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jueves, 14 de marzo de 2013

La biblioteca ideal

Manuel Domínguez. Biblioteca.

La biblioteca ideal está destinada a un lector en particular. Cada lctor debe sentir que él es ese elegido.

La bibioteca ideal promete a sus lectores todos los libros posibles.

La cantidad de libros en la biblioteca ideal varía constantemente. La biblioteca de Alejandría poseía al parecer 700.0000 rollos; la de Jorge Luis Borges, apenas 500; la del campo de concentración para niños de Birkenau, 8 preciosos volúmenes que debían ser escondidos cada noche en un lugar diferente.

Aun cuando construida de paredes y anaqueles, la biblioteca ideal está en la mente. La biblioteca ideal es la biblioteca recordada.

Cada página en la biblioteca ideal es la primera. Ninguna es la última.

La tarea imposible de todo tirano es destruir la biblioteca ideal.

La tarea imposible de todo lector es reconstruir la biblioteca ideal.
Febrero del 2011

Bibliotecas (2011)
Alberto Manguel

domingo, 30 de septiembre de 2012

La biblioteca ideal

Alisa Verner. Léeme.

La biblioteca ideal está destinada a un lector en particular. Cada lector debe sentir que él es ese elegido.

La biblioteca ideal promete a sus lectores todos los libros posibles.

La biblioteca ideal no tiene horas de cierre.

En la biblioteca ideal no hay ni libros prohibidos ni libros recomendados.

Como las cajas que Paul Valéry decían que componían su mente, la biblioteca ideal tiene libros en las siguientes secciones: "Para estudiar en una ocasión más propicia", "Para no pensar jamás en ellos", "Inútil ir más allá", "Contenido aún no examinado", "Asuntos inútiles", "Tesoros que sólo podrán ser consultados en una segunda vida", "Urgente", "Peligroso", "Delicado", "Imposible", "Abandonado", "Reservado", "Que otros se ocupen de esto"...

La biblioteca ideal (como toda biblioteca) contiene al menos una frase escrita exclusivamente para ti.

La biblioteca ideal
Alberto Manguel

jueves, 5 de julio de 2012

Diario de lecturas

Fridtjof Nansen. Aurora polar.

Viernes

Viajo para Canadá.

Sábado

Mi primera visita a St. Johns de Terranova. Me domina de inmediato la sensación de estar en otro sitio, un mundo-isla con sus reglas propias, su idioma propio, su propia imaginación. Añado St. Johns a los sitios donde creo que podría vivir feliz.

Por la noche estalla una tormenta de nieve sobre la ciudad. Desde mi habitación de hotel, que tiene dos enormes ventanas en esquina, veo las nubes de nieve, traídas por el viento, estrellarse, interminablemente al parecer, contra los cristales, como si todo el edificio estuviera nadando en olas de blanco.

Cuatro de mis experiencias climáticas más memorables me han sucedido en Canadá: esta tormenta de nieve, una aurora boreal en Manitoba, un tornado en Saskatchewan, una tempestad que llegaba del Pacífico vista desde la casa del bibliotecario de Campbell River, en la Columbia Británica, situada en un acantilado por encima de la bahía.
El clima es un tema canadiense. En el Quijote prácticamente no se habla nunca del tiempo.
 
Traducción de José Luis López Muñoz

Diario de lecturas
Alberto Manguel

sábado, 28 de abril de 2012

Runenberg

Michael Parkes. Goingnowhere (En ningún lugar).

Montaña remota que se alza en algún lugar de Alemania en medio de un paisaje boscoso salpicado de ruinas escasamente visibles. Para llegar hasta allí el viajero tiene que atravesar varios arroyos y bosques y luego seguir un sendero que conduce a un edificio antiguo cubierto de musgo. Allí lo estará esperando una muchacha desnuda. La joven abrirá un armario y tomará de él un estuche adornado con piedras preciosas, que entregará al viajero con estas palabras: "Toma, para que me recuerdes". Entonces el viajero se quedará profundamente dormido. Cuando despierte, a la mañana siguiente, advertirá que el estuche ha desaparecido, que recuerda poco de lo ocurrido y que otro sendero baja en dirección a una aldea cercana. 
(Ludwig Tieck, "Der Runenberg", en Taschenbuch für Kunst und Laune, Colonia, 1804)

Traducción: Alianza Editorial

Breve guía de lugares imaginarios
Alberto Manguel, Gianni Guadalupi

lunes, 26 de septiembre de 2011

Diario de lecturas

Alberto Manguel, fotografiado por Claudio Álvarez.

