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jueves, 26 de marzo de 2020

Et in Arcadia ego

José Enrique González. A la espera de un gran viaje.

Un libro de viajes es el relato de una ficción, la descripción del espejo cuya perpetua presencia es esencial en el gabinete del que, escribiendo, vive y a la Escritura debe su placer. La tradición oral en el alba de los tiempos, las cartas y fotografías y el ilusionismo fotográfico hoy día, aseguran esa ficción, la confirman.
Nadie ha viajado nunca: nadie ha salido nunca de la geografía de sí mismo, No hay, en el libro de viajes, relato de lo visto y aprendido —o aprehendido— en otras latitudes pues ello es completamente imposible: no hay otras latitudes que los matices y fragmentos del cuerpo ensimismado; nada se disfrutó o padeció que dentro no morara. La narración sella el reconocimiento de lo viajado desde la mesa de caoba y la boa que nos devora: la travesía interior, el vértigo y el regalo: la humana ilustración de sí.
Fascinación ante nosotros mismos es el viaje y fruto de esa fascinación devienen la fábula y los mapas, los exóticos nombres, la simbiosis del paisaje: perversión donde aquéllo que nos rodea se precia en tanto lo convertimos en objeto, apropiándonoslo; la relación es pues puramente objetual respecto a las ciudades adivinadas o las personas apenas vislumbradas en el iniciático trayecto: objetos que flotan en una burbuja de aire, en un arca de vidrio que, pérfida y sabiamente, construimos como la oruga la cápsula de seda, para protegernos del lugar donde vivimos y para enriquecimiento propio: la consecución del placer —vanidoso y mimético— a través de nosotros mismos. En la literatura hallamos secreto goce y en el viaje identidad.

Prólogo al libro Viaje a Italia, de Chateaubriand

Et in Arcadia ego (1983)
José Carlos Llop

Et in Arcadia ego

José Enrique González. A la espera de un gran viaje.

Un libro de viajes es el relato de una ficción, la descripción del espejo cuya perpetua presencia es esencial en el gabinete del que, escribiendo, vive y a la Escritura debe su placer. La tradición oral en el alba de los tiempos, las cartas y fotografías y el ilusionismo fotográfico hoy día, aseguran esa ficción, la confirman.
Nadie ha viajado nunca: nadie ha salido nunca de la geografía de sí mismo, No hay, en el libro de viajes, relato de lo visto y aprendido —o aprehendido— en otras latitudes pues ello es completamente imposible: no hay otras latitudes que los matices y fragmentos del cuerpo ensimismado; nada se disfrutó o padeció que dentro no morara. La narración sella el reconocimiento de lo viajado desde la mesa de caoba y la boa que nos devora: la travesía interior, el vértigo y el regalo: la humana ilustración de sí.
Fascinación ante nosotros mismos es el viaje y fruto de esa fascinación devienen la fábula y los mapas, los exóticos nombres, la simbiosis del paisaje: perversión donde aquéllo que nos rodea se precia en tanto lo convertimos en objeto, apropiándonoslo; la relación es pues puramente objetual respecto a las ciudades adivinadas o las personas apenas vislumbradas en el iniciático trayecto: objetos que flotan en una burbuja de aire, en un arca de vidrio que, pérfida y sabiamente, construimos como la oruga la cápsula de seda, para protegernos del lugar donde vivimos y para enriquecimiento propio: la consecución del placer —vanidoso y mimético— a través de nosotros mismos. En la literatura hallamos secreto goce y en el viaje identidad.

Prólogo al libro Viaje a Italia, de Chateaubriand

Et in Arcadia ego (1983)
José Carlos Llop

lunes, 16 de mayo de 2016

Et in Arcadia ego

Oskar Lenz. Oasís de Tindouf, 1880.

Prólogo a el Viaje a Italia, por Chautebriand.

