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viernes, 9 de septiembre de 2011

El mandarín

Mandarín de la dinastía Ching (1644-1911). Imagen de Wikimedia.

Una noche, hace años, había empezado a leer en uno de aquellos infolios vetustos un capítulo titulado "Brecha de las Almas"; e iba cayendo en un sopor agradable, cuando este párrafo singular se me destacó del tono neutro y apagado de la página con el relieve de una medalla nueva de oro brillando sobre un tapete oscuro. Copio textualmente:

En lo más remoto de la china existe un mandarín más rico que todos los reyes de que hablan las fábulas o la historia. Nada conoces de él, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que heredes su infinita fortuna, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado sobre un libro. Él dará tan sólo un suspiro en los confines de Mongolia. Será entonces un cadáver; y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres hombre mortal: ¿tocarás tú la campanilla?

Me detuve, atónito, ante la página abierta; aquella interrogación: "hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?", me parecía picaresca, una chanza, y no obstante me perturbaba prodigiosamente. Quise seguir leyendo; pero las líneas huían serpenteando como culebras asustadas, y en el vacío que dejaban, de una lividez de pergamino, quedaba brillando en negro la interpelación extraña: "¿tocarás tú la campanilla?".

Traducción de Paloma Navarro

El mandarín
Eça de Queirós

martes, 1 de julio de 2008

El mandarín

Eça de Queirós
Al otro día partí hacia Tien-Ho con el respetuoso intérprete Sá-Tó, una larga fila de carretas, dos cosacos, un enjambre de coolies.
Al dejar la muralla de la Ciudad Tártara seguimos durante mucho tiempo a lo largo de los jardines sagrados que rodean el templo de Confucio.
Era el final del otoño; las hojas ya habían amarilleado; una dulzura conmovedora flotaba en el aire...
De los quioscos santos salía un murmullo de cánticos monótono y triste. Por las terrazas se arrastraban enormes serpientes, venerables como dioses, ya entorpecidas por el frío. Y aquí y allí, al pasar, divisábamos budistas decrépitos, secos como pergaminos y nudosos como raíces, sentados en el suelo bajo los sicómoros, con las piernas cruzadas, inmóviles como ídolos, contemplándose incesantemente el ombligo a la espera de la perfección del Nirvana...

Traducción de Paloma Navarro
El mandarín
Eça de Queirós

lunes, 26 de mayo de 2008

El mandarín

Entonces, pensando que Lisboa, el medio estancado en que me movía, favorecía el desarrollo de aquellas obsesiones, decidí partir, viajar sobriamente, sin pompa, con un baúl y un lacayo.
Visité, en su orden clásico, París, la banal Suiza, Londres, los lagos taciturnos de Escocia; planté mi tienda ante las murallas evangélicas de Jerusalén; y, desde Alejandría hasta Tebas, recorrí todo ese largo Egipto monumental y triste como el pasillo de un mausoleo. Conocí el mareo de los barcos, la monotonía de las ruinas, la melancolía de las multitudes desconocidas, las desilusiones del bulevar; y mi mal interior iba creciendo.

Traducción de Paloma Navarro

El mandarín
Eça de Queirós