Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Mujica Lainez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Mujica Lainez. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de abril de 2011

Con vidrio de aumento

Manuel Mujica Lainez, fotografiado por Aldo Sessa.

Cuando Archivaldo llegó al gran hotel del balneario de moda, los que allí se aburrían con elegancia se dedicaron a analizarlo. El primer día murmuraron: "Es un snob", porque usaba monóculo y hablaba en francés con el camarero catalán. El segundo día pensaron: "Es un artista", porque se detuvo diez minutos más de los reglamentarios mirando al mar. El tercero dijeron oficialmente: "Es un idiota", porque no sabía jugar al bridge.

¿El Ideal? En realidad, tanto se ha escrito sobre este tema, que queda bien poco que decir. Desde el venerable fakir, cuya suprema aspiración es pasarse los día enteros con los brazos en cruz, en muda contemplación, hasta el joven rubio de voz aflautada que cifra sus más altas aspiraciones en vestir bien, ¡cuántos y cuántos ideales se escalonan!
Por mi parte, yo creo que -para mí- el Ideal debe ser poder entrar en casa del anticuario ilustre, señalar con el bastón el objeto precioso que admiramos en la vidriera, murmurar: "Mándemelo usted a casa", y no saber nunca cuánto nos ha costado.

Cuentos inéditos
Manuel Mujica Lainez

miércoles, 1 de abril de 2009

Yo. En un libro de rocas. Para siempre.

Parque de Bomarzo. Fuente:Wikipedia
Bomarzo
He ahí lo que debía relatar en Bomarzo, pero no a través de los frescos efímeros de Jacopo del Duca, cuya posibilidad quedaría abandonada para siempre en el entrecruzamiento de los andamios, en una desierta galería del castillo, sino utilizando las rocas perennes del bosque. El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie, ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante. Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella, mudado en un ejemplo de gloria.Hasta los acontecimientos más pequeños cobrarían la transcendencia de testimonios inmortales, cuando los descifrasen las generaciones por venir. El amor, el arte, la guerra, la amistad, las esperanzas y desesperanzas...todo brotaría de esas rocas en las que mis antecesores, por siglos y siglos, no habían visto más que desórdenes de la naturaleza. Rodeado por ellas, no podría morir, no moriría. Había escrito un libro de piedra y yo sería la materia de ese libro impar...Sería mi justificación, mi explicación, la proeza excepcional, el rasgo de inspirado genio que ubicaría perpetuamente a Vicino Orsini en ese largo cortejo de los suyos que tanto le costaba seguir, arrastrando su pierna y su joroba, y que lo humillaba con su fastuosa violencia. Un libro de rocas. El bien y el mal en un libro de rocas. Lo mísero y lo opulento en un libro de rocas. Lo que me había estremecido de dolor, de ansiedad, la poesía y la aberración, el amor y el crimen, lo grotesco y lo exquisito. Yo. En un libro de rocas. Para siempre. Y en Bomarzo, en mi Bomarzo.
Bomarzo
Manuel Mújica Láinez

jueves, 9 de octubre de 2008

Bomarzo

Manuel Mujica Láinez
Durante el viaje de Bolonia a Recanati, largo, complicado, por malos caminos, no hubo más novedad que una tentativa de asesinato cerca de la posada donde pernoctamos en Rímini. Me tiraron una cuchillada en una calleja, pero me protegió la coraza de cuero de búfalo, cubierta de seda, que llevaba...
Luego de nuestra llegada a Recanati, no me decidí a entrar inmediatamente en la iglesia de Santo Domingo, meta de mi peregrinación como si temiera el enfrentamiento con mi padre, más arduo que el de los modestos espadachines de Rímini. Vagué a lo largo de dos días, con mis escuderos, por la ciudad estirada en las suaves colinas como en terrazas que delimitan los murallones. Subí a la torre dominante y desde ella abarqué la anchura del paisaje prodigioso, por leguas y leguas, reposando los ojos en la vibración del Adriático o siguiendo, como en un mapa, la cromática diversidad de los Apeninos.
Bomarzo
Manuel Mujica Lainez

sábado, 31 de mayo de 2008

El vagamundo

Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su viejo enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero que su presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. Por alguna parte de la pulpería se despereza ahora ese amor que enciende sus llamas secretas y que le obligará a partir. Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir en cuanto el amor alumbra. Y el amor alumbra todas las veces, en todas las parte, en todas las épocas. ¡Ay, si la falta fue grave, también es terrible el castigo! Llegar y partir, llegar y partir; con la eterna, la infinita zozobra frente a ese amor que, eludido, torna a formarse y a crecer, a modo de una enredadera que llena el aire de látigos y le impulsa a andar, a andar de nuevo, a andar...

Misteriosa Buenos Aires
Manuel Mujica Lainez