Mostrando entradas con la etiqueta Hermann Hesse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hermann Hesse. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de enero de 2021

Aldea

Aldea. Acuarela de Hermann Hesse.

¡Ya lo sé! No es en Busoni en quien pienso, ni en Zurich, ni en Mahler. Estos son los habituales engaños de la memoria, cuando tropieza con algo incómodo; entonces le gusta colocar en primer plano imágenes inofensivas. ¡Ahora lo sé! En aquel restaurante se hallaba también una mujer joven, muy rubia y de mejillas muy sonrosadas, con la que yo no hablé una sola palabra. ¡Ángel mío! ¡Mirarla era goce y tormento, cuánto la amé durante aquella hora! Volví a tener dieciocho años.
De repente todo es diáfano. ¡Rubia, hermosa y alegre mujer! Ya no sé cómo te llamas. Te amé durante una hora y vuelvo a amarte hoy, durante otra hora, en la callejuela soleada de un pueblo de montaña. Nunca te ha amado nadie como yo, nunca te ha concedido nadie tanto poder como yo, tanto poder absoluto. Pero estoy condenado a la infidelidad. Soy uno de esos casquivanos que no aman a una mujer, sino al amor.
Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura. Pero la otra mitad es una necesidad inconsciente de transformar y diluir lo erótico. Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a albergar deseos amorosos precisamente a causa de su carácter irrealizable, y aquel amor que debería pertenecer a la mujer lo repartimos, jugando, entre pueblo y montaña, lago y garganta, los niños del camino, los mendigos del puente, el buey de la pradera, el pájaro, la mariposa. Separamos al amor del objeto, el amor en sí es suficiente para nosotros, del mismo modo que no buscamos el destino en el peregrinaje, sino únicamente disfrutarlo, estar de camino.

Traducción de Pilar Giralt

El caminante (1918)
Hermann Hesse  

Aldea

Aldea. Acuarela de Hermann Hesse.

¡Ya lo sé! No es en Busoni en quien pienso, ni en Zurich, ni en Mahler. Estos son los habituales engaños de la memoria, cuando tropieza con algo incómodo; entonces le gusta colocar en primer plano imágenes inofensivas. ¡Ahora lo sé! En aquel restaurante se hallaba también una mujer joven, muy rubia y de mejillas muy sonrosadas, con la que yo no hablé una sola palabra. ¡Ángel mío! ¡Mirarla era goce y tormento, cuánto la amé durante aquella hora! Volví a tener dieciocho años.
De repente todo es diáfano. ¡Rubia, hermosa y alegre mujer! Ya no sé cómo te llamas. Te amé durante una hora y vuelvo a amarte hoy, durante otra hora, en la callejuela soleada de un pueblo de montaña. Nunca te ha amado nadie como yo, nunca te ha concedido nadie tanto poder como yo, tanto poder absoluto. Pero estoy condenado a la infidelidad. Soy uno de esos casquivanos que no aman a una mujer, sino al amor.
Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura. Pero la otra mitad es una necesidad inconsciente de transformar y diluir lo erótico. Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a albergar deseos amorosos precisamente a causa de su carácter irrealizable, y aquel amor que debería pertenecer a la mujer lo repartimos, jugando, entre pueblo y montaña, lago y garganta, los niños del camino, los mendigos del puente, el buey de la pradera, el pájaro, la mariposa. Separamos al amor del objeto, el amor en sí es suficiente para nosotros, del mismo modo que no buscamos el destino en el peregrinaje, sino únicamente disfrutarlo, estar de camino.

Traducción de Pilar Giralt

El caminante (1918)
Hermann Hesse  

martes, 10 de septiembre de 2019

Viaje al Oriente

George Owen Wynne Apperley. Recuerdo.

