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sábado, 8 de mayo de 2021

Dos imágenes en un estanque

Giovanni Papini. El espejo que huye.

Comenzó entonces para mí uno de los períodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo —con mi yo transcurrido— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital —¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!—, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas —la antigua y la nueva— buscaron juntas la universalidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés —recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas— y se aventuraron hasta el Liliensee, una charca mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero.  Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía, me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera), del cual vivían los esmirriados petrimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.
Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.
"Y sin embargo —pensé—, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado; y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"
(fragmento)
Traducción de Horacio Armani

El espejo que huye y otros cuentos
Giovanni Papini (1881-1956)

Dos imágenes en un estanque

Giovanni Papini. El espejo que huye.

Comenzó entonces para mí uno de los períodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo —con mi yo transcurrido— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital —¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!—, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas —la antigua y la nueva— buscaron juntas la universalidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés —recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas— y se aventuraron hasta el Liliensee, una charca mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero.  Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía, me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera), del cual vivían los esmirriados petrimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.
Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.
"Y sin embargo —pensé—, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado; y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"
(fragmento)
Traducción de Horacio Armani

El espejo que huye y otros cuentos
Giovanni Papini (1881-1956)

sábado, 30 de noviembre de 2019

Exposición personal

Giovanni Papini. Exposición personal.

Los gajes del buzo

Alta ornitología

El que quiera despertar, por la mañana, con el espíritu volador del águila, métase en la cama, al anochecer, a la hora en que lo hacen las gallinas.
El que ambiciona hacer de urraca parlanchina en sociedad, que no espere cantar como el ruiseñor cuando vuelva a la soledad.
El que quiera renacer como el fénix, que no se alimente como el cuervo, es decir, de cadáveres.

Nueva librería

Me desagradan los verdaderos libros, los libros impresos. Son demasiados; me rodean cual acreedores desengañados, como jueces sin piedad, cual compañeros opresivos. Quiero venderlos todos y hacerme una biblioteca nueva, que no me moleste.
Estará integrada:
1.º Por todas las obras antiguas que se han perdido para siempre y de las que no nos quedan más que los títulos y las añoranzas.
2.º Por todas las obras soñadas, meditadas y prometidas por los escritores modernos de todas las naciones, pero que no llegaron nunca a escribirse o que, después de escritas, fueron destruidas. Entre ellas muchísimas mías.
Con semejante librería, que no ocupa casi para nada las paredes y los pensamientos, me parecería estar mejor; más solo, quizá, pero más libre y más rico.

Traducción de Alfonso Banda Moras

Exposición personal (1941)
Giovanni Papini

Exposición personal

Giovanni Papini. Exposición personal.

Los gajes del buzo

Alta ornitología

El que quiera despertar, por la mañana, con el espíritu volador del águila, métase en la cama, al anochecer, a la hora en que lo hacen las gallinas.
El que ambiciona hacer de urraca parlanchina en sociedad, que no espere cantar como el ruiseñor cuando vuelva a la soledad.
El que quiera renacer como el fénix, que no se alimente como el cuervo, es decir, de cadáveres.

Nueva librería

Me desagradan los verdaderos libros, los libros impresos. Son demasiados; me rodean cual acreedores desengañados, como jueces sin piedad, cual compañeros opresivos. Quiero venderlos todos y hacerme una biblioteca nueva, que no me moleste.
Estará integrada:
1.º Por todas las obras antiguas que se han perdido para siempre y de las que no nos quedan más que los títulos y las añoranzas.
2.º Por todas las obras soñadas, meditadas y prometidas por los escritores modernos de todas las naciones, pero que no llegaron nunca a escribirse o que, después de escritas, fueron destruidas. Entre ellas muchísimas mías.
Con semejante librería, que no ocupa casi para nada las paredes y los pensamientos, me parecería estar mejor; más solo, quizá, pero más libre y más rico.

Traducción de Alfonso Banda Moras

Exposición personal (1941)
Giovanni Papini

sábado, 7 de enero de 2017

Cómo leo

David Hamilton. Muchacha leyendo.

