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domingo, 30 de junio de 2019

Advertencia

Raymond Carver en su despacho de Siracusa, Nueva York. Foto: Bob Adelman.

Al intentar escribir un poema mientras afuera todavía
estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que
le estaban observando. Dejó la pluma y miró  a su alrededor.
Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de
su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro.
Con todo, no quería arriesgarse.
Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras.
Fumó su pipa hasta que pasó la sensación
y hubo luz afuera. Bajó la vista
al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó
y volvió a hacer la ronda de su casa.
El sonido de su respiración le acompañaba.
Sólo eso. Evidentemente.
Nada.

Traducción Mariano Antolín Rato

Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas.
Raymond Carver 

Advertencia

Raymond Carver en su despacho de Siracusa, Nueva York. Foto: Bob Adelman.

Al intentar escribir un poema mientras afuera todavía
estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que
le estaban observando. Dejó la pluma y miró  a su alrededor.
Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de
su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro.
Con todo, no quería arriesgarse.
Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras.
Fumó su pipa hasta que pasó la sensación
y hubo luz afuera. Bajó la vista
al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó
y volvió a hacer la ronda de su casa.
El sonido de su respiración le acompañaba.
Sólo eso. Evidentemente.
Nada.

Traducción Mariano Antolín Rato

Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas.
Raymond Carver 

jueves, 17 de junio de 2010

Principiantes

Edward Hopper
Mi marido come con buen apetito pero parece cansado, nervioso. Mastica despacio, con los brazos sobre la mesa, y mira fijamente hacia algo situado en el otro extremo de la cocina. Me mira, y vuelve a mirar hacia otra parte, y se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros, y sigue comiendo. Algo se ha instalado entre nosotros, aunque a él le gustaría creer que no es así.
-¿Por qué me miras? -pregunta-. ¿Qué pasa? -dice, y deja el tenedor.
-¿Estaba mirando? -digo, y sacudo la cabeza estúpidamente, estúpidamente.
Suena el teléfono.
-No lo cojas -dice.
-Puede que sea tu madre -digo-. Dean..., puede ser algo sobre Dean.
-Pues cógelo a ver quién es -dice.
Levanto el auricular y escucho durante unos segundos. Él deja de comer. Me muerdo el labio y cuelgo.

"Tanta agua tan cerca de casa"
Raymond Carver

jueves, 4 de febrero de 2010

«La mirada furtiva»

 
Desirée Dolron: Xteriors XII (2001-2008)(Detalle). Fuente:desireedolron
 La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los demás las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

martes, 18 de noviembre de 2008

Mecánica Popular

Fuente:Bob Adelman:Raymond Carver in 1984.The New Yorker
What We Talk About When We Talk About Love
Popular Mechanics
Early that day the weather turned and the snow was melting into dirty water. Streaks of it ran down from the little shoulder-high window that faced the backyard. Cars slushed by on the street outside, where it was getting dark. But it was getting dark on the inside too.
He was in the bedroom pushing clothes into a suitcase when she came to the door.
I’m glad you’re leaving! I’m glad you’re leaving! she said. Do you hear?
He kept on putting his things into the suitcase.
Son of a bitch! I’m so glad you’re leaving! She began to cry. You can’t even look me in the face, can you?
Then she noticed the baby’s picture on the bed and picked it up.
He looked at her and she wiped her eyes and stared at him before turning and going back to the living room.
Bring that back, he said.
Just get your things and get out, she said.
He did not answer. He fastened the suitcase, put on his coat, looked around the bedroom before turning off the light. Then he went out to the living room.
She stood in the doorway of the little kitchen, holding the baby.
I want the baby, he said.
Are you crazy?
No, but I want the baby. I’ll get someone to come for his things.
You’re not touching this baby, she said. The baby had begun to cry and she uncovered the blanket from around his head.
Oh, oh, she said, looking at the baby.
He moved toward her.
For God’s sake! she said. She took a step back into the kitchen.
I want the baby.
Get out of here!
She turned and tried to hold the baby over in a corner behind the stove.
But he came up. He reached across the stove and tightened his hands on the baby.
Let go of him, he said.
Get away, get away! she cried.
The baby was red-faced and screaming. In the scuffle they knocked down a flowerpot that hung behind the stove. He crowded her into the wall then, trying to break her grip. He held onto the baby and pushed with all his weight.
Let go of him, he said.
Don’t, she said. You’re hurting the baby, she said.
I’m not hurting the baby, he said.
The kitchen window gave no light. In the near dark he worked on her fisted fingers with one hand and with the other hand he gripped the screaming baby up under an arm near the shoulder.
She felt her fingers being forced open. She felt the baby going from her.
No! she screamed just as her hands came loose.
She would have it, this baby. She grabbed for the baby’s other arm. She caught the baby around the wrist and leaned back.
But he would not let go. He felt the baby slipping out of his hands and he pulled back very hard.
In this manner, the issue was decided.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Mecánica Popular
Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana -una ventana abierta a la altura del hombro- que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
—¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas! —gritó—. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
—¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas!—.Empezó a llorar—. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después dio la vuelta y volvió a la sala.
—Trae eso aquí —le ordenó él.
—Coge tus cosas y lárgate—contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina con el niño en los brazos.
—Quiero al niño —dijo él.
—¿Estás loco?
—No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
—A este niño no lo tocas —le advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
—Oh! Oh! —exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
—¡Por el amor de Dios! —se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
—Quiero el niño.
—¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
—Suéltalo —dijo.
—¡Apártate! ¡Apártate! —gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
—Suéltalo —repitió.
—No —dijo ella—. Le estás haciendo daño al niño.
—No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la casi oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos de ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
—¡No! —gritó al darse cuenta que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas.
Así, la cuestión quedó zanjada.
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Raymond Carver