Capítulo primero

La historia de la Humanidad me parece a veces un enorme pliego de láminas que reflejasen la nostalgia más vigorosa y obcecada del hombre: la nostalgia del olvido. ¿No intenta borrar cada generación todo lo que a la anterior le parecía más importante, empleando para ello la coerción, el silencio y la burla? ¿No lo acabamos de vivir últimamente? Recordemos la forma en que una guerra terrible, cruel y larga ha sido olvidada, negada, reprimida y borrada por pueblos enteros, y como estos mismos pueblos, ahora que se han recuperado un poco, tratan de recordar de nuevo mediante excitantes novelas de guerra aquello que ellos mismos provocaron y sufrieron. Llegará también el día en que las hazañas y padecimientos de nuestro Círculo, hoy olvidados o bien ridiculizados por el mundo, sean descubiertos de nuevo. Mis anotaciones servirán para ello.
Una de las peculiaridades de nuestro peregrinaje a Oriente fue que, a pesar de perseguir con este viaje unos fines colectivos muy concretos y elevados (los mismos pertenecen a los secretos del Círculo y me es imposible revelarlos aquí), cada uno de los participantes podía tener al mismo tiempo sus propios objetivos. Es más, debía de tenerlos, ya que nadie podía participar en el viaje sin estos objetivos particulares. Cada uno de nosotros, mientras parecía perseguir un ideal y un objetivo comunes y combatir bajo una misma bandera, llevada en sí como fuerza intrínseca y como último consuelo, sus propios y necios sueños de la infancia. El objetivo particular que me impulsara a mí a emprender el viaje, y por el cual fui preguntado antes de mi admisión en el Círculo por la Gran Silla, era extremadamente sencillo, en tanto que otros miembros se habían propuesto alcanzar fines que, aunque yo respetaba, no acababa de comprender del todo. Uno de ellos, por ejemplo, era buscador de tesoros y en su mente no albergaba otro pensamiento que el de descubrir un gran tesoro al que llamaba «Tao»; a otro, se le había metido en la cabeza cazar una determinada serpiente, la cual, según decía, poseía poderes mágicos y a la que él llamaba «Kundalini», la finalidad que yo me había propuesto representaba el objetivo de toda mi vida; quería realizar el sueño de mis años de adolescencia: ver a la princesa Fatme y, si ello me era posible, conquistar su amor.

Traducción de Víctor Scholz

Viaje al Oriente (1932)
Hermann Hesse

Viaje al Oriente

George Owen Wynne Apperley. Recuerdo.

Capítulo primero

La historia de la Humanidad me parece a veces un enorme pliego de láminas que reflejasen la nostalgia más vigorosa y obcecada del hombre: la nostalgia del olvido. ¿No intenta borrar cada generación todo lo que a la anterior le parecía más importante, empleando para ello la coerción, el silencio y la burla? ¿No lo acabamos de vivir últimamente? Recordemos la forma en que una guerra terrible, cruel y larga ha sido olvidada, negada, reprimida y borrada por pueblos enteros, y como estos mismos pueblos, ahora que se han recuperado un poco, tratan de recordar de nuevo mediante excitantes novelas de guerra aquello que ellos mismos provocaron y sufrieron. Llegará también el día en que las hazañas y padecimientos de nuestro Círculo, hoy olvidados o bien ridiculizados por el mundo, sean descubiertos de nuevo. Mis anotaciones servirán para ello.
Una de las peculiaridades de nuestro peregrinaje a Oriente fue que, a pesar de perseguir con este viaje unos fines colectivos muy concretos y elevados (los mismos pertenecen a los secretos del Círculo y me es imposible revelarlos aquí), cada uno de los participantes podía tener al mismo tiempo sus propios objetivos. Es más, debía de tenerlos, ya que nadie podía participar en el viaje sin estos objetivos particulares. Cada uno de nosotros, mientras parecía perseguir un ideal y un objetivo comunes y combatir bajo una misma bandera, llevada en sí como fuerza intrínseca y como último consuelo, sus propios y necios sueños de la infancia. El objetivo particular que me impulsara a mí a emprender el viaje, y por el cual fui preguntado antes de mi admisión en el Círculo por la Gran Silla, era extremadamente sencillo, en tanto que otros miembros se habían propuesto alcanzar fines que, aunque yo respetaba, no acababa de comprender del todo. Uno de ellos, por ejemplo, era buscador de tesoros y en su mente no albergaba otro pensamiento que el de descubrir un gran tesoro al que llamaba «Tao»; a otro, se le había metido en la cabeza cazar una determinada serpiente, la cual, según decía, poseía poderes mágicos y a la que él llamaba «Kundalini», la finalidad que yo me había propuesto representaba el objetivo de toda mi vida; quería realizar el sueño de mis años de adolescencia: ver a la princesa Fatme y, si ello me era posible, conquistar su amor.

