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lunes, 18 de noviembre de 2024

El negro del Narcissus

Joseph Conrad. El negro del Narcissus.

Prefacio

En ocasiones, descansando a la sombra de un árbol en el borde de un camino, observamos la actividad de un campesino en un campo lejano y al cabo de un rato empezamos a preguntarnos lánguidamente qué es lo que hace. Contemplamos los movimientos de su cuerpo, los ademanes de sus brazos, lo vemos encorvarse, erguirse, vacilar, recomenzar. El encanto de un rato ocioso puede acrecentarse si se nos informa del propósito de sus esfuerzos. Si sabemos que aquel hombre trata de levantar una piedra, cavar una zanja, desarraigar un tocón, observamos con más interés real sus esfuerzos; nos sentimos dispuestos a consentir la alteración que con su agitación produce en la calma del paisaje; y aun, si nos embarga un sentimiento fraternal, podemos llegar a perdonarle su fracaso. Comprendimos su propósito, y, pensándolo bien, el hombre lo intentó y tal vez no tuvo fuerza suficiente, y quizá le faltó el conocimiento requerido. Perdonamos, seguimos nuestro camino... y olvidamos.

Traducción de Fernando Jadraque

El negro del Narcissus
Joseph Conrad 

sábado, 4 de abril de 2020

Azar

Joseph Conrad. Azar.

Capítulo 2

Era una de esas noches claras, de cielo estrellado, y con abundante rocío en los prados, que oprimía nuestros espíritus y aplastaba nuestro orgullo mediante la luminosa y concluyente prueba de la espantosa soledad, de la desesperada y oscura insignificancia de nuestro planeta, perdido en medio de la espléndida revelación de un universo reverberante de luz y carente de alma. Aborrezco de esos cielos. La luz del día es bondadosa con el hombre que faena bajo un sol que le caldea el ánimo; las noches suaves y nubladas son más afables para con nuestra pequeñez.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

Azar (1913)
Joseph Conrad

Azar

Joseph Conrad. Azar.

Capítulo 2

Era una de esas noches claras, de cielo estrellado, y con abundante rocío en los prados, que oprimía nuestros espíritus y aplastaba nuestro orgullo mediante la luminosa y concluyente prueba de la espantosa soledad, de la desesperada y oscura insignificancia de nuestro planeta, perdido en medio de la espléndida revelación de un universo reverberante de luz y carente de alma. Aborrezco de esos cielos. La luz del día es bondadosa con el hombre que faena bajo un sol que le caldea el ánimo; las noches suaves y nubladas son más afables para con nuestra pequeñez.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

Azar (1913)
Joseph Conrad

domingo, 12 de enero de 2020

La línea de sombra

Joseph Conrad. La línea de sombra.

Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptanto tales como se presentan la buena suerte y la mala —los puntapiés y las perras chicas, como reza el adagio—, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí: caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.

Traducción de Ricardo Baeza

La línea de sombra (1917)
Joseph Conrad

La línea de sombra

Joseph Conrad. La línea de sombra.

Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptanto tales como se presentan la buena suerte y la mala —los puntapiés y las perras chicas, como reza el adagio—, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí: caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.

Traducción de Ricardo Baeza

La línea de sombra (1917)
Joseph Conrad

miércoles, 29 de febrero de 2012

Retrasados y desaparecidos

Montague Dawson. Crepúsculo.

A menudo recorro con melancólica ansiedad el espacio reservado en los periódicos a la sección que lleva por título general "Información Marítima". Allí encuentro los nombres de barcos que he conocido. Cada años desaparecen algunos de estos nombres: los nombres de viejos amigos. "Tempi ¡passati!".
Los diferentes apartados de esa clase de noticias van dispuestos en un orden que apenas si varía en sus concisos titulares. Y en primer lugar viene "Comunicados", informes de barcos que han sido avistados y con los que se han cruzado señales en el mar: se indica nombre, puerto, procedencia, destino, días de travesía, y con frecuencia se termina con las palabras "Todo bien a bordo". A continuación vienen "Naufragios y Accidentes", una serie de sueltos más bien larga, a menos que el tiempo haya sido bueno y despejado, y propicio a los barcos por todo el globo.
Algunos días aparece el epígrafe "Retrasados", una ominosa amenaza de pérdida y dolor temblando aún en la balanza del destino. Para un marino hay ya algo de siniestro en la misma agrupación de las letras que forman esta palabra, clara en su significado y que rara vez amenaza en vano.
Sólo unos pocos días más tarde -pavorosamente pocos para los corazones que ya se habían aprestado valerosamente a agarrarse al clavo ardiendo de la espera y de la esperanza-, tres semanas, un mes después tal vez, el nombre de los barcos emponzoñados por el epígrafe de "Retrasados" volverá a aparecer en la columna de "Información Marítima", pero bajo la declaración final de "Desaparecidos".