VI

Hay libros primaverales que brotan en nuestra memoria cuando el aire empieza a tener efluvios de violetas, y tan cálidos de sol y de amor que no sería posible leerlos en otras estaciones. En invierno más bien serían tormento que compensación; en otoño nos ablandarían en la nostalgia.
Ciertos libros heroicos, duros, ascéticos, tonificantes, hay que leerlos por la mañana temprano, cual si nos pusiéramos la armadura después de un baño helado. Y hay otros —pienso especialmente en ciertos poetas— que están hechos para ser leídos al anochecer, al lado de una ventana, en esa tibieza que deja el sol reciente, en esa hora que se presta a las primeras escaramuzas con la tristeza, a los recuerdos molestos que resucitan, como los fantasmas, al aproximarse la gran solemnidad de la noche.

Traducción de Alfonso Banda Moras

Exposición personal (1941)
Giovanni Papini

miércoles, 29 de agosto de 2012

El tres de septiembre

Giovanni Papini. Palabras y sangre. Portada de Álvaro.

El tres de septiembre salí de casa. Delante de ella se extendían campos, viñedos, árboles, secos barbechos, manchones de hierba. Las vides, cargadas de racimos, se reclinaban voluptuosamente contra los chopos, como las mujeres, con el pecho henchido de juventud, se apoyan en el hombre que aman. Todo el cielo se hallaba lleno de viento que hacía reír con lentos sobresaltos todas las hojas; de monstruos pardos que se estriaban lentamente en el azul; de montañas blancas que se desvanecían; del olor de la tierra húmeda y del maíz amontonado en la era.
Me dirigí hacia el río, a través del vuelo de las abejas negras, amarillas, bordoneantes. El agua era escasa, lenta y cenagosa. A pesar de esto, este río me causó placer. Caminando por la ribera, de cara al viento, hollando las mariposas inmóviles en el suelo, adormecidas por la puesta, llegué al vado. La barca me esperaba y, en un momento, me hallé al otro lado.
¿Por qué prefiero la otra ribera? ¿Por que allí son más tupidos los árboles y la hierba es más alta? Nada de eso. Yo amo los paisajes desnudos donde el sol se puede tender todo el día como un vagabundo. Amo, tal vez, esa otra ribera porque es la "otra", porque no es la mía; porque no es aquella a la que me veo obligado a volver todas las noches.

Traducción de Mario Verdaguer

Palabras y sangre
Giovanni Papini

lunes, 20 de julio de 2009

La enciclopedia

Benjamin Wu. Martha.
Los más nítidos y sentimentales recuerdos de aquella edad no son la primera gorra de marinero de terciopelo azul celeste, ni las naranjas chupadas en la pérgola de una playa de aguas verdes oscuras, ni tampoco los engallados caballos piafando en vano en la pista de madera, ni siquiera el primer escalofrío sentido junto a una niña de labios entreabiertos por el aliento jadeante de la carrera. Recuerdo, en cambio, todavía con infantil deseo, mi primer o segundo libro de escuela -pobre, humilde y soso libro de lectura encuadernado con tapas amarillas-, donde un muchacho modelo, afligido y rechoncho, arrodillado en camisa sobre una camita de hierro, , parecía recitar precisamente aquella oración en verso que yo deletreaba debajo. Y recuerdo con mayor nostalgia una especie de Mil y una noches de la naturaleza, un libraco de lomo verde deshilachado, con páginas inmensas, anchas, ajadas, rojizas de humedad, a menudo medio arrancadas o manchadas de tinta, pero que yo abría con la seguridad de ver aparecer ante mí, siempre nueva, una maravilla ya conocida. Allí los pulpos gigantes de ojos redondos y crueles afloraban del mar para agarrar los enormes veleros del Pacífico; un joven de elevada estatura, descubierto, arrodillado en la cumbre de un monte, proyectaba sobre un oscuro cielo alemán su sombra colosal; entre las altísimas y escarpadas paredes de un valle español angosto y oscuro pasaba un diminuto caballero, apenas iluminado por un rayo desde lo alto del cielo, espantado de aquel silencio de abismo; un enternecido demiurgo chino, con un paño a la cintura por único vestido, con el cincel en una mano y el martillo en la otra, estaba puliendo el mundo entre el desorden de un rígido bosque de estalactitas que despuntaban por encima de la tierra; un esforzado explorador embutido en una pelliza plantaba una enorme bandera negra, que flameaba al viento, en la cima de un promontorio, cara al océano Ártico, blanco, solitario y furioso... Y hojeando las páginas enrojecidas aparecían de pronto rostros atontados de indígenas polinesios; islas madrepóricas colocadas en el mar como ligeras almadias; siniestros cometas amarillentos en el ilimitado terror del cielo negrísimo de tinta, y esqueletos de reptiles colosales.