Traducción de Víctor Scholz

Viaje al Oriente (1932)
Hermann Hesse

martes, 19 de febrero de 2019

Obstinación

Hermann Hesse. Obstinación.

Una virtud hay que quiero mucho, una sola, se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leeremos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a las leyes dictadas por los hombres. Tan sólo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al «propio sentido».

Traducción de Anton Dietrich

Obstinación
Hermann Hesse

Obstinación

Hermann Hesse. Obstinación.

Una virtud hay que quiero mucho, una sola, se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leeremos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a las leyes dictadas por los hombres. Tan sólo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al «propio sentido».

Traducción de Anton Dietrich

Obstinación
Hermann Hesse

lunes, 17 de septiembre de 2018

Lecturas para minutos

Hermann Hesse. Lecturas para minutos.

Pensamientos extraídos de sus libros y cartas.

Lectura y Libros

Un libro antiguo es siempre consolador. Su voz, llegada desde la lejanía, podemos escucharla o no, y cuando de pronto relampaguean palabras poderosas no las tomamos como las de un libro de hoy, de un autor llamado tal y cual, sino como de primera mano, como un grito de gaviota o un rayo de sol.

Según mi experiencia, no hay mejor propósito para las vacaciones que el de no leer ni una sola línea, y luego, nada más hermoso que ser infiel a ese propósito con un libro verdaderamente bello.

Realidad e Imaginación

De una historia sólo es verdad lo que se cree quien la escucha.

Nadie sueña con lo que no le interesa.

Traducción de Asunción Silván

Lecturas para minutos
Hermann Hesse

Lecturas para minutos

Hermann Hesse. Lecturas para minutos.

Pensamientos extraídos de sus libros y cartas.

Lectura y Libros

Un libro antiguo es siempre consolador. Su voz, llegada desde la lejanía, podemos escucharla o no, y cuando de pronto relampaguean palabras poderosas no las tomamos como las de un libro de hoy, de un autor llamado tal y cual, sino como de primera mano, como un grito de gaviota o un rayo de sol.

Según mi experiencia, no hay mejor propósito para las vacaciones que el de no leer ni una sola línea, y luego, nada más hermoso que ser infiel a ese propósito con un libro verdaderamente bello.

Realidad e Imaginación

De una historia sólo es verdad lo que se cree quien la escucha.

Nadie sueña con lo que no le interesa.

Traducción de Asunción Silván

Lecturas para minutos
Hermann Hesse

sábado, 14 de octubre de 2017

I Ching

Hermann Hesse. Mi credo.

Hay libros, libros de santidad y sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años; libros que es imposible leer como se leen otros libros. Hay partes de la Biblia que pertenecen a esta categoría, y el Tao-te-King. Es suficiente una sola frase de estos libros para sentirse colmado, para ocuparse y reflexionar durante mucho tiempo. Estos libros se tienen al alcance de la mano o se llevan en el bolsillo cuando se va a pasear por el bosque, y nunca se leen durante media hora seguida, sino que cada vez se toma una sentencia, una línea, para meditar sobre ella, para conocer un poco más —después de las futilidades del día, incluidas las otras lecturas— la escala de valores de los grandes y los santos.
Considero una dicha haber encontrado un libro equiparable a estos dos. Evidentemente, como los otros, es un libro muy antiguo, se remonta a miles de años, pero hasta ahora no se había intentado traducirlo al alemán. Se titula I Ching, el libro de las transformaciones, y contiene la antigua sabiduría y magia de China. Se puede utilizar como libro de oráculos para hallar consejos en los momentos difíciles de la vida. Se puede utilizar y apreciarlo «sólo» a causa de su sabiduría. Hay en este libro, que nunca podré comprender más que intuitivamente y en momentos aislados, un sistema de símiles para todo el mundo, basado en ocho cualidades o imágenes; de ellas. las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, el fuerte y el dócil. Esas ocho cualidades son expresadas por sendos signos de gran sencillez, que se combinan entre sí y ofrecen sesenta y cuatro posibilidades, en las cuales se basa el oráculo. Se pregunta al oráculo y se obtiene más o menos esta respuesta: «Verdad interior: cerdos y peces, ¡Salvación! Es necesario cruzar el gran río. es preciso tener perseverancia». Entonces se puede meditar sobre ello; además, dispone de comentarios.
Este libro de las transformaciones está desde hace medio año en mi dormitorio, y nunca he leído más de una página seguida. Cuando miramos una de las combinaciones de signos, nos sentimos invadidos por Ch'ien, el Creador, y por Sun, el Bondadoso, por lo que no es lectura, ni tampoco meditación, sino una contemplación de agua corriente o nubes pasajeras. Todo cuanto podemos pensar o vivir está escrito ahí.
(1925)
Traducción de Pilar Giralt

