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viernes, 13 de diciembre de 2019

Winesburg, Ohio

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio.

El libro de lo grotesco

Al principio, cuando el mundo era joven, había una gran cantidad de ideas; pero no se conocía lo que se llama la verdad. Eran los hombres los que se construían las verdades, y cada verdad estaba compuesta de una gran cantidad de pensamientos difusos. Las verdades se hallaban por todo el mundo, y todas eran hermosas.
Nuestro anciano había anotado en su libro centenares de verdades. Yo no voy a repetirlas todas. Allí estaba la verdad de la virginidad y la verdad de la pasión, la verdad de la riqueza y la verdad de la pobreza, de la mesura y del despilfarro, del esmero y del abandono. Las verdades se contaban por centenares y todas eran hermosas. 
Entonces apareció la gente. Cada persona que aparecía cogía una de las verdades; había personas de mucha fuerza que se apoderaban hasta de media docena.
Lo que hacía grotescas a las personas eran las verdades. El anciano exponía una intrincada teoría a propósito de esto. Sostenía que en el momento mismo en que una persona se apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y se esforzaba por adaptar a ella su vida, se convertía en un ser grotesco, y aquella verdad a la que se había abrazado se tornaba mentira.

Traducción de A. Ros
Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez

Winesburg, Ohio (1919)
Sherwood Anderson

Winesburg, Ohio

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio.

El libro de lo grotesco

Al principio, cuando el mundo era joven, había una gran cantidad de ideas; pero no se conocía lo que se llama la verdad. Eran los hombres los que se construían las verdades, y cada verdad estaba compuesta de una gran cantidad de pensamientos difusos. Las verdades se hallaban por todo el mundo, y todas eran hermosas.
Nuestro anciano había anotado en su libro centenares de verdades. Yo no voy a repetirlas todas. Allí estaba la verdad de la virginidad y la verdad de la pasión, la verdad de la riqueza y la verdad de la pobreza, de la mesura y del despilfarro, del esmero y del abandono. Las verdades se contaban por centenares y todas eran hermosas. 
Entonces apareció la gente. Cada persona que aparecía cogía una de las verdades; había personas de mucha fuerza que se apoderaban hasta de media docena.
Lo que hacía grotescas a las personas eran las verdades. El anciano exponía una intrincada teoría a propósito de esto. Sostenía que en el momento mismo en que una persona se apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y se esforzaba por adaptar a ella su vida, se convertía en un ser grotesco, y aquella verdad a la que se había abrazado se tornaba mentira.

Traducción de A. Ros
Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez

Winesburg, Ohio (1919)
Sherwood Anderson

jueves, 25 de mayo de 2017

La marcha

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio.

Aquel joven, que salía de su pueblo a buscar las aventuras de la vida, empezó a pensar; pero no pensó en nada grande ni dramático. No se le ocurrió pensar ni en la muerte de su madre, ni en su partida de Winesburg, ni en la incertidumbre de su vida futura en la ciudad, ni en los aspectos más serios y más amplios de su vida.
Pensaba en cosas pequeñas: en Turk Smallet acarreando tablas en su carretilla por la calle Mayor del pueblo, en las horas de la mañana; en una mujer alta y elegantemente vestida que había pasado una noche en el hotel de su padre; en Butch Weeler, el hombre que encendía las luces de Winesburg, corriendo por las calles en una noche de verano con la antorcha encendida en alto; en Helen White, a la que vio un día de pie junto a una ventana de la casa de correos de Winesburg pegando un sello en un sobre.
El joven se dejó llevar por su creciente afición a los sueños. Quien se hubiese fijado en él no lo habría tomado por persona de inteligencia extraordinaria. Recordando aquellas pequeñas cosas, cerró los ojos y se echó hacia atrás en su asiento. Permaneció así durante largo rato; y cuando volvió a ponerse en pie y miró por la ventanilla, había desaparecido ya el pueblo de Winesburg, y toda su vida allí pasaba a ser como el fondo sobre el que había de pintar los sueños de su edad adulta.

