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martes, 31 de octubre de 2023

El día que has perdido

Ryszard Kapuscinski. Poesía completa.

El día que has perdido
ya no lo recuperarás,
el mundo ha seguido adelante
te has quedado atrás
tienes las manos vacías
y los ojos vacíos
sentado en el parque
en un banco
observas una hormiga
pero también está ocupada y se va
te has quedado solo
no hay nadie a tu alrededor.

Traducción de Abel A. Murcia Soriano

Poesía completa
Ryszard Kapuscinski 

viernes, 8 de octubre de 2021

Lapidarium IV

Ryszard Kapuscinski. Lapidarium IV.

Lapidarium es un lugar (plazoleta en una ciudad, atrio en un castillo, patio en un museo) donde se depositan piedras encontradas, restos de estatuas y fragmentos de edificaciones —aquí un trozo de lo que había sido un torso o una mano, ahí un fragmento de cornisa o de columna—, en una palabra, cosas que forman parte de un todo inexistente (ya, todavía, nunca) y con las que no se sabe qué hacer.
¿Quedarán tal vez como testimonio del tiempo pasado, como huellas de búsquedas e intentos humanos, como señales? O quizá en este mundo nuestro, tan enorme, tan inmenso y a la vez cada día más caótico y difícil de abarcar, de ordenar, todo tienda hacia un gran collage, hacia un conjunto deshilvanado de fragmentos, es decir, precisamente, hacia un lapidarium.
1988

Sobre el Atlántico; nubes y más nubes; blancas, lanudas, espesas: parece que el avión se deslice por los lomos de un gran rebaño de ovejas. Pero luego las nubes ralean, se retiran, desaparecen. Al cabo de un rato, se ve en el cielo, en el aire, en el espacio tal variedad de fenómenos luminosos inusitados, tanto brillar y centellear, tantos fulgores, destellos y rayos, tantas estelas  de colores y estrellamares plateadas, que se puede acabar por creer en los platillos volantes, en los espíritus extraterrestres y en las señales enviadas desde otros planetas, desde remotas galaxias.

Brooklyn. Harway Avenue. No puedo dormir. Vista nocturna desde la ventana: edificios bajos y, al fondo, un bloque enorme de pisos. Las líneas planas de los tejados. Antenas de televisión. Chimeneas. Podría ser cualquier ciudad industrial polaca: Mielec, Pabianice, Stalowa, Wola. Solo a la llegada del día, la luz diurna aclara la situación: a pesar de todo me encuentro en Nueva York.
Una conferencia en la New School of Social Research. Después de la conferencia, una pregunta de Jonathan Schell: ¿Por qué nadie había previsto el desmoronamiento tan rápido de la Unión Soviética?
Respondo que, en mi opinión, nadie había valorado lo suficiente el poder de dos fuerzas: el nacionalismo y el dinero.

Una mujer en Harway Avenue (Brooklyn). Ayuda a cruzar la calle a los niños que se dirigen a la escuela del barrio. Su uniforme de corte impecable, su cinturón blanco, su gorra blanca con un escudo, sus guantes blancos. Consciente de la importancia de su misión, la gravedad de su semblante; está prestando un servicio. En esto se parecen a los rusos. Servidores. En Polonia, servidor es un término peyorativo. Aquí, en cambio: el orgullo de servir a una causa, a una institución, al Estado.

Tres días en Berlín. Un deambular por la ciudad sin un plan preconcebido; un poco absurdo, pero agradable. Después de años de ausencia, me alegro al descubrir que una tienda o un restaurante que conocía de antes siguen en el mismo lugar, exhiben el mismo rótulo y muestran el mismo interior. Tanto es así que al taciturno dueño de un kiosco de periódicos de la Leibnitzstrasse —que en su tiempo no había despertado mis simpatías precisamente— ahora, después de no haberlo visto durante años, ¡lo he saludado con gran alegría!

Traducción de Agata Orzeszek

Lapidarium IV
Ryszard Kapuscinski

Lapidarium IV

Ryszard Kapuscinski. Lapidarium IV.