Mi credo
Hermann Hesse

I Ching

Hermann Hesse. Mi credo.

Hay libros, libros de santidad y sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años; libros que es imposible leer como se leen otros libros. Hay partes de la Biblia que pertenecen a esta categoría, y el Tao-te-King. Es suficiente una sola frase de estos libros para sentirse colmado, para ocuparse y reflexionar durante mucho tiempo. Estos libros se tienen al alcance de la mano o se llevan en el bolsillo cuando se va a pasear por el bosque, y nunca se leen durante media hora seguida, sino que cada vez se toma una sentencia, una línea, para meditar sobre ella, para conocer un poco más —después de las futilidades del día, incluidas las otras lecturas— la escala de valores de los grandes y los santos.
Considero una dicha haber encontrado un libro equiparable a estos dos. Evidentemente, como los otros, es un libro muy antiguo, se remonta a miles de años, pero hasta ahora no se había intentado traducirlo al alemán. Se titula I Ching, el libro de las transformaciones, y contiene la antigua sabiduría y magia de China. Se puede utilizar como libro de oráculos para hallar consejos en los momentos difíciles de la vida. Se puede utilizar y apreciarlo «sólo» a causa de su sabiduría. Hay en este libro, que nunca podré comprender más que intuitivamente y en momentos aislados, un sistema de símiles para todo el mundo, basado en ocho cualidades o imágenes; de ellas. las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, el fuerte y el dócil. Esas ocho cualidades son expresadas por sendos signos de gran sencillez, que se combinan entre sí y ofrecen sesenta y cuatro posibilidades, en las cuales se basa el oráculo. Se pregunta al oráculo y se obtiene más o menos esta respuesta: «Verdad interior: cerdos y peces, ¡Salvación! Es necesario cruzar el gran río. es preciso tener perseverancia». Entonces se puede meditar sobre ello; además, dispone de comentarios.
Este libro de las transformaciones está desde hace medio año en mi dormitorio, y nunca he leído más de una página seguida. Cuando miramos una de las combinaciones de signos, nos sentimos invadidos por Ch'ien, el Creador, y por Sun, el Bondadoso, por lo que no es lectura, ni tampoco meditación, sino una contemplación de agua corriente o nubes pasajeras. Todo cuanto podemos pensar o vivir está escrito ahí.
(1925)
Traducción de Pilar Giralt

Mi credo
Hermann Hesse

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Viaje al Oriente

Hermann Hesse. Viaje al Oriente.

