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lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Es el vestido necesario al hombre?


 Julius LeBlanc Stewart:Nymphs Hunting. Fuente:americangallery
VIAGE
DE UN FILÓSOFO
A SELENÓPOLIS,
CORTE DESCONOCIDA
DE LOS HABITANTES DE LA TIERRA,
ESCRITO POR ÉL MISMO,
Y PUBLICADO
POR
D. A. M. y E.

CAPÍTULO IX
De las modas, consideradas según su estado en el país de los Selenitas.
¿Es el vestido necesario al hombre? Esta es una cuestión; mas, sin embargo, podemos pensar que si hubiera debido estar siempre vestido, lo hubiera estado por la misma naturaleza, así como lo están los animales con pelo, cuero, conchas, plumas y con cuanto es necesario a la conservación de todo ser viviente.
La decencia, término desconocido durante muchos siglos de candidez, ha podido pedir por convención que ocultase el hombre algunas partes de su cuerpo; pero el cuidado de su propia conservación, exigía que no privase a las otras de las benignas influencias del elemento en que está destinado a vivir. Sean los que quieran los motivos que le hicieron vestirse, es muy cierto que solamente a esta costumbre debe él la debilidad de su temperamento y muchas enfermedades de que se viera exento su cuerpo en medio de un aire libre, entre las cuales se cuentan particularmente las fluxiones, los reumatismos, la gota, los catarros, las ciáticas y todos los demás accidentes que provienen de una transpiración interceptada por el uso de los vestidos y ligaduras, de donde nace también esta porquería, tan dañosa a la economía animal, de que todo cuerpo expuesto a un aire abierto está casi siempre preservado, y de la que no puede libertarse más que por repetidos cuidados y una reparación continua. ¿Llegará a creerse que sea imposible al hombre sacudir un yugo tan funesto a la salud para recobrar su primera constitución si la desgraciada costumbre, que no es, como se dice erradamente, una segunda naturaleza, no triunfase siempre impunemente de la reflexión? El famoso Zar Pedro el Grande, aquel genio célebre del siglo pasado que procuró las experiencias hasta el punto de obligar a todos sus marineros a que no bebiesen más agua que la del mar, por lo que murieron todos, omitió el intentar ésta, que era menos expuesta. Tal vez el buen éxito hubiera justificado la empresa. Aquel Soberano era seguramente muy propio para dar este ejemplo a lo demás de la tierra.
Antonio Marqués y Espejo

martes, 30 de junio de 2009

Estado de la Literatura en Selenópolis

Georges Melies:Les sélénites. Fuente:artnet
El VIAGE
DE UN FILÓSOFO
A SELENÓPOLIS,
CORTE DESCONOCIDA
DE LOS HABITANTES DE LA TIERRA
CAPÍTULO IV
Prosigue el Diálogo entre Arzames y el Filósofo Europeo sobre el estado de la Literatura en Selenópolis.
Siendo la crítica (dijo Arzames), más dañosa que útil para los progresos de la Literatura cuando no se contiene en los límites de la razón y de la equidad, se estableció aquí un tribunal del gusto compuesto de personas sabias y prudentes que tenían la jurisdicción para sentenciar, sin lugar a apelación, sobre todas las disputas literarias.
Las obras se examinaban en él con todo cuidado antes de permitirlas la impresión. No bastaba para esto que no contuviesen cosa alguna contraria a la Religión, a las buenas costumbres, o al gobierno, sino que se necesitaba además que se las juzgase buenas y que contuvieran algunas ideas nuevas y útiles; de otro modo no se las daba el pase. Si la producción era puramente de recreo, estando escrita con un estilo vivo, ingenioso, conciso y brillante, decretaba el tribunal que era propia para desahogar el espíritu por un rato.
Para sofocar las consecuencias de las disputas literarias, que degeneraran por lo común en indecencias y en invectivas poco honrosas a los Literatos, los Litigantes estaban obligados antes de entrar en la lid a establecer claramente la cuestión que se disputaba en la Academia. Sola esta precaución cortaba ya la mayor parte de las disputas en su nacimiento. Cuando dos quieren entenderse, no tardan en ponerse de acuerdo. En las disertaciones físicas sobre los fenómenos había igualmente la obligación de probar los hechos antes de someterlos a la discusión. Así, se ahorraba por lo común la necedad de buscar como Demócrito40 la causa de lo que no es. El proceder de diferente modo es lo mismo que componer remedios para enfermedades imaginarias o que establecer leyes para reformar abusos que no existen.
Se dejaba así a cada uno la libertad de dar definiciones de los seres metafísicos según su gusto; esta suerte de obras servían de recreación. Por ejemplo, se habían dado dos mil definiciones de espíritu, todas diferentes y todas justas.
El Viage de un Filósofo a Selenópolis
Antonio Marqués y Espejo

viernes, 7 de noviembre de 2008

El Templo de la Verdad

Jules Joseph Lefebvre: La Vérité
El VIAGE
DE UN FILÓSOFO
A SELENÓPOLIS,
CORTE DESCONOCIDA
DE LOS HABITANTES DE LA TIERRA