Lapidarium es un lugar (plazoleta en una ciudad, atrio en un castillo, patio en un museo) donde se depositan piedras encontradas, restos de estatuas y fragmentos de edificaciones —aquí un trozo de lo que había sido un torso o una mano, ahí un fragmento de cornisa o de columna—, en una palabra, cosas que forman parte de un todo inexistente (ya, todavía, nunca) y con las que no se sabe qué hacer.
¿Quedarán tal vez como testimonio del tiempo pasado, como huellas de búsquedas e intentos humanos, como señales? O quizá en este mundo nuestro, tan enorme, tan inmenso y a la vez cada día más caótico y difícil de abarcar, de ordenar, todo tienda hacia un gran collage, hacia un conjunto deshilvanado de fragmentos, es decir, precisamente, hacia un lapidarium.
1988

Sobre el Atlántico; nubes y más nubes; blancas, lanudas, espesas: parece que el avión se deslice por los lomos de un gran rebaño de ovejas. Pero luego las nubes ralean, se retiran, desaparecen. Al cabo de un rato, se ve en el cielo, en el aire, en el espacio tal variedad de fenómenos luminosos inusitados, tanto brillar y centellear, tantos fulgores, destellos y rayos, tantas estelas  de colores y estrellamares plateadas, que se puede acabar por creer en los platillos volantes, en los espíritus extraterrestres y en las señales enviadas desde otros planetas, desde remotas galaxias.

Brooklyn. Harway Avenue. No puedo dormir. Vista nocturna desde la ventana: edificios bajos y, al fondo, un bloque enorme de pisos. Las líneas planas de los tejados. Antenas de televisión. Chimeneas. Podría ser cualquier ciudad industrial polaca: Mielec, Pabianice, Stalowa, Wola. Solo a la llegada del día, la luz diurna aclara la situación: a pesar de todo me encuentro en Nueva York.
Una conferencia en la New School of Social Research. Después de la conferencia, una pregunta de Jonathan Schell: ¿Por qué nadie había previsto el desmoronamiento tan rápido de la Unión Soviética?
Respondo que, en mi opinión, nadie había valorado lo suficiente el poder de dos fuerzas: el nacionalismo y el dinero.

Una mujer en Harway Avenue (Brooklyn). Ayuda a cruzar la calle a los niños que se dirigen a la escuela del barrio. Su uniforme de corte impecable, su cinturón blanco, su gorra blanca con un escudo, sus guantes blancos. Consciente de la importancia de su misión, la gravedad de su semblante; está prestando un servicio. En esto se parecen a los rusos. Servidores. En Polonia, servidor es un término peyorativo. Aquí, en cambio: el orgullo de servir a una causa, a una institución, al Estado.

Tres días en Berlín. Un deambular por la ciudad sin un plan preconcebido; un poco absurdo, pero agradable. Después de años de ausencia, me alegro al descubrir que una tienda o un restaurante que conocía de antes siguen en el mismo lugar, exhiben el mismo rótulo y muestran el mismo interior. Tanto es así que al taciturno dueño de un kiosco de periódicos de la Leibnitzstrasse —que en su tiempo no había despertado mis simpatías precisamente— ahora, después de no haberlo visto durante años, ¡lo he saludado con gran alegría!

Traducción de Agata Orzeszek

Lapidarium IV
Ryszard Kapuscinski

viernes, 19 de mayo de 2017

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski. Viajes con Heródoto.

Rodeados de luz en medio de la oscuridad

Heródoto se ve envuelto en un dilema irresoluble: por un lado dedica su vida a intentar preservar la verdad histórica, lleva a cabo sus investigaciones para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y por el otro, su principal fuente de noticias no es otra que unos interlocutores que le cuentan los hechos no tal como sucedieron, sino tal como les hubiera gustado que sucedieran, dando, por consiguiente, rienda suelta a sus recuerdos selectivos y a su particular, arbitraria e intencionada manera de evocarlos. En una palabra, no se trata de una historia objetiva, sino de una historia pasada por la criba subjetiva de otros. Y no hay solución a este desencuentro. Podemos intentar reducirlo o atenuarlo, pero nunca alcanzaremos el estado ideal. Pues nos resultará imposible eliminar ese factor de subjetividad que siempre está ahí deformando la realidad. Consciente de ello, nuestro griego no cesa de subrayar sus reservas: «según me refieren», «unos afirman», «otros sostienen», «hay varias versiones», etc. Por eso, volviendo al estado ideal, nunca estamos ante la historia real, sino siempre ante una contada, tal como alguien sostiene -y cree- que ha sido.
Esta verdad es tal vez el mayor descubrimiento de Heródoto.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto (2004)
Ryszard Kapuscinski

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski. Viajes con Heródoto.

