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jueves, 27 de octubre de 2011

Expectación

Aaron Bohrodl. Iglesia en Luxemburgo.

No sabría decir por qué algunas cosas me producen
Una sensación de maravillas inexploradas por venir,
O de grietas en el muro del horizonte
Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.
Es una espectación vaga, sin aliento,
Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
O de aventuras salvajes, incorpóreas,
Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida
Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

Traducción de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt

Hongos de Yuggoth
Howard Phillips Lovecraft

domingo, 12 de diciembre de 2010

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe. Ilustración de Duncan Long.

Como la mayoría de los autores fantásticos, Poe destaca en los incidentes y en los amplios efectos narrativos, más que en el retrato de los personajes. Su protagonista típico es generalmente un caballero intelectual, oscuro, bien parecido, orgulloso, melancólico, sumamente sensible, caprichoso, introspectivo, solitario y a veces ligeramente loco, de rancio abolengo y posición acomodada; suele ser profundo conocedor de un extraño saber, oscuramente deseoso de penetrar en los secretos prohibidos del universo. Salvo su apellido altisonante, este personaje debe poco a la primitiva novela gótica, ya que no tiene nada del héroe soso ni del diabólico malvado de la aventura radcliffiana o ludovica. Indiretamente, empero, posee una especie de conexión genealógica, ya que sus cualidades sombrías, ambiciosas y antisociales recuerdan enormemente al típico héroe byroniano, quien a su vez es claro dencendiente de los Manfredos, Montonis y Ambrosios góticos. Sus caracteres peculiares parecen derivarse de la psicología del propio Poe, quien desde luego poseía en gran medida la depresión, la sensibilidad y la loca aspiración, la soledad y la caprichosa extravagancia que él atribuye a sus altivas y solitarias víctimas del Destino.

Traducción de Francisco Torres Oliver

El horror en la literatura
Howard Phillips Lovecraft

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Lord Dunsany

Simon Marsden. Torres Reculver, Kent, Inglaterra.

La clave de la obra de Dunsany es la belleza, más que el terror. Le encanta el verde vívido, las cúpulas de jade y cobre, el rubor delicado del crepúsculo en los minaretes de marfil de imposibles ciudades soñadas. El humor y la ironía están presentes a menudo, también, para conferir un suave cinismo y modificar lo que de otro modo tendría una ingenua intensidad. No obstante, como es inevitable en un maestro de la irrealidad triunfante, incluye alguna pincelada ocasional de pavor cósmico que encaja perfectamente con la auténtica tradición. A Dunsany le encanta hacer astuta y diestra alusión a seres monstruosos y a destinos increíbles, igual que en los cuentos de hadas. En The Book of Wonder nos habla de Hlo-Hlo, el gigantesco ídolo araña que no siempre se encuentra en su sitio; o de lo que la Esfinge temía en el bosque; de Slith, el ladrón que salta el borde del mundo cuando ve encenderse cierta luz y sabe quién la ha encendido; de los antropófagos gibelinos que habitan en una torre maligna y guardan un tesoro; de los gnoles que viven en la selva, a los que no conviene robar; de la Ciudad de Nunca Jamás, de los ojos que vigilan en los Pozos Infernales y de las entidades emparentadas con las tinieblas. En Cuentos de un soñador habla del misterio que llevó a todos los hombres de Rethmoora al desierto, de la inmensa puerta de Perdondaris, tallada de una sola pieza de marfil, y del viaje del pobre y viejo Bill, cuyo capitán maldijo a la tripulación, y visitó unas islas de aspecto repugnante, recién surgidas del mar, en las que había unas cabañas de baja techumbre de paja y ventanas oscuras y malignas.

Traducción de Francisco Torres Oliver

El horror en la literatura
Howard Phillips Lovecraft

jueves, 24 de septiembre de 2009

Él

Mattew Daniels. Muelle y ciudad de Nueva York.