Un centenar de libros
Giovanni Papini

martes, 30 de junio de 2009

CÓMO LEO

David Hamilton. Muchacha leyendo.
Hay libros primaverales que brotan en nuestra memoria cuando el aire empieza a tener efluvios de violetas, y tan cálidos de sol y de amor que no sería posible leerlos en otras estaciones. En invierno más bien serían tormento que compensación; en otoño nos ablandarían en la nostalgia.
Ciertos libros, heroicos, duros, ascéticos, tonificantes, hay que leerlos por la mañana temprano, cual si nos pusiéramos la armadura después de un baño helado. Y hay otros -pienso especialmente en ciertos poetas- que están hechos para ser leídos al anochecer, al lado de una ventana, en esa tibieza que deja el sol reciente, en esa hora que se presta a las primeras escaramuzas con la tristeza, a los recuerdos molestos que resucitan, como los fantasmas, al aproximarse la gran solemnidad de la noche.

Exposición personal
Giovanni Papini

miércoles, 8 de abril de 2009

CÓMO LEO

Andrés Castellanos. Leyendo en la playa.
En los últimos años del siglo decimonono me vino a las manos un librejo de Legouvé titulado, creo, L'art de la lecture. Me quedó sólo esta impresión: que era inútil haberlo leído.

A veces me ha sucedido que al releer ciertos libros he tenido la impresión de no haberlos leído nunca antes de ese momento. Me ha ocurrido, en las releídas, descubrir bellezas y pensamientos que no había visto y también, desgraciadamente, encontrar errores, lagunas, manchas, resquebrajaduras, en las que nunca me había fijado.
Y surge la duda de si tales cambios de juicio son pruebas de un progreso nuestro en la sabiduría y en el gusto o indicios de una perversión y de una decadencia que la soberbia nos oculta. ¿Me parecía hermoso el libro en mis años mozos precisamente porque satisfacía lo que hay de santo en la juventud o por efecto de la inmadurez y de la ignorancia? ¿Y me parece mediocre hoy porque la edad me ha hecho perder lo mejor de mi mismo o porque verdaderamente he aprendido a distinguir al latón del oro, al relámpago fugaz de la perennidad del Sol?

Exposición personal
Giovanni Papini

jueves, 19 de febrero de 2009

CÓMO LEO

Fritz Goro. Leyendo en la habitación.
De joven leía casi siempre para aprender; hoy me ocurre que leo para olvidar.

Los libros que leí cuando tenía siete años, o diez, han desaparecido todos. Y he perdido los que poseía a los quince o a los veinte. Quedan algunos supervivientes de los que tuve entre los veinte y treinta años.
Tal vez sean más grandes, más ricos y hermosos los que poseemos en la actualidad, pero no es lo mismo. Me gustaría volver a tener, por ejemplo, aquella Divina Comedia impresa pobremente en tres tomos allá por el año 1830, con los lomos de tela encarnada en los que yo mismo escribí el título, y que leía en los últimos años del reinado de Humberto, sentado en un frío banco de mosaico, a la vera de una fingida gruta llena de agua verdosa, allá arriba en las cercanías de San Salvatore al Monte.

