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domingo, 2 de febrero de 2014

Sortilegios

Pedro Gómez Valderram. La nave de los locos.

3. El castigo

... En la Edad Media, a lo largo de toda Europa, era usual, cuando un hombre de estirpe noble cometía un delito que mereciese pena corporal, aplicar ese castigo a su sombra. Pero se cuenta que en el sur de Francia, un barón feudal cometió un monstruosos crimen contra las gentes de un pueblecillo de sus dominios, las doncellas del cual fueron hechas todas prisioneras y entregadas a la ferocidad de las gentes del barón, que volvían de la Cruzada.
Las gentes del pueblo resolvieron vengar la afrenta y castigar a los culpables, y en una emboscada capturaron al barón y a sus tres tenientes, y los sometieron a juicio. La pena decidida fue la decapitación. El barón, en nombre de los tres, manifestó que por su noble cuna estaban amparados por el privilegio de que la pena corporal se aplicase no a sus personas físicas, sino a sus sombras.
El Consejo del Pueblo aceptó y dispuso que así se hiciese. Y por eso dispuso también -como en efecto se hizo- que la decapitación tuviese lugar en la plaza del pueblo, a la hora del mediodía.

La nave de los locos (1984)
Pedro Gómez Valderrama

sábado, 22 de enero de 2011

Sortilegios

Donn P. Crane. Dante y la "Divina Comedia".

Los ojos misteriosos

Un erudito dantólogo halló en los papeles del alquimista Micer Finuccio Tedesco, enemigo cordial de Brunetto Latini, el notario toscano, unas notas o comentarios a la Divina Comedia. Aparte de los significados herméticos de muchos pasajes del gran poema, que le interesaban como alquimista, hay en ellas un comentario indiscreto sobre los amores de Dante con Monna Beatrice Portinari, la hija de Fulco.
Finuccio anota simplemente:
"En nuestras conversaciones casi nunca hablamos de Beatrice Portinari, ya muerta, mujer de Simón de Bardi. Muchas veces dialogamos sobre el símbolo que ella representaba en el poema, pero no sobre el amor humano, aunque un día el maestro me dijo, señalando un terceto:
"Aquí está el testimonio del amor de Beatrice".
El verso dice:

...come dal viso in che si specchia
nave che per corrente giù discende.
(...como de la mirada en que refleja
la nave que desciende la corriente).

"Dante simplemente me dijo: "Los ojos de Monna Beatrice son los que he mirado más de cerca. En ellos he visto las barcas en el Arno, entre el agua azul y las nubes."
"Yo, como físico y alquimista, simplemente hube de meditar en cuán cerca estarían los ojos de Dante de los de Beatrice para ver en ellos las barcas deslizándose. Y si el río se reflejaba, hube de meditar, también, en cómo estaba el maestro reclinado..."
Transcribo estas líneas para sosiego de aquellos a quienes ha preocupado la platonicidad dantesca.

La nave de los locos
Pedro Gómez Valderrama

martes, 26 de enero de 2010

El habitante de la torre

Lucas Van Valckenborch. La Torre de Babel.
Rufo el Romano fue único habitante de la Torre de Babel, siglos después de que el templo de Marduk, construido dentro de ella, fuera abandonado. El brillo azul y oro de su techumbre se había extinguido, y las siete torres del telescopio gigante se iban desmoronando.
Rufo el Romano dormía en una pequeña celda. En el centro del templo estaba todavía la misma cama que cada noche ocupaba una mujer elegida por el dios, que no podía ser poseída por ningún mortal, y a la cual el dios venía en las horas nocturnas.

Aquella noche, Rufo el Romano sacó del cofre, como siempre, los ricos cobertores de seda bordados de oro, y tendió nuevamente el inmenso lecho. Mulló cuidadosamente las almohadas, y puso aceite en la lámpara discreta, que era la sola luz que se encendía en la Torre de Babel abandonada. Luego, en puntas de pies, se dirigió a la sombra, y escondido detrás de un cortinaje raído, se sentó a esperar.

La Nave de los Locos. Sortilegios
Pedro Gómez Valderrama

miércoles, 7 de octubre de 2009

La Nave de los Locos

Paul de la Boulaye. La figura de proa.
La Nave de los Locos, empujada por un misterioso viento, enrumbó hacia el Mar Desconocido. Algunos sospecharon que podían ir hasta el borde del Mar Tenebroso, que en el sitio de la puesta del sol, siempre hacia Occidente, se despeñaba en el vacío, y en la nave hubo extraordinaria complacencia de todos, salvo de aquella loca que en la proa se quitaba y se ponía la túnica, y quedaba desnuda contra el sol de la tarde, y que en la noche era sometida al copioso infierno de la lujuria de los insanos.
Pero el ciego dijo que dentro de la Nave no se notaba que fuesen locos; antes bien, el mundo, la humanidad de fuera, eran los afectados de locura; ellos se mantenían impasibles, a través de las tempestades y las calmas. Nadie sabía bien quién producía las provisiones, pero no faltaron éstas ni el agua dulce hasta que llegaron a la tierra desconocida, una tierra extraña de gigantes, de árboles varoniles e inmensos, de altas rocas acechantes, con mansos habitantes semidesnudos y adornados de plumas, que les traían presentes. Todo estuvo bien hasta que uno de los locos (el español que había jurado llegar a la tumba de Santiago) mató a uno de los indios que no contestó a sus preguntas. Los indios les pusieron en la feroz alternativa de quedarse asimilados a ellos o partir para siempre. Algunos se quedaron, y fueron designado para cargos o tareas de responsabilidad. La loca desnudadora quiso quedarse, pero el capitán no lo permitió. Debieron regresar, y pasaron años navegando de retorno, hasta que por fin vieron costas que supusieron europeas, y llegaron a los puertos de Flandes cuando la loca daba a luz.

La Nave de los Locos
Pedro Gómez Valderrama

lunes, 16 de junio de 2008

La Nave de los Locos

Antes de aquel hecho, un ciego que recorría las calles de Praga había relatado muchos de los cruceros emprendidos por la Nave de los Locos: dijo que primero había sido marinero y luego timonel, pero que en una travesía marina, en la época anterior al verdadero descubrimiento de América, había navegado como pasajero, tal como les pasaba a todos los marineros de aquella nave, que apenas eran contagiados de la misteriosa enfermedad iban siendo reemplazados por otros pasajeros, hasta que todos llegaban a ser locos, y todos marineros.
El capitán de la Nave de los Locos era en ese momento un chipriota cuyo nombre no recordaba el ciego, pero era algo como Spiridión. Dijo que era el más enfermo de todos, y que un día, pasando las columnas del Estrecho de Gibraltar, ordenó poner proa al occidente. La Nave de los Locos, empujada por un misterioso viento, enrumbó hacia el Mar Desconocido. Algunos sospecharon que podían ir hasta el borde del Mar Tenebroso, que en el sitio de la puesta del sol, siempre hacia Occidente, se despeñaba en el vacío, y en la nave hubo extraordinaria complacencia de todos, salvo de aquella loca que en la proa se quitaba y se ponía la túnica, y quedaba desnuda contra el sol de la tarde, y que en la noche era sometida al copioso infierno de la lujuria de los insanos.
La Nave de los Locos
Pedro Gómez Valderrama