Capítulo primero

Lo que más dificulta mi narración es sin duda la gran diversidad de recuerdos. Ya he dicho que a veces nuestro pequeño grupo marchaba solo, pero que otras formábamos una masa ingente al extremo de constituir en ocasiones un verdadero ejército. También he hecho constar que cubrí algunas jornadas en compañía de escasos camaradas, o solo por completo, sin tienda, sin jefe, sin Orador. Otra dificultad es, y grande, que no sólo cruzábamos espacios, sino también épocas. Marchábamos hacia Oriente, pero al mismo tiempo penetrábamos también en la Edad Media o en la Edad del Oro, cruzábamos Italia o Suiza, pero en ocasiones acampábamos en pleno siglo X, junto con los patriarcas o las hadas. En la época de mi peregrinaje solitario, hallé a menudo personas y países de mi vida pasada. Me paseaba con una antigua novia por las orillas del Rin superior, bebía vino con unos amigos de juventud en Tubingen, en Basilea o en Florencia, o era un escolar que hacía excursiones con los compañeros de clase para cazar mariposas o buscar lagartijas. Entre los compañeros de viaje recuerdo también a los personajes de mis libros favoritos: Almanzor y Parsifal montaban a caballo a mi lado, y también Witiko o Goldmundo, Sancho Panza y los Barkemidas, que me invitaron a marchar con ellos. Cuando tropezaba de nuevo con nuestro grupo, cuando volvía a escuchar las canciones de nuestro Círculo y acampaba ante la tienda de los jefes, entonces veía con diáfana claridad que mi retorno a la infancia o mi paseo con Sancho Panza pertenecían necesariamente a aquel viaje; ya que nuestro objetivo no tan sólo era Oriente, o, mejor dicho, nuestro Oriente no sólo era un país y un concepto geográfico, sino la patria y la juventud del alma, la inmensidad y la nada, el conjunto de todos los tiempos.

Traducción de Víctor Scholz

Viaje al Oriente (1932)
Hermann Hesse

Viaje al Oriente

Hermann Hesse. Viaje al Oriente.

Capítulo primero

Lo que más dificulta mi narración es sin duda la gran diversidad de recuerdos. Ya he dicho que a veces nuestro pequeño grupo marchaba solo, pero que otras formábamos una masa ingente al extremo de constituir en ocasiones un verdadero ejército. También he hecho constar que cubrí algunas jornadas en compañía de escasos camaradas, o solo por completo, sin tienda, sin jefe, sin Orador. Otra dificultad es, y grande, que no sólo cruzábamos espacios, sino también épocas. Marchábamos hacia Oriente, pero al mismo tiempo penetrábamos también en la Edad Media o en la Edad del Oro, cruzábamos Italia o Suiza, pero en ocasiones acampábamos en pleno siglo X, junto con los patriarcas o las hadas. En la época de mi peregrinaje solitario, hallé a menudo personas y países de mi vida pasada. Me paseaba con una antigua novia por las orillas del Rin superior, bebía vino con unos amigos de juventud en Tubingen, en Basilea o en Florencia, o era un escolar que hacía excursiones con los compañeros de clase para cazar mariposas o buscar lagartijas. Entre los compañeros de viaje recuerdo también a los personajes de mis libros favoritos: Almanzor y Parsifal montaban a caballo a mi lado, y también Witiko o Goldmundo, Sancho Panza y los Barkemidas, que me invitaron a marchar con ellos. Cuando tropezaba de nuevo con nuestro grupo, cuando volvía a escuchar las canciones de nuestro Círculo y acampaba ante la tienda de los jefes, entonces veía con diáfana claridad que mi retorno a la infancia o mi paseo con Sancho Panza pertenecían necesariamente a aquel viaje; ya que nuestro objetivo no tan sólo era Oriente, o, mejor dicho, nuestro Oriente no sólo era un país y un concepto geográfico, sino la patria y la juventud del alma, la inmensidad y la nada, el conjunto de todos los tiempos.

Traducción de Víctor Scholz

Viaje al Oriente (1932)
Hermann Hesse

domingo, 21 de abril de 2013

El lobo estepario

Hermann Hesse, fotografiado por Martin Hesse.

Y de pronto también yo me encontré muy cansado y tuve la sensación de que era muy tarde y de que estaría bien llegar a casa. Corrí más deprisa, y atravesando la dormida calleja del suburbio llegué a mi barrio de las antiguas murallas, donde viven los empleados y los pequeños rentistas en casas de alquiler modestas y limpias, tras de un poco de césped y de hiedra. Pasando por la hiedra, por el césped, por el pequeño abeto, alcancé la puerta de mi casa, di con la cerradura, hallé la llave de la luz, me deslicé junto a las puertas de cristales, pasé por los armarios barnizados y junto a las macetas, abrí mi cuarto, mi pequeña apariencia de hogar, donde me esperaban el sillón y la estufa, el tintero y la caja de pinturas, Novalis y Dostoiewski, igual que a los otros, a los hombres verdaderos, cuando vuelven a sus casas, los esperan la madre o la mujer, los hijos, las criadas, los perros y los gatos.

