la basura. ¿Qué querrá? Empiezo a preocuparme. Al empuñarlo me tira de la manoy su hoja me toca el vientre

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Las estatuas

Carel Willink. Fantasía.

En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la señorita fundadora.

El gato de Cheshire (1965)
Enrique Anderson Imbert