Rodeados de luz en medio de la oscuridad

Heródoto se ve envuelto en un dilema irresoluble: por un lado dedica su vida a intentar preservar la verdad histórica, lleva a cabo sus investigaciones para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y por el otro, su principal fuente de noticias no es otra que unos interlocutores que le cuentan los hechos no tal como sucedieron, sino tal como les hubiera gustado que sucedieran, dando, por consiguiente, rienda suelta a sus recuerdos selectivos y a su particular, arbitraria e intencionada manera de evocarlos. En una palabra, no se trata de una historia objetiva, sino de una historia pasada por la criba subjetiva de otros. Y no hay solución a este desencuentro. Podemos intentar reducirlo o atenuarlo, pero nunca alcanzaremos el estado ideal. Pues nos resultará imposible eliminar ese factor de subjetividad que siempre está ahí deformando la realidad. Consciente de ello, nuestro griego no cesa de subrayar sus reservas: «según me refieren», «unos afirman», «otros sostienen», «hay varias versiones», etc. Por eso, volviendo al estado ideal, nunca estamos ante la historia real, sino siempre ante una contada, tal como alguien sostiene -y cree- que ha sido.
Esta verdad es tal vez el mayor descubrimiento de Heródoto.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto (2004)
Ryszard Kapuscinski

sábado, 9 de abril de 2016

Viajes con Heródoto

Félix Bonfils. Pirámide de Sakkara, 1857.

No se ocupa del futuro: el mañana no es otra cosa que el hoy de turno; le interesa el ayer, ese pasado que se desvanece, teme que se lo lleve el viento, que desaparecerá de nuestra memoria y lo perderemos. ¿Cómo podemos permitirlo, siendo lo que somos? Y somos seres humanos, pues contamos historias y mitos; en esto nos diferenciamos de los animales, las experiencias y leyendas compartidas cimientan la comunidad y el hombre no puede vivir sino en y gracias a la misma. Aún no se han inventado el individualismo, el egocentrismo, el freudismo, que tardarán dos mil años en aparecer. De momento, la gente se reúne al ponerse el sol ante largas mesas, en torno a una hoguera o bajo un árbol centenario, a poder ser cerca del mar, para comer, beber vino y hablar. Esas charlas rebosan historias, cientos de historias de lo más variado. Si en las proximidades aparece un huésped inesperado, un viajero, lo invitarán a la mesa. Él se sentará y será todo oídos. Al día siguiente seguirá su camino. Al llegar a un nuevo paradero, también allí lo invitarán. El guión de estas tardes se repite. Si el viajero tiene buena memoria -y Heródoto debió de tenerla prodigiosa- con el tiempo acumulará en ella un sinfín de historias. Ésta era una de las fuentes en las que bebió nuestro griego. La segunda, lo que veía. La tercera, lo que pensaba.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto (2004)
Ryszard Kapuscinski

miércoles, 14 de agosto de 2013

Viajes con Heródoto

Jean Guillaume Moitte. Relieve de Heródoto, Palacio del Louvre, París.

El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo le exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír. De ahí que la aparición de un personaje como Heródoto -un hombre poseído por la pasión, la manía y el ansia de conocer, dotado además de inteligencia y de talento para escribir- entre enseguida en los anales de la historia universal.
Sin duda hay una característica que comparten los individuos de esta índole: su parecido a los insaciables cnidarios, su estructura de esponja que lo absorbe todo con suma facilidad y con la misma facilidad lo expulsa. Nada conservan en su interior durante mucho tiempo, y como la naturaleza no soporta el vacío, siempre necesitan nuevo alimento, no pueden vivir sin absorber, reponer, multiplicar, aumentar... La mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana habrá dejado de fascinarlo. Tiene que partir (a pie, a lomos de un animal o a bordo de una nave) hacia nuevos lugares y nuevos hechos.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

miércoles, 8 de mayo de 2013

Viajes con Heródoto

Antonio Beato. Templo de Karnak, Tebas, Egipto, 1860.