Traducción de A. Ros. Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez

Winesburg, Ohio (1919)
Sherwood Anderson

La marcha

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio.

Aquel joven, que salía de su pueblo a buscar las aventuras de la vida, empezó a pensar; pero no pensó en nada grande ni dramático. No se le ocurrió pensar ni en la muerte de su madre, ni en su partida de Winesburg, ni en la incertidumbre de su vida futura en la ciudad, ni en los aspectos más serios y más amplios de su vida.
Pensaba en cosas pequeñas: en Turk Smallet acarreando tablas en su carretilla por la calle Mayor del pueblo, en las horas de la mañana; en una mujer alta y elegantemente vestida que había pasado una noche en el hotel de su padre; en Butch Weeler, el hombre que encendía las luces de Winesburg, corriendo por las calles en una noche de verano con la antorcha encendida en alto; en Helen White, a la que vio un día de pie junto a una ventana de la casa de correos de Winesburg pegando un sello en un sobre.
El joven se dejó llevar por su creciente afición a los sueños. Quien se hubiese fijado en él no lo habría tomado por persona de inteligencia extraordinaria. Recordando aquellas pequeñas cosas, cerró los ojos y se echó hacia atrás en su asiento. Permaneció así durante largo rato; y cuando volvió a ponerse en pie y miró por la ventanilla, había desaparecido ya el pueblo de Winesburg, y toda su vida allí pasaba a ser como el fondo sobre el que había de pintar los sueños de su edad adulta.

Traducción de A. Ros. Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez

Winesburg, Ohio (1919)
Sherwood Anderson

lunes, 20 de abril de 2015

El pensador

Sherwood Anderson, fotografiado por Imogen Cunningham, 1923.

El periódico en que trabajaba George seguía una táctica: procuraba en todos sus números mencionar por su nombre propio al mayor número posible de habitantes del pueblo. George Willard corría de un sitio a otro, como perro lanzado sobre el rastro de la pieza, anotando en su cuaderno los nombres de aquellas personas que habían salido para la capital del distrito por asuntos de negocio o que habían regresado de algún viaje a los pueblos cercanos. Se pasaba el día escribiendo notas breves en el cuaderno. "A. P. Wringlet acaba de recibir un lote de sombreros de paja. Ed Byerbaum y Tom Marshall se hallaban el viernes en Cleveland. El tío Tom Sinnings está construyendo un nuevo granero en su finca de Valley Road".
George Willard había logrado que la gente de Winesburg lo mirase con respecto, pensando que andando el tiempo llegaría a ser un escritor; George hablaba continuamente acerca de esto con Seth Richmond. "Es la profesión más cómoda que te puedes imaginar -decía exaltándose y adoptando un aire fanfarrón- . Vas de aquí para allí sin estar sujeto a nadie. Que estés en la India o en los mares del Sur en un barco, te pones a escribir y no hace falta más. Espera que yo haga que mi nombre sea conocido, ya verás qué vida me doy".
 
Traducción de A. Ros. Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez.
 
Winesburg, Ohio
Sherwood Anderson

viernes, 10 de agosto de 2012

Beber

Sherwood Anderson, fotografiado por Carl van Wechten en 1933.

Tom Foster llegó a Winesburg procedente de Cincinnati cuando, todavía joven, estaba en condiciones de aprender muchas cosas nuevas. Su abuela se había criado en una granja próxima al pueblo y había ido de joven a su escuela, cuando Winesburg era tan sólo un grupo de doce o quince casas, apelotonadas alrededor de un almacén que vendía toda clase de artículos, en la carretera de Trunion.