Le vi una noche de insomnio, cuando paseaba desesperadamente, tratando de salvar mi alma y mis visiones. Mi traslado a Nueva York había sido una equivocación; porque al buscar el prodigio y la inspiración en los laberintos hormigueantes de calles antiguas que serpean interminablemente desde olvidados patios y plazas y muelles olvidados también, y en las torres ciclópeas y pináculos que se yerguen negros y babilónicos bajo lunas menguantes, no había encontrado sino una sensación de horror y de opresión que amenazaba con dominarme, paralizarme y aniquilarme.
El desencanto había sido gradual. Al llegar por primera vez a la ciudad, la vi en el crepúsculo desde un puente, majestuosa por encima de las aguas, sus increíbles cúspides y pirámides alzándose delicadamente, como flores, entre estanques de bruma violeta, para jugar con las nubes encendidas y los luceros de la tarde. Luego se encendió, ventana tras ventana, por encima de las trémulas corrientes donde había linternas que cabeceaban y se deslizaban, y unos cuernos profundos emitían sonidos espectrales, y ella misma se convirtió en un estrellado firmamento de sueños, saturada de mágica música, e identificándose con las maravillas de Carcassonne y Samarcanda y El Dorado, y con todas las ciudades gloriosas y místicas. Poco después me llevaron por esos rincones antiguos, tan caros a mi fantasía: estrechos, tortuosos callejones y pasadizos donde parapadeaban las fachadas de rojo ladrillo georgiano con sus buhardillas de cristales pequeños sobre portales con columnas que en otros tiempos vieron doradas sillas de mano y decoradas carrozas..., y al descubrir, en mi primer entusiasmo, todas estas cosas largo tiempo deseadas, creí haber alcanzado efectivamente los tesoros que con el tiempo harían de mí un poeta.

Traducción de Francisco Torres Oliver

La extraña casa de la niebla y otros relatos
Howard Phillips Lovecraft

martes, 25 de noviembre de 2008

La sombra sobre Innsmouth

Sidney H. Sime. Hunting the Moon

Nunca había oído hablar de Innsmouth hasta la víspera del día en que lo vi por primera y -hasta ahora- última vez. Celebraba mi mayoría de edad dando la vuelta a Nueva Inglaterra -turismo, antigüedades, interés genealógico-, y había planeado ir directamente desde el antiguo pueblo de Newburyport a Arkham, de donde provenía la familia de mi padre. No tenía coche y viajaba en tren, en trolebús o en coches de línea, buscando siempre el itinerario más barato. En Newburyport me dijeron que para ir a Arkham debía tomar el tren. Y fue en el despacho de billetes de la estación donde, al vacilar ante el elevado precio del billete, oí hablar por vez primera de Innsmouth. El empleado, hombre corpulento de rostro sagaz y un acento que no era de la región, consideró con simpatía mis esfuerzos por ahorrar y me sugirió una solución que hasta entonces nadie me había propuesto.
- Creo que podría coger el autobús viejo -dijo después de cierta vacilación-, aunque por aquí nadie suele cogerlo. Pasa por Innsmouth... Puede que haya oído usted hablar del pueblo ese... A la gente no le gusta. El conductor es de allí, un tal Joe Sargent, y nunca coge viajeros de aquí ni de Arkham. No me explico de qué vive esa empresa. El precio del billete debe ser bastante barato, pero nunca lleva más de dos o tres personas... y todas de Innsmouth. Sale de la Plaza, delante de la Droguería Hammond, a las diez de la mañana y a las siete de la tarde, a no ser que hayan cambiado el horario últimamente. Parece una cafetera rusa... Jamás me he metido dentro de ese trasto.
Esa fue la primera noticia del siniestro pueblo de Innsmouth.

La sombra sobre Innsmouth
Howard Phillips Lovecraft

miércoles, 2 de julio de 2008

Encerrado con los faraones

Finalmente, Abdul nos llevó por la Sharía Mohamed Alí a la antigua mezquita del sultán Hassan, y a la de Babel-Azad, flanqueada por torres, más allá de la cual el pasaje de empinadas paredes asciende hasta la poderosa ciudadela que el propio Saladino hizo construir con piedras de olvidadas pirámides. Atardecía ya cuando escalamos ese peñasco, dimos una vuelta alrededor de la mezquita de Mohamed Alí, y nos asomamos al vertiginoso antepecho, por encima de El Cairo místico..., místico y todo dorado, con sus cúpulas labradas, sus etéreos minaretes y sus jardines replandecientes.
Muy por encima de la ciudad se alzaba la gran cúpula romana de un nuevo museo; y más allá- al otro lado del Nilo enigmático y amarillo, padre de dinastías milenarias- acechaban las amenazadoras arenas del desierto de Libia, onduladas, iridiscentes, perversas, llenas de arcanos aún más antiguos.