Los viajes de Heródoto no habrían sido posibles si no hubiese sido por la figura del proxenos, es decir, del amigo del huésped, una institución al uso en aquellos tiempos. Era una especie de cónsul. Por voluntad propia o por encargo remunerado, su misión consistía en ocuparse de los viajeros llegados de aquella polis de la que él mismo era originario. Perfectamente integrado y relacionado en su nuevo lugar de residencia, se ocupaba de su conciudadano recién llegado, ayudándole a resolver un sinfín de asuntos, proporcionándole fuentes de información y facilitándole los contactos. Era muy singular el papel del proxenos en aquel extraordinario mundo en que los dioses no sólo moraban entre los mortales, sino que a menudo no se distinguían de ellos. La hospitalidad sincera era de obligado cumplimiento, pues nunca se sabía si el caminante que pedía yantar y techo era un hombre o un dios que había adoptado la apariencia humana.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard kapuscinski

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Entre reyes muertos y dioses olvidados

Persépolis. Foto tomada de Wikimedia Commons.

Por Persépolis puede uno pasear hasta hartarse. Está desierta y silenciosa. No hay guías, ni vigilantes, ni mercaderes, ni encargados de atraer la clientela. Jafar se ha quedado abajo, estoy solo en medio del gran cementerio de piedras. Piedras que forman pilares, portales y columnas con bajorrelieves esculpidos. Ninguna piedra del lugar tiene su forma natural, ninguna es como aparece en la tierra llana o en las montañas. Todas están cuidadosamente cortadas, pulidas y ajustadas. ¡Cuánta fatiga, cuánto trabajo meticuloso, agotador e ímprobo metieron en ellas durante años miles y miles de hombres! ¿Cuántos cayeron fulminados mientras cargaban esas rocas gigantescas? ¿Cuántos murieron de extenuación y de sed?
Cada vez que contempla uno ciudades, templos, palacios ya muertos, se pregunta por la suerte que corrieron sus constructores. Por su dolor, sus columnas vertebrales rotas, por los ojos que saltaron de sus cuencas al recibir el impacto de una esquirla, por su reumatismo. Por su vida desgraciada. Su sufrimiento. Y entonces surge la siguiente pregunta: ¿podrían existir tamañas maravillas sin ese sufrimiento? ¿Sin el látigo del vigilante? ¿Sin ese miedo que anida en el esclavo? ¿Sin esa soberbia que anida en el soberano? En una palabra, ¿no habrá sido el gran arte del pasado obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo? Y al mismo tiempo, ¿no lo habrá creado su convicción de que lo negativo y lo débil que lleva dentro puede ser vencido sólo por lo bello, sólo por el esfuerzo y la voluntad de crearlo? ¿Y de que lo único que no cambia nunca es la forma de la belleza? ¿Y de la necesidad de ella que vive en nosotros?

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

martes, 31 de enero de 2012

Viajes con Heródoto

Edward R. Shaw. La carabela La Pinta.

Heródoto viaja con el fin de encontrar una respuesta a su pregunta de niño: ¿cómo es que en el horizonte aparecen naves? ¿De dónde han salido? ¿De qué puerto han zarpado? O sea que lo que vemos con nuestros propios ojos, ¿no es aún el límite del mundo? ¿Hay otros mundos todavía? ¿Cómo son? Cuando crezca, querrá conocerlos. Aunque más vale que no crezca del todo, que conserve un poco de ese niño curioso que es, pues sólo los niños plantean preguntas importantes y de verdad quieren aprender.
Y Heródoto, con su entusiasmo y apasionamiento de niño, parte en busca de esos mundos. Y descubre algo fundamental: que son muchos y que cada uno es único.
E importante.
Y que hay que conocerlos porque sus respectivas culturas no son sino espejos en los que vemos reflejada la nuestra. Gracias a esos otros mundos nos comprendemos mejor a nosotros mismos, puesto que no podemos definir nuestra identidad hasta que no la confrontamos con otras.
Por eso, después de hacer este descubrimiento -otras culturas como espejo en que mirarnos para comprendernos mejor a nosotros mismos-, cada mañana a la salida del sol, incansablemente, Heródoto reanuda su viaje.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

sábado, 5 de noviembre de 2011

Viajes con Heródoto

Carl Friedricch Werner. Los colosos de Memnón, Tebas.

