Shen Zhou (1407-1529). Poeta en la montaña.
El momento de composición del haiku ha de ser de gran serenidad para el poeta. El haiku es intuición, iluminación y el torrente de emociones puede nublar el ojo poético. La expresión resultará así ajustada a unos sentimientos ya en remanso. Otsuji nos lo hace ver así: "Cuando uno está abrumado por la pena, esa pena no puede producir un haiku. Cuando uno está jubiloso e inmerso en felicidad, ese sentimiento no puede producir un haiku".
Los sentimientos de alegría, tristeza e ira son subjetivos y no brotan de la experiencia. Aquí hemos de recordar por su analogía lo que Zeami, uno de los creadores del teatro Noh en el siglo XV, nos dice a propósito del actor que ejecuta una danza del demonio: "aun cuando sus pies golpeen el escenario con frenéticos movimientos realistas, la parte superior del cuerpo debe permanecer en calma". "Esta combinación de violencia y serenidad -añade Keene-, como la de realismo y estilización, dejaría su huella en el Kabuki y en el Jooruri a lo largo de toda su historia (...). Esta armonía entre contrarios se encuentra muy próxima al genio del teatro japonés".
Aplicando al haiku este principio diríamos que aunque las manos del poeta estén trazando los caracteres más elocuentes y las frases más incisivas, su espíritu debe permanecer imperturbable. El momento de composición para el artista coincide con la fórmula china para pintar bambúes que cita Suzuki, el gran monje investigador del Zen, en su obra "El Zen Budismo y su influencia en la cultura japonesa": "Dibuja bambúes por diez años, hazte un bambú; después olvida todo lo que sepas sobre bambúes mientras estás dibujando".
El hecho mismo de escribir es un acto de iluminación.
El haiku japonés (1972)
Fernando Rodríguez-Izquierdo
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