Traducción de manuel Manzanares

El lobo estepario
Hermann Hesse

jueves, 26 de mayo de 2011

Mi credo

Hermann Hesse, retratado por Ernst Würtenberger, 1905.

El credo a que me refiero no es fácil expresarlo con palabras. Podría explicarse así: creo que, a pesar de su aparente absurdo, la vida tiene sentido; y aunque reconozco que este sentido último de la vida no lo puedo captar con la razón, estoy dispuesto a seguirlo aun cuando signifique sacrificarme a mí mismo. Su voz la oigo en mi interior siempre que estoy realmente vivo y despierto. En tales momentos, intentaré realizar todo cuanto la vida exija de mí, incluso cuando vaya contra las costumbres y leyes establecidas. Este credo no obedece órdenes ni se puede llegar a él por la fuerza. Sólo es posible sentirlo.

Traducción de Pilar Giralt

Mi credo
Hermann Hesse

jueves, 15 de octubre de 2009

Peter Camenzind

Michael Albrechtsen. Paisaje.
Tras diez años de existencia diaria encerrado entre las altas montañas y las orillas del lago, tuvo lugar ese milagro que aun recuerdo muy bien. Contemplé por vez primera el cielo abierto sobre mi cabeza y abarqué con la mirada todo el horizonte. Fué al doblar un recodo, mediada la ascensión, cuando apareció ante mí con toda su inmensidad. Sentí una gozosa sorpresa. ¿Tan grande era el mundo? Nuestra aldea estaba recostada en la hondonada, casi perdida a nuestros ojos, como una mancha insignificante a orillas del lago. Y las cumbres que desde el valle parecían muy juntas, se veían separadas desde la altura por muchas leguas de camino.
Entonces comencé a presentir la inmensidad del mundo y tuve la intuición de que allá lejos, detrás de las montañas, existían grandes cosas de las que yo no tenía ni idea. Y al solo pensamiento noté que temblaba en mi interior algo semejante a la aguja de una brújula y me sentí atraído por la nostalgia de la lejanía. Aquello me hizo comprender una vez más la belleza y el melancólico encanto de las nubes, acuciadas siempre, empujadas por el viento hacia horizontes infinitos.

Peter Camenzind
Hermann Hesse

miércoles, 12 de agosto de 2009

Peter Camenzind

Andy Thomas. Clipper.
En Rapallo nadé por vez primera en las aguas del mar, gusté la áspera agua salada y me abismé en las delicias de sentirme mecido por las olas y besado por los rayos del sol sobre la arena fina de la playa. Contemplé en la lejanía el paso de los barcos, velas blancas y obscuros mástiles o la bandera de humo de un vapor, y después de mis queridas nubes; no sé ninguna imagen que refleje con tanta fidelidad el anhelo de viaje y de lejanía, como un barco que poco a poco se va empequeñeciendo, hasta desaparecer por completo tras la línea del horizonte.

Peter Camenzind
Hermann Hesse

martes, 28 de julio de 2009

Peter Camenzind

Hermann Hesse en 1927. Fotografía de Gret Widman.
Siempre permanecerán también en mi memoria los días de mi estancia en Génova. Me acuerdo de un día claro y ventoso, poco rato después del mediodía. Yo estaba apoyado en una ancha balaustrada; detrás de mí estaba la pintoresca ciudad y ante mis ojos tenía el ancho mar. El mar. Con obscuros rugidos e incomprensibles anhelos me salió al encuentro, perenne e inmutable y yo advertí entonces que algo me ataba ya por vida y muerte a aquel mar azul y atrayente.

El vasto horizonte me causó también gran impresión. Volví a ver en él, como en mis tiempos infantiles había visto en la inmensidad azul del cielo, un anhelo de lejanía. De nuevo tuve la convicción de que yo no estaba hecho para la vida hogareña y reposada entre los hombres, en el seno de las ciudades y de la casa, sino para la libre existencia en las montañas o el continuo navegar por el mar y el obscuro impulso volvió a surgir en mí, el viejo y melancólico anhelo de echarme en el pecho de Dios y hermanar mi minúscula vida con lo infinito y lo perenne.

Peter Camenzind
Hermann Hesse