En Mar del Plata, al sur de Buenos Aires, en una casa alquilada para el verano, leí por primera vez las historias de Sherlock Holmes; devoré un libro tras otro, incapaz de dejarlos. No estoy seguro de lo que me cautivó entonces: ni los argumentos -El Séptimo Círculo, la serie de novelas policiacas editadas por Borges y Bioy, ofrecía rompecabezas mucho más intrigantes y soluciones más originales-, ni tampoco las palabras que me parecían menos mágicas que las de Stevenson o Kipling. Quizá fuera lo que Chesterton llama "el hilo de ironía que enlaza todas las solemnes imposibilidades de la narrativa" y que, según pensaba él, convertía las historias de Holmes en "una adición realmente brillante a la gran literatura del absurdo". Quizá fuera la presencia, fría pero tranquilizadora, de un lugar que sería escenario frecuente de mis ensoñaciones, el Londres de Holmes: las habitaciones de Baker Street, iluminadas con luz de gas, las siniestras callejuelas, las plazas señoriales cubiertas por la niebla. Años más tarde viajé a Londres convencido de que encontraría aquella geografía memorable. Mi primera habitación, con derecho a cocina y con una estufa de gas que se alimentaba de chelines, situada sobre un típico puesto de pescado y patatas fritas, bastó para desengañarme.

Traducido del inglés por José Luis López Muñoz

Diario de lecturas
Alberto Manguel

martes, 29 de marzo de 2011

Por qué escribo

Alberto Manguel en Saint-Malo, Bretaña, Francia. Fotografiado por Mathieu Bourgois, 2005.

Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un monje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en un dirigible, ser cinematógrafo y hacer una película, en blanco y negro, absolutamente realista de Alicia en el País de las Maravillas, hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas á la mode de Caën, hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.

Por qué escribo
Alberto Manguel

martes, 8 de marzo de 2011

Diario de lecturas

Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes. Ilustración de Scott McKowen.

En Mar del Plata, al sur de Buenos Aires, en una casa alquilada para el verano, leí por primera vez las historias de Sherlock Holmes; devoré un libro tras otro, incapaz de dejarlos. No estoy seguro de lo que me cautivó entonces: ni los argumentos -El Séptimo Círculo, la serie de novelas policiacas editadas por Borges y Bioy, ofrecía rompecabezas mucho más intrigantes y soluciones más originales-, ni tampoco las palabras, que me parecían menos mágicas que las de Stevenson o Kipling. Quizá fuera lo que Chesterton llama "el hilo de ironía que enlaza todas las solemnes imposibilidades de la narrativa" y que, según pensaba él, convertía las historias de Holmes en "una adición realmente brillante a la literatura del absurdo". Quizá fuera la presencia, fría pero tranquilizadora, de un lugar que sería escenario frecuente de mis ensoñaciones, el Londres de Holmes: las habitaciones de Baker Street, iluminadas con luz de gas, las siniestras callejuelas, las plazas señoriales cubiertas por la niebla. Años más tarde viajé a Londres convencido de que encontraría aquella geografía memorable. Mi primera habitación, con derecho a cocina y con una estufa de gas que se alimentaba de chelines, situada sobre un típico puesto de pescado y patatas fritas, bastó para desengañarme.

Diario de lecturas
Alberto Manguel

sábado, 1 de enero de 2011

Notas para una definición del lector ideal

Alberto Manguel. Fotografía de Isolde Ohlbaum.

El lector ideal no reconstruye una historia: la recrea.
El lector ideal no sigue una historia: toma parte en ella.
El lector ideal posee una capacidad ilimitada para el olvido. Puede apartar de su memoria el conocimiento de que el Dr. Jekyll y el señor Hyde son la misma persona, de que a Julien Sorel le cortarán la cabeza, de que el nombre del asesino de Roger Ackroyd es Fulano de Tal.
El lector ideal no está interesado en los escritos de Brett Easton Ellis.
Después de cerrar el libro, el lector ideal siente que si no lo hubiera leído el mundo sería más pobre.
Al lector ideal le gusta usar el diccionario.
El lector ideal juzga un libro por su portada.
Cada libro, bueno o malo, tiene su lector ideal.
El lector ideal desea llegar al final del libro y a la vez saber que el libro jamás terminará.
El lector ideal es el personaje principal de la novela que está leyendo.