Exposición personal
Giovanni Papini

viernes, 30 de enero de 2009

La plegaria del buzo

Grabado antiguo. Buzo
El mismo día que cumplí dieciocho años, mi padre me llamó y me dijo, con la debida gravedad:
-Nuestro Señor quiere que todos los hombres realicen en la tierra su trabajo. No ama a los que miran, sentados en el lindero de los campos, cómo trabajan los sembradores y los que aran. Es preciso, pues, que tú elijas libremente un trabajo que dé un fin y un sentido a tu vida. Cualquiera que sea el que elijas, te prometo que no he de ponerte obstáculos. Por lo tanto, decide y habla.
Y yo que reverencio profundamente a Nuestro Señor y obedezco siempre a mi padre, respondí:
-Mi elección ya está hecha. Me haré buzo.
Mi padre se puso un poco pálido, pero contestó en seguida:
-Hágase tu voluntad.

De este modo, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos años he vivido solo y en silencio en las aguas profundas. He habitado todos los mares, he explorado todos los oceános, he descendido a todos los abismos. He encontrado cascos de galeras, con las viejas áncoras despuntadas, llenas de monedas de oro cuyas efigies se hallaban corroídas por el agua -grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancuzcos, me han iluminado con su resplandor irreal-, largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de volcanes sumergidos; he pisado el suelo de las Atlántidas desaparecidas; he encontrado en las hendiduras cadáveres de naúfragos; me he debatido entre los tentáculos de pulpos colosales, y he llevado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, y los puñales que tiran al mar, por la noche, los tremebundos homicidas; las sortijas de los Dux y la aúrea copa del rey de Thule...
Llegó, pues, un día en que ya conocía todas las profundidades marinas, todos los valles de los oceános, todos los abismos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que ya estuve impregnado de todos los perfumes salinos, y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades. Y entonces pensé que Nuestro Señor podía estar satisfecho de mi obra y decidí volver a mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado hacía muchísimos años.

Palabras y sangre
Giovanni Papini

sábado, 24 de enero de 2009

CÓMO LEO

Foto Antigua. Muchacha leyendo.
Hay muchos libros de los que basta leer el prólogo y el índice; a veces el índice solamente. Otros se leen mejor de la manera china: empezando por el último capítulo. De algunas obras de historia, crítica y pensamiento, yo leo primero, ávidamente, las densas notas, con todas las citas y textos ajenos, y gozo tanto en ello que me imagino el contenido de la parte superior de la página, hasta tal punto que, a veces, acabo por no leer nada más.

Determinados libros los he esperado durante años, meses y semanas; he acechado en los escaparates de las librerías su llegada entre nosotros, con la impaciencia de un enamorado, y entristecido por los continuos retrasos, por los contratiempos diarios.
Y cuando por fin he logrado tenerlos en mis manos, he corrido derecho a casa, para empuñar el puñal de marfil, para estuprar las páginas en dieciseisavo y recoger al vuelo las primeras palabras. En días como ése no se tienen ganas de ver a nadie. Incluso la llamada a la mesa suena a castigo. Se espera la noche y la casta protección de la lámpara que ilumina únicamente aquellas páginas y nuestro emocionado recogimiento.
Tenemos toda la noche por delante, para nuestra alegría y nuestros descubrimientos. A ratos nos sonreímos, a ratos nos asaltan deseos de gritar y saltar. Y el sol no se levanta hasta que nuestra curiosidad está aplacada, si bien no satisfecha.