A decir verdad, no sabemos lo que incita al hombre a recorrer el mundo. ¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquellos que lo consideran todo déjà vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida. Heródoto se sitúa en el polo opuesto. Con su contínuo ir y venir, es un nómada infatigable, ocupado en mil cosas, rebosante de planes, ideas, hipótesis... Siempre de viaje. Incluso cuando está en casa (pero ¿dónde está su casa?), es porque acaba de volver de un viaje o está preparando el siguiente, el cual ha de ser entendido como un esfuerzo e indagación, como un intento de conocerlo todo: la vida, el mundo, a sí mismo.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

sábado, 2 de julio de 2011

Viajes con Heródoto

David Roberts. Dendera, Egipto, 1838.

En el mundo de Heródoto, el individuo es prácticamente el único depositario de la memoria. De manera que para llegar a aquello que ha sido recordado hay que llegar a él; y si vive lejos de nuestra morada, tenemos que ir a buscarlo, emprender el viaje, y cuando ya lo encontremos, sentarnos junto a él y escuchar lo que nos quiera decir, escuchar, recordar y tal vez apuntar. Así es como, a partir de una situación como ésta, nace el reportaje.
De modo que Heródoto viaja por el mundo, encuentra a otros hombres y escucha lo que cuentan. Le dicen quiénes son, le cuentan sus vidas. ¿Pero cómo saben quiénes son y de dónde han venido? Ah, eso, responden, se lo han oído decir a otros, sobre todo a sus antepasados. Aquéllos les han transmitido sus conocimientos, igual que hacen ellos ahora transmitiendo los suyos. Esos conocimientos adquieren forma de relatos de lo más variado. La gente se reúne alrededor del fuego para contar historias. Más tarde se llamarán mitos y leyendas, pero en el momento en que se cuentan y se escuchan, todo el mundo cree que son purísima verdad, la realidad más real.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

martes, 10 de mayo de 2011

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski, año 2005. Fotografiado por Carles Ribas.

Personas como Heródoto, útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando -a veces- les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues de pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo todo sentido e importancia.
A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. La pregunta por el país que más les gusta de cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una u otra manera, todos; todos tienen su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino. El camino: he aquí lo que anhelan.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

miércoles, 9 de febrero de 2011

El día que has perdido

Ryszard Kapuscinski. Foto: Agencia EFE.

El día que has perdido
ya no lo recuperarás,
el mundo ha seguido adelante
te has quedado atrás
tienes las manos vacías
y los ojos vacíos
sentado en el parque
en un banco
observas una hormiga
pero también está ocupada y se va
te has quedado solo
no hay nadie a tu alrededor.

Traducción de Abel A. Murcia Soriano.

Poesía completa
Ryszard Kapuscinski

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Viajes con Heródoto

Kenro Izu. Egipto. Lugares sagrados.

¿Cómo trabaja Heródoto?
Es un reportero nato: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente, recordarlo.
¿Cómo viaja? Cuando va por tierra, montando un caballo, un burro o una mula, pero las más de las veces caminando; y por mar, en una barca o, como mucho, una nave.
¿Viaja solo o tiene a su lado un esclavo? No lo sabemos, pero en aquellos tiempos todo aquel que podía permitírselo llevaba consigo uno. El esclavo cargaba con el equipaje, la calabaza para el agua, la bolsa de los víveres, los utensilios para escribir: un rollo de papiro, tablillas de barro, pinceles, buriles, tinta... El esclavo era un compañero de viaje -sus difíciles condiciones nivelaban las diferencias de clase-, infundía ánimo, defendía a su amo, preguntaba por el camino a seguir y por mil cosas más. Nos podemos imaginar que las relaciones entre Heródoto -inquisitivo romántico ávido del conocimiento por el conocimiento, celoso investigador de cosas nada prácticas e innecesarias para la mayoría de la gente- y su esclavo -que, mientras viajan, debe ocuparse de cosas terrenales, cotidianas, prácticas- debían de recordar las de don Quijote y Sancho Panza. Eran una versión griega antigua de la ulterior pareja manchega.
Aparte del esclavo, también se contrataba un guía y un intérprete. De manera que el grupo de Heródoto, además de él mismo, podía contar con al menos tres hombres. Aunque, por lo general, solían engrosar esos grupos otros caminantes que iban en la misma dirección.
En el tórrido clima egipcio es por la mañana cuando mejor se viaja. Los viajeros, pues, se levantan al alba, desayunan (tortas de trigo, higos y queso de oveja, y beben vino rebajado con agua: está permitido tomar alcohol, el islam tardará aún mil años en llegar), y luego se ponen en camino.
El objetivo del viaje: reunir más información acerca de un país, de sus gentes y costumbres o comprobar la veracidad de los datos ya reunidos. Pues Heródoto no se contenta con lo que alguien le ha dicho, sino que intenta comprobarlo todo, contrastar las versiones oídas, formarse una opinión propia.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

