Mostrando entradas con la etiqueta Alberto Moravia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alberto Moravia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de febrero de 2020

El curioso

Ilustración de Frank Frazetta.

En sus andanzas le ocurre, ora darse unas vueltas por los barrios ricos y contemplar, a través de ventanales resplandecientes de luces de fiestas, los divanes repletos de bellas mujeres; ora escurrirse por un callejón miserable y, por la mirilla de una tosca puerta entrever un cuartucho en el que hay una inmensa cama en cuya cabecera está una imagen de la Virgen, una mesa puesta, rizadas cabezas de chiquillos iluminadas por roja lámpara, el padre en mangas de camisa y la madre dando el pecho al benjamín, atentos todos a hundir las cucharas en los profundos platos; pero él no sobrepone la primera visión a la segunda, pues ambas poseen, en su concepto, aquel sabor de intimidad virgen que sobre todas las cosas le agrada. En resumen, su curiosidad es muy otra que la vulgar, escandalosa y mal intencionada; tiende, a medida que transcurre el tiempo, a tornarse difícil, descontentadiza, sutil y metafísica; y, precisamente donde la mayoría de los hombres desorbitarían los ojos, estupefactos, él apenas concede una mirada.
Acabado el día, ¿qué le queda al empleado de tanta exploración? Casi nada, una especie de extraña saciedad. En su habitación se desnuda, cubre su flaco cuerpo con un camisón de mangas y cuello bordados y, con el codo apoyado en la almohada, permanece absorto contemplando con ojos atónitos el mármol de la mesilla de noche. No piensa en nada y aguarda, beatíficamente, que el sueño se apodere de él. Pero he aquí que del vestíbulo llega el claro ruido de una llave que gira dentro de una cerradura; alguien viene de la calle. De pronto, el sueño, que ya hacía vacilar la nariz del empleado, se desvanece como por encanto, y una lucha se entabla en su ánimo: ¿Ha de saltar de la cama y, desafiando la frialdad del pavimento, ir a ver quién es, o, por el contrario, renunciar a ello, quedándose quieto? La duda es breve, triunfa la curiosidad; el empleado abandona el calorcillo de las sábanas y, brincando por las heladas baldosas, va a la puerta, la entreabre y mira. Una sombra cruza, rápido, ante su nariz; una puerta se abre, se cierra luego despacito y el silencio renace. "La señorita Valeria", piensa el empleado, muy contento. De un brinco llega a la cama, se mete bajo las sábanas y apaga la luz. Cinco minutos después ya duerme.

Traducción de Domingo Pruna

Los sueños del haragán (1940)
Alberto Moravia

El curioso

Ilustración de Frank Frazetta.

En sus andanzas le ocurre, ora darse unas vueltas por los barrios ricos y contemplar, a través de ventanales resplandecientes de luces de fiestas, los divanes repletos de bellas mujeres; ora escurrirse por un callejón miserable y, por la mirilla de una tosca puerta entrever un cuartucho en el que hay una inmensa cama en cuya cabecera está una imagen de la Virgen, una mesa puesta, rizadas cabezas de chiquillos iluminadas por roja lámpara, el padre en mangas de camisa y la madre dando el pecho al benjamín, atentos todos a hundir las cucharas en los profundos platos; pero él no sobrepone la primera visión a la segunda, pues ambas poseen, en su concepto, aquel sabor de intimidad virgen que sobre todas las cosas le agrada. En resumen, su curiosidad es muy otra que la vulgar, escandalosa y mal intencionada; tiende, a medida que transcurre el tiempo, a tornarse difícil, descontentadiza, sutil y metafísica; y, precisamente donde la mayoría de los hombres desorbitarían los ojos, estupefactos, él apenas concede una mirada.
Acabado el día, ¿qué le queda al empleado de tanta exploración? Casi nada, una especie de extraña saciedad. En su habitación se desnuda, cubre su flaco cuerpo con un camisón de mangas y cuello bordados y, con el codo apoyado en la almohada, permanece absorto contemplando con ojos atónitos el mármol de la mesilla de noche. No piensa en nada y aguarda, beatíficamente, que el sueño se apodere de él. Pero he aquí que del vestíbulo llega el claro ruido de una llave que gira dentro de una cerradura; alguien viene de la calle. De pronto, el sueño, que ya hacía vacilar la nariz del empleado, se desvanece como por encanto, y una lucha se entabla en su ánimo: ¿Ha de saltar de la cama y, desafiando la frialdad del pavimento, ir a ver quién es, o, por el contrario, renunciar a ello, quedándose quieto? La duda es breve, triunfa la curiosidad; el empleado abandona el calorcillo de las sábanas y, brincando por las heladas baldosas, va a la puerta, la entreabre y mira. Una sombra cruza, rápido, ante su nariz; una puerta se abre, se cierra luego despacito y el silencio renace. "La señorita Valeria", piensa el empleado, muy contento. De un brinco llega a la cama, se mete bajo las sábanas y apaga la luz. Cinco minutos después ya duerme.