Nuevo elogio de la locura
Alberto Manguel

martes, 1 de junio de 2010

Notas para una definición del lector ideal

Alberto Manguel, Saint-Malo, Bretaña, Francia, 2005. Foto de Mathieu Bourgois.

El lector ideal no sigue una historia : toma parte en ella.
El lector ideal jamás cuenta cuántos libros tiene.
El lector ideal es generoso y codicioso a la vez.
Cuando lee un libro de hace siglos, el lector ideal se siente inmortal.
Paolo y Francesca no eran lectores ideales, puesto que le confiesan a Dante que después de su primer beso dejaron de leer. Los lectores ideales se habrían besado y habrían continuado leyendo. Un amor no excluye el otro.
El lector ideal no sabe que es el lector ideal hasta que ha llegado al final del libro.
El lector ideal comparte la ética de don Quijote, el anhelo de madame Bobary, la lujuria de la esposa de Bath, el espíritu aventurero de Ulises, la entereza de Holden Caufield, al menos en el espacio del relato.
Robinson Crusoe no es un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal lee para encontrar preguntas.
El lector ideal no tiene una nacionalidad precisa.
El lector ideal es capaz de enamorarse de al menos uno de los personajes del libro.
Un escritor nunca es su propio lector ideal.
La literatura no depende de lectores ideales, sino sólo de lectores suficientemente buenos.

Nuevo elogio de la locura
Alberto Manguel

martes, 16 de junio de 2009

Diario de lecturas

Alberto Manguel. Foto de Olivier Roller.
Pienso en los interminables paisajes canadienses y me doy cuenta de que la diferencia con lo que veo ahora a mi alrededor, en Francia, es esencialmente una diferencia de dimensión. Aquí tengo la sensación de que me bastaría estirar el brazo para tocar una iglesia, un bosque, la cima de una colina. En Canadá (como en Argentina) el horizonte se aleja siempre, lo que Drieu la Rochelle llamaba "vértigo horizontal".

Nadie se pierde en el paisaje europeo, excepto en los cuentos de hadas. Quizá sí en la Edad Media, quizás suceda aún en unos cuantos rincones secretos de los Pirineos o de los Cárpatos. Pero en la Europa que conozco hay siempre una carretera, una casa a la vista. A orillas del lago Leman, en Ginebra, pensé alguna vez en lo artificial de su belleza comparada con los lagos de Canadá que conozco.

Diario de lecturas
Alberto Manguel

lunes, 30 de marzo de 2009

Lectura privada

Eve Arnold. Marilyn leyendo el Ulises de Joyce.
Con frecuencia, el placer que proporciona la lectura depende de la comodidad del lector. "He buscado la felicidad por todas partes", confesaba Tomás de Kempis a principios del siglo XV, " pero no la he encontrado en ningún sitio excepto en un rincón y en compañía de un libro". Pero, ¿qué rincón? ¿Qué libro? Tanto si escogemos primero el libro y después el rincón o primero el rincón y después decidimos qué libro corresponderá al ambiente del rincón, no cabe duda de que a cada libro corresponde un cierto lugar de lectura, y entre los dos existe una relación inextricable. Hay libros que leo en mi sillón y hay otros que leo sentado frente a mi escritorio; hay libros que leo en el metro, en tranvías o autobuses. Considero que los libros leídos en trenes tienen algo en común con los libros que se leen en sillones, quizá porque en ambos casos puedo aislarme sin dificultad de lo que me rodea. "La mejor ocasión para leer un buen relato elegante", ha dicho el novelista inglés Alan Sillitoe, "es un viaje solitario en tren. Rodeado de desconocidos y con un paisaje que no nos es familiar al otro lado de la ventanilla (al que se echa una ojeada de cuando en cuando) la vida atractiva y complicada que surge de las páginas impresas posee matices propios, peculiares y duraderos". Libros leídos en una biblioteca pública nunca tienen el mismo aroma que los leídos en un ático o en la cocina.

