Mostrando entradas con la etiqueta Arturo y Carlota Pérez-Reverte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arturo y Carlota Pérez-Reverte. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de marzo de 2009

Limpieza de Sangre

Torquemada, Primer Gran Inquisidor (Fuente Wikipedia)
Limpieza de Sangre
I. Un Lance del Señor de Quevedo
Aquel día corrieron toros en la plaza Mayor, pero al teniente de alguaciles Martín Saldaña se le aguó la fiesta. La mujer había aparecido estrangulada dentro de una silla de manos, ante la iglesia de San Ginés, con un bolsillo entre los dedos que contenía cincuenta escudos y una nota manuscrita, sin firma, con las palabras: «Para misas por su alma ». La había encontrado una beata madrugadora, que avisó al sacristán, y éste al párroco, quien tras una urgente absolución sub conditione dio cuenta a la Justicia. Cuando el teniente de alguaciles hizo acto de presencia en la plazuela de San Ginés, los vecinos y curiosos se arremolinaban ya en torno a la silla. Aquello se había convertido en una romería, de modo que fueron menester unos corchetes para mantener alejada a la gente mientras el juez y el escribano levantaban acta, y Martín Saldaña le echaba un vistazo tranquilo al cadáver.
Saldaña se desempeñaba en todo del modo más cachazudo del mundo, cual si tuviera siempre mucho tiempo por delante. Tal vez por su condición de antiguo soldado -lo había sido en Flandes antes de que su mujer le consiguiera, decían, la vara de teniente, el jefe de los alguaciles de Madrid, solía tomarse las cosas del oficio con mucha flema, a un paso que cierto poeta satírico, el beneficiado Ruiz de Villaseca, había descrito en una décima envenenada como paso de buey, en clara alusión a su supuesta forma de tomar vara, o varas. De cualquier modo, si bien es cierto que Martín Saldaña resultaba lento para algunas cosas, no lo era en absoluto a la hora de servirse de la espada, la daga, el puñal o los pistolones bien cebados que solía cargar al cinto con amenazador tintineo de ferretería. El propio beneficiado Villaseca, a quien le habían abierto tres ojales de espada, a la puerta misma de su casa, la noche del tercer día después de difundirse en el mentidero de San Felipe la décima de marras, podía dar fe de ello en el purgatorio, el infierno, o donde diablos anduviese a tales alturas del negocio.
Limpieza de Sangre
Arturo y Carlota Perez-Reverte)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El capitán Alatriste

Velázquez: La rendición de Breda
El Capitán Alatriste
II. Los Enmascarados
La calle estaba oscura y no se veía un alma. Embozado en una capa vieja prestada por Don Francisco de Quevedo, Diego Alatriste se detuvo junto a la tapia y echó un cauteloso vistazo. Un farol, había dicho Saldaña. En efecto, un pequeño farol encendido alumbraba la oquedad de un portillo, y al otro lado se adivinaba, entre las ramas de los árboles, el tejado sombrío de una casa. Era la hora menguada, cerca de la medianoche, cuando los vecinos gritaban agua va y arrojaban inmundicias por las ventanas, o los matones a sueldo y los salteadores acechaban a sus víctimas en la oscuridad de las calles desprovistas de alumbrado. Pero allí no había vecinos ni parecía haberlos habido nunca; todo estaba en silencio. En cuanto a eventuales ladrones y asesinos, Diego Alatriste iba precavido. Además, desde muy temprana edad había aprendido un principio básico de la vida y la supervivencia: si te empeñas, tú mismo puedes ser tan peligroso como cualquiera que se cruce en tu camino. O más. En cuanto a la cita de aquella noche, las instrucciones incluían caminar desde la antigua puerta de Santa Bárbara por la primera calle a la derecha hasta encontrar un muro de ladrillo y una luz. Hasta ahí, todo iba bien. El capitán se quedó quieto un rato para estudiar el lugar, evitando mirar directamente el farol para que éste no lo deslumbrase al escudriñar los rincones más oscuros, y por fin, tras palparse un momento el coleto de cuero de búfalo que se había puesto bajo la ropilla para el caso de cuchilladas inoportunas, se caló más el sombrero y anduvo despacio hasta el portillo.

El Capitán Alatriste
Arturo y Carlota Pérez-Reverte