Traducción de Domingo Pruna

Los sueños del haragán (1940)
Alberto Moravia

viernes, 9 de diciembre de 2011

Prólogo a Bola de Sebo

Cartel de la película Boule de Suif, dirigida por Christian Jaque (1945).

En Bola de sebo, como es sabido, se narra el caso boccacciano de una diligencia secuestrada por un libidinoso oficial prusiano, quien pone como condición a la continuación del viaje que una de las viajeras, precisamente la prostituta "Bola de sebo", ceda a sus apetencias. "Bola de sebo", prostituta sí, pero patriota, quisiera resistir a la imposición del vencedor. Entonces, consternados por aquel inoportuno amor patrio, todos los compañeros de viaje que hasta entonces habían mirado despectivamente a la pobre "Bola de sebo", rivalizan en suplicarle que se someta a los deseos del oficial ejerciendo, una vez más, su oficio. "Bola de sebo", tras muchas vacilaciones y repugnancias, por fin se sacrifica. La diligencia parte de nuevo. Pero "Bola de sebo", ahora, se ve otra vez tratada con desprecio por sus compañeros de viaje.
El tema, a primera vista, parece entrar en la tradición erótica y desenfrenada francesa. Pero lo que confiere a la narración una vibración y un mordiente particulares es el hallazgo (si hallazgo puede llamarse; diríamos mejor: inspiración) de meter en la diligencia no una colección de caracteres casuales e indiferentes, sino una selección de representantes típicos de todas las clases francesas. El conde de Bréville representa la nobleza francesa, tan altiva, tan tradicional y tan decorativa; el señor Carré Lamadon a la gran burguesía ávida de cargos y de honores, respetable y conservadora; Loiseau, al estamento mercantil, astuto, zafio y deshonesto. Y además de las clases sociales, también están representadas las dos fes que dividen a Francia: la católica, personificada por las dos hermanas de la caridad, y la laica y democrática por Cornudet, el demagogo de café. Ante este conjunto de personajes representativos, "Bola de sebo" no representa nada, o, mejor dicho, representa algo negativo que la sociedad, cualquier sociedad, suele relegar fuera de sus filas.

El afán de continuar viaje a toda costa, que lleva a los compañeros de "Bola de sebo" a sacrificar patriotismo, escrúpulos morales, dignidad social y religión, mientras da la medida de su hipocresía, pone al mismo tiempo al desnudo el crudo, brutal egoísmo, única razón de vida entre tantas falsas idealidades y creencias. Una vez hallado el punto de intersección entre la prostitución de "Bola de sebo" y las varias respetabilidades de los otros viajeros, Maupassant tiene en mano la narración y la desenvuelve magistralmente con una consecuencia impasible, cruel y corrosiva que no perdona nada ni a nadie. Si el conde de Bréville lleva su grotesca coherencia hasta hacer, con gravedad paternal y elegancia aristocrática, la prédica a la pobre "Bola de sebo" reacia a prostituirse; si los otros citan a porfía los ejemplos ilustres de Lucrecia, Judit y Cleopatra, las buenas hermanitas, por su lado, proporcionan a la obra de rufianismo la justificación moral: un acto censurable, afirman, a menudo se torna meritorio por el pensamiento que lo inspira. O sea, en palabras pobres, el fin justifica los medios.
Una última observación: si entre los viajeros hubiese habido un obrero o un campesino, un hombre, en suma, del pueblo, ¿cómo lo habría tratado Maupassant? Nunca lo sabremos; es probable, sin embargo, que su pluma pesimista y acerba tampoco hubiese tenido contemplaciones con él. Como fuere, en la diligencia de Maupassant, no estar incluído entre los viajeros es ya un trato de favor.

Traducción de Domingo Pruna

El Hombre como fin y otros ensayos
Alberto Moravia

viernes, 7 de marzo de 2008

El tedio


"Así pues, hacia el mediodía subí a mi viejo y desvencijado automóvil y atravesé la ciudad con el habitual sentimiento de desazón y repugnancia que parecía incrementarse a medida que me acercaba a la meta. Con el corazón cada vez más oprimido por un peso angustioso, desemboqué por fin en la vía Appia, entre los cipreses, pinos y ruinas de ladrillos, a lo largo de bancales cubiertos de hierba. La verja de mi madre se encontraba a la derecha, en la mitad de la vía Appia, y yo, como de costumbre, la buscaba con los ojos, casi esperando no verla por algún milagro y así poder continuar recto hasta los Castillos y después volver a Roma y al estudio. Pero allí estaba la verja,abierta de par en par,se habría dicho que sólo por mí,para detenerme y engullirme a mi paso.Moderé la marcha, giré bruscamente y, con una sacudida suave y sorda de las ruedas, entré en la avenida de grava entre dos hileras de cipreses. La avenida subía en ligera pendiente hasta la villa, que se divisaba al fondo;y entonces,al mirar los pequeños cipreses negros,polvorientos y rizados y la villa roja y chata,encogida bajo el cielo lleno de cirros grises parecidos a rollos de algodón sucio, reconocí en mi ánimo el horror consternado que me asaltaba cada vez que iba a visitar a mi madre..."

El Tedio
Alberto Moravia