El epicúreo poeta persa Omar Jayyam recomendaba leer poesía al aire libre y bajo un árbol. "Suelo desnudarme", escribió el joven poeta Shelley, "y sentarme sobre las rocas, leyendo a Herodoto, hasta que dejo de sudar". Pero no todo el mundo es capaz de leer con el cielo por techo. "Raras veces leo en playas o jardines", confesaba Marguerite Duras. "No se puede leer con dos luces al mismo tiempo, la luz del día y la del libro. Hay que leer con luz eléctrica, la habitación a oscuras, sólo la página iluminada".

Una historia de la lectura
Alberto Manguel

jueves, 12 de marzo de 2009

Los lectores silenciosos

Alfred Eisenstaedt. Marilyn en su casa, leyendo.
En el año 383, casi medio siglo después de que Constantino el Grande, primer emperador del mundo cristiano, fuera bautizado en su lecho de muerte, un profesor de retórica latina de veintinueve años de edad que los siglos futuros conocerían como San Agustín llegó a Roma desde una de las avanzadillas del Imperio en el norte de África. Alquiló una casa, creó una escuela y atrajo a un grupo de alumnos que habían oído hablar de las cualidades de aquel intelectual de provincias, pero no tardó en darse cuenta de que no iba a ser capaz de ganarse la vida como maestro en la capital del Imperio. En Cartago, su ciudad de origen, sus alumnos habían sido gamberros alborotadores, pero por lo menos pagaban las lecciones; en Roma sus alumnos escuchaban en silencio sus disquisiciones sobre Aristóteles o Cicerón hasta que llegaba el momento de fijar los honorarios, momento en que se pasaban en masse a otro profesor dejando a Agustín con las manos vacías. De manera que, cuando un año después el prefecto de Roma le ofreció la oportunidad de enseñar literatura y elocución en la ciudad de Milán, incluyendo en la oferta los gastos de viaje, Agustín aceptó agradecido.
Quizá porque era forastero en la ciudad y deseaba compañía intelectual, o quizá porque su madre le había pedido que lo hiciera, Agustín, una vez en Milán, decidió visitar al obispo, el célebre San Ambrosio, amigo y consejero de Mónica, la madre de Agustín.

Según un mosaico del siglo V, Ambrosio era un hombre pequeño, de aspecto inteligente, orejas grandes y barba corta y negra que contribuía más a comérsele el rostro angular que a llenarle la cara. Era un predicador sumamente apreciado; en la iconografía cristiana su símbolo fue la colmena, emblema de la elocuencia. Agustín, que consideraba afortunado a Ambrosio, puesto que tantas personas lo admiraban, fue incapaz de hacer a aquel sabio las preguntas sobre cuestiones de fe que le preocupaban, porque, cuando Ambrosio no estaba comiendo frugalmente o atendiendo a uno de sus muchos admiradores, se encontraba solo en su celda, leyendo.
Ambrosio era un lector fuera de lo común. "Cuando leía", dice Agustín, "sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban. Muchas veces estando yo presente, pues el ingreso a nadie estaba vedado ni había costumbre en su casa de anunciar al visitante, así le vi leer en silencio y jamás de otro modo".
Ojos que escrutan la página, lengua inmóvil: así, exactamente, es como yo describiría hoy a un lector que estuviera sentado con un libro en un café frente a la iglesia de San Ambrosio en Milán, leyendo, tal vez, las Confesiones de san Agustín.

Una historia de la lectura
Alberto Manguel

jueves, 22 de enero de 2009

Diario de lecturas

Foto de Simo Neri. Alberto Manguel
Martes
Devorar: Bioy Casares recordaba que el escritor argentino Enrique Larreta le aseguró en una ocasión "que era tan activa su inteligencia que no le permitía leer: toda frase le sugería un cúmulo de ideas y de imágenes que lo extraviaba por esos mundos de su mente y le hacía perder el hilo de la lectura".

Domingo
Desgraciadamente estoy otra vez de viaje. Me he trasladado hasta Umea, en el norte de Suecia, para dar una conferencia en la universidad...
Imagino un volumen de memorias al estilo de una de aquellas bolsas de libros que los viajeros solían llevar consigo hace siglos. Una autobiografía a través de los libros que he leído y los lugares que he visitado. Una tarea para la otra vida.

Lunes
Durante la cena el crítico Anders Björnsson me cuenta cómo, cuando un fuego destruyó su biblioteca, sintió que para reunirla de nuevo necesitaba saber, en primer lugar, qué libros no incluir.

Diario de lecturas
Alberto Manguel