Exposición personal
Giovanni Papini

viernes, 16 de enero de 2009

El coleccionista desengañado

Judy Gibson. Nuevos horizontes
Conocí una vez a un coleccionista -loco de remate como todos sus semejantes- el cual había logrado reunir, a fuerza de viajes, terquedad y libras esterlinas, los siguientes rarísimos objetos:
Unos anteojos usados por Baruch Spinoza.
Un reloj montado por el emperador Carlos V.
Una llave y una cerradura hechas por el rey de Francia Luis XVI.
Un par de zapatos fabricados por León Tolstoi.
Una encinita desarraigada y escuadrada por Guillermo, emperador y rey.
A resultas de muchas de otras locuras de este género se quedó arruinado y un día, con pesar, se decidió a servirse de sus venerables rarezas. Entonces se dio cuenta que con los anteojos de Spinoza no veía; de que no había manera de poner en marcha el reloj de Carlos V; de que la llave de Luis XVI no entraba en la cerradura; de que era imposible andar con los zapatos de Tolstoi, y de que la encinita de Guillermo, enmohecida, no ardía, ni por sueño.
El que en esta verídica historis haya o no una serie de símbolos pedagógicos es algo que dejo a la decisión de los más juiciosos y sagaces lectores.

Exposición personal
Giovanni Papini

lunes, 22 de diciembre de 2008

COMO LEO

Tamara de Lempicka. Kizette in red
No he querido volver a leer nunca más los cinco o seis libros que me gustaron con delirio en mi primera juventud: tengo miedo de perderlos para siempre.

Los hay que leen sentados a la mesa. Los hay que leen echados en las butacas o en las camas. No les juzgo; es más: como hermano, los perdono.
Pero jamás he comprendido mejor y saboreado tanto un libro como cuando lo he leído al aire libre, bajo el cielo amigo que proteje campos y montañas, sentado en la hierba o sobre una peña, con el bastón al lado, un cigarrillo en los labios y el lápiz en la mano. Aquí donde cantaban los pastores míticos, donde rogaban los ermitaños y los solitarios observaban los astros, ha quedado algo de la silenciosa rarefacción deseada por todos los contemplativos, con el fin de llegar a ser -según quieren Walt Whitman y Chauteaubriand- lo que se mira. El aire, aquí arriba, es más sutil y puro no sólo en sentido físico sino en sentido espiritual también. Menos peso en la cabeza, menos impedimentos en el alma, menos asaltos e insidias en los sentidos. Los libros de los santos, leídos en el despacho, en la ciudad, amaestran y sosiegan; y a cierta altura, entre verde de hojas y azul celeste de horizontes, convencen, alientan, encantan. Y aquellos poetas que gustan leídos a la luz de una bombilla eléctrica, releídos en la limpidez de las colinas arrebatan y casi embriagan.

Exposición personal
Giovanni Papini

lunes, 28 de julio de 2008

El navegante aéreo solitario


Fuente de la imagen: Birds As Art
Hace unos días conocí al famoso "navegante aéreo solitario", a quien un fallo del motor obligó a detenerse, solo por un día en esta Ciudad de El Cabo. Es un individuo de unos veinticinco años, tiene un hermoso rostro oval, moreno, de mujer o de poeta, y ojos almendrados y opacos, de enamorado o de santo. Se llama Udai Singh, y desde hace ya tres años vive siempre en el cielo. Viaja de un continente a otro, pasa de un oceáno a un desierto, con un aeroplano privado; tan sólo lleva consigo a un mecánico ayudante, obediente y callado.
Me dijo: "Tan sólo soy feliz cuando me libero, solo en el cielo libre: el sol es mi compañero fiel, las nubes son mis islas y mis etapas de viajes, las brumas mis lugares de ocultamiento, el viento es mi música. Cuando estoy a varios miles de metros por encima de la dura corteza habitada, me siento dueño del mundo y sobre todo me siento propietario único e imperturbable de mi alma. Usted, esclavo terrestre, no puede imaginar la ebriedad pura y alocada de los navegantes del cielo. Los pensamientos son más lúcidos y serenos, la mente está más libre, el corazón más seguro, el alma es más divina. Un archipiélago de rosados cirrus a la hora del ocaso es mi paraíso; las águilas con sus alas desplegadas son mis hermanas; el espejo inmenso del mar reflejando la grandiosidad del cielo es la pantalla de mis visiones. Solamente en la atmósfera elevada hallo la medida de mi respiración y el ritmo de mi ser. El cielo es todo mío porque yo soy todo del cielo".
El Libro Negro
Giovanni Papini