CAPÍTULO VII
El Templo de la Verdad.
Los poetas han colocado la verdad en lo profundo de un abismo inaccesible al espíritu humano; esto es ya un hipérbole: mejor hubieran hecho en ponerla en un desierto árido, rodeada de monstruos que impiden acercarse a ella, monstruos tales como las pasiones, el interés, la adulación y las preocupaciones, los que se necesita vencer para llegar a ella.
A pesar de que la verdad está rodeada de nubes, cuando se la busca con el ingenuo deseo de hallarla, se la encuentra, a lo menos, del modo posible a la inteligencia humana, pero siempre de un modo suficiente para la necesidad.
Por este principio, harto innegable, los Selenitas habían erigido a la verdad un templo de una estructura sencilla pero noble, en el cual, para quitar toda sospecha de idolatría, no había ningún culto. El edificio estaba situado en medio de un monte espeso, separado del tumulto de las cortes y grandes ciudades, mansiones poco propias para la meditación y el retiro interior. Las estatuas con que estaba adornado, hechas por los artistas más hábiles, representaban por un lado el odio, la envidia, la lisonja, la sátira, la ambición, la idolatría, el fanatismo y la superstición, encadenados y atormentados por las furias; y por el otro, la justicia, el desinterés, la sinceridad, la sumisión al Soberano, el respeto por las leyes, la amistad y la beneficencia, coronadas de flores por las musas.
En el fondo del templo se veía, sobre un altar que se alzaba majestuosamente, a la verdad cubierta de un velo ligero. Este ser metafísico, considerado como emanación del Ser Supremo, atraía allí las personas de un carácter dulce y sensible, devotos de la verdad y ansiosos de conocerla. Con este deseo concurrían al templo, pero rara vez salían de él sin conseguirlo, si antes de entrar allí se habían despojado de las pasiones y del uso engañador de los sentidos.
El Viage de un Filósofo a Selenópolis
Antonio Marqués y Espejo

lunes, 29 de septiembre de 2008

Estado de la Literatura en la nación Selenita

Caspar David Friedrich: Two men contemplating the Moon
El VIAGE
DE UN FILÓSOFO
A SELENÓPOLIS,
CORTE DESCONOCIDA
DE LOS HABITANTES DE LA TIERRA
CAPÍTULO III
Estado de la Literatura en la nación Selenita.
Sobre el principio incontestable de que la dificultad no añade ningún mérito a una obra (como no sea en las recopilaciones e investigaciones laboriosas sobre la historia, la antigüedad, la cronología, etc., donde el ingenio contribuye muy poco), las disputas y las guerras suscitadas entre la rima y la razón se habían finalizado naturalmente a favor de la última, que no escribía más que en prosa, estilo natural del buen juicio. La rima, igualmente que los duelos, debió su origen a la barbarie. Un siglo ilustrado debió desterrarla del imperio de las letras.
Nuestros Selenitas no la empleaban más que en los principios de algunas ciencias escritos para el uso de la juventud, a fin de que se les quedasen en la memoria con más facilidad.
Se miraba como perdida la preciosa parte del tiempo que se gasta vanamente en romperse los sesos para encontrar y acoplar dos consonantes con la mira de hacer más brillantes los pensamientos que no deben satisfacer más que al talento, al corazón y la razón, y que no conducen comúnmente sino a alterar o desfigurar lo moral, el juicio y la verdad. Por otra parte, la inversión en el discurso que produce en parte el mérito del lenguaje poético, parecía tan opuesto a su verdadera construcción como se hallaría extraño un edificio en que los sótanos se pusiesen sobre el techo y los graneros en los cimientos, o como una nave cuyos remos se colocasen sobre la gavia y las velas en el fondo de la bodega. ¿Y qué desorden no deberá resultar del trastorno de las palabras, sabiendo que hay tales versos latinos o italianos de seis palabras que pueden trastornarse de mil maneras?
El espíritu filosófico, que no admite sino lo que está marcado con el sello de la claridad y de la verdad, había sacudido el último golpe a la rima, que no es más que un juego seductor y un abuso del ingenio. No siendo el verso en sí mismo más que un adorno del pensamiento y no un arte de hablar mejor, no puede él ser de ningún modo el lenguaje de la naturaleza: un cualquiera se explica algunas veces muy bien sin estudio y un poeta raciocina mal con bastante frecuencia, a pesar de un penoso trabajo; a favor del brillante barniz de la rima pasan muchas cosas malas, así como suelen debilitarse las buenas.