jueves, 13 de mayo de 2010

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski. Fotografía de Carles Ribas.

La ruta me llevaba a veces, a aldeas cercanas a alguna frontera. Pero no muy a menudo, pues a medida que uno se aproximaba a la frontera, la tierra se volvía cada vez más desierta y menguaban las posibilidades de toparse con alguien. Aquel vacío acentuaba el misterio de aquellos lugares. También me llamó la atención el silencio que reinaba en las zonas fronterizas. Aquel misterio unido al silencio me atraía y me intrigaba. Me sentía tentado de asomarme al otro lado, a ver qué había allí. Me preguntaba qué sensación se experimentaba al cruzar la frontera. ¿Qué sentía uno? ¿En qué pensaba? Debía de tratarse de un momento de gran emoción, de turbación, de tensión. ¿Cómo era ese otro lado? Seguro que diferente. Pero ¿qué significaba "diferente"? ¿Qué aspecto tenía? ¿A qué se parecía? ¿Y si no se parecía a nada de lo que yo conocía y, por lo tanto, era algo incomprensible e inimaginable? Pero, en el fondo, mi más ardiente deseo, mi anhelo tentador y torturador que no me dejaba tranquilo, era de lo más modesto, pues lo único que me intrigaba era ese instante concreto, ese paso, ese acto básico que encierra la expresión cruzar la frontera. Cruzarla y volver enseguida, con eso -pensaba- me bastaría, saciaría esa inexplicable y, sin embargo, muy acuciante sed psicológica.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinsky

miércoles, 20 de enero de 2010

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski. Fotografía de Woiciech Druszcz.

Aun cuando pasaran años sin que abriese su Historia, no por eso dejaba yo de pensar en su autor. En tiempos había sido un hombre de carne y hueso, un personaje real, caído luego en el olvido durante dos milenios y hoy, después de tantos siglos, volvía a ser -al menos para mí- una figura viva. Lo doté del aspecto y de los rasgos que quería darle. Lo había convertido en mi Heródoto, y en tanto que mío, me resultaba particularmente próximo; hablábamos la misma lengua y nos entendíamos a la primera palabra.
Me lo imaginaba en situaciones como ésta: se me acerca cuando me encuentro en la orilla de algún mar, deposita a un lado el bastón, sacude las sandalias de la arena y sin más dilaciones inicia una conversación. Seguramente es uno de esos charlatanes que van a la caza de oyentes, que necesitan de un auditorio; sin oyentes se marchitan, no saben vivir sin ellos. Se trata de personas dotadas de la singular naturaleza de los coparticipadores: incansables y siempre en estado de excitación, en cuanto ven u oyen algo en alguna parte, enseguida tienen que transmitirlo a otros; son incapaces de guardárselo ni por un momento. Esa pasión suya la consideran también su misión: ¡partir, llegar, enterarse y comunicar el hallazgo al mundo sin perder un segundo!

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski

miércoles, 2 de abril de 2008

Kapuscinski

"Un hombre mayor
levanta
un dedo que ha mojado con la lengua
mira
de dónde sopla el viento
después
se sitúa según la dirección del aire
y sale volando
no muy alto
no muy lejos"

Bloc de notas (1986)

"El camino
cuando lo dejas atrás
desaparece a tus espaldas
deja de existir
la geografía es una noción subjetiva
una especie de acuerdo"

Leyes naturales (2006)

Ryszard Kapuscinski
Poesía completa