Traducción de Javier Marías

El espejo del mar
Joseph Conrad

viernes, 26 de marzo de 2010

El espejo del mar

Pachi. Galeón inglés.

El mar -ésta es una verdad que debe reconocerse- carece de toda generosidad. No se sabe de ningún alarde de cualidades viriles -valor, audacia, entereza, fidelidad- que haya conmovido jamás su irresponsable conciencia de poder. El océano tiene el temperamento falto de escrúpulos de un autócrata salvaje malcriado por la mucha adulación. No puede soportar el menor asomo de desafío, y no ha dejado de ser el enemigo irreconciliable de barcos y hombres desde que los barcos y los hombres tuvieron la inaudita osadía de echarse a navegar juntos pese a su ceño. Desde ese día no ha cesado de engullir flotas y hombres sin que su resentimiento se haya visto saciado por el número de víctimas, por tantos barcos naufragados y tantas vidas truncadas. Hoy, como siempre, está presto a seducir y traicionar, a destruir y a ahogar el incorregible optimismo de los hombres que, respaldados por la fidelidad de los barcos, intentan extraer de él la fortuna de sus casas, el dominio de sus mundos, o tan sólo una migajas de comida para aplacar su hambre. Si no siempre está de humor tan encendido como para destruir, sí está siempre, celadamente, listo para ahogar. El más asombroso prodigio de todo el piélago es su insondable crueldad.

Traducción de Javier Marías

El espejo del mar
Joseph Conrad

domingo, 31 de enero de 2010

Un tifón

Joseph Conrad. Un tifón. Ediciones G.P. 1958. Cubierta de Chaco.
Hacía el "Nan-Shan" la travesía desde el sur al puerto de Fu-chau, con algo de cargamento en las bodegas y doscientos coolíes que regresaban a sus casas pueblerinas de la provincia de Fo-kien, después de trabajar durante algunos años en varias colonias tropicales. Hermosa era la mañana: el mar oleoso alzábase como en rítmicos latidos sin producir ni una chispa de agua y en el cielo aparecía blanca mancha nebulosa como si fuera aureola del sol. La parte de proa de la cubierta hallábase llena de chinos, en apretada masa; llena de oscuros ropajes, rostros amarillos y largas coletas, destacándose, de cuando en cuando, bastantes hombres desnudos, pues no soplaba el viento y el calor era sofocante. Los coolíes, haraganeando, charlaban, fumaban o se entretenían mirando junto al barandal; algunos, recogiendo agua desde los costados del barco, inundaban con ella a otros, que les correspondían de igual modo; unos pocos dormían sobre los cuarteles, mientras que varios grupos, de media docena cada uno, permanecían sentados sobre los talones, formando corro en torno de bandejas de hierro que contenían platos de arroz y tacillas de té; y era de notar que cada hijo del Celeste Imperio llevaba consigo cuanto poseía en el mundo...; un cofre de madera con cerradura sonadora y refuerzos de cobre en los ángulos, cofre que contenía todos sus ahorros reunidos a fuerza de trabajo; algunos trajes de vestir; barritas de incienso; acaso un poco de opio; mil cosillas sin nombre, de valor puramente convencional, y un pequeño repuesto oculto de dólares en plata, afanoso producto de alijos de carbón, ganancias procedentes de casas de juego o de tráficos más o menos ruines, dinero arrancado a azadonazos de la tierra, adquirido a fuerza de sudores en las minas, en los trabajos de las líneas férreas, en mortíferos y selváticos lugares, cargando enormes pesos..., tesoro amasado pacientemente, guardado cuidadosamente, querido con pasión.

Un tifón
Joseph Conrad

domingo, 20 de septiembre de 2009

El hermano de la costa

Ulises: Uno de los autores del blog (Foto. Cortesía de Gavilán)
Después de haber entrado al romper el día en aguas del puerto de Tolón, y tras ponerse a voz con uno de los prácticos de la flota que acudió para indicarle el sitio donde debía fondear, el cabo de Cañón de la Armada, Peyrol, largó el ancla del maltratado buque que traía a su cargo, entre el arsenal y la ciudad, enfrente del muelle principal. El curso de su vida, que cualquiera hubiese juzgado llena de maravillosos incidentes (de los que sólo él no se sentía maravillado), le había hecho impasible a tal extremo, que ni siquiera exhaló un suspiro de alivio al oír el chirrido de la cadena del áncora.