Un libro de viajes es el relato de una ficción, la descripción del espejo cuya perpetua presencia es esencial en el gabinete del que, escribiendo, vive y a la Escritura debe su placer. La tradición oral en el alba de los tiempos, las cartas y las fotografías y el ilusionismo cinematográfico hoy día, aseguran esa ficción, la confirman.
Nadie ha viajado nunca: nadie ha salido nunca de la geografía de sí mismo. No hay, en el libro de viajes, relato de lo visto y aprendido —o aprehendido— en otras latitudes pues ello es completamente imposible: no hay otras latitudes que los matices y fragmentos del cuerpo ensimismado; nada se disfrutó o padeció que dentro no morara. La narración sella el reconocimiento de lo viajado desde la mesa de caoba y la boa que nos devora: la travesía interior, el vértigo y el regalo: la humana ilustración de sí.
Fascinación ante nosotros mismos es el viaje y fruto de esa fascinación devienen la fábula y los mapas, los exóticos nombres, la simbiosis del paisaje: perversión donde aquéllo que nos rodea se aprecia en tanto lo convertimos en objeto, apropiándonoslo; la relación es pues puramente objetual respecto a las ciudades adivinadas o las personas apenas vislumbradas en el iniciático trayecto: objetos que flotan en una burbuja de aire, en un arca de vidrio que, pérfida y sabiamente, construimos como la oruga la cápsula de seda, para protegernos del lugar donde vivimos y para enriquecimiento propio: la consecución del placer —vanidoso y mimético— a través de nosotros mismos. En la literatura hallamos secreto goce y en el viaje identidad.

Et in Arcadia ego (1983)
José Carlos Llop

miércoles, 26 de octubre de 2011

El corazón de las cosas

Fotografía de Alexander Korshunov.

He conocido lugares de gran belleza:
el arco iris de la tundra, las naves
de hielo surcando el mar azul,
las ciudades que los nabateos
tallaron en la roca, los tejados grises
de París y la niebla de los lagos.
He conocido África y Asia
y también las acequias de los huertos
y el perfume de los naranjos
como estrellas blancas en el estanque verde.
He viajado en piragua por el Amazonas
y he visto bandadas de pájaros
que eran los mosaicos del paraíso,
y bosques y montañas que eran palacios
y catedrales, y en ellos habitaba Dios.
He conocido lugares de gran belleza
pero ninguno de ellos pudo superar
la magia de su nombre: Djibouti, Gran Sur,
Trieste, mar Báltico, El Cairo o Port-Sudán.
Podría nombrar muchos más
-el mar del Bósforo o el golfo de Adén-,
pues aunque sepa que la belleza no se nombra
sino que es, también sé que cuando ocurre,
queremos retenerla como si no fuera,
o como si no pudiera volver a suceder.
Y la belleza lo es cuando la vida
que lleva dentro, nos habla de las tres cosas
-el amor, la muerte y el tiempo- que se encierran
en los nombres de los mapas y en las ciudades.
Como el silencio, las palabras o un cuerpo de mujer.

El corazón de las cosas
José Carlos Llop

jueves, 25 de junio de 2009

El corazón de las cosas

Hubert de lartigue. Mauve.
He conocido lugares de gran belleza: el arco iris de la tundra, las naves de hielo surcando el mar azul, las ciudades que los nabateos tallaron en la roca, los tejados grises de París y la niebla de los lagos. He conocido África y Asia y también las acequias de los huertos y el perfume de los naranjos como estrellas blancas en el estanque verde. He viajado en piragua por el Amazonas y he visto bandadas de pájaros que eran los mosaicos del paraíso, y bosques y montañas que eran palacios y catedrales, y en ellos habitaba Dios.
He conocido lugares de gran belleza pero ninguno de ellos pudo superar la magia de su nombre: Djibouti, Gran Sur, Trieste, mar Báltico, El Cairo o Port-Sudán. Podría nombrar muchos más -el mar del Bósforo o el golfo de Adén-, pues aunque sepa que la belleza no se nombra sino que es, también sé que cuando ocurre, queremos retenerla como si no fuera, o como si no pudiera volver a suceder. Y la belleza lo es cuando la vida que lleva dentro, nos habla de las tres cosas -el amor, la muerte y el tiempo- que se encierran en los nombres de los mapas y en las ciudades. Como el silencio, las palabras o un cuerpo de mujer.

El corazón de las cosas
José Carlos Llop