El Viage de un Filósofo a Selenópolis
Antonio Marqués y Espejo

sábado, 14 de junio de 2008

El Viage de un Filósofo a Selenópolis


VIAGE
DE UN FILÓSOFO
A SELENÓPOLIS,
CORTE DESCONOCIDA
DE LOS HABITANTES DE LA TIERRA,
ESCRITO POR ÉL MISMO,
Y PUBLICADO
POR
D. A. M. y E.


Absorto ya en los profundos cálculos y con mi cabeza repleta de proyectos físico-metafísico-quiméricos tocaba yo el término de mi operación cuando de repente me distrajo un susurro confuso de voces que creí bastante cerca de mí. Júzguese de mi sorpresa, sabiendo que estaba en un paraje donde me creía absolutamente solo: estuve casi tentado por creer que pues algunos viajeros habían visto peces volantes, podía muy bien suceder que me hallase en una república de peces locuaces. Sobrecogido por esta idea maravillosa, me adelanté a toda prisa hacia el sitio de donde salían los sonidos; pero, ¡cuánta fue mi admiración al encontrarme allí con un bajel de estructura singular, cuyo fondo movible podía recibir alternativamente una forma convexa o cóncava! El maderaje era de corcho, el árbol de navío de caña, las velas de un tejido muy tupido y superior por su finura a nuestras mejores telas, y todo el cordaje de estos hilos llamados cabellos de ángel: el equipaje tenía por remos unos abanicos enormes y por áncora una especie de escarabajo con una cola tan larga como la de un cometa de la sexta clase, llena de innumerables vejigas. Una infinita multitud de personas, las más del bello sexo, se estaban embarcando con mucha alegría para el país que suple algunas veces benignamente a la falta del sol sobre la Tierra, y que, en lenguaje astronómico y común, se llama la Luna. Seguí con presteza la tropa festiva, y apenas entré en el navío cuando el piloto, favorecido de una niebla espesa por donde flotaba el buque, levó el áncora y se hizo a la vela. Fue tan dichosa la navegación (gracias a un vientecillo de tierra que soplaba verticalmente), que habiendo pasado las tempestades que se forman en la región media, nos hallamos en tres segundos y siete tercios, en los confines de la atmósfera. Allí los pasajeros físicos, después de haber calculado por sus diferentes cómputos, decidieron magistralmente que habíamos ya hecho dieciocho leguas de veinticinco al grado. Atravesamos además cerca de doscientas de aurora boreal, después de lo que, habiendo mandado nuestro jefe dejar toda maniobra, superflua en lo sucesivo y muy expuesta en el punto del pasaje del lleno en el vacío, nuestro bajel agitado por muchos vaivenes bastante violentos, ocasionados por el choque tenaz y perpetuo entre la fuerza centrípeta y la centrífuga, padecía un movimiento oscilatorio que daba mucho cuidado al piloto. Cuando en fin a fuerza de virar y revirar, un golpe de timón dado transversalmente, habiéndonos hecho escapar por un feliz tangente, nos sentimos arrastrados por una fuerza invencible en razón directa de la masa e inversa del cuadrado de la distancia, fuerza tan real como desconocida que, aumentándose, estuvo para estrellarnos. Pero la habilidad del Piloto, intrépido calculador del infinito, habiéndonos hecho atravesar a fuerza de X. y de Y. la región hiperbórea, esquivar el Cárpatos y doblar el Tauro, llegamos en fin a la Palestina y echamos áncoras al pie del Sinaí. Encantado yo de alegría por verme en un país que con tanta ansia había deseado conocer de diferente modo que por mi telescopio y por los extravíos de mi imaginación, me arrebaté de gozo considerando los descubrimientos maravillosos que iba a hacer allí para enriquecer con ellos nuestro globo a mi vuelta y representar en mi patria un papel tanto más importante como que podría decidir abiertamente sobre lo que había visto con mis propios ojos, tocado con mis propias manos, oído con mis propias orejas y observado con mi propio juicio. Pero, ¡ay de mí! Cuánta distancia hay de la imaginación a la verdad. No podría explicar mi confusión y sentimientos cuando después de haber recorrido diferentes climas, frecuentado las cortes, visitado los sabios, los filósofos, los anticuarios y los controversistas, llegué a conocer que había emprendido un viaje inútil: que la Luna como satélite de la Tierra a la cual está sometida por las leyes de la gravitación y tal vez por el aspecto convexo de su figura, tenía necesariamente las mismas leyes, los mismos gustos, usos, costumbres, preocupaciones, en fin, que todo era allí lo mismo que en nuestra Tierra.

El Viage de un Filósofo a Selenópolis
Antonio Marqués y Espejo