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lunes, 16 de enero de 2012

Arcadia

Ennio Montariello. Il sole sulla schiena.

A veces ponía Aurelio todo su empeño en recordar las fisonomías con las que se encontraba o había encontrado a lo largo de su viaje, esos rostros anónimos, esas vidas de las que sólo sabía un gesto, una apariencia fugaz que pugnaba por aflorar en la superficie de la conciencia, manoteando afanosamente entre la ingente turba de las larvas de la memoria. Pero la memoria es un instrumento demasiado viejo y precario, y los rostros que ante él habían circulado, débilmente prendidos al vértigo de los instantes, eran como esas pompas de jabón a las que su fantástica e irisada belleza, ni lo perfecto de su forma evita que, nada más rozadas, se desvanezcan en el aire y desaparezcan de la existencia sin dejar ningún rastro que pueda pregonar su esplendor aniquilado.
Hay rostros que se nos antojan rebosantes de carácter y de alma, rostros y ademanes quizá hermosos, pero que con la lejanía o la ausencia (y eso es la sustancia del viaje: alejarse y ausentarse) se disgregan cuando queremos recrearlos, como ocurre con ciertos libros muy antiguos, cuyas hojas se desmenuzan al contacto con el aire o con los dedos, de suerte que de ellos puede decirse: con el final de la lectura el libro muere.

Arcadia (1981)
Ignacio Gómez de Liaño

sábado, 21 de marzo de 2009

Arcadia

David Ball. Delfos, Grecia.
De pronto, cuando se fijó en el perfil de los montes que, en la lejanía, articulaban su horizonte, cuando advirtió que había crecido pausada y lentamente la claridad de la mañana, prometiendo un día soleado y alegre, cuando pensó que a unos pasos estaba la fuente Castalia, el templo de Atenea Pronaia, el templo de Apolo, las rocas Fedríades, cuya cumbre rojiza quizá ya había sido persignada por el primer rayo del sol, cuando pensó que estaba cómodamente sentado en las laderas del mismísimo Parnaso, cerca de la histórica tumba de Dionisos, entonces se dio cuenta, como si hasta ese instante no lo hubiera sabido, de que estaba en Delfos, y exclamó: "¡Estoy en Delfos!", y alzando la voz repitió: "¡Estoy en Delfos!". Mientras pronunciaba, mientras paladeaba esas palabras, sintió un gozo tan íntimo, tan rebosante, que le aturdió comprobar que era capaz de experimentar un placer tan dulce, penetrante e inesperado. Se le posaron en la memoria aquellos lejanos tiempos de la infancia en los que soñaba, admirado de su propio sueño, en viajar algún día a remotos y legendarios lugares, a lugares otros a los suyos, pero con los que su alma estaba unida por un vínculo inexplicable e indestructible. "¡Estoy en Delfos!", prorrumpía Aurelio, y el niño que fue y que celosamente seguía atesorado en su interior, parecía decir: "Ahora estás ya en ese otro lugar. Ahora ya has llegado al lugar que hemos soñado juntos".

Arcadia
Ignacio Gómez de Liaño

lunes, 17 de noviembre de 2008

Arcadia

William Daniell. Cigüeña
Los viajes no se pueden medir en términos físicos. Bromeando con esta idea, se dijo Aurelio: "Un ministro de asuntos exteriores puede dar la vuelta al mundo en cinco días y, sin embargo, es como si no hubiese salido de su despacho. Evidentemente, eso no es viajar -añadió-, sino simplemente poner al servicio de su ministerio medios técnicos capaces de dotar a su despacho de una formidable elasticidad". Hay viajes, por el contrario, que se pueden efectuar sin necesidad de abandonar la ciudad en que se ha nacido, como aquel Abu Zeid, nacido y muerto en Siraf, ciudad de la que nunca salió, y que, no obstante, es el autor de uno de los libros de viajes más famosos del siglo IX. Hasta China llegó en los desplazamientos que relata en su Cadena de crónicas. Su forma de viajar (consultando libros e interrogando a gentes) no le impidió incurrir en esos cuadros fantásticos que tanto prodigaban en sus relatos los viajeros contemporáneos (hábito que no han perdido sus descendientes actuales). De la India llegó a contar que era tan desaforada la locura por el juego, que "llegan a jugarse los dedos de las manos. Después de haberse cortado las falanges, los jugadores se cauterizan las heridas con agua hirviente".

Arcadia
Ignacio Gómez de Liaño