Tom Foster gozaba en Winesburg de la vida. Trabajaba en lo que le salía: unas veces cortaba madera para las cocinas, otras segaba la hierba de la parte delantera de las casas. En los últimos días de mayo y en los primeros días de junio recogía fresas de los campos. Tenía tiempo para vagabundear, y lo aprovechaba bien. El banquero White le había regalado una americana usada, que le venía demasiado holgada; pero su abuela la había estrechado; tenía también un abrigo, de idéntica procedencia, con forro de pieles. La piel estaba pelada en algunos sitios pero la prenda abrigaba mucho. Tom dormía en invierno con el abrigo puesto. No le disgustaba aquella manera de ir tirando, y vivía feliz y contento de la suerte que había tenido en Winesburg.
Las cosas más pequeñas y absurdas bastaban para hacer feliz a Tom Foster. Creo que la gente le tenía tanta simpatía por esta manera de ser. Los viernes tostaban café en la tienda de ultramarinos de Hern, preparándose para la gran venta de los sábados por la tarde; toda la calle Mayor se llenaba del rico aroma. LLegaba Tom Foster y se sentaba en un cajón, en la parte posterior de la tienda. Permanecía allí una hora, quieto e inmóvil, empapando todo su ser en aquel olor aromático, que casi le embriagaba de felicidad. "Me gusta -decía despacio-. Me hace pensar en cosas muy lejanas, en países y gentes desconocidos".

Traducción de A. Ros. Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez.

Winesburg, Ohio
Sherwood Anderson

domingo, 11 de mayo de 2008

La Marcha

Aquel joven, que salía de su pueblo a buscar las aventuras de la vida, empezó a pensar; pero no pensó en nada grande ni dramático. No se le ocurrió pensar ni en la muerte de su madre, ni en su partida de Winesburg, ni en la incertidumbre de su vida futura en la ciudad, ni en los aspectos más serios y más amplios de su vida.
Pensaba en cosas pequeñas: en Turk Smallet acarreando tablas en su carretilla por la calle Mayor del pueblo, en las horas de la mañana; en una mujer alta y elegantemente vestida que había pasado una noche en el hotel de su padre; en Butch Weeler, el hombre que encendía las luces de Winesburg, corriendo por las calles en una noche de verano con la antorcha encendida en alto; en Helen White, a la que vio un día de pie junto a una ventana de la casa de correos de Winesburg pegando un sello en un sobre.
El joven se dejó llevar por su creciente afición a los sueños. Quien se hubiese fijado en él no lo habría tomado por persona de inteligencia extraordinaria. Recordando aquellas pequeñas cosas, cerró los ojos y se echó hacia atrás en su asiento. Permaneció así durante largo rato; y cuando volvió a ponerse en pie y miró por la ventanilla, había desaparecido ya el pueblo de Winesburg, y toda su vida allí pasaba a ser como el fondo sobre el que había de pintar los sueños de su edad adulta.

Winesburg, Ohio
Sherwood Anderson

miércoles, 6 de febrero de 2008

La Marcha

El joven George Willard se levantó a las cuatro de la madrugada. Era el mes de abril, y las hojas nuevas empezaban apenas a asomar en las yemas de los árboles. Los que hay en las calles de Winesburg son arces y sus semillas son aladas. Cuando sopla el viento, giran por los aires como un torbellino, llenan la atmósfera y caen al suelo formando una alfombra.
George bajó las escaleras del hotel y entró en el despacho, con una maleta de cuero color marrón. Tenía hecho ya el baúl. Estaba despierto desde las dos de la madrugada pensando en el viaje que iba a emprender y preguntándose qué es lo que encontraría al término de la jornada. El muchacho que dormía en el despacho del hotel estaba acostado en un catre, junto a la puerta. Dormía con la boca abierta y roncaba con fuerza. George se deslizó junto al catre y salió a la desierta calle Mayor. El oriente se teñía de escarlata y en el firmamento, en el que todavía brillaban algunas estrellas, penetraban raudales de luz.

Winesburg, Ohio
Sherwood Anderson