Traducción de Francisco Torres Oliver
Encerrado con los faraones
Howard Phillips Lovecraft

jueves, 29 de mayo de 2008

El Horror de Dunwich y otros relatos

The Dunwich Horror and Others
Gorgons and Hydras, and Chimaeras—dire stories of Celaeno and the Harpies—may reproduce themselves in the brain of superstition—but they were there before. They are transcripts, types—the archetypes are in us, and eternal. How else should the recital of that which we know in a waking sense to be false come to affect us all? Is it that we naturally conceive terror from such objects, considered in their capacity of being able to inflict upon us bodily injury? O, least of all! These terrors are of older standing. They date beyond body—or without the body, they would have been the same… That the kind of fear here treated is purely spiritual—that it is strong in proportion as it is objectless on earth, that it predominates in the period of our sinless infancy—are difficulties the solution of which might afford some probable insight into our ante-mundane condition, and a peep at least into the shadowland of pre-existence.
—Charles Lamb: Witches and Other Night-Fears
I.
When a traveller in north central Massachusetts takes the wrong fork at the junction of Aylesbury pike just beyond Dean's Corners he comes upon a lonely and curious country.
The ground gets higher, and the brier-bordered stone walls press closer and closer against the ruts of the dusty, curving road. The trees of the frequent forest belts seem too large, and the wild weeds, brambles and grasses attain a luxuriance not often found in settled regions. At the same time the planted fields appear singularly few and barren; while the sparsely scattered houses wear a surprisingly uniform aspect of age, squalor, and dilapidation.
Without knowing why, one hesitates to ask directions from the gnarled solitary figures spied now and then on crumbling doorsteps or on the sloping, rock-strewn meadows. Those figures are so silent and furtive that one feels somehow confronted by forbidden things, with which it would be better to have nothing to do. When a rise in the road brings the mountains in view above the deep woods, the feeling of strange uneasiness is increased. The summits are too rounded and symmetrical to give a sense of comfort and naturalness, and sometimes the sky silhouettes with especial clearness the queer circles of tall stone pillars with which most of them are crowned.
Gorges and ravines of problematical depth intersect the way, and the crude wooden bridges always seem of dubious safety. When the road dips again there are stretches of marshland that one instinctively dislikes, and indeed almost fears at evening when unseen whippoorwills chatter and the fireflies come out in abnormal profusion to dance to the raucous, creepily insistent rhythms of stridently piping bull-frogs. The thin, shining line of the Miskatonic's upper reaches has an oddly serpent-like suggestion as it winds close to the feet of the domed hills among which it rises.
As the hills draw nearer, one heeds their wooded sides more than their stone-crowned tops. Those sides loom up so darkly and precipitously that one wishes they would keep their distance, but there is no road by which to escape them. Across a covered bridge one sees a small village huddled between the stream and the vertical slope of Round Mountain, and wonders at the cluster of rotting gambrel roofs bespeaking an earlier architectural period than that of the neighbouring region. It is not reassuring to see, on a closer glance, that most of the houses are deserted and falling to ruin, and that the broken-steepled church now harbours the one slovenly mercantile establishment of the hamlet. One dreads to trust the tenebrous tunnel of the bridge, yet there is no way to avoid it. Once across, it is hard to prevent the impression of a faint, malign odour about the village street, as of the massed mould and decay of centuries. It is always a relief to get clear of the place, and to follow the narrow road around the base of the hills and across the level country beyond till it rejoins the Aylesbury pike. Afterwards one sometimes learns that one has been through Dunwich.