El hermano de la costa
Joseph Conrad

sábado, 6 de septiembre de 2008

El espejo del mar

Yapeyú
El tenebroso y tremebundo mar de las andanzas del astuto Ulises, agitado por la cólera de los dioses olímpicos, que albergaba en sus islas las furias de extraños monstruos y los ardides de extrañas mujeres; la ruta de los héroes y los sabios, de los guerreros, los piratas y los santos; el mar cotidiano de los mercaderes cartagineses y el lago de recreo de los césares romanos, reclama para sí la veneración de todo marino en tanto que patria histórica de ese espíritu de abierto desafío a los grandes mares de la tierra que es el alma misma de su vocación. Saliendo de allí rumbo al oeste y al sur como abandona un joven el abrigo del hogar paterno, este espíritu halló el camino hacia las Indias, descubrió las costas de un nuevo continente, y atravesó, por último, la inmensidad del gran Pacífico, rico en agrupaciones de islas remotas y misteriosas como las constelaciones del firmamento.

Traducción de Javier Marías
El espejo del mar
Joseph Conrad

miércoles, 9 de julio de 2008

Recuerdos e impresiones

Los chaparrones arrecian. Precediendo acada aguacero, una misteriosa penumbra, como el paso de una sombra por encima del firmamento de nubes grises, se filtra el barco. De vez en cuando la lluvia le cae a uno a chorros sobre su cabeza, como si resbalara desde canalones. Parece como si el barco fuera a ahogarse antes de hundirse, como si la atmósfera toda se hubiera covertido en agua.

"Recuerdos e impresiones"

Joseph Conrad

miércoles, 25 de junio de 2008

La soga al cuello

La ruta habitual del Sofala, ida y vuelta, lo obligaba a cruzar unas cuantas millas de esta zona plagada de arrecifes. El barco avanzaba por una ancha calle de agua, dejando atrás, una por una, esas migajas de corteza terrestre, dispersas sobre un peligroso fondo de roca y de bancos de arena. Algunos de esos fragmentos de tierra no eran más grandes que un barco encallado; otros, muy chatos, barridos por las olas, parecían enormes balsas de piedra negra; algunos eran redondos y boscosos, con una cúpula de follaje verde que se estremecía ominosamente bajo las ráfagas de viento, en la estación lluviosa. Tormentas eléctricas azotaban con frecuencia ese archipiélago, que se volvía aún más sombrío bajo la luz de los relámpagos y más silencioso e impenetrable con el estrépito de los truenos. Sus formas borrosas se desvanecían cuando arreciaba la lluvia y volvían a dibujarse luego, negras y vívidas en la luz grisácea de un cielo nublado. Invulnerables a los cambios del mundo, ahí estaban, intactas, desde el día en que ojos occidentales las vieran, por primera vez, desde la empinada proa de una carabela, cuatrocientos años atrás.
La soga al cuello
Joseph Conrad

miércoles, 11 de junio de 2008

El corazón de las tinieblas

Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pesado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas..., en alguna parte..., lejos de todo, tal vez en otra existencia.
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad

martes, 15 de abril de 2008

El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad
El estuario del Támesis se prolongaba ante nosotros como el comienzo de un interminable camino de agua.El día terminaba en una serenidad de tranquilo y sereno fulgor.¡Qué grandezas no habían flotado sobre la corriente de este río en su ruta al misterio de tierras desconocidas!
Debo decir que de muchacho sentía pasión por los mapas.Podía pasar horas enteras reclinado sobre Sudamérica, África o Australia, y perderme en los proyectos gloriosos de la exploración. En aquella época había en la tierra muchos espacios en blanco, y cuando veía uno en un mapa que me resultaba especialmente atractivo (aunque todos lo eran), solía poner un dedo encima y decir: Cuando crezca iré aquí.
Observar una costa que se desliza ante un barco equivale a pensar en un enigma. Está allí ante uno, sonriente, torva, atractiva, raquítica, insípida o salvaje, muda siempre, con el aire de murmurar: "Ven y me descubrirás".
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad

martes, 12 de febrero de 2008

El espejo del mar

Dichoso aquel que, como Ulises, ha hecho un viaje aventurero; y para viajes aventureros no hay como el Mediterráneo, el mar interior que los antiguos encontraban tan inmenso y tan lleno de prodigios. Y, en efecto, era terrrible y maravilloso; pues no somos sino nosotros mismos, regidos por la audacia de nuestras mentes y los estremecimientos de nuestros corazones, los artesanos únicos de cuanto portentoso y novelesco hay en el mundo.
Era a los marineros mediterráneos a quienes sirenas de rubias cabelleras cantaban entre las negras rocas efervescentes de blanca espuma, y a quienes voces misteriosas hablaban en la oscuridad sobre las movedizas olas: voces amenazadoras, seductoras o profecticas, como aquella voz oída en los albores de la era cristiana por el patrón de una nave africana en el Golfo de Sirte, cuyas noches serenas se llenan de extraños murmullos y revolantes sombras. Lo llamó por su nombre, ordenándole que fuera a decir a todos los hombres que el gran dios Pan había muerto. Pero la gran leyenda del Mediterráneo, la leyenda de los cantos tradicionales y la transcendental historia, vive, fascinante e inmortal, en nuestras almas.

Traducción de Javier Marías

El espejo del mar
Joseph Conrad