El Horror de Dunwich y otros relatos
Las Gorgonas, las Hidras y las Quimeras, las historias terribles de Celeno y las Harpías, pueden reproducirse en el cerebro supersticioso, pero existieron antes. Son transcripciones, tipos, los arquetipos están en nosotros y son eternos. ¿De qué otro modo puede afectarnos a todos el relato de aquello que, despiertos, sabemos que es falso? ¿Acaso concebimos de modo natural el terror por tales objetos al considerarlos capaces de infligirnos daño físico? ¡En absoluto! Esos terrores vienen de antiguo. Vienen de tiempos anteriores al cuerpo, o son ajenos a nuestro cuerpo... Que el tipo de miedo del que hablamos aquí sea puramente espiritual, que su vigor sea proporcional a su falta de objeto sobre la Tierra, que predomine en el período de nuestra inocente infancia... son dificultades cuya solución puede estar en alguna probable percepción a nuestra condición anterior al nacimiento, y en una mirada a la tierra en sombras de la preexistencia.
(Charles Lamb, Brujas y otros terrores nocturnos).
I
CUANDO el que viaja por la zona norte del centro de Massachusetts toma la bifurcación equivocada en el cruce de la carretera Aylesbury, después de pasar Dean's Corners, llega a una región solitaria y extraña. El terreno sube y los muros de piedra coronados de maleza se van cerrando cada vez más sobre las polvorientas curvas del camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y la hierba, las zarzas y los pastos salvajes alcanzan un esplendor que no se encuentra a menudo en las regiones habitadas. Al mismo tiempo, los campos cultivados son escasos y áridos; mientras que las casas dispersas exhiben unaspecto sorprendentemente uniforme de vejez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno vacila en pedir instrucciones a las figuras solitarias y arrugadas que alcanza a ver aquí y allá en los umbrales ruinosos o en las empinadas y pedregosas laderas. Son personas tan silenciosas y furtivas que uno, de algún modo, se siente enfrentado a cosas prohibidas, cuyo contacto es mejor rehuir. La sensación de extraña inquietud aumenta cuando una cuesta del camino permite ver las montañas cerniéndose sobre los bosques. Las cúspides son demasiado redondeadas y simétricas como para dar una sensación cómoda y natural, y a veces el cielo recorta en silueta, con especial claridad, los curiosos círculos de altos pilares de piedra que coronan la mayoría de ellas.
Desfiladeros y barrancos de profundidad problemática obstaculizan el camino y los rústicos puentes de madera siempre parecen de dudosa seguridad. Cuando el camino vuelve a bajar hay terrenos pantanosos que uno rechaza por instinto y en realidad casi llega a temer en el crepúsculo, cuando se oye el parloteo de chotacabras invisibles y las luciérnagas salen en abundancia anormal para danzar al ritmo ronco, insistente hasta lo macabro, del estridente canto de los sapos. La línea delgada y brillante del curso superior del Miskatonic tiene un carácter serpentino mientras corre pegado a los pies de las colinas abovedadas entre las que nace.
Ya más cerca de las colinas, uno repara más en sus flancos cubiertos de bosque que en las cimas coronadas de rocas. Estos flancos se alzan tan oscuros y abruptos que uno desearía que mantuvieran la distancia, pero no existe camino que permita escapar de ellos. Al otro lado de un puente cubierto se ve una pequeña aldea acurrucada entre el río y la ladera vertical de Round Mountain; uno se maravilla al ver el apiñamiento de tejados a la holandesa deteriorados, que hablan de un período arquitectónico anterior al de la región colindante. Cuando se mira con mayor atención no resulta tranquilizador descubrir que la mayoría de las casas está abandonada y cayéndose a pedazos, y que la iglesia del campanario roto alberga ahora el único y sórdido establecimiento comercial de la aldea. Uno teme confiar en el túnel tenebroso del puente, aunque no hay modo de evitarlo. Una vez que se atraviesa resulta difícil no tener la impresión de que hay un tenue y maligno olor en la calle de la aldea, como de musgo y decadencia acumulados a lo largo de los siglos. Siempre es un alivio librarse de aquel sitio y avanzar por el estrecho camino que rodea la base de las colinas, y cruzar la llanura hasta reecontrar la carretera de Aylesbury. Después, a veces, uno se entera de que ha pasado por Dunwich.

El Horror de Dunwich y otros relatos
Howard Phillips Lovecraft

domingo, 27 de enero de 2008

El Necronomicón

Fuente imagen:cthulives.org

Historia del Necronomicón


El título original es Al Azif. Azif es la palabra utilizada por los árabes para designar los sonidos nocturnos (producidos por los insectos), que se supone son aullidos de los demonios.
Fue escrito por Abdul Alhazred, un poeta loco del Sanaa al Yemen, que se supone floreció en el período de los califas omeyas hacia el año 700. Visitó las ruinas de Babilonia y los subterráneos secretos de Menfis, y pasó diez años en soledad en el gran desierto del sur de Arabia -el Roba el Khaliyeh [Rub al-Jali], o "Espacio vacío" de los antiguos-, el desierto "Danha" o "Carmesí" de los árabes modernos, que se supone habitado por espíritus malignos y monstruos mortales. Se dicen muchas cosas maravillosas e increíbles de este desierto, transmitidas por quienes dicen haberlo recorrido. En los ùltimos años de su vida, Alhazred permaneció en Damasco, donde escribió el Necronomicon (Al Azif), y muchas cosas terribles y contradictorias se contaron sobre su muerte, acaecida en el año 738 de nuestra era. Ibn Khallikan (biográfo del siglo XII) contó que fue atrapado por un monstruo invisible a plena luz del día y devorado ante la presencia de un gran nùmero de testigos aterrorizados. Alhazred pretendía haber visitado la fabulosa Irem, o Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de un pueblo desértico sin nombre, los terribles anales secretos de una raza más antigua que la humanidad. Fue un musulmán indiferente, que rendía culto a entidades desconocidas a las que denominaba Yog-Sothoth y Cthulhu.
Hacia el año 950 el Azif, muy frecuentado -aunque en forma clandestina- entre los filósofos de la época, fue traducido en secreto al griego por Teodoro Philetas [o Filetas, segùn otras grafías] de Constantinopla con el título de Necronomicon. Durante un siglo su influencia provocó sucesos horripilantes, hasta que fue prohibido y quemado por el patriarca Miguel. A partir de ese momento, sólo quedan referencias escasas sobre su historia, pero Olaus Wormius (1228) lo tradujo al latín en la Edad Media, y este texto latino fue impreso dos veces: en el siglo XV con letras góticas (obviamente en Alemania) y luego en el siglo XVII (probablemente en España); ambas ediciones carecen de pie de imprenta o señales identificatorias, y han sido datadas sólo por la evidencia tipográfica. La obra, tanto la versión griega como la latina, fue condenada por el Papa Gregorio IX en 1232, poco después de su traducción al latín. El texto original árabe se perdió en la época de Wormius, tal como señala su nota introductoria, y nunca se vio la copia griega -impresa en Italia entre 1500 y 1550- desde que se incendió la biblioteca de un coleccionista particular de Salem en 1692. La traducción inglesa realizada por el Dr. Dee nunca se imprimió, y sobreviven sólo algunos fragmentos recuperados del manuscrito original. De los textos latinos queda uno del siglo XV, que se conserva en el British Museum bajo cerrojo y llave, mientras que otra copia, del siglo XVII, se custodia en la Bibliotheque Nationale en Paris. Hay una edición del siglo XVII en la Widener Library de Harvard y en la Biblioteca de la Miskatonic University en Arkham; y también en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Muchas otras copias circulan en secreto, y corre el rumor que una copia del siglo XV forma parte de la colección de un conocido millonario norteamericano. Un rumor más difuso aùn afirma que la familia Pickman de Salem conserva una copia del texto griego del siglo XVI, pero seguro que habrá desaparecido junto al artista R. U. Pickman, que murió en 1926. El libro está estrictamente prohibido por las autoridades de varios países y por todas las ramas eclesiásticas. Su lectura conlleva consecuencias terribles. Se cree que por los rumores que circulan sobre este libro (que pocos del pùblico en general conocen ) R. W. Chambers extrajo la idea de su novela El Rey de Amarillo.

Cronología
730 Al Azif es escrito en Damasco por Abdul Alhazred
950 Traducido al griego como Necronomicon por Teodoro Philetas
1050 Quemado por el Patriarca Miguel (i.e., el texto griego). Se pierde el texto árabe.
1228 Olaus Wormius lo traduce del griego al latín
1232 Edición latina y griega, prohibidas por el Papa Gregorio IX
14... Edición impresa en letras góticas (Alemania)
15... Texto griego impreso en Italia
16... Reimpresión española de la versión latina [probablemente en Toledo, 1647]


Carta a Clark Ashton Smith, 1927